Diosa de ébano, abuela del blues

Beverly

Virginia Highland es el cruce de caminos más animado de Atlanta, algo así como su alma bohemia. La intersección de las avenidas de Virginia y North Highland floreció como suburbio a comienzos del siglo pasado al quedar conectada con el centro gracias al tranvía. Situado al este de la ciudad, el barrio conserva un buen número de edificios con más de 80 años de antigüedad, lo que en Norteamérica ya les otorga la categoría de históricos. En VaHi, como lo llaman sus vecinos, están las tiendas, restaurantes y clubes más recomendables de la primera urbe del estado de Georgia.

Pasé el mes julio de 2002 en Atlanta tras ser invitado por la CNN a su International Professional Program (IPP). Llevaba apenas cuatro años trabajando en TVG y formaba parte del equipo que contribuía con World Report, un espacio en el que CNN se nutría de reportajes enviados por canales de distintos países del mundo. El IPP era su manera de agradecérnoslo: cuatro semanas de visita en su cuartel general, de charlas con sus estrellas y jefazos, de inmersión en su manera de hacer periodismo. Con 26 años, y aunque los primeros días tuve dificultades con el idioma, para mí fue un regalo de valor incalculable.

Me alojé, junto a otros once periodistas procedentes de lugares como Corea, Indonesia, China, Egipto, Turquía, Sudáfrica, Estonia o Lituania en el Best Western Granada Suites Hotel, hoy ya cerrado. Me ahorraré la parte profesional porque esta entrada es para hablar de otra cosa: teníamos habitaciones individuales que en realidad eran como pequeños apartamentos con todos los servicios de un hotel de categoría media. Éramos jóvenes, salíamos del CNN Center a las cinco de la tarde, teníamos los gastos pagados, nos daban a mayores 200 dólares a la semana, y había barra libre en el bar del hotel de cinco a siete. Dios sabe que no nos aburrimos.

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Mi viejo camarada Fito Ferreiro (ahora metido también en aventuras políticas), que había asistido al IPP antes que yo, me había hablado del Blind Willie’s, el mejor garito de blues de la ciudad. Un amigo suyo que trabajaba en el Weather Channel se ofreció a llevarme. Se llamaba Trey, Trey Hunt. Era un tipo amable y divertido, en realidad como la inmensa mayoría de los norteamericanos con los que me he cruzado hasta ahora. Y son unos cuantos. Creo recordar que se apuntaron a venir con nosotros dos de los compañeros con los que mejor me entendí, el sudafricano Tshepo y el surcoreano Cho. Pero mi memoria de aquella velada se ciñe a lo musical. Sé que cenamos en el local pero sería incapaz de decir si llegué a probar la comida cajun de la que presume el Willie’s en su carta. Lo único que sé es que aquella noche conocí a Beverly Guitar Watkins. The one and only.

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En realidad yo no sabía quién tocaba, ni me había fijado en el programa de eventos del club. Cuando llegamos, sobre el escenario estaban The Shadows, la banda residente: cuatro blancos de mediana edad tocando blues instrumental. Con oficio y sin grandes alardes. Empezaba a pensar que Fito había exagerado cuando el que tocaba el bajo se acercó al micrófono que había sobre el escenario y nos pidió que recibiésemos con un aplauso a Beverly Watkins, “la abuela del blues”. Entonces, mirando a mi alrededor, reparé en una anciana de andar taciturno, que podía ser la dueña del local, la cocinera o la señora de la limpieza, pero que en ningún caso tenía aspecto de artista. Con toda la parsimonia del mundo subió los tres peldaños del escenario y se colgó la Stratocaster que reposaba sobre un soporte, delante de la batería. Y se puso a hacer cosas como estas:

No era solo el maravilloso sonido que extraía de su guitarra, ni su voz, ronca y dulce al mismo tiempo. Era, por encima de todo, su lenguaje corporal. Aquella buena mujer se fundía con la música, formaba parte de ella. Yo ya había visto tocar a Chuck Berry, a Bo Diddley, a Keith Richards, a Neil Young o a Mark Knopfler por aquel entonces. Y Beverly competía en carisma con cualquiera de ellos. Se manejaba como si hubiese sido ella quien le enseñó a Hendrix todos sus excesos formales. Y todo sin inmutarse. Sin dejar de parecer en ningún momento una apacible abuela del Sur.

Nacida en 1939, Watkins se introdujo en la música en cuanto terminó el instituto. Recorrió el país y abrió para artistas como James Brown, Otis Redding o BB King. También limpió casas y lavó coches para sobrevivir. Se ríe cuando alguien le dice que toca “como un hombre”. Aquella noche, en el receso que hizo entre pase y pase, se sentó junto a una caja de discos y los fue despachando entre la clientela. Por supuesto, yo me llevé uno. El álbum se llama Back In Business, es una delicia, y está dedicado de su puño y letra a “Edwardo from Spain”. Aquella actuación suya en el pegajoso calor nocturno del verano de 2002 en Atlanta me acompañará hasta la tumba.

Hace apenas unos días, En Casa del Herrero recibimos la feliz noticia de que Mis Últimas Fichas, un tema que escribí hace una década y grabamos en 2014, se ha alzado vencedor de un concurso organizado por el Festival de Blues de Ribadeo. Ello nos permitirá grabar un nuevo ep a coste cero y actuar el próximo mes de diciembre en el Auditorio Municipal, dentro del programa del festival. Estoy convencido de que, si tuviese manera de hacérselo saber a la señora Watkins, estaría orgullosa.

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“Como diría mi padre…”

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Vamos con una de las batallitas del abuelo. Miércoles, 20 de febrero de 1991: el Radio City Music Hall de Nueva York acoge la Ceremonia de entrega de los premios Grammy. Quincy Jones se convierte en el gran triunfador de la noche al llevarse a casa seis galardones. Pero la Academia ha decidido concederle uno honorífico a Bob Dylan en reconocimiento a toda su trayectoria. Y es él quien protagoniza el gran momento de la velada.

A punto de cumplir medio siglo de vida, Dylan había resurgido artísticamente apenas un par de años atrás, pero en los últimos meses muestra una baja forma alarmante sobre los escenarios. Circulan rumores de que abusa de la bebida. Se le da, una vez más, por amortizado. Cuando un elegante Jack Nicholson sale al escenario para presentarlo, más de uno se teme lo peor. En la retina perdura aún la bochornosa actuación (también introducida por Nicholson) de Dylan junto a los Stones Keith Richards y Ronnie Wood en el Live Aid de 1985. Sin llegar a aquel extremo, su interpretación de Masters Of War resulta tan plana como oportuna: Saddam Hussein está a punto de ordenar la retirada de Kuwait tras el éxito de la Operación Tormenta del Desierto. Ya saben, el general Schwarzkopf y la madre de todas las batallas.

Pero lo divertido viene justo después: su amigo Jack agradece a Bob haber “desarrollado su carrera con valentía y sin pedir nunca disculpas, y haber ido abriendo camino al margen de cuánto cambiasen los tiempos…” Y es entonces cuando a Dylan lo posee de repente el espíritu de otro genio, uno de sus mayores referentes de siempre: Charles Chaplin. Y comienza a moverse y a tocarse compulsivamente el sombrero como hacía Charlie con el bombín cada vez que se metía en la piel del Vagabundo, The Tramp, el más universal de sus personajes.

Pero estamos en la última década del siglo XX y aquello no es una peli muda. Dylan sabe que una audiencia planetaria (si os fijáis, al primero que se ve aplaudiendo en este vídeo es a ¡Plácido Domingo!) está en ese preciso momento pendiente de sus palabras. No en vano, ha sido su capacidad para articularlas y expresarse con brillantez lo que le ha abierto un hueco entre los más grandes. No parece muy convencido a pesar de todo. Duda. Amaga con marcharse. “Gracias…” acierta a decir. “Bueno… (silencio eterno) Sí… Veréis, mi padre era un tipo sencillo, la verdad es que no me enseñó demasiadas cosas pero sí recuerdo algo que solía decirme. Eeeeh… Me decía: ‘hijo…’ Eeeeh… Decía… (silencio muuuucho más eterno aún, imaginen a ese realizador de la NBC al borde del infarto, cagándose en sus muertos)… Decía tantas cosas, ¿sabéis?” Y cuando vuelve a tocarse el sombrero/bombín comprendes que ha estado jugando contigo, con todos, desde el principio. Y que ese ya no es Bob Dylan, y mucho menos su creador, Robert Allen Zimmerman. No. Esa noche es al maldito Charlot al que le han dado el Grammy…

Proyecto Wikinger: crónica de un caramelo (algo) envenenado

“Considéralo un premio”, dijo mi redactor jefe al otro lado de la línea telefónica. “Es algo absolutamente voluntario: si te apetece, cuenta con ir. Si no, se lo ofrecemos a otra persona”. Y lo cierto es que sonaba bien: viaje relámpago a Alemania para visitar el primer parque eólico marino construido por Iberdrola en el Mar Báltico. La coartada gallega eran los casi 30 jackets (sujecciones parcialmente sumergidas sobre las que se erigen los aerogeneradores) construidas por Navantia en sus instalaciones de Fene. Un contrato de casi 100 millones de euros y abundante carga de trabajo que cayó como maná del cielo en el viejo astillero.

A mí me tocaba, en teoría, la parte fácil: viajar el lunes 19 de septiembre hasta Binz, en la costa nororiental de Alemania donde, a una hora razonable, me instalaría en un lujoso hotel con todas las comodidades del hombre de negocios occidental. Podría descansar las horas debidas con vistas a la intensa jornada del martes, que incluía una travesía en barco hasta el parque, situado a 70 kilómetros del puerto base de Mukran-Sassnitz, y una visita posterior a vista de pájaro desde un helicóptero. Regresaría al hotel a tiempo de cenar y dar un paseo (en Alemania es mejor que lo hagas en ese orden si no quieres quedarte con el estómago vacío). Y volvería el miércoles 21 a casa, después de uno de esos desayunos (huevos revueltos, yogures caseros, salchichas, quesos variados) que me hacen perder el sentido.

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Pero todo se torció desde el momento en que se me ofreció la posibilidad de tomar el vuelo inicial en Coruña en lugar de Santiago, desde donde salía mi compañero Rafa, operador de cámara. El plan era encontrarnos en Barajas y allí unirnos a la expedición de Iberdrola, con la que también viajaban compañeros de otros medios. Lo malo es que en mi bendita ciudad hay niebla matinal nueve de cada diez días, y que, por lo visto, el sistema ILS instalado hace unos años para facilitar los aterrizajes (y los despegues) en condiciones meteorológicas adversas se ha puesto en el lado equivocado de la ría. Así que yo ya estaba en pie a las siete de la mañana y camino del aeropuerto a las ocho para despegar (sin facturar) hacia Madrid a las nueve y veinte, pero el vuelo se canceló porque, sencillamente, no había avión. En vista del panorama el piloto decidió no salir siquiera de Barajas. La solución de Iberia Express fue, por decirlo de un modo educado, poco satisfactoria: recolocarme en el vuelo de las cinco y media de la tarde. Ello implicaba, por supuesto, perder el enlace previsto a Berlín (contratado con la misma compañía). Iberdrola contaba conmigo en el aire rumbo a Alemania a la una del mediodía. Pero la flamante “línea aérea más puntual del mundo en 2015” (de eso presumen en sus cuñas) no me ofrecía partir de Madrid hasta las diecinueve cuarenta y cinco.

Digna, una compañera de La Voz de Galicia, se vio inmersa en el mismo problema. Tras múltiples llamadas y gestiones, y después de haber incluso tirado la toalla y regresar a casa para intentar descansar un rato, se nos ofreció un asiento en otro vuelo que partía de Santiago a las dos y media. Seguíamos quedando al margen del grupo que volaba a la una hacia Berlín, pero al menos disponíamos, en teoría, de más margen para buscar una solución mejor que la mencionada de las ocho menos cuarto. El problema en este caso era que en pleno 2016 ese cambio de billete había que tramitarlo de manera presencial, por lo que hube de coger el coche y subir otra vez hasta el aeropuerto de Alvedro, conseguir la tarjeta de embarco, regresar a casa una vez más y esperar tres cuartos de hora a que me recogiese un taxi enviado desde Santiago por mis jefes. ¿Todavía me siguen? ¿En serio? Bien. El taxista me dejó en Lavacolla con margen suficiente para meter en el cuerpo un infame trozo de pizza a un precio aún más infame, encontrarme con Digna y cruzar juntos los dedos para no pasarnos el resto de la tarde tirados en Madrid. Tampoco hubo suerte. El vuelo a Berlín que operaba Ryan Air a las diecisiete horas desde Barajas iba completo (o eso nos dijeron desde la agencia que gestionaba la pesad… el desplazamiento.

A las tres y media de la tarde tomamos tierra en la capital de España tras cincuenta minutos de padecimiento y tortura en una de las ridículas plazas de la clase economy de Iberia Plus (quien mida más de un metro ochenta sabrá de lo que hablo). Paradójicamente, en Barajas disfrutamos de los únicos buenos momentos del día. Por alguna razón que desconozco (quizá porque a la señora del mostrador de Alvedro le di demasiada lástima), en mi tarjeta de embarque Madrid-Berlín decía “acceso a sala VIP”. De entrada, cuando la mostré en el control de entrada, me sentí un poco Paco Martínez Soria recién llegado a la ciudad. Pero qué diablos, yo era el primero que no quería estar allí. Me dejaron invitar a mi acompañante, cuyo billete no había sido bendecido por aquellas palabras mágicas, y aprovechamos para acomodarnos en un sofá, recargar la batería del móvil y, yo en particular, comer como si no hubiese un mañana.

Y es que en realidad aún ni he hecho mención a lo mejor del viaje. A nuestra llegada al aeropuerto de Tegel, en Berlín, a eso de las once de la noche, debía recogernos un fotógrafo freelance, contratado por Iberdrola, que sí había conseguido asiento en el vuelo de las cinco de Ryan Air. Se suponía que este hombre llegaba con el margen suficiente para alquilar un coche y esperarnos con él preparado para salir de inmediato. Pero, seguro que ya lo han adivinado, no sucedió así.

Volvamos a la zona VIP de Barajas por un momento: dos ensaladas, cuatro sándwiches, varias porciones de queso y embutido, un wrap de pollo, un helado de chocolate, una bolsita de cacahuetes, una copa de vino (Ribera del Duero), un refresco, un café y una magdalena. Creo que no me dejo nada. Estuve comiendo y bebiendo dos horas seguidas, a aquellas alturas de la fiesta ya no me fiaba un pelo y presumía que cenar, lo que se dice cenar, no iba a formar parte del orden del día.

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Si el vuelo Santiago-Madrid había sido tortuoso, imaginen el que nos llevó a Berlín. El espacio del que dispuse para emparedar mis piernas fue semejante (si no inferior), y el tiempo de la broma se multiplicó por tres. Pasaba de las once de la noche cuando pisamos la terminal de Tegel (lo más parecido a un velatorio). Me dolían todos los músculos del cuerpo, me zumbaban los oídos como nunca antes al bajarme de un avión… Y allí no había ni rastro de Francis, nuestro fotógrafo y teórico conductor. Nadie con un cartel de Iberdrola esperando a la salida, ningún mensaje en nuestros móviles. Nada. Cuando, al borde de la desesperación, fui capaz de ajustar el teléfono que me había dado la empresa, llamamos a Teresa, la responsable de comunicación de Iberdrola en el viaje. Estaba terminando de cenar junto al resto de compañeros de prensa desplazada al Báltico (entre ellos, el bueno de Rafa y los corresponsales en Alemania de TVE y El País). En Binz, nuestro lugar de destino. A un paso del dichoso cinco estrellas que a esas horas a mí me sonaba más o menos como la isla de Ítaca al pobre de Ulises. Teresa nos dio el número de Francis, que resultó que estaba dando vueltas con el coche… por la villa de Tegel. “La chica de la empresa de alquiler me programó mal el GPS y me ha mandado a este pueblo, que debe de estar al lado, pero es que yo por Madrid me muevo fundamentalmente en bicicleta, apenas conduzco y menos por la noche. Dadme alguna referencia visual y a ver si soy capaz de encontraros”. En ese momento, creo que por primera vez en mi vida, me rendí. Creo que incluso deseé mi muerte por un instante.

No me pregunten cómo, en poco más de media hora (que a nosotros nos parecieron seis), el bueno de Francis apareció con un Volkswagen Golf oscuro al que estuve a punto de abrazarme. Era casi media noche y no podía con mi alma, pero teníamos por delante 350 kilómetros hasta Binz y al día siguiente había que estar listo a la puerta de Ítac del hotel a las ocho menos cuarto. Así que tomé una decisión: “Te voy a pedir dos cosas, Francis: las llaves del coche y algo de conversación”. “Es que creo que el seguro del alquiler no os cubre a vosotros como conductores…” “A la mierda el seguro, tío. Por favor, déjame las llaves…” (Breve silencio) “¿Podemos al menos parar en un área de servicio? No he comido nada desde esta mañana…” Paramos. Nada más salir del aeropuerto y enfilar la autopista. Me abrasé la boca con una mini pizza de peperoni recién salida del microondas y me hice con una botella de agua. Y luego conduje más rápido de lo que lo había hecho en toda mi vida. En la oscuridad de la noche alemana, mientras entraba el otoño, este gallego de Marineda le dio candela a aquel Golf mientras, para no caer presa del sueño, arreglaba el mundo con sus dos compañeros de viaje. Al igual que Digna, Francis resultó ser un excelente contertulio, un tipo viajado, culto y afable. Hablamos de música, de periodismo, de fútbol, de paternidad… Cada vez que levantaba un poco el pie para no coquetear con la muerte en las curvas, el Golf parecía quejarse. Aquel cabrón y sus (imagino que unos) ciento ochenta caballos tenían ganas de juerga. Tras dos horas tumbando aguja, el recorrido se complicó a la altura de Stralsund, justo cuando enfilábamos la Isla de Rugen. Pasamos de dos carriles en cada sentido, asfalto impoluto y rectas de varios kilómetros, a una carretera secundaria estrecha y sinuosa, sin arcén y con una interminable hilera de árboles a cada lado de la calzada. El lugar perfecto para medir mal la frenada y estamparse en mitad de la nada. Levanté el pie. Los párpados me pesaban como un saco de arena pero levanté el pie y me esforcé en mantener la concentración. Para entonces la conversación había decaído bastante. De repente me encontré con una valla luminosa que ocupaba todo nuestro carril con un letrero en alemán, idioma que por supuesto no hablábamos ninguno de los tres. Me detuve. El Google Maps (recurrí a él en vista de que el GPS de alquiler se resistía a ayudarnos) no contemplaba ninguna ruta alternativa. O continuábamos, o allí terminaba nuestro aventura. Por descontado, no había un alma por allí. Ni una tienda, ni una casa, ni nada de nada. Eran casi las tres de la madrugada en cualquier caso, tampoco podíamos despertar a un paisano de la Pomerania Occidental para que nos tradujese una señal, ¿no les parece? Así que tomé la decisión de seguir. Al principio, muy despacio, pendiente del camino. Pero tres, cinco, ocho kilómetros más adelante, ya había recobrado el ritmo y olvidado el cartel luminoso. Y de pronto lo vi. Un badén descomunal en mitad de la carretera. Ahí, a unos pocos metros, de nosotros. Sin que frenar a tiempo fuese siquiera una opción remota.

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“¡Agarraos!”, grité mientras levantaba el pie del acelerador y sostenía el volante recto con la mayor firmeza que pude. A Francis y a Digna apenas les dio tiempo de salir de su letargo. Pensé que nos íbamos a tomar por saco, que destrozaba la suspensión, que daríamos tres vueltas de campana y estamparía el golf contra uno de aquellos árboles, pero, tras la inevitable sacudida, el coche superó el obstáculo contra todo pronóstico. “¿Estáis bien?”, pregunté. Dos voces débiles respondieron afirmativamente. Después los tres estallamos en sonoras carcajadas. Aquello era cada vez más difícil de contar… Eran las tres y media cuando mi móvil proclamó que habíamos llegado a nuestro destino. A esas horas, el empedrado acceso al Grand Hotel Binz olía a victoria épica en la final de la Champions. Sin embargo, faltaba un último detalle: Teresa nos había dicho que no habían conseguido sitio en el mismo hotel para todos los que viajábamos. Y entre los perjudicados, al parecer, estaba Francis. Hasta ese momento aquel había sido un problema menor. Además, en mi estulticia característica, yo daba por hecho que el fotógrafo tenía un planning de viaje como el mío y sabía dónde iba a pernoctar. Pero no era el caso. Por supuesto que no. Cuando le explicamos (en inglés) la coyuntura al recepcionista y le preguntamos por el hotel “más próximo” (eran, por lo visto, palabras de Teresa), su respuesta resonó en el hall como la voz en off de una peli de Scorsese: “Hay como veinte de hoteles en el pueblo. Este es un pueblo turístico. Todos están cerca, a no más de cinco minutos de aquí”. Le dije a la pobre Digna que se fuese a dormir. Y me negué a dejar solo a Francis vagando por Binz casi a las cuatro de la madrugada en busca de su maldito hotel. “Ninguno es de esta categoría. Y me temo que estarán todos cerrados a estas horas, señor”. La cara del recepcionista era un poema de Bécquer. Ven, muerte, etcétera. Entonces vi una F como inicial de una de las personas alojadas por Iberdrola en la lista de los que todavía no se habían registrado. Y reparé en que, aunque me había dicho que había nacido en Londres, Francis tenía rasgos orientales. “¿Cómo te apellidas, tío?” “Twang… ¿Por qué?” “Me cago en todo, joder, porque voy a matarte este es tu puto hotel”. No sé ni la cara que puso Francis al comprobarlo. Yo ya había recogido mi llave e iba camino del ascensor.

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Un ratito después de aquello, a las siete en punto para ser excatos, sonó la alarma del mi teléfono. Creo recordar que volví a verbalizar una deposición en todo lo terrenal y, acto seguido, comprobé las fabulosas vistas al bosque que había desde mi habitación, enorme aunque quizá algo anticuada para lo que (desde la ignorancia) esperaba de un cinco estrellas. Con toda la entereza que confiere una buena ducha aunque hayas dormido muuuuuy poquito, asomé por el buffet del desayuno, donde por fin me encontré con Rafa, mi cámara. Y allí sí, allí por fin disfruté. Unos diez minutos, quince todo lo más, pero gocé como un cerdo en un lodazal. Puede sonar muy paleto, pero, insisto, me pierden los buenos desayunos de hotel. Todas esas cosas que en casa nos da pereza preparar, y allí uno encuentra listas, esperando a ser degustadas. Engullí cuanto pude y saludé arqueando apenas las cejas (pues no tuve la boca vacía en ningún momento) a Digna y Francis, que no tardaron en aparecer. A las ocho menos cuarto estaba, aún acabando de tragar un croissant con mermelada, a la puerta del hotel, donde compañeros andaluces y vascos ya comentaban divertidos nuestra odisea con la gente de Iberdrola. Todo muy muy gracioso. No te jode.

Bien. Estábamos allí para trabajar después de todo, así que un autobús nos trasladó a las oficinas de la compañía en el puerto de Mukran-Sassnitz. Tras un empacho de vídeos e instrucciones de seguridad, empezaron las prisas: nos cambiamos de calzado, nos pusimos el chaleco y el caso, y volvimos a coger el autobús, esta vez para ir al muelle, donde la mitad de los presentes embarcamos en uno de los transportes diarios al parque de Wikinger. Dijeron que la travesía duraba poco más de una hora. Tardamos dos en llegar… En principio, las muy estrictas normas nos impedían grabar en la cubierta del ferry, no podíamos salir de la cabina que, dicho sea de paso, tenía unos butacones abatibles que harían sonrojar a los de Iberia Exprés. Pero tras una breve negociación con Thanos, ingeniero de Iberdrola y nuestro Cicerone a bordo, todo se limitó a lo que en Galicia llamaríamos tener sentidiño: no acercarse demasiado a las barandillas, seguir las instrucciones de la tripulación y comportarse como gente civilizada.

Aunque el parque estaba aún en construcción y no vimos ni un solo aerogenerador, el área que ocupaban las jackets, casi 35 kilómetros cuadrados, impactaba bastante. Nos acercamos a una de ellas para comprobar sus dimensiones y nos cruzamos con uno de los barcos-grúa que las instalaban en el mar. Hacía una mañana espléndida en el Báltico, y Rafa y yo aprovechamos para acumular buen material de recursos y entradillas a cámara. También cuando nos acercamos hasta la subestación Andalucía, el corazón de Wikinger, el lugar que canalizará toda la energía de los 70 molinos que a finales de 2017 comenzarán a surtir de electricidad a unos 300.000 hogares alemanes. El viaje de vuelta al puerto lo hice recostado en uno de aquellos maravillosos asientos. No tardé ni dos minutos en quedarme frito. Cuando volví a abrir los ojos ya teníamos Sassnitz a la vista. Y al desembarcar se produjo el momento glorioso de la jornada. Ansioso por poderse fumar un pitillo casi cinco horas después, Rafa tocó por error donde no debía y, rodeado de periodistas, ingenieros y demás componentes de la expedición, empezó a inflarse como un muñeco Michelín. Poco a poco, las distintas partes de su chaleco salvavidas fueron saltando al tiempo que lo sacudían. Como si diminutos explosivos estratégicamente situados hubiesen explotado en cadena provocándole pequeñas descargas. De entrada hubo quien pensó que lo había hecho a propósito, quizá porque yo no pude evitar descojonarme y empezar a lanzarle fotos. Pero Rafa aún no se había hinchado del todo cuando la estupefacción inicial había mutado en despiporre. “Podéis estar tranquilos si os caéis al mar, que estas mierdas funcionan”, acertó a decir con su acento de Moratalaz. Genio. Ídolo

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Una vez conseguimos dejar de reírnos, nos subimos al autobús y regresamos a la nave de Iberdrola, donde engullimos (de manera literal) unos canapés de carne cruda y algo de fruta, nos cambiamos el calzado, dejamos los cascos… y nos subimos a un helicóptero. En mi caso, por primera vez en mi vida. No había tiempo que perder porque la tarde se nos echaba encima y, aunque el paseo hasta wikinger era mucho más ágil en el chopper, había que hacer más viajes porque sólo podíamos ir en grupos de cinco. Desde arriba la perspectiva del parque eólico resultaba mucho mejor, sus 35 kilómetros cuadrados lucían en todo su esplendor y la subestación Andalucía emergía como el islote nodriza. Cuando los aerogeneradores estén girando en cosa de un año, la vista será sin duda espectacular. Tras un vuelo de lo más apacible, intercambiamos posiciones con otros cinco compañeros y volvimos a ponernos el equipamiento de seguridad antes de grabar unas muy arriesgadas entrevistas… en el puerto. Disculpen la ironía. Se agradece que alguien vele por tu integridad física, por supuesto. Pero doce horas antes yo estaba cruzando Alemania a la velocidad de la luz en un coche alquilado por Iberdrola. Digamos que la experiencia estaba siendo interesante y paradójica a partes iguales. Y dejémoslo ahí.

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Eran las siete de la tarde cuando el autobús nos dejó a la puerta de un hotel. Digo bien, un hotel. No nuestro hotel. Al parecer el conductor y el responsable de la expedición no habían hecho muy buenas migas ya el día anterior, en ese trayecto desde Berlín que yo me había perdido. El caso es que Dieter, o Klaus, o Hans, pongamos que se llamaba Hans, estaba convencido de que el empedrado que llevaba hasta el Grand Hotel  Binz no se iba a llevar bien con la suspensión de su vehículo, y que la calle era muy estrecha en cualquier caso. Total, que estábamos alojados en un hotel de cinco estrellas pero para llegar hasta allí tuvimos que caminar diez minutos cargados con todo el material. Había llegado a un punto en que pensaba que ya nada podía sorprenderme en aquel viaje. Pero cuando nuestro cicerone de Iberdrola soltó la siguiente bomba estuve a punto de derrumbarme: a Hans no le cuadraban las horas del regreso a Berlín a la mañana siguiente. Él era un conductor prudente y responsable y blablabla, así que en lugar de partir de Binz a las ocho, como teníamos previsto, había decidido de manera unilateral adelantar la salida a las seis para que estuviésemos en el aeropuerto con margen suficiente para escribir una novela o algo así… Como por lo visto el que mandaba allí era Hans y los que lo habían contratado no podían exigirle siquiera que cumpliese con lo pactado, mi humor sufrió un nuevo uppercut en la mandíbula. Lo de dormir dos horas menos conllevaba un terrible perjuicio añadido: nada de buffet. El desayuno del lujoso hotel del que saldríamos cargados en mitad de la noche para caminar otros diez minutos hasta el puto autobús de los cojones no empezaba hasta las siete.

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La cena estuvo bien. Seamos justos, estuvo muy bien. Estuvimos deambulando por las cuatro calles de Binz como media hora hasta dar con el sitio reservado pero no hubiera podido ser de otro modo. Cuando nos sentamos he de reconocer que la comida estaba sabrosa (spaghetti won’t ever let you down) y no nos faltó cerveza. Fueron un par de horas agradables, que redondeamos con un par de copas en el bar del hotel, el único lugar que no estaba cerrado a eso de las diez de la noche. Aún diré más: el barman, griego como el bueno de Thanos, sabía hacer su trabajo. Me sirvió dos de los mejores ron-cola que recuerdo. Había un piano y todo. Lástima de una guitarra. Me hubiese venido arriba con facilidad. Pero hubo que subir a dormir. Poco más de cuatro horas. No sin antes hacer la buena obra del día: asegurarme de que la muy amable y eficaz gerencia del Grand Hotel Binz nos tenía preparadas para las seis menos cuarto de la mañana unas bolsas de desayuno. Nada de huevos revueltos ni quesos surtidos, ni salchichas calientes, ni un buen café, claro. Pero al menos conseguí algo. Porque si no sale de mí nos metemos con Hans cuatro horitas de bus hasta Berlín en ayunas…

Si has leído hasta aquí no te sorprenderá en absoluto si digo que el miércoles por la mañana también pasó algo. Y no, no tuvo nada que ver con el desayuno. En recepción encontramos al bajar unos paquetes muy completos con sándwiches vegetales, zumo, agua mineral, fruta, una chocolatina y ¡un huevo cocido! Con su cáscara y todo, allí en mitad del surtido… El problema fue que Digna se quedó dormida. Y Hans daba el perfil de ser un tipo poco razonable con los retrasos. Hubo quien arrancó hacia el lugar donde nos esperaba el autobús, y quien se quedó a esperarla conmigo. Pero acabamos por juntarnos otra vez porque, en plena noche y sin guía de ningún tipo, los menos solidarios no sabían encontrar el camino correcto. Digna bajó con la cara descompuesta pero, al fin, a eso de las seis y cuarto estábamos todos en manos de Hans y camino al aeropuerto de Tegel.

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Dormí la mayor parte del trayecto. No porque el autobús fuese especialmente cómodo, pero lo cierto es que dormí. Cuando abrí los ojos ya había amanecido y me alegré la vista con imágenes como esta de arriba. Por enésima vez lamenté las condiciones insólitas de un viaje que pudo haber sido muy placentero e igual de productivo en lo profesional. Llegamos a Berlín con tiempo de sobra para disfrutar de una anodina terminal en la que, por no haber, no había ni tienda duty free. El vuelo fue igual de cómodo que el de ida, aunque volvió a vencerme el sueño. Liberado de tensión, mi cuerpo empezaba a pasarme factura.

El último susto nos lo llevamos en Barajas. Nuestro enlace de regreso a Coruña era con Air Europa, y al llegar al mostrador nos dijeron que el vuelo estaba ya completo. Por lo visto debíamos haber obtenido nuestra tarjeta de embarque a través de la web el día anterior. Qué irresponsabilidad la nuestra. ¡Cómo se nos pudo ocurrir salir a cenar la noche anterior en lugar de ir en busca de un ordenador y una impresora a lo largo y ancho de la Pomerania Occidental! Al final nos dieron asiento y, contra todo pronóstico, este resultó el más cómodo y espacioso de los cuatro vuelos que tomé esos días. Lo han adivinado: volví a quedarme dormido. Desperté justo a tiempo de apreciar en toda su belleza la ría de mi ciudad y tomar tierra para abrazar a mi mujer y a mis hijos, que estaban esperándome.

En los días siguientes preparé dos pequeñas crónicas para TVG. La primera se emitió ya el jueves 22 de septiembre. La segunda, el sábado 24.

 

 

 

(No tan) Breve historia de un bonus track

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El 28 de enero de 1948, un avión del Servicio de Inmigración estadounidense se estrellaba en el Cañón de Los Gatos, en Coalinga, California. Las 32 personas que habían despegado de Oakland, cerca de San Francisco, murieron en el accidente: tres tripulantes, un guardia de inmigración y 28 ciudadanos mejicanos que estaban siendo deportados. Eran braceros, trabajadores agrícolas que habían cruzado la frontera en virtud de un acuerdo firmado entre ambos países durante la Segunda Guerra Mundial. Los Estados Unidos necesitaban mano de obra para compensar el alistamiento masivo de sus jóvenes en la lucha por liberar a la vieja Europa del yugo de los nazis. Pero conforme las tropas regresaban del frente y los contratos de trabajo expiraban, los mejicanos eran trasladados de vuelta al sur del Río Grande.

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Cuando aquel avión se estrelló, sólo se celebraron cuatro funerales, los de los cuatro empleados del Gobierno, cuyas familias pudieron enterrar sus restos según sus propias creencias y ritos. Los jornaleros viajaban indocumentados y nadie se preocupó siquiera por identificarlos. Los echaron a una fosa común de la cercana Fresno, y colocaron sobre ella una placa en la que se limitaron a escribir “28 ciudadanos mejicanos”.

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La historia de los trabajadores sin nombre conmovió a Woody Guthrie, el cantautor más importante y prolífico de la posguerra en América, que escribió en su memoria el poema Plane Wreck At Los Gatos. Un maestro de escuela llamado Martin Hoffman le añadió unos sencillos acordes y, convertida ya en canción, Plane Wreck… (también conocida como Deportees), ha sido grabada e interpretada a lo largo de las últimas décadas por artistas de la talla de Bob Dylan, Johnny Cash o Bruce Springsteen.

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En 2009, más de 60 años después del accidente de Los Gatos, el escritor Tim Z. Hernandez se propuso hacerles justicia a “los 28” e inició una larga investigación en la que contó con el único apoyo de la Diócesis de Fresno. Desde el día 2 de septiembre de 2013, en el cementerio católico de la Holy Cross de esta ciudad hay un monolito en el que, por fin, se leen los nombres de los 28 braceros que murieron en aquel avión.

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 ¿Por qué os cuento esta historia? Porque en el primer disco que grabé con En Casa del Herrero había 8 canciones de mi cosecha y una versión de Deportees muy especial, a modo de extra. El 22 de junio de ese mismo año, ECDH tuvimos la suerte de abrir en nuestra ciudad para un artista que ha colaborado con gente como Jackson Browne, Emmylou HarrisJoan Baez, Graham Nash o David Crosby. No sólo eso; Joel Rafael es el mejor continuador contemporáneo del legado de Woody Guthrie, cuyas canciones más emblemáticas arregló y grabó hace unos años en dos discos deliciosos que ya estáis tardando en conseguir. Esa noche de junio, víspera de las hogueras de San Juan, Joel me invitó a cantar juntos Deportees, como unas semanas atrás había hecho con su amigo Kris Kristofferson. A pesar de sus imperfecciones (conocimos a Joel ese mismo día y apenas hubo tiempo de ensayar el reparto de versos en la prueba de sonido), el tema acabó convirtiéndose en un broche de lujo para nuestro cedé de presentación.

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El excelso artesano de canciones

(artículo publicado en La Voz de Galicia el viernes, 14 de octubre de 2016)

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TRIBUNA

El excelso artesano de canciones

EDUARDO HERRERO
PERIODISTA, LÍDER DEL GRUPO EN CASA DEL HERRERO Y ANTIGUO COMPONENTE DE THE HIGHLIGHTS, PRIMERA BANDA TRIBUTO A DYLAN DE GALICIA 1

Nadie esculpe el silencio como Bob Dylan. Nadie va a encontrar las palabras que buscas con más precisión que él, sea cual sea tu estado de ánimo. Dylan escribe como si te conociese de siempre, como si la misma chica que te ha dejado le hubiese roto el corazón a él antes que a ti; como si la rabia, o la inquietud, o la esperanza que te mueve fuese también la suya. Si alguna vez crees que nadie es capaz de comprenderte, que nadie ha pasado antes por lo mismo, haz la prueba. Escucha, lee, empápate de Mississippi oNot Dark Yet cuando te angustie el paso implacable del tiempo. Repasa The Lonesome Death Of Hattie Carroll cada vez que una sentencia judicial te provoque indignación. Prueba con Most Of The Time si eres incapaz de sacarte a esa persona de la cabeza; o con It Ain’t Me, Babe cuando, por el contrario, no puedas corresponder a sus sentimientos. Déjate mecer por Every Grain Of Sand si encuentras consuelo en tu fe. Y no dudes en recurrir aRestless Farewell para poder pasar página y empezar otra vez de cero.

Durante más de un lustro canté las letras de Bob Dylan en uno de los primeros grupos tributo que hubo en Galicia, The Highlights. Cada vez que me subía al escenario me acechaban dos certezas: nosotros no éramos muy buenos, pero las canciones sí. Y aquel fue el único modo que encontré de vencer el miedo escénico: saber que los textos que entonaba eran imbatibles.

Con todo, admito que la noticia me ha sorprendido. Desde mediados de los noventa, su candidatura al Nobel de Literatura venía entendiéndose como una simple frivolidad promovida desde ciertos foros universitarios estadounidenses devotos del músico de Minnesota. Era esa anécdota permanente, ese ¿te imaginas que…? No sé si Dylan merece el galardón más que Roth o Murakami. Lo que tengo claro es que hay literatura en su obra, aunque esta no sea estrictamente literaria. Y ello otorga más mérito todavía al judío errante. Dylan es un artesano excelso, heredero de una rica tradición, tal y como ayer explicó la portavoz de la Academia Sueca. Sobre los mismos acordes sencillos con que su maestro Woody Guthrie arengaba a la clase trabajadora de la posguerra, Bob Dylan ha sabido crear un legado que trasciende espacio y tiempo. Como dijo una vez Leonard Cohen, es uno de esos personajes que aparecen cada tres o cuatro siglos. Como Leonardo, Van Gogh o Chaplin. Aunque mi cita favorita es otra de Neil Young: «Bob es el mayor talento individual del rock. Del pasado, del presente y del futuro».

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El Padre Domingo y La Vuelta del 93

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Verán, yo también tuve 17 años. Quiero decir que hubo un tiempo en que fui (todavía) bastante más imbécil de lo que soy ahora. Como cualquiera de ustedes, imagino. Pero en realidad esta entrada no es tanto para hablar de mí como de un hombre cordial, paciente, muchas veces taciturno y, desde luego, menos pardillo de lo que nosotros, sus alumnos, pensábamos.

Entre los 5 y los 18 años estudié en el colegio que los Dominicos tienen anexo al convento en el que desde 1589 se venera a la Patrona de mi ciudad, la Virgen del Rosario. Aquel año, María Pita y unos cuantos vecinos más de La Muy Noble Y Muy Leal se encomendaron a la Virgen y le dieron para el pelo a Sir Francis Drake, corsario de nulos escrúpulos (como la práctica totalidad de los navegantes ingleses de la época) y, hasta ese momento, invencible allá por donde asomaba.

El Padre Domingo Martín, salmantino del 37, fue mi profesor de Filosofía en lo que entonces llamaban tercero de B.U.P. (y ahora mejor que no se esfuercen en explicármelo porque no lo voy a entender… y total cambiará otra vez dentro de nada, ¿apostamos?). La mejor lección que me dio no figuraba en el plan de estudios de aquel año, 1993. Corría el mes de mayo y la Providencia quiso que el final de la 17ª etapa de La Vuelta a España (entonces se disputaba en primavera) coincidiese con una de las clases del padre Domingo. Final en alto, con llegada en los legendarios Lagos de Covadonga, puerto de Categoría Especial, háganse cargo. Con dos suízos luchando por la victoria final a solo cuatro jornadas de la conclusión de la prueba: Tony Rominger (CLAS), que había asaltado el liderato cuatro días antes en la contrarreloj de Zaragoza, y el joven Alex Zülle (ONCE). Y con Pedro Delgado (mi ídolo muy por delante del soso de Indurain, que entonces ya era el capo del equipo Banesto y se había reservado esa temporada para ganar el Giro y el Tour), sin opciones en la clasificación general pero dispuesto a conseguir una última gran victoria, ya en el ocaso de su carrera.

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Insisto, pónganse en mi lugar: yo era un buen estudiante orientado sin pudor alguno hacia las letras. Me gustaba y se me daba bien la Filosofía. Y aquella clase con el Padre Domingo en la sobremesa del miércoles, 12 de mayo, era como un grano en el culo. Así que, lo confieso, maldita sea, provoqué mi expulsión del aula cuando aún no eran ni las cuatro y cinco de la tarde, junto a un compañero/cómplice que hoy vive lejos de Galicia (dejémoslo ahí). No hicimos nada grave, no crean: nos limitamos a no dejar de hablar (y a hacerlo quizá un poco más alto de lo habitual), ignorando las sucesivas llamadas de atención de nuestro profesor. “Os veo un poco inquietos de más, muchachos. Salid al pasillo un rato y que os dé el aire”, nos dijo el padre Domingo. Obtenida la coartada que buscábamos, en lugar de forzar la habitual negociación para convencer al profesor de que ya nos callábamos y sabríamos comportarnos el resto de la hora, salimos como alma que lleva el diablo en dirección a la pantalla de televisión más próxima: la de la cafetería en la que nos pasábamos los recreos jugando al billar, situada en la Plaza de Azcárraga.

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Delgado no tuvo opciones de ganar en ningún momento, pero fue una gran etapa. La ganó el colombiano del Seguros Amaya, Oliverio Rincón, que se había escapado en solitario muchos kilómetros atrás. Rominger entró segundo en meta, a un minuto y quince segundos de Rincón, con Zülle en tercer lugar, pegado a su rueda. A uno veintiséis llegó Perico y ya no tentamos más a la suerte. Regresamos a toda carrera al colegio para estar donde debíamos cuando sonase el timbre. Recompusimos el gesto y, cuando el Padre Domingo abrió la puerta, me acerqué a él para expresarle lo arrepentido que estaba y asegurarle que no volvería a comportarme así. “No tengo la menor duda, hijo”, respondió. Y, agarrándome por el brazo para que me acercase un poco más a él, añadió en un susurro: “Los Lagos son sólo una vez año”. Después se alejó por el pasillo con el hábito blanco que vestía siempre en señal de su compromiso con Dios, sin volver ya la vista atrás. Asistí con normalidad a sus siguientes clases, y ambos nos comportamos como si aquello jamás hubiese sucedido.

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La Vuelta del 93, que terminó en Santiago porque era año Xacobeo y entre Fraga y Pelegrín todo parecía posible (¡hasta traer a Bob Dylan a Riazor!), la ganó Tony Rominger con 29 segundos de ventaja sobre Alex Zülle. El podio lo completó otro de mis favoritos, el gran escalador bejarano Lale Cubino, pero ya a casi nueve minutos de los dos corredores suizos. El Padre Domingo Martín López pasó de la muerte a la vida de los que creen en el Señor Jesús el pasado 27 de septiembre de 2016 a los 79 años. Era uno de los últimos de aquellos hombres buenos de los que tanto aprendí cuando era (aún) más tonto que ahora. Descanse en paz.

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Cuando fuimos los mejores

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Photo by Jamie McDonald/Getty Images

Quizá a estas alturas a algunos de ustedes, los más jóvenes o desmemoriados, les cueste creerlo, pero hubo un tiempo en el que el Real Club Deportivo de La Coruña, el equipo de mi ciudad, alternó con la élite europea. Y no crean que fue cosa de un día, ni una contribución testimonial: el Dépor disputó la Liga de Campeones en cinco ediciones consecutivas entre los años 2000 (en que se proclamó Campeón de Liga en España) y 2005. Por el camino y en una final inolvidable fue también Campeón de Copa en 2002 (trofeo que ya había alzado en 1995), y posterior Campeón de Supercopa tanto en 2000 como en 2002 (títulos a los que habría que sumar también el logrado en el 95) .

Aquel fue el Deportivo que ganó 0-5 en el campo del eterno rival del sur, el que protagonizó la mayor remontada en un partido de Liga de Campeones y la mayor remontada en una eliminatoria de cuartos. El que jamás perdió en Riazor ante el Real Madrid, que además solía salir esquilmado. El que visitaba el Camp Nou como quien juega en Los Pajaritos… Bien, pues yo tuve la suerte de informar a diario sobre aquel equipazo que entrenaba Javier Irureta, e incluso compartir viajes y concentraciones con el grupo. En febrero de 2000, año y medio después de incorporarme a la redacción de deportes de TVG, mis jefes me recolocaron en la delegación de Coruña, donde había quedado una vacante a poco más de tres meses de la conquista de la Liga por parte del Deportivo. Casualidades de la vida, dejé el puesto para marcharme como corresponsal a Nueva York en enero de 2005, justo cuando aquel ciclo glorioso tocaba a su fin.

Para ser honesto, he de reconocer que buena parte del trabajo que desarrollé a lo largo de aquel lustro estuvo marcado por la monotonía. La cobertura diaria de un equipo de fútbol profesional resulta menos excitante de lo que puede parecer desde fuera. En general, los futbolistas no son (ni tienen por qué ser, claro) grandes oradores. Así que contar, sacar cada día algo nuevo del entrenamiento y las correspondientes ruedas de prensa posteriores se me fue haciendo, con el paso del tiempo, cada vez más complicado y tedioso. Como en todos los vestuarios, en el de aquel Dépor había jugadores que (casi) nunca hablaban (Romero, Makaay, Naybet, Tristán…). Y entre los que sí lo hacían, muy pocos eran capaces de esquivar los aburridos tópicos (“partido difícil porque ellos están también ahí peleando por los puestos de arriba”, “partido difícil porque ellos están abajo en la tabla y necesitan los puntos con urgencia”, “lo importante es sumar, si puede ser de tres en tres, mucho mejor”, “tenemos que ir a hacer nuestro partido y tratar de aprovechar nuestras oportunidades”… y así todos los días durante cinco largos años) para decir lo que pensaban en realidad, como Molina o Scaloni, el único con el que establecí una relación que cabría calificar de amistosa, aunque ya no sigamos en contacto. Porque sí, ya entonces había abrazafutbolistas en el gremio de informadores, lo que pasa es que yo me negué a formar parte de ellos. Es verdad que me pudo haber ido mucho mejor. Hubo quien dio muchas más primicias de cuatro pesetas, cacareó más peleas adolescentes en la caseta, confirmó más ofertas mareantes de terceros equipos que nunca llegaban, o escribió más elegías gratuitas a cambio de chismorreos intrascendentes… Pero, como decía Jabo, algunos nadábamos con extrema dificultad en salsa rosa.

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AFP/Getty Images

Siempre me llamó la atención la hipocresía y el falso colegueo que practicaban algunos de los periodistas con los que coincidí en aquella etapa. La simpatía con que se acercaban si te consideraban fuente de alguna utilidad, y lo invisible (en el mejor de los casos) que se volvía uno cuando la ventaja informativa la llevaban ellos. No sé, igual la culpa también fue mía, pero cuando un tío que se ha criado a menos de veinte kilómetros de la Torre de Hércules te me habla con acento de Moratalaz, tiendo a desconfiar. Sin embargo, sí trabé amistad con algunos perros verdes como yo: con aquellos que entendían que nuestras crónicas y entrevistas no iban a cambiar el curso de la Historia, ni falta que hacía. Con los que se comportaban como personas antes que como dudosos líderes de audiencia. Y en realidad esa amistad se forjó en conversaciones ajenas al trabajo, en tertulias de café en las que arreglábamos el mundo y nos escandalizábamos del ansia que algunos mostraban por tomarse una copa con tal o cual futbolista. Incluso por pagarla.

En cualquier caso, aquellas seis temporadas (la primera y la última, incompletas) que viví alrededor del Deportivo merecieron la pena por cuanto el equipo, mi equipo, consiguió en los terrenos de juego. Y también por aquellos momentos en que mi trabajo me sacó de la rutina. Porque, gracias al Dépor, yo visité por primera vez a San Sebastián, Barcelona, Valladolid, Valencia o Palma de Mallorca, pero también Turín, Milán, Manchester, Liverpool o Londres. No viajé tanto como me hubiese gustado; ni siquiera lo que creo que en justicia me hubiese correspondido. Pero profundizar en eso sería ya un tanto farragoso, y escribo este cuaderno para recordar lo memorable, no para volver a saborear los sapos que hube de tragar. De modo que sí, desplazarme con el Deportivo supuso un aliciente siempre que tuve la oportunidad de hacerlo. Una ciudad, una habitación de hotel, una experiencia nueva. Quizá una marca de cerveza que volver a degustar, o una comida que olvidar para siempre. Una conversación interesante con un taxista, un momento de tensión rodeado de ultras del equipo rival… Con veintipocos años son, sin duda, experiencias que a uno le gusta añadir a su equipaje.

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En cuanto a lo estrictamente futbolístico, mi balance europeo particular con el Deportivo es un tanto curioso: una única victoria (0-2 y exhibición en Highbury Park ante el Arsenal, apenas una semana después del Centenariazo), cinco valiosos empates (hablamos de Liga de Campeones, oigan) y dos derrotas (3-2 en Turín ante la Juve en el descuento, y 3-1 frente al Lens tras haber empezado ganando). Eran viajes exprés: salíamos de víspera por la mañana temprano en un vuelo chárter fletado por el club. Prensa y equipo volábamos juntos, aunque solíamos alojarnos en hoteles diferentes porque a Irureta le gustaba estar lo más aislado posible. A mí solían acompañarme un cámara y un productor de TVG. Eran días de vacas gordas en la empresa…

Nada más aterrizar en la ciudad de destino, hacíamos un primer envío de material desde una unidad transportable que las más de las veces nos esperaba ya en los alrededores del estadio. Después de comer (tarde y mal, pues nuestros horarios eran en general incompatibles con los de la hostelería europea) teníamos a lo sumo un par de horas de asueto antes de meternos en el autobús y acompañar al del equipo para el entrenamiento y las ruedas de prensa oficiales (porque en la Champions, amigos, todo es oficial). Tras hacer el segundo envío desde la misma transportable y quizá alguna previa para la Radio Galega (la emisora hermana de TVG, en la que acabaría trabajando entre 2006 y 2009), salíamos a cenar. Y ahí ya entraban en juego más factores, como el atractivo del lugar que visitásemos, las distancias que hubiese que recorrer o las ganas de juerga que tuviese cada uno. A mí, en general, me bastaba con meter algo en el estómago, dar un paseo, tomar una copa y regresar al hotel, porque el segundo día de viaje era siempre el más duro. Pero he llegado a escuchar verdaderas hazañas de compañeros en las que tenían cabida desde antros de perdición (¡pero con pianista de etiqueta!) a despertares al lado de desconocidas que pocas horas antes parecían más agraciadas. Conviene aclarar que los protagonistas de tamañas aventuras acostumbraban a trabajar para medios de comunicación que trataban al Deportivo como una anécdota obligatoria. Los que teníamos que pasarnos la mañana siguiente en el hotel de concentración pendientes de captar la imagen de algún jugador, analizar lo que decían los periódicos locales o entrevistar a las peñas de aficionados que acompañaban nuestra expedición, regresábamos a casa con menos batallas sabineras que contar…

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Grazia Neri/Getty Images

Los días de partido nos acercábamos al hotel del equipo nada más desayunar en el nuestro. Recogíamos lo que contaban las portadas, entrevistábamos a algún aficionado (siempre los había: emigrantes gallegos, estudiantes de Erasmus) y grabábamos varias personalizaciones para dar paso a cuantos vídeos se estuviesen preparando desde nuestra sede central en San Marcos. Lo más habitual era que empleásemos el llamado falso directo, formato que yo siempre he aborrecido pero que a algunos de mis jefes de entonces les volvía locos. Enviábamos todo otra vez hacia mediodía, comíamos más o menos igual de tarde y mal que el día anterior, y regresábamos al hotel para recoger nuestro (escaso) equipaje, que a primera hora habíamos dejado en recepción. Lo del late check out y el receso pre-partido estaba reservado a los verdaderos protagonistas de la expedición: los jugadores y el cuadro técnico. Nosotros nos limitábamos a hacer tiempo hasta la hora de poner rumbo de nuevo al estadio. Lo que en mi caso significaba ir de compras: recuerdos baratos y poco voluminosos para la familia. Siempre volvía con algún detalle para todos, ésa es la verdad. Unas dos horas antes del partido se repetía el protocolo del autobús en dirección al estadio. Confieso que vivía los partidos con intensidad. El Deportivo representaba a mi ciudad, a mi tierra, a mi país. Aún no formando parte en ningún momento de los favoritos a ganarla, el mero hecho de disputar la Champions le otorgaba al club una proyección descomunal. Era emocionante sentarse en la tribuna de prensa y escuchar el célebre himno de la mayor competición del fútbol continental, recibir las alineaciones y las estadísticas en aquellos dossieres tan detallados. Y no digamos ya ver a Djalminha silenciar San Siro al trasnformar un penalti a lo Panenka, a Molina pararle un penalti a Del Piero en Delle Alpi o a uno de los guardias de seguridad de Highbury deshacerse en elogios hacia “estos españoles tan buenos técnicamente”.

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Nuestra siguiente parada era la llamada zona mixta: aquella en la que los informadores podíamos realizar las entrevistas a la conclusión del encuentro. Mi consigna era recoger las impresiones del mayor número de futbolistas, incluidos los rivales (aún recuerdo cómo logré entenderme en Turín con el holandés Edgar Davids en mi inexistente… italiano!). Muy justos de tiempo las más de las veces, hacíamos el último envío con ese material y salíamos pitando rumbo al aeropuerto. El vuelo de regreso siempre aterrizaba en el aeropuerto de Santiago porque, por surrealista que suene, el de Coruña cerraba a medianoche. Así que nos metíamos una hora más de autobús, del que yo me apeaba bien entrada la madrugada junto a la Fuente de Cuatro Caminos, a cinco minutos de donde vivía entonces. Y recuerdo que, enfundado en mi traje desde primera hora de la mañana, arrastrando mi pequeña maleta de viaje y luchando por contener el sueño, me sentía muy afortunado.