“Y le dije ‘buena suerte y hasta luego’…”

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Ella no lo sabe y, mucho me temo, jamás llegará a saberlo. Pero tiene su parte de culpa en que yo me atreva cantar de vez en cuando donde me dejan. Porque fue para ella -y para su audiencia- para quien canté por primera vez, un lejano viernes, 9 abril de 1999. Gemma Nierga presentaba entonces La Ventana, el magacín con el que la cadena SER lideraba ya entonces la franja de tarde en España. Yo llevaba menos de un año trabajando en TVG y esa noche iba a asistir al mejor concierto de mi vida: un Bob Dylan en fantástico estado de forma abría en Santiago su gira española, con Andrés Calamaro como perfecto telonero. Mi devoción por Dylan ya era de dominio público en la redacción, hasta el punto de que aquella mañana me hiceron tomar parte en la tertulia de O Miradoiro, el programa que dirigía el desaparecido Santiago Davila en Radio Galega. Recuerdo compartir micrófono con Benedicto García Vilar de Voces Ceibes y alucinar cuando le escuché decir que confiaba en que Dylan tocase Masters Of War y aprovechase para “condenar os últimos bombardeos sobre Kosovo, ordenados por el Presidente Clinton. Minutos más tarde me crucé por los pasillos con el gran Moncho Lemos.

-Oye, tengo un amigo que trabaja de productor en La Ventana de la SER. Por lo visto están buscando algún fan que vaya hoy al concierto para entrar en directo esta tarde desde Santiago. ¿Puedo darle tu número?

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Hacía como mes y medio que me había comprado mi primer móvil. En aquel momento le habría dado mi número hasta a Chimo Bayo, y más si era para hablar de Bob Dylan.

-Hola, Eduardo. Verás, resulta que Bruce Springsteen también empieza hoy aquí en Barcelona su gira por España, así que se nos ha ocurrido montar una especie de charla con seguidores de estos dos mitos del rock, y nos preguntábamos si podríamos contar contigo a eso de las seis en la emisora de Radio Galicia. Sería algo breve, te dará tiempo de sobra de llegar al concierto, claro. (…) ¿Sí? Estupendo, entonces contamos con los dos, ¿como se llama tu amigo? Borja, de acuerdo. Oye, y ¿os atreveríais a cantar algo? Es que Gemma ha estado hablando con los compañeros de Santiago y por lo visto allí podrían teneros alguna guitarra praparada. Fantástico, pues hasta esta tarde, muchísimas gracias.

Una vez en antena, Gemma estuvo encantadora con nosotros y, llegado el momento Borja y yo nos arrancamos con la última estrofa de To Ramona. Él rasgueó una guitarra española que nos dejaron en la emisora y yo toqué el primer solo de armónica de mi vida. Por suerte, el documento no está disponible ni en la página web de la SER en internet. Salimos de la radio con la adrenalina a tope y cogimos un taxi hasta el Multiusos Fontes do Sar, el recinto donde se celebraba el concierto. Calamaro salió drogado y eufórico (y no me atrevo a culparlo por ello). Dylan ofreció una actuación majestuosa, a la altura de su leyenda (aunque no hubo ni rastro de Masters Of War ni dijo ni mu sobre Clinton, naturalmente).

Gemma Nierga seguía al frente de La Ventana cuando en 2006 Borja y yo formamos The Highlights, una modesta banda tributo a Dylan cuya primera formación (tres guitarras acústicas) era idéntica a la empleada por Calamaro en aquella gira con El Más Grande. En 2012, Gemma pasó a presentar por las mañanas el histórico Hoy Por Hoy y The Highlights dijimos hasta luego.

Hace un par de días fue a Gemma a quien le tocó despedirse. Y aunque confieso que me he convertido en un culosinasiento en el dial, incapaz de ser fiel a ningún programa de ninguna emisora, sé que la echaré de menos. Por mucho que Toni Garrido, el tipo que la va a sustituir sea clavado a… Dios mío ¿es que sólo me lo parece a mí? Small world… Gracias por aquella oportunidad, Gemma. Ni te imaginas la que liaste.

Los huevos de Jagger y su espíritu errante

 

 

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“Los discos de Mick Jagger en solitario son una mierda”. Aquel tópico ya era de por sí bastante injusto, porque aunque She’s The Boss (1985) tenía difícil defensa, en Primitive Cool (1987) había un ramillete de canciones excelentes (víctimas, eso sí, de los excesos de producción de aquella década). ¿Pero acaso Throwaway no es un cañonazo? ¿Y qué decir de Radio Control, Shoot Off Your Mouth, Say You Will, o de la deliciosa Party Doll?

 

 

“Cualquier álbum de Jagger por su cuenta es peor que cualquiera de los Stones; en cambio, los de Keith Richards sí son discos de primer nivel, auténticos, orientados al blues, que es lo que le gusta en realidad, y blablabla…” Este segundo aforismo del tres al cuarto nació al amparo del notable Talk Is Cheap (1988) de Keef, pero ya empezó a cheirar a partir de Main Offender (1992), que no aportaba nada nuevo y se iba desinflando a medida que uno avanzaba en su escucha. Tuvo que ser más o menos entonces cuando a Mick se le hincharon las narices y marcó el teléfono de Rick Rubin. A día de hoy, la del productor de Long Beach habría sido una apuesta sobre seguro. Pero cuando acometió el monumental Wandering Spirit (1993), Rubin no había empezado a grabar todavía el exhaustivo testamento sonoro que son las American Recordings (1994-2002) de Johnny Cash. Ni le había arrojado a Tom Petty ese salvavidas rutilante titulado Wildflowers (1994), al que siguieron -sin bajar el nivel- la banda sonora de She’s The One (1996) y Echo (1999). Tampoco había dejado su sello en Car Wheels On a Gravel Road (1998), el mejor trabajo de Lucinda Williams. Por supuesto, Rubin tampoco había tomado parte aún en el que quizá sea el último gran elepé de los Jayhawks, Rainy Day Music (2003), ni devuelto a la vida todavía al bueno de Neil Diamond a través de sus 12 Songs (2005)… No, por aquel entones, los únicos avales rockeros del barbas (al que le iban más el metal y el hip hop) eran Shake Your Money Maker (1990), el disco de debut de unos imberbes Black Crowes; y Blood Sugar Sex Magik (1991), la obra que convirtió a los Red Hot Chili Peppers en estrellas internacionales. Pero Mick Jagger tenía acumulado material de primera y no dudó en a quién tenía que llamar para pulirlo y sacarle el máximo provecho. Y el paso del tiempo no ha hecho sino darle la razón, porque Wandering… no es solamente el disco más sólido (de largo) y completo de un stone en solitario, sino el mejor en el que Jagger ha tomado parte desde Some Girls (1978). Eso por lo menos.

 

 

La cosa arranca con el rock sin miramientos de Wired All Night, que no es Brown Sugar ni Start Me Up, pero gasta la pegada de otros temas que los Stones han exprimido con inteligencia en las últimas décadas, como Flip The SwitchYou Got Me Rockin’. Continúa con el que fue el single de presentación, Sweet Thing, para mí gusto el tema más flojo de todo el álbum: un ejercicio a medio camino entre el funk y el rollo disco de Miss You pero sin la magia de esta (aunque con falsetes por el estilo y considerable difusión en las radiofórmulas de la época). Out Of Focus recupera el pulso con un irresistible aire gospel que la emparenta con los días de Shine A Light y, a la vez, tiene un regusto que me transporta a algunos temas del Prince de aquellos años, como Cream. Jagger empieza acomodado sobre el piano saltarín de Billy Preston y se desata cuando irrumpe el resto de los instrumentos, entre los que destacan el bajo de Flea, invitado por Rubin, y el órgano hammond de Benmont Tench.  Don’t Tear Me Up es una de esas baladas que van ganando músculo con cada estrofa, tan características de nuestro hombre, que no por pisar terreno conocido deja de entregar una interpretación de altísimo nivel. La intensidad dramática se transforma en energía juguetona en la divertida (y muy stoniana) Put Me In The Trash, que Jagger firma a medias con Jimmy Rip, guitarrista de Paul Collins & The Beat y, posteriormente, de Television. Lo que sigue es una respetuosa versión del Use Me de Bill Whiters en la que Mick comparte el micro con Lenny Kravitz y demuestra que él también tiene el alma teñida de negro. Hay que escuchar el disco para comprobarlo, pero en la amalgama de sonidos que habitan Wandering… encaja a la perfección la zambullida en el country que supone Evening Gown, la mejor canción de todo el disco, con Jim Keltner a la batería y un majestuoso solo de pedal steel a cargo de Jay Dee Maness. Una pieza lenta incontestable e impoluta, que sale bien parada de la comparación con Wild Horses o cualquier otra joya pretérita que se nos venga a la cabeza. De vuelta al rock más académico, Mother Of A Man dibuja fraseos marca de la casa y un pulso entre la armónica de Jagger y las guitarras de Rip y Brendan O’Brien. No hay tregua porque enseguida arranca Think, segundo cover del álbum, un viejo clásico de rythm & blues firmado en 1957 por Loman Pauling y sus 5 Royales. A diferencia de en Use Me, aquí el arreglo se distancia mucho del original y se acerca más al de James Brown para abrazar con descaro frenéticas texturas funkies. Pero la fiesta no ha terminado, ni muchísimo menos. Suena Wandering Spirit, el tema que da título al disco, y lo que de entrada parece un boogie más o menos reposado se va transformando en una pieza descarnada de folk-rock dylaniano, en la línea de Maggie’s Farm o Tombstone Blues. Si no fuese porque Evening Gown es insuperable, Hang On To Me Tonight sería la mejor balada del álbum. Pero ha de conformarse con ser una de las cuatro o cinco mejores escritas por su autor a lo largo de su carrera: maravillosa. Hay tiempo todavía para otra versión, el I’ve Been Lonely Too Long grabado por The Young Rascals en 1967, aunque con un toque mucho menos motown que el que Jagger le imprime. Sí, he dicho motown. De eso también hay en esta obra maestra. Por haber, hay hasta una hermosa composición de aire medieval, Angel In My Heart, en la que Billy Preston reaparece para tocar el clavicordio. Por último, sin abandonar el mismo tono retro, Mick Jagger se atreve con Handsome Molly, una canción tradicional (¿irlandesa? ¿de los Apalaches?) en la que se acompaña únicamente del violín de Robin McKidd.

 

Tras Wandering Spirit, Mick Jagger regresó con los Stones para firmar, ahora a medias con Ricahrds, otro disco a reivindicar, Voodoo Lounge (1994). Sin nada ya que demostrar, hubo que esperar hasta 2001 para que decidiese a grabar una vez más por su cuenta y facturase Goddess In The Doorway, un disco más ambicioso pero de mucho menos calado, del que quizá hablemos otro día.

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El premio Nobel y su célebre falta de empatía

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Verán, Dubuque es algo así como la décima ciudad más grande del estado de Iowa. Lo que, desde luego, no la convierte en grande en modo alguno. Su población lleva décadas estabilizada en torno a los 57.000 habitantes. Su mayor atracción son sin duda los Santos Guerreros, el equipo de hockey sobre hielo juvenil, que compite en la USHL “la más importante liga amateur” del país… La mayor empresa de Dubuque es la sucursal de John Deere, en la que curran unas 2.400 personas. Desde 2004 no hay ninguna televisión local, pero sobreviven tres emisoras de radio generalistas y el Telegraph Herald, un diario con una tirada de 30.000 ejemplares…
Es decir, que cuando el martes 12 de noviembre de 1996 el (ya entonces) legendario Bob Dylan se presentó con su banda en el Five Flags Center Arena (el mayor auditorio local, construido veinte años antes, con capacidad para algo más de cinco mil espectadores), probablemente el tiempo se detuvo en todo el maldito condado; el sheriff dejó el teléfono de la comisaría descolgado; y el arzobispo (porque, al contrario que en el resto del estado, los católicos son mayoría en Dubuque y tienen su propia diócesis) suspendió los servicios religiosos del día. Que no creo que fuesen demasiados…
Y lo cierto es que Dylan estaba entonces en buena forma y no defraudó. Tony Garnier (bajo), J.J. Jackson (guitarra), Bucky Baxter (guitarra steel) y David Kemper formaban una banda sólida, más solvente que vistosa, como le gusta al Nobel de Literatura. Este concedió además bastantes de sus grandes éxitos y prolongó su actuación durante más de dos horas. Pero, si no son ustedes fanáticos, se pueden ahorrar la primera, háganme caso. Desplacen el cursor en concreto hasta el minuto 58, que es cuando se desata el infierno. O la gloria, depende de cómo se mire. Porque en la más improbable de las canciones del set, To Ramona, los vecinos más jóvenes de Dubuque se vinieron arriba (literalmente arriba) y empezaron a desfilar por el escenario para bailar, saltar, besar y abrazar al artista, que se lo tomó (en contra de su fama) con muy buen humor. No los he contado pero apuesto a que más de la mitad de la población de una de las ciudades más anodinas de uno de los más anodinos estados de la Unión compartieron escenario aquel día con Bob Dylan. Con el puto Bob Dylan. Compruébenlo por ustedes mismos…

Aquí el concierto completo:

Like A Rolling Stone:

Absolutely Sweet Marie:

 

Highway 61 Revisited:

 

Rainy Day Women:

 

It Ain’t Me, Babe:

 

Ballad Of A Thin Man:

 

Friend Of The Devil (versión de Grateful Dead):

 

To Ramona:

De juerga con un asesino

 

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Ian W tenía 32 años cuando lo conocí. Llevaba ya un tiempo en Atlanta trabajando de freelance para la CNN. Era alto y atlético. Afable, aunque no dicharachero. Nacido en Linden, la segunda ciudad más populosa de Guyana por detrás de la capital Georgetown, antes de dedicarse al periodismo había trabajado como asistente de vuelo en la aerolínea estatal de su país, Guyana Airways.

El sábado 25 de enero de 2003, Ian se suicidó de un tiro en la cabeza después de haber asesinado a su segunda mujer, Diane W, y a los tres hijos que había tenido en su matrimonio anterior con Michelle P. Los niños, que llevaban apenas unas pocas semanas viviendo con él en los Estados Unidos, tenían diez, cinco y tres años. El mayor, P, presentaba un orificio de bala en la palma de la mano y otro en la sien. Al parecer, trató de defender a sus hermanos antes de ser abatido por su propio padre.

Por su parte, Diane era recepcionista en el Hotel Hilton del downtown. Una de sus compañeras, Shalmeen Mc, le contó a la policía que había llegado a acogerla en su casa durante unos días, después de que Ian se hubiese presentado en su lugar de trabajo en actitud amenazante. A pesar de haber descubierto que le era infiel (detonante de su crisis conyugal, según Shalmeen) y a que continuó intimidándola con llamadas en las que le advertía que había comprado un arma, Diane acabó por regresar al apartamento que compartía con su marido en KenridgeDekalb County, un suburbio al este de la ciudad. La teniente Pamela Kunz, encargada de la investigación, confirmó que la policía ya había acudido en diciembre a casa de los W debido a un “altercado verbal” en el que hubo de mediar un agente. Los cadáveres no fueron descubiertos hasta tres días después del múltiple crimen, cuando un amigo de Ian, preocupado porque no era capaz de localizarlo a través del teléfono móvil, se acercó a visitarlo.

En una entrada anterior resumí mi experiencia como miembro del International Professional Program de la CNN en el verano de 2002, cuando tenía 26 años. Fue entonces, apenas siete meses antes de su espantoso crimen, cuando conocí a Ian W. Él era el cámara que la cadena puso a disposición de los doce periodistas que realizábamos el interinaje para la elaboración de distintos reportajes. Intimó con otros más que conmigo, pero el último sábado que compartimos en Atlanta me preguntó si me apetecía salir de fiesta con él y algunos de mis compañeros, aprovechando que un amigo suyo de Nueva York estaba de visita en la ciudad. No tenía un plan mejor, y entre los afortunados estaba también Tshepo I, reportero de la SABC que se había convertido en mi compadre en apenas unas pocas semanas, así que acepté. Esa noche Ian y su colega Michael pasaron a recogernos por nuestro hotel. El último sitio que había en el coche fue para Katrin V, una periodista estonia con quien nuestro anfitrión había hecho muy buenas migas desde el primer día.

El trayecto en coche se me hizo eterno, y el barrio en el que Ian se detuvo finalmente no se parecía en nada a Buckhead, Virginia Highland y demás zonas de copeteo por las que nos habíamos movido hasta ese día. De hecho, en la calle en la que aparcamos no se veía un solo bar: todo estaba oscuro y silencioso. Seguimos a Ian y a Michael a través del portal de una casa cochambrosa y destartalada. Conforme subíamos las escaleras empecé a escuchar música amortiguada por puertas y tabiques, cada vez un poco más cerca de nosotros. “Esta noche va a ser diferente. Para bien o para mal”, pensé. La puerta del tercer piso estaba iluminada por una bombilla tan vieja como el propio edificio. Michael llamó con los nudillos y un tipo de unos doscientos kilos abrió de inmediato. La música nos llegó entonces un poco más alta. Rollo gangsta. Rap. Hip hop. O como cojones se llame ahora. El gordo intercambió un saludo protocolario con Ian y, acto seguido, nos cacheó uno por uno. Después nos abrió una segunda puerta que había a su espalda. Tras ella aparecieron dos primos suyos que repitieron el cacheo tomándose su tiempo. “Diferente para mal”, concluí. Y mentiría si no reconociese que me acojoné bastante cuando atravesamos una tercera puerta y me vi en un antro lúgubre que apestaba a marihuana (que por supuesto se fumaba sin el menor recato), al que por lo visto la gente tenía la mala costumbre de acudir armada. Y en el que además Katrin y yo éramos los únicos blancos y, por lo tanto, objeto de todas las miradas. A ella no parecía importarle en absoluto, su complicidad con Ian era evidente; puede que ni fuese la primera vez que entraba allí. Pero el hecho de verlos en su salsa no me tranquilizó demasiado. No era, cómo explicarlo, el tipo de garito que yo solía frecuentar, aunque no me quedaba otra que quedarme. Ya era tarde para echarme atrás. No podía tomarme una cerveza de cortesía, excusarme echándole la culpa al cansancio y salir en busca de un taxi. No en mitad de la noche en un barrio como aquel. Mi cabeza se empeñaba en repetirme que estaba en un lugar peligroso al otro lado del mundo y que, si me veía envuelto en algún problema, iba a tener que apañármelas solito, porque nadie que conociese de verdad tendría la más remota idea de dónde encontrarme.

Por suerte, Tshepo también había venido y los dos teníamos el gaznate fácil. Así que, aunque mi amigo sudafricano andaba tieso (como casi siempre), asumí que sufragar la borrachera de los dos era el mejor de los escenarios en que me iba a encontrar, dadas las circunstancias. Beber, desinhibirme en la medida de lo posible, abstraerme de lo incómoda que mi presencia parecía resultarle a la pandilla de armarios empotrados que había al fondo, junto a la mesa de billar; o al grupo enjoyado hasta las muelas que se arremolinaba frente la barra llevando a cabo una extraña coreografía donde todos usaban sus dedos índices para apuntarse mutuamente. En aquel momento deseé que la naturaleza hubiese sido algo menos generosa conmigo;al menos unos 20 o 30 centímetros. Con 192 que levanto del suelo, se hacía completamente imposible pasar desapercibido.

Pero el caso es que lo conseguí. Con el paso de los minutos y las cervezas, logré relajarme un poco. El hip hop derivó hacia algo parecido al reggae, y supongo que eso también ayudó. Seguía sin ver la hora de salir de aquel tugurio (y rezaba por no tener el privilegio de asistir a una redada ni nada por el estilo), pero las miradas indiscretas se fueron espaciando hasta pasarme casi inadvertidas. Casi, porque a pocos metros de distancia bailaba con sus amigas una chica muy guapa de no más de veinte años que no me quitaba ojo. A aquellas alturas de la noche, ya no sabía si aquello me resultaba agradable o incómodo. En un momento determinado decidió ayudarme a decidirlo y se acercó. Sin dejar de sonreír, dijo un par de frases que me fue imposible descifrar en mitad del barullo reinante, por lo que me limité a responderle con una sonrisa. Siguió bailando unos segundos sin llegar a alejarse. Acto seguido me sujetó por el brazo y volvió a acercar su boca a mi oído. Esta vez habló tan despacio que la entendí a la primera: “Now… I am going… to the bathroom… Will you stay here?” Volvió a mirarme mientras se alejaba. Yo entendí lo que había dicho, pero no estaba seguro de haberlo comprendido. O sí. Al instante sentí una vigorosa palmada en la espalda y escuché la voz de Ian: “We’re leaving”. No tuve ni tiempo a reaccionar: me hizo seguir a Michael, Tshepo y Katrin en dirección a la salida. Treinta segundos después estábamos todos en el coche de camino al hotel.

Tardamos otra eternidad, agravada además por el extraño silencio que parecía haberse apoderado del ambiente. Yo tenía un mal presentimiento, y la verdad es que me podía la curiosidad, así que acabé por lanzar un globo sonda disfrazado de chiste: “Es una pena, nos hemos ido justo cuando estaba a punto de llegar a algo con una chica”. Katrin soltó una risita contenida. “Sí, sí, lo he visto”, dijo Michael desde el asiento del copiloto, aparentemente divertido. “Y era preciosa, ¿eh?”, añadió. Aprovechando un semáforo en rojo, Ian se giró con gesto serio. Primero hacia su amigo y a continuación hacia mí. “Sí. Yo también lo he visto. Y por ESO nos hemos largado”. No me pareció que bromease en absoluto. Tampoco tuve la sensación de que me lo estuviese reprochando. Era información pura y dura, nada más. Nos habíamos ido por lo que Ian había pensado que podía estar a punto de pasar. O de pasarme. Nadie volvió a abrir la boca hasta llegar al hotel.

Un par de días después vi a Ian W por última vez en el acto de despedida del IPP. No hablamos ni una palabra del asunto. Alguien nos hizo una foto, y él me pidió que le enviase una copia. Es la misma foto que la policía distribuyó a la prensa para informar de las atrocidades que cometió unos meses más tarde. Lo supe en cuanto abrí el enlace que alguien de CNN me remitió por correo electrónico. La misma corbata, la misma camisa. La misma mirada. Exactamente la misma.

Esa foto en la que ambos nos damos la mano y sonreímos a cámara es la primera que encontraron los agentes en la escena del crimen. Probablemente junto al sobre y las cuatro letras que le escribí (“un placer haberte conocido, estamos en contacto, etcétera”). Desde entonces he pensado mil veces en esos tres pobres críos. En que el monstruo que tuvieron la desgracia de llamar papá era un mierda tan incapaz de asumir sus responsabilidades y fracasos, que les arrancó la vida en cuanto la suya dejó de ir como quería… He pensado en su madre, quien (estoy convencido de que con todo el dolor de su corazón) se había separado de ellos a tan corta edad con la esperanza de que Norteamérica les ofreciese un futuro mejor. En el infierno por el que debió de pasar Diane hasta llegar al punto de quedar tan anulada como mujer como para ceder al chantaje mortal de Ian.

Y también le he dado muchas vueltas a la paradoja de que quizá, sólo quizá, ese hijo de la gran puta me cubrió las espaldas de verdad aquella noche de julio de 2002. Tal vez incluso algo más que eso. La pregunta que no he dejado de hacerme es por qué.

Katrina, Katrina… (una crónica: III)

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El día en que nos marchamos de Nueva Orleáns comenzó con crónica telefónica para la radio: “As autoridades insisten en que hoxe si será por fin o derradeiro día de evacuación voluntaria para os máis de dez mil veciños de Nova Orleáns que, segundo as últimas estimacións, permanecen nas súas casas. A policía insiste en convencelos de que deben marchar por orde do Goberno e non teñen outra alternativa. Nas últimas horas tivemos a oportunidade de visitar áreas da cidade nas que a auga acada aínda os dous metros de altura. A insalubridade é evidente mesmo nas zonas que xa están secas, como Canal Street, onde nos concentramos xornalistas, policías e militares. Un dos hoteis mantén as súas portas abertas para acoller os informadores, malia non dispoñer de auga nin electricidade. Mentres, a administración Bush comeza a pensar tamén na necesaria reconstrucción dunha cidade na que hai menos de dúas semanas vivían máis de tres millóns de persoas. Agora mesmo a prioridade é a reparación de pontes e estradas, así como o control dos parches de contención situados no lago Pontchartrain.”

Una vez salimos del área metropolitana, regresamos también en cierto modo a la vida real. Era jueves, y el domingo, 11 de septiembre, se cumplían cuatro años del atentado contra las Torres Gemelas. Lo ideal era estar de regreso en Nueva York a tiempo de informar de los actos en memoria de las víctimas, más aún cuando el lunes 12 comenzaba la cumbre de jefes de estado de la ONU, a la que tenían previsto asistir el presidente Zapatero y el Rey Juan Carlos. A TVG le interesaba que Fito y Kepa se quedasen conmigo para hacer la mejor cobertura posible de todo. De modo que mientras dejábamos atrás Louisiana en dirección a Biloxi, Mississippi, también empezamos a planear el repliegue. En 2005 no había internet todavía en los teléfonos móviles, así que Kepa hubo de ponerse de acuerdo con nuestra central en Santiago para hallar una combinación factible. Al final encontramos billetes en un vuelo que salía a media tarde del viernes desde Pensacola, en Florida, a tres horas escasas de donde estábamos. Teníamos por lo tanto un día y medio por delante para completar el trabajo, por lo que gestionamos enlaces en directo desde Biloxi, donde todavía quedaban equipos de televisión locales. Los estragos del Katrina eran visibles a cada paso. Construir casas de madera en zonas donde los vientos son huracanados casi cada año conlleva ciertos riesgos. Había pueblos literalmente destruidos.

Nos detuvimos en algún lugar del estado de Mississippi al ver un campamento en torno a una iglesia baptista: tiendas de campaña alrededor del templo y una carpa donde se repartía comida, bebida e incluso ropa. Tengo grabado a fuego el caluroso recibimiento que nos brindaron, que se intensificó cuando les dijimos de dónde veníamos. Aquella gente que lo había perdido todo menos su vocación de comunidad nos ofreció de lo poco que había conseguido salvar del desastre. A nosotros, que en poco más de 24 horas estaríamos de regreso en Nueva York disfrutando de todas las comodidades… A veces el ser humano nos devuelve la fe en su grandeza: “Estamos bien, estamos juntos, no hemos resultado heridos. De momento dormimos aquí, tenemos alimentos, agua, leche y café. Leemos pasajes del Evangelio y jugamos a las cartas para matar el tiempo, muchas gracias por vuestro interés”, me dijo el pastor. “Quiero aprovechar vuestra cámara para agradecer todas las oraciones que ha habido por nosotros desde todos los rincones del mundo. Quiero que quien vea vuestra cadena sepa que todas cuentan, todas nos ayudan a seguir adelante, que Dios os bendiga”, añadió una de sus feligresas. Los Estados Unidos de América, señores. No hace falta decir más.

Biloxi parecía arrasada por una manada de tiranosaurios (si es que alguna vez esos bichos se organizaron en manadas). A diferencia de Nueva Orleáns, allí no había agua estancada, sólo escombros por todas partes. Ni un alma en las calles, el mismo silencio. Destrucción. Cualquier fondo era bueno para grabar una medianilla, cada diez metros dábamos con una imagen más dantesca que la anterior.

Grabamos, enviamos, conectamos, cumplimos con nuestra labor lo mejor que pudimos. Por descontado, no había dónde comer, los pocos restaurantes que seguían en pie estaban cerrados. Tuvimos que contentarnos con chocolatinas, galletas y snacks que llevábamos en el coche (que también habrían de servirnos como desayuno por la mañana). Aunque al día siguiente debíamos enlazar de nuevo desde allí, por la tarde decidimos hacernos otra vez a la carretera en busca de un motel donde descansar y darnos por fin una ducha…. No nos rendimos hasta que el mapa nos dijo que estábamos en Mobile, Alabama… y ni siquiera allí había una sola habitación libre. Condujimos de vuelta a Biloxi y, por segunda vez en tres días, nos acomodamos (es un decir) dentro del Explorer.

A todo se acostumbra uno. Ayudado por el cansancio acumulado, esta vez logré conciliar el sueño quizá un par de horas al menos. Al amanecer recorrimos las partes del pueblo que aún no habíamos visto y comprobamos que hasta los casinos flotantes habían sucumbido al Katrina. Nos acercamos a la playa, el lugar donde teníamos el enlace, e hicimos el último envío de nuestro viaje. Después localizamos la delegación más cercana del Ejército de Salvación y, en agradecimiento por sus desinteresadas atenciones de los días previos, les regalamos el generador eléctrico, que no íbamos a poder (ni necesitábamos) subir al avión. Los tipos se quedaron completamente alucinados y nos dieron las gracias como 38 veces en menos de un minuto.

De vuelta en la Interestatal 10, pusimos rumbo a Pensacola con el tiempo más encima de lo que hubiésemos deseado. Había que devolver el coche en el aeropuerto y subir a bordo de aquel avión a cualquier precio. Bromeamos con nuestro olor corporal hasta el extremo de poner en duda si nos dejarían atravesar la puerta de embarque. Jamás me he alegrado tanto de ver un baño público como aquel día nada más entrar en la terminal: agua corriente, jabón y un inodoro. Uno no sabe lo que tiene hasta que lo pierde. Aunque sea por unos pocos días. Volamos en cola, junto a los motores del jet, en los peores asientos de toda la cabina; pero volamos y aterrizamos sin novedad en Nueva York. Atrás quedaban 130 de las horas más intensas de mi vida. El sábado descansamos. Kepa y Fito en hotel, yo en mi apartamento. Quedamos por la tarde en mi querido Nevada Smith’s de la Tercera Avenida (where football is religion) para ver la victoria de nuestro Depor (al menos de Fito y mío) sobre el Atlético con un solitario gol de Capdevila en el descuento. Y al día siguiente, 11 de septiembre, volvimos al trabajo en la Zona Cero. Pero esa es otra historia.

 

(El día en que) Chuck Berry tocó en Riazor

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Chuck en Riazor: “Roll over quién?”

Es sábado, 10 de julio de 1993. Tengo 17 años y los dos últimos han sido quizá los mejores días de mi vida. Riazor, el estadio de mi ciudad, acoge el mayor evento musical jamás organizado en Galicia, a mayor gloria del Xacobeo. Llevo 48 horas en una nube de la que me niego a bajar. He visto tocar a Bob Dylan a escasos metros de mí. Y a los Kinks. Y a Sting. Y a Neil Young acompañado de Booker T & The MG’s… Todo por seis mil pesetas de la época. Y todavía queda la traca final. Más de treinta mil personas llegadas desde todos los rincones de España regresamos esa tarde al lugar que en los meses anteriores ha visto nacer al Superdepor de Bebeto, Mauro Silva y compañía. En el programa de este último día figuran las actuaciones de Eric Burdon, Bo Diddley, Wilson Pickett, Jerry Lee Lewis y Chuck Berry.

Sobre el césped y las gradas de Riazor vuelven a convivir en armonía todas las tribus urbanas imaginables. A todos nos une la música y el afán por grabar en la memoria un evento que, mucho nos tememos, será irrepetible. Burdon se presenta sin los Animals, pese a que vocalista y banda han venido actuando juntos de manera intermitente en años anteriores. Su actuación, que oscila entre el white blues y el northern soul, logra calentar al personal cuando todavía no ha caído la tarde. Bo Diddley le sucede y no decepciona: con su guitarra cuadrada y su característico beat sincopado, el daddy del rock and roll se atreve incluso con un breve pasodoble y es despedido entre vítores y gritos de torero, torero. Wilson Pickett parte con la desventaja de haber ocupado a última hora la vacante dejada nada menos que por James Brown, el nombre que figura en los carteles que hay pegados por toda la ciudad. Pero arropado por una banda impecable consigue elevar todavía más el listón y ofrecer una lección magistral de soul clásico.

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Es sencillamente imposible mejorar lo que hemos visto, a pesar de quienes faltan aún por comparecer sobre las tablas. El éxito de la película Gran Bola de Fuego (1989) ha contribuido al descubrimiento de Jerry Lee por parte de toda una nueva generación de melómanos. Pero la esperanza de que mantenga el nivel exhibido por Pickett se desvanece enseguida: The Killer no tiene un buen día. Las malas lenguas aseguran que ha montado en cólera al descubrir que la organización ha preferido al negro para cerrar el festival. Y a pesar de que el concierto comienza de manera frenética, el artista no tarda en hacer honor a su leyenda negra al propinarle una patada a un cámara que se acerca demasiado a su piano. Las pantallas gigantes instaladas en el estadio comienzan a mostrar a partir de entonces planos generales. El público abuchea a Lewis: ¡Fuera, fuera! En mitad de un clamor que yo no llego a comprender (es el puto Jerry Lee en persona, ¿por qué no dejarle acabar y silbar después todo lo necesario?) termina su tercera canción de manera abrupta y abandona el escenario.

Tras el Lewisgate, la incertidumbre se apodera del ambiente. Berry también tiene fama de cascarrabias. La artillería de que dispone en su repertorio hace presumir un colofón perfecto, pero quién sabe lo que se cuece en esos momentos en el backstage. El carácter que precede a Berry no invita a pedirle que adelante su recital ante la espantada de su viejo archicamarada/rival.  Y eso que los que estamos en el público desconocemos la que ha liado Chuck en el aeropuerto pocas horas antes, negándose primero a aceptar ningún transporte que no fuese una limusina, y empeñándose después en conducir él mismo hasta el hotel el maxi-Mercedes que han puesto a su disposición. Pueden ustedes ver el incidente dentro de la necrológica que he editado este domingo para TVG.

Hay quien lo recuerda de manera diferente, pero en mi cabeza pervive la imagen (y el sonido) del estadio viniéndose abajo en cuanto Chuck hizo acto de presencia con su camisa amarilla y su Gibson ES-335. Roll Over Beethoven, Maybellene, Rock And Roll MusicToo Much Monkey Business, Little Queenie, Memphis TennesseeReelin’ And Rockin’Sweet Little Sixteen… Una sucesión de cañonazos con un único respiro, el sing-a-long gamberro e impúdico de My Ding-a-ling. Para el final quedó, naturalmente, Johnny B. Goode, que dos docenas de espectadoras bailaron con el señor Berry sobre las tablas. Probablemente no estuviese en su mejor momento y quizá pecó un poco de rácano (pese a la insistencia del respetable, no hubo bis alguno). Pero solo los que estuvimos allí sabemos lo que presenciamos y lo insólito de haberlo visto hace casi un cuarto de siglo en una ciudad tan de provincias. He localizado este breve fragmento de School Days y, francamente, apenas sirve para hacerse una idea de la que se montó aquella noche en Riazor.

Me han contado que, al terminar el concierto, ya bien entrada la madrugada, a Chuck Berry se le antojó una hamburguesa. No quiso saber nada de las exquisiteces de la tierra que los promotores le habían llevado al camerino. Chuck quería una jodida hamburguesa con patatas fritas. Por aquel entonces, en Coruña no era un manjar demasiado valorado ni demandado (lo que me lleva a preguntarme también qué diablos nos pasa hoy en día). Pero a alguien se le encendió la lucecita y sugirió la vetusta y minúscula cafetería Gasthof de la calle Rubine, a setecientos metros escasos del estadio, la primera de una cadena de establecimientos especializados en platos combinados, que hoy está expandida por media ciudad. Y por lo visto allí le prepararon su dichosa hamburguesa al mismísimo padre del rock and roll. Aunque, por supuesto, eso no lo contaron las crónicas al día siguiente.

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Crónica del periódico ABC

La noche en que todos fuimos Liz Souissi

Vamos con una historia de amor de cinco minutos, un pedacito de historia de la rica, tal vez algunos lo hayáis visto antes. Viajamos a Einhoven, Holanda, es 17 de febrero de 1993. El Auditorio Muziekcentrum de la Philips, la empresa en la que trabaja media ciudad, acoge el concierto de un Bob Dylan lejos (o eso dicen) de sus mejores tiempos. Suenan los primeros acordes de uno de sus grandes clásicos, The Times They’re A Changin’. Dylan se acerca al micro como acostumbra, mirando al suelo, ajeno a todo lo que lo rodea. De ahí su sorpresa (0.34) cuando sobre el primer verso descubre que tiene una extraña a su lado. Da un salto instintivo hacia atrás, sonríe incrédulo después y se gira a sus músicos como diciendo “de dónde carajo ha salido esta loca?”. Pero Bob tiene buen oído y enseguida advierte que la espontánea se sabe la canción y, además, armoniza bastante bien. Así que cuando el empleado de seguridad (que debía de estar acojonado, las cosas como son) se acerca para llevarse a la chica (0.42) el jefe le dice que la deje quedarse (“it’s ok”, se lee en sus labios). El público lo celebra, claro.

Y Liz Souissi, que resulta ser una cantautora no profesional originaria de Berna, Suiza, goza de su momento de gloria. Liz y Dylan cantan las dos primeras estrofas y cuando llega el pasaje instrumental (1.47), él se suma a la ovación general y la felicita sin salir del estupor ante tan anómala situación. Vuelve a darse la vuelta sonriente hacia el bajista Tony Garnier (su mano derecha aún hoy en día), divertido ante la actitud de su improvisada compañera, que no parece dispuesta a abandonar todavía el escenario. Dylan rasguea la guitarra y hace amago de cedérsela también “sigues tú sola?”. La secuencia de acordes es bastante larga y Liz permanece ante el micro, impasible, por un momento da la sensación de que ya no pinta nada allí. Pero justo cuando el segurata irrumpe otra vez para llevársela, Dylan intercede de nuevo por ella (2.20), “ahora vamos a acabar lo que hemos empezado, de aquí no te mueves”.

El público aún lo celebra cuando el insólito dúo ataca el verso siguiente y corea el título de la canción consciente de estar asistiendo a un momento difícil, muy difícil de repetir. Es el turno del solo del guitarrista JJ Jackson, pero esta vez, aunque Dylan se aleja de Liz para hablar con el batería Winston Watson (probablemente para adaptar la estructura de la canción a las inesperadas circunstancias), nadie osa amenazar la presencia de la estrella (auto)invitada. Y ahí van a por la cuarta y última estrofa, con Liz cantando de espaldas al respetable y mirando a los ojos nada menos que a Bob Dylan a un palmo de sus grandes y judías narices. Y ahí Bob saca el genio y con un gesto casi imperceptible (4.04) le hace saber a Liz que no es suficiente, que quiere repetir ese verso otra vez. Ella no vacila, tampoco deja de sonreír. A esas alturas, la pregunta es cómo diablos va a terminar esta película. Conforme frasean, Liz y Bob parecen ir acercando sus bocas. Juararía que Dylan (4.35) amaga con besarla y se arrepiente en una misma décima de segundo. Da un paso atrás, vuelve a aplaudir la valentía de la joven suiza. Y ella, entendiendo que lo suyo (haya sido lo que haya sido) ha terminado, se acerca, lo abraza, lo besa (en la mejilla, malpensados) y le susurra algo que nadie más que ellos dos sabrá jamás. Dylan se deja hacer y Liz se desaparece para siempre de su vida. Eindhoven se rompe las manos a aplaudir. Happy End.

 

Katrina, Katrina… (una crónica: II)

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El martes al amanecer desayunamos en un área de servicio cerca de Baton Rouge, y aproveché la parada para hacerme con un sombrero texano por mucho menos de lo que imaginaba. Los medios estadounidenses confirmaban que Nueva Orleáns estaba ya prácticamente desalojada y bajo el control del ejército. Sin saber qué nos íbamos a encontrar exactamente y si podríamos siquiera pisar la ciudad, reanudamos la marcha.

Kepa, Fito y yo nos turnábamos a la hora de conducir y, a decir verdad, yo hice menos kilómetros que ellos porque aprovechaba los trayectos para planificar el contenido de las crónicas y las conexiones. Tras cruzarnos con varios convoyes militares, Elvis cantaba An American Trilogy cuando entramos en la ciudad. Yo iba al volante en aquel momento y aquello parecía el fin del mundo. Ni un solo coche en la autopista de circunvalación, ni un alma en los barrios periféricos que atravesamos. Tuvimos que desviarnos un par de veces al encontrarnos con zonas completamente inundadas. Más de diez años después grabé mi propia versión de Dixie. Hay cosas que no deben olvidarse jamás.

Kepa se las apañó para producir una franja de directo en el siguiente informativo, el del mediodía en Galicia. Todas las unidades móviles estaban en Canal Street, la avenida situada al pie del French Quarter, corazón de Nueva Orleáns; la zona más alta del centro y, por tanto, más seca. Nuestras credenciales de prensa fueron aval más suficiente para superar los sucesivos controles militares que encontramos. En nuestra tierra lo llamamos chegar e encher: aparcamos el Explorer en aquel macrocampamento de prensa, localizamos la unidad móvil con la que debíamos trabajar y, en cuestión de minutos, yo estaba en el aire contando la última hora. Ah,el siglo XXI, la era de la información, amigos…

No soporto la ola de antiamericanismo que en los últimos años (¿décadas?) sacude buena parte de Europa y España en particular. Los estadounidenses son un pueblo extraordinario. Y gilipollas los hay en todas partes, claro. Pero el hogar de los valientes acoge a los que llegan de fuera mucho mejor de lo que a menudo nos empeñamos en señalar. Incluso en circunstancias extremas como las que provocó el Katrina. Hicimos fila donde comían soldados, bomberos y voluntarios, y se mostraron encantados de compartir su rancho con nosotros. Nos vacunaron para prevenir cualquier enfermedad derivada de la insalubridad del ambiente (visible a cada paso) y hasta recibimos un masaje reparador ante la insistencia de los chicos (en mi caso, por suerte, fue una chica) de la Cienciología. Sí, lo que he leído sobre su iglesia da mucho miedito pero a nosotros no trataron de vendernos ninguna moto (ni conspiración intergaláctica). Allá cada cual con sus creencias mientras respete las de los demás.

Con la espalda como nueva, mi primer relato para la Radio Galega desde la Zona Cero del huracán fue este:

A estas horas, xornalistas, voluntarios, soldados e equipos de rescate somos os únicos que ocupamos as rúas de Nova Orleáns. Quedan tamén uns poucos indixentes que vagan polas áreas menos enchoupadas da cidade, remexendo no lixo. Son os que xa non tiñan nada antes da chegada do Katrina. Nin tan sequera onde ir. As autoridades pretenden completar a evacuación total este mércores. Nunha primeira estimación, sempre provisional mentres non se poida drenar a auga que mantén sepultados barrios enteiros, o alcalde calcula que o número de vítimas mortais superará os dez mil. O aspecto de Nova Orleáns é o dunha cidade en guerra: tanquetas do exército patrullan incesantemente, hai controis en cada cruce. Os poucos hoteis do centro que quedaron en pé sérvenlles ás forzas de seguridade de cuartel xeral improvisado. Todo o demais é destrución. A auga segue a anegar os establecementos e vivendas que o vento se encargou de derruír con anterioridade. Ducias de reporteiros de todo o mundo concentrámonos en Canal Street. Quen máis quen menos fixo acopio de provisións polo camiño porque sabía o que lle agardaba ao outro lado do lago Pontchartrain. Pero isto hai que velo para poder crelo.

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El ejército tenía decretado el toque de queda al anochecer. Eso implicaba estar de vuelta en Canal Street para entonces, así que salimos a grabar lo que pudimos con vistas al siguiente informativo. Y descubrimos que lo de la evacuación total no era exactamente preciso: había vecinos atrincherados en sus casas que se negaban a marchar. Lo peor ya había pasado, sostenían. No pensaban irse y dejar vía libre al pillaje. Algunos colgaban mensajes intimidatorios en la puerta pero, en general, apenas se asomaban a las ventanas. También asistimos al rescate de algunas mascotas dejadas atrás por algunos de los que sí habían huido. El maletero del todoterreno se transformó en la nueva delegación de TVG sobre el terreno. Gracias al generador eléctrico pudimos editar en mi portátil y enviar un pequeño reportaje además de hacer nuevas conexiones en directo.

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En realidad, lo mejor era estar ocupado con el trabajo, porque el panorama resultaba bastante deprimente. La información oficial llegaba con cuentagotas y al final resultó que bajo las aguas había muchos menos cadáveres de lo que se temía. Por mucho que el mundo tuviese los ojos puestos en aquella ciudad, el silencio fúnebre, extraño y espeso que nos rodeaba le habían arrebatado todo su encanto. En Canal Street habían instalado una hilera de letrinas portátiles de las que la mierda rebosaba, literalmente, cuando llegamos. Por supuesto, aquella noche la pasamos, empapados en sudor y bastante exhaustos, mal acomodados los tres dentro del Explorer.

No conseguí dormir más de diez minutos, por lo que celebré que el sol se elevase y nos obligase a ponernos otra vez en marcha. La gente del Salvation Army nos dio café y galletas para desayunar. Nos pusimos en camino y encontramos patrullas en aerodeslizadores no muy lejos del campamento. Entre los edificios, por en medio de las calles. Nueva Orleáns parecía Venecia… En alguna de las lanchas, además de soldados y personal de emergencias, había algún rescatado. El calor húmedo de Louisiana apretaba ya desde muy temprano.

Nos acercamos al Superdome, sede de los Saints de Nueva Orleáns, y primer lugar de refugio masivo cuando el Katrina golpeó la ciudad. Para entonces el estadio estaba desierto, como las autopistas que rodeaban la ciudad y en las que encontramos restos de comida, ropa y hasta algún vehículo abandonado. Parecía el decorado de una película sobre el apocalipsis. Pero lo que más me seguía estremeciendo era la ausencia de cualquier sonido ambiental. Una ciudad en completo silencio, el silencio de la muerte. Solo en el campamento de prensa, al que regresamos para conectar en directo con el Telexornal y la radio, había un mínimo latido vital.

Pouco a pouco, todo vai a menos en Nova Orleáns. Todo menos o xigantesco despregamento de todos cantos corpos militares existen no país. As bombas de achique traballan a destallo para drenar a auga nas áreas que permanecen anegadas, mentres as autoridades intentan convencer polas boas os veciños que aínda se resisten a seren evacuados de que deben abandonar os seus fogares igual que o resto da poboación, ante o risco crecente de infeccións e epidemias. A tarefa está a resultar especialmente complicada no barrio francés, a zona bohemia por excelencia desta cidade. Sen auga corrente e sen luz desde hai case dez días, os orgullosos habitantes desta zona cren que xa pasaron o máis duro e que marchar agora sería como traizoar a súa propia dignidade.

La segunda noche en la ciudad nos deparó un par de buenas sorpresas. Descubrimos un hotel ocupado por la prensa cuya cafetería se había transformado en una redacción improvisada. Por supuesto, no quedaba ni rastro del personal, pero los compañeros se las habían apañado para conseguir corriente gracias a varios generadores, así que editamos el material allí, sentados en los taburetes de la barra más seca que he visto en mi vida… Luego nos aventuramos con linternas por las plantas superiores en busca de alguna habitación libre. Cuando dimos con ella, dejamos el saco de dormir y alguna otra cosa de escaso valor a modo de señal de no disponible. La cámara y el ordenador los guardamos bajo llave en el Explorer para correr el menor riesgo posible. El cuarto tenía solo una cama de matrimonio pero, dadas las circunstancias, no estábamos por la labor de dormir separados. De nuevo tuve suerte en el sorteo y esta vez fue a Fito a quien le tocó irse al suelo con el saco. Alguien nos dijo que en el barrio francés había algún bar que abría de manera clandestina después del toque de queda. Y que incluso tenían cerveza fresca porque dosificaban con mimo el hielo que habían almacenado en un congelador. Nos vinimos arriba y decidimos salir a comprobarlo. La única alternativa era quedarnos encerrados en una habitación sucia y sin luz más horas de las deseables. Nos perdimos en la oscuridad completa del Quarter y encontramos el bar gracias… ¡a la música! Un viejo radiocasette a pilas sintonizaba una emisora en la que sonaban viejas grabaciones de dixieland. No tenía demasiada potencia, pero en el silencio sepulcral de aquellas calles el rastro podía seguirse a media milla de distancia. Los soldados no se aventuraban hasta allí. Dudo que ignorasen que aquella gente seguía desobedeciendo la orden de evacuación. Pero cada parte asumía la presencia de la otra con la mayor normalidad posible. Las cervezas casi las regalaban: dos dólares por una Miller Lite (en otras circunstancias, una castaña; en aquellas, gloria bendita).

De vuelta en el hotel, empalmamos casi seis horas de sueño. Fito a ras de suelo y Kepa y yo desparramados sobre el colchón, sin osar aventurarnos bajo la colcha. Ya habíamos arriesgado lo suficiente por aquella noche. Al menos pudimos estirarnos y evitar los mosquitos sin asfixiarnos dentro del coche. En el baño no había agua, claro. Pero era mejor que aquellas inmundas letrinas de Canal Street. A la mañana siguiente hice una nueva entrada para el Telexornal y dejamos atrás Nueva Orleáns siguiendo el Golfo de México en dirección este. Los estados de Alabama y Mississippi, históricamente más deprimidos Louisiana, se habían llevado la parte seca del Huracán y continuaban en situación límite. Hacia allí nos dirigimos.

Missin’ John

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Hubo una vez un Gigante que siempre vestía de negro. Lo hacía, según una de sus más célebres composiciones, por los pobres y los hambrientos; por los faltos de esperanza y por todos los que habían muerto creyendo que Dios estaba de su lado. Sus mensajes eran claros, inequívocos: sujeto, verbo y predicado. Nada de artificios. Cuenta la leyenda que la sombra de aquel Gigante nunca dejará de crecer.

Hace ya más de 14 años que El Hombre de Negro se marchó para siempre. El Coloso, el contradictorio, el errático e irrepetible Johnny Cash. Algunos creen que se murió de pena. Es verdad que padecía diabetes mellitus y que su deterioro físico en menos de una década fue estremecedor. Pero también que apenas seis meses antes que él se había ido el amor de su vida, June Carter (“a prepararlo todo allá arriba, en palabras de Bono). El caso es que el dolor acabó de ensombrecer el rostro de Cash, que ya había perdido a su hermano mayor en un accidente doméstico cuando apenas era un crío, y tuvo que crecer ignorado por su padre, que siempre lo culpó de lo sucedido. Sabiendo que la Noche Eterna planeaba sobre él, grabó cuantas canciones tuvo tiempo y fuerzas de grabar en el ocaso de su travesía. La última, apenas tres semanas antes de dejarnos, se titulaba Like the 309, y utilizaba la metáfora de un viejo tren de vapor (símbolo poderoso donde los haya) como la muerte que se acercaba imparable:


Johnny Cash atesoraba dos cualidades musicales que siempre he admirado: una voz inconfundible y rotunda, y una capacidad innata para hacer de lo menos virtud: nunca fue un gran instrumentista, pero sacó provecho de sus limitaciones como nadie y supo esculpir su estilo a partir de ellas. A mayores, navegó siempre entre el recto y piadoso baptista en que su madre se esforzó por convertirlo, y el incorregible pendenciero que su vida artística le llevó a ser. No buscó el equilibrio, Johnny Cash era simplemente las dos cosas a la vez. Y así lo extrañamos.

Katrina, Katrina… (una crónica: I)

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La llamada de mi jefe me sacó de la cama como a las cinco de la mañana. Su voz sonaba impaciente. Tensa.

-La cosa se está poniendo muy fea en Nueva Orleáns. La evacuación de la ciudad ha dejado de ser voluntaria, y puede que se extienda a otras áreas urbanas. Joder, debe de haber decenas de miles de muertos bajo el agua… Tienes un directo para el Telexornal Mediodía ahí desde donde estás; y después un billete de avión desde La Guardia a Houston. Allí te vas a encontrar con Fito y con Kepa, que ya están de camino.

Ahí desde donde estaba era Nueva York, a donde me había trasladado a principios de aquel año 2005 como corresponsal de TVG. Acababa de regresar de mis vacaciones de verano apenas quince horas antes, con un día de retraso por culpa del tráfico aéreo. Y en realidad la situación en el Golfo de México llevaba jodida cerca ya de una semana, pero el Huracán Katrina nos había pillado a todos con el paso cambiado, empezando por el mismísimo POTUS, George W. Bush, cuyo nivel de popularidad se había desplomado. De modo que aquel domingo, 4 de septiembre, empezó para mí con las primeras luces del día, que a duras penas se colaban por la ventana de mi apartamento de la E70th street. Preparé café y abrí el correo electrónico, donde ya tenía las instrucciones pertinentes para reunirme con mis compañeros en el aeropuerto de Houston. “Mete cuanto puedas en el menor espacio posible. No lleves nada que no consideres imprescindible. La idea es que alquiléis un coche y tratéis de llegar a Nueva Orleáns. De momento, no tenéis billete para volver. Dependerá de lo que os vayáis encontrando y podáis hacer al respecto”. Por supuesto, a mi madre le encantó el plan cuando la llamé para contárselo. Tampoco tuve mucho tiempo para consolarla porque se me echaba encima la hora del directo.

Anduve todo el día de un lado para otro hasta que salió mi vuelo a Texas, sin dejar de darle vueltas a la cabeza. ¿Me apetecía hacer aquel viaje? Sé que, desde fuera, nuestra profesión tiene un halo aventurero difícil de desmentir, incluso en la cobertura de desgracias como aquella. ¿Acaso me inquietaba el hecho de dirigirme a una zona catastrófica de la que la gente estaba huyendo en masa? Lo cierto es que ni una cosa ni la otra. De lo único que se trataba era de hacer el mejor trabajo posible y poder estar de vuelta cuanto antes. Así de sencillo. No eran, desde luego, unas vacaciones. Pero tampoco, o eso esperaba, la Odisea de Ulises. Mi excitación ante lo que estaba por vivir se diluía en el convencimiento de que cualquier dificultad sería a corto plazo. Dicho de otra forma, el drama les había tocado vivirlo a otros. Cuando Kepa y Fito me recogieron en la terminal del George Bush Intercontinental de Houston (rebautizado en honor del padre del entonces Presidente, y antecesor suyo en el cargo) ya había caído la noche. La pasamos en el Hilton del propio aeropuerto, disfrutando por última vez de habitaciones separadas. Esta es la primera de las crónicas telefónicas que escribí para la  Radio Galega, con la que también colaboraba:

Unha semana despois do brutal impacto do Furacán Katrina sobre o Golfo de México, a cidade peor parada, Nova Orleáns, segue baixo condicións extremas. Malia que ao longo da fin de semana tanto o Centro de Convencións como o estadio Superdome foron prácticamente desaloxados, os helicópteros de rescate aínda traballan a destallo para evacuar os cidadáns que permanecen illados nas súas casas. Neste contexto, a Garda Costeira pediulles aos damnificados que axiten toallas ou prendas de roupa de cores vivas ao paso dos helicópteros para facilitar a súa localización. E é que un deles estrelouse nas últimas horas debido ás complicadas condicións meteorolóxicas nas que se están a desenvolver as tarefas de salvamento. Por fortuna, tanto o piloto como o resto da tripulación puideron ser rescatados por outra aeronave que percorría a mesma ruta de búsqueda. O nivel das augas, que cada día que pasa están máis contaminadas, mantense nos mesmos niveis e, o que é aínda peor, non se prevé que baixe en varias semanas. Neste escenario, o mellor que lle pode suceder canto antes a Nova Orleáns é converterse canto antes nunha cidade deserta.

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Contra todo pronóstico, dormí como una marmota. Por la mañana, cumplimos con la máxima de desayunar hasta hartarnos. En el parking del hotel nos esperaba un Ford Explorer con el depósito lleno. Nuestra primera parada, el  viejo Astrodome, el primer estadio multiusos del mundo, entonces ya en desuso.

Allí se hacinaban miles de personas evacuadas, camastros y mantas se extendían por todo el estadio. Sentados, tumbados o deambulando como sonámbulos entre aquel campamento improvisado y los baños del estadio, los supervivientes del Katrina apenas abrían la boca. Fuera, las unidades móviles habían tomado el aparcamiento y la actividad era frenética. Hicimos dos enlaces a lo largo de la mañana y entre medias grabamos cuanto pudimos. Unos tipos habían conducido desde el sur de California para repartir Biblias entre los refugiados. El ex congresista e histórico activista por los derechos civiles Jesse Jackson también apareció por allí.

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Además de las conexiones en directo, debíamos preparar pequeños reportajes con el equipo que yo utilizaba habitualmente en Nueva York: una cámara mini dv y un ordenador portátil que tenía instalada una de las primeras versiones del programa de edición Avid. En realidad, nos organizamos como lo hubiésemos hecho en casa: Fito grababa, Kepa hacía las gestiones para llevar a cabo los envíos y yo redactaba y editaba las piezas. Lo extraordinario de todo aquello era el material con el que trabajábamos.

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Acabada la faena por ese día, hicimos una parada de aprovisionamiento y pusimos rumbo al este en el Explorer. Mientras Fito y Kepa llenaban el maletero con garrafas de combustible, un generador eléctrico y comida no perecedera, yo compré a precio de baratillo la que sería banda sonora de nuestro viaje: los maravillosos Goats Head Soup de los Stones y An Afternoon In The Garden de Elvis. También llamé a la radio para dar el parte de la jornada:

George Bush pasa polo momento máis delicado desde que asumiu a presidencia dos Estados Unidos. Á extrema gravidade do sucedido e do que está a suceder engádense agora as críticas cara á súa xestión da catástrofe, críticas que proceden de todos os eidos: desde afectados directos polo Katrina á clase política, pasando pola práctica totalidade dos medios de comunicación norteamericanos. Sobrepasado polos acontecementos, Bush visitou a zona máis afectada por segunda vez nos últimos catro días, nun intento por demostrar que, aínda que tarde, acabará por ter a situación baixo control. “Temos moito traballo por facer”, dixo o Presidente. Mentres, aquí en Houston, continúa o goteo de evacuados procedentes do estado de Louisiana, uns cinco mil diarios. Dos case douscentos cincuenta mil que se calcula que chegaron a Texas, a maior concentración  dase no estadio Astrodome, no que estivemos hoxe. Alí unhas 12.000 persoas están a recibir o subministro básico de auga, alimentos e refuxio. As principais compañías de comida rápida do país puxéronse a disposición dos refuxiados que, tal e como seguen as cousas nos seus vellos fogares, pódense considerar afortunados. Con todo, a situación de moitos deles é dramática. Deambulan polas inmediacións do recinto coa mirada perdida ou preguntando con desesperación por familiares cuxas fotos amosan ás cámaras e dos que nada saben. Os expresidentes Clinton e Bush pai, que coordinan o continxente de axuda privada, coincidiron no Astrodome co activista e excongresista demócrata Jesse Jackson.

Pero en realidad nuestro día acababa de empezar. Teníamos más de 350 millas por la interestatal 10 hasta nuestro objetivo. Ignorábamos si seríamos capaces de llegar hasta allí. Así que el plan era sencillo: hacer noche lo más cerca posible de Nueva Orleáns y partir de cero otra vez a la mañana siguiente. Sin embargo, pecamos de optimistas. Estábamos ya cerca de Baton Rouge cuando comenzamos a buscar alojamiento. Y lo que nos encontramos fueron moteles convertidos en astrodomes en miniatura: desbordados de gente que había huido de sus casas. No vacancy anywhere. Llevábamos muchas horas en pie y hacía rato que el sol se había ocultado. Podíamos para en un área de descanso y dormir en el Explorer o deshacer parte del camino y seguir probando suerte. Ninguna de las dos opciones me seducía lo más mínimo. Pero decidimos volver. Preguntamos al menos en una docena de establecimientos, cada vez más desanimados, cada vez más lejos del lugar al que nos dirigíamos. Por fin, en el más cutre de todos, un motel antiguo y medio destartalado, no adscrito a ninguna cadena conocida, nos ofrecieron una habitación doble para los tres. Eso nos garantizaba una ducha, un techo y un 66,67 por ciento de posibilidades de dormir sobre un colchón a cada uno de nosotros. Nos quedamos la habitación con la euforia de quien encuentra un billete premiado en la lotería. Compramos cervezas en el bar más cercano y echamos a suertes quién disfrutaba de las camas: a Kepa le tocó saco de dormir sobre la moqueta. Habíamos retrocedido unas sesenta millas, casi una hora de camino, hasta cerca de Lafayette. Pero aún así estábamos a dos horas escasas de la zona cero del Katrina.

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