Cuando fuimos los mejores

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Photo by Jamie McDonald/Getty Images

Quizá a estas alturas a algunos de ustedes, los más jóvenes o desmemoriados, les cueste creerlo, pero hubo un tiempo en el que el Real Club Deportivo de La Coruña, el equipo de mi ciudad, alternó con la élite europea. Y no crean que fue cosa de un día, ni una contribución testimonial: el Dépor disputó la Liga de Campeones en cinco ediciones consecutivas entre los años 2000 (en que se proclamó Campeón de Liga en España) y 2005. Por el camino y en una final inolvidable fue también Campeón de Copa en 2002 (trofeo que ya había alzado en 1995), y posterior Campeón de Supercopa tanto en 2000 como en 2002 (títulos a los que habría que sumar también el logrado en el 95) .

Aquel fue el Deportivo que ganó 0-5 en el campo del eterno rival del sur, el que protagonizó la mayor remontada en un partido de Liga de Campeones y la mayor remontada en una eliminatoria de cuartos. El que jamás perdió en Riazor ante el Real Madrid, que además solía salir esquilmado. El que visitaba el Camp Nou como quien juega en Los Pajaritos… Bien, pues yo tuve la suerte de informar a diario sobre aquel equipazo que entrenaba Javier Irureta, e incluso compartir viajes y concentraciones con el grupo. En febrero de 2000, año y medio después de incorporarme a la redacción de deportes de TVG, mis jefes me recolocaron en la delegación de Coruña, donde había quedado una vacante a poco más de tres meses de la conquista de la Liga por parte del Deportivo. Casualidades de la vida, dejé el puesto para marcharme como corresponsal a Nueva York en enero de 2005, justo cuando aquel ciclo glorioso tocaba a su fin.

Para ser honesto, he de reconocer que buena parte del trabajo que desarrollé a lo largo de aquel lustro estuvo marcado por la monotonía. La cobertura diaria de un equipo de fútbol profesional resulta menos excitante de lo que puede parecer desde fuera. En general, los futbolistas no son (ni tienen por qué ser, claro) grandes oradores. Así que contar, sacar cada día algo nuevo del entrenamiento y las correspondientes ruedas de prensa posteriores se me fue haciendo, con el paso del tiempo, cada vez más complicado y tedioso. Como en todos los vestuarios, en el de aquel Dépor había jugadores que (casi) nunca hablaban (Romero, Makaay, Naybet, Tristán…). Y entre los que sí lo hacían, muy pocos eran capaces de esquivar los aburridos tópicos (“partido difícil porque ellos están también ahí peleando por los puestos de arriba”, “partido difícil porque ellos están abajo en la tabla y necesitan los puntos con urgencia”, “lo importante es sumar, si puede ser de tres en tres, mucho mejor”, “tenemos que ir a hacer nuestro partido y tratar de aprovechar nuestras oportunidades”… y así todos los días durante cinco largos años) para decir lo que pensaban en realidad, como Molina o Scaloni, el único con el que establecí una relación que cabría calificar de amistosa, aunque ya no sigamos en contacto. Porque sí, ya entonces había abrazafutbolistas en el gremio de informadores, lo que pasa es que yo me negué a formar parte de ellos. Es verdad que me pudo haber ido mucho mejor. Hubo quien dio muchas más primicias de cuatro pesetas, cacareó más peleas adolescentes en la caseta, confirmó más ofertas mareantes de terceros equipos que nunca llegaban, o escribió más elegías gratuitas a cambio de chismorreos intrascendentes… Pero, como decía Jabo, algunos nadábamos con extrema dificultad en salsa rosa.

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AFP/Getty Images

Siempre me llamó la atención la hipocresía y el falso colegueo que practicaban algunos de los periodistas con los que coincidí en aquella etapa. La simpatía con que se acercaban si te consideraban fuente de alguna utilidad, y lo invisible (en el mejor de los casos) que se volvía uno cuando la ventaja informativa la llevaban ellos. No sé, igual la culpa también fue mía, pero cuando un tío que se ha criado a menos de veinte kilómetros de la Torre de Hércules te me habla con acento de Moratalaz, tiendo a desconfiar. Sin embargo, sí trabé amistad con algunos perros verdes como yo: con aquellos que entendían que nuestras crónicas y entrevistas no iban a cambiar el curso de la Historia, ni falta que hacía. Con los que se comportaban como personas antes que como dudosos líderes de audiencia. Y en realidad esa amistad se forjó en conversaciones ajenas al trabajo, en tertulias de café en las que arreglábamos el mundo y nos escandalizábamos del ansia que algunos mostraban por tomarse una copa con tal o cual futbolista. Incluso por pagarla.

En cualquier caso, aquellas seis temporadas (la primera y la última, incompletas) que viví alrededor del Deportivo merecieron la pena por cuanto el equipo, mi equipo, consiguió en los terrenos de juego. Y también por aquellos momentos en que mi trabajo me sacó de la rutina. Porque, gracias al Dépor, yo visité por primera vez a San Sebastián, Barcelona, Valladolid, Valencia o Palma de Mallorca, pero también Turín, Milán, Manchester, Liverpool o Londres. No viajé tanto como me hubiese gustado; ni siquiera lo que creo que en justicia me hubiese correspondido. Pero profundizar en eso sería ya un tanto farragoso, y escribo este cuaderno para recordar lo memorable, no para volver a saborear los sapos que hube de tragar. De modo que sí, desplazarme con el Deportivo supuso un aliciente siempre que tuve la oportunidad de hacerlo. Una ciudad, una habitación de hotel, una experiencia nueva. Quizá una marca de cerveza que volver a degustar, o una comida que olvidar para siempre. Una conversación interesante con un taxista, un momento de tensión rodeado de ultras del equipo rival… Con veintipocos años son, sin duda, experiencias que a uno le gusta añadir a su equipaje.

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En cuanto a lo estrictamente futbolístico, mi balance europeo particular con el Deportivo es un tanto curioso: una única victoria (0-2 y exhibición en Highbury Park ante el Arsenal, apenas una semana después del Centenariazo), cinco valiosos empates (hablamos de Liga de Campeones, oigan) y dos derrotas (3-2 en Turín ante la Juve en el descuento, y 3-1 frente al Lens tras haber empezado ganando). Eran viajes exprés: salíamos de víspera por la mañana temprano en un vuelo chárter fletado por el club. Prensa y equipo volábamos juntos, aunque solíamos alojarnos en hoteles diferentes porque a Irureta le gustaba estar lo más aislado posible. A mí solían acompañarme un cámara y un productor de TVG. Eran días de vacas gordas en la empresa…

Nada más aterrizar en la ciudad de destino, hacíamos un primer envío de material desde una unidad transportable que las más de las veces nos esperaba ya en los alrededores del estadio. Después de comer (tarde y mal, pues nuestros horarios eran en general incompatibles con los de la hostelería europea) teníamos a lo sumo un par de horas de asueto antes de meternos en el autobús y acompañar al del equipo para el entrenamiento y las ruedas de prensa oficiales (porque en la Champions, amigos, todo es oficial). Tras hacer el segundo envío desde la misma transportable y quizá alguna previa para la Radio Galega (la emisora hermana de TVG, en la que acabaría trabajando entre 2006 y 2009), salíamos a cenar. Y ahí ya entraban en juego más factores, como el atractivo del lugar que visitásemos, las distancias que hubiese que recorrer o las ganas de juerga que tuviese cada uno. A mí, en general, me bastaba con meter algo en el estómago, dar un paseo, tomar una copa y regresar al hotel, porque el segundo día de viaje era siempre el más duro. Pero he llegado a escuchar verdaderas hazañas de compañeros en las que tenían cabida desde antros de perdición (¡pero con pianista de etiqueta!) a despertares al lado de desconocidas que pocas horas antes parecían más agraciadas. Conviene aclarar que los protagonistas de tamañas aventuras acostumbraban a trabajar para medios de comunicación que trataban al Deportivo como una anécdota obligatoria. Los que teníamos que pasarnos la mañana siguiente en el hotel de concentración pendientes de captar la imagen de algún jugador, analizar lo que decían los periódicos locales o entrevistar a las peñas de aficionados que acompañaban nuestra expedición, regresábamos a casa con menos batallas sabineras que contar…

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Grazia Neri/Getty Images

Los días de partido nos acercábamos al hotel del equipo nada más desayunar en el nuestro. Recogíamos lo que contaban las portadas, entrevistábamos a algún aficionado (siempre los había: emigrantes gallegos, estudiantes de Erasmus) y grabábamos varias personalizaciones para dar paso a cuantos vídeos se estuviesen preparando desde nuestra sede central en San Marcos. Lo más habitual era que empleásemos el llamado falso directo, formato que yo siempre he aborrecido pero que a algunos de mis jefes de entonces les volvía locos. Enviábamos todo otra vez hacia mediodía, comíamos más o menos igual de tarde y mal que el día anterior, y regresábamos al hotel para recoger nuestro (escaso) equipaje, que a primera hora habíamos dejado en recepción. Lo del late check out y el receso pre-partido estaba reservado a los verdaderos protagonistas de la expedición: los jugadores y el cuadro técnico. Nosotros nos limitábamos a hacer tiempo hasta la hora de poner rumbo de nuevo al estadio. Lo que en mi caso significaba ir de compras: recuerdos baratos y poco voluminosos para la familia. Siempre volvía con algún detalle para todos, ésa es la verdad. Unas dos horas antes del partido se repetía el protocolo del autobús en dirección al estadio. Confieso que vivía los partidos con intensidad. El Deportivo representaba a mi ciudad, a mi tierra, a mi país. Aún no formando parte en ningún momento de los favoritos a ganarla, el mero hecho de disputar la Champions le otorgaba al club una proyección descomunal. Era emocionante sentarse en la tribuna de prensa y escuchar el célebre himno de la mayor competición del fútbol continental, recibir las alineaciones y las estadísticas en aquellos dossieres tan detallados. Y no digamos ya ver a Djalminha silenciar San Siro al trasnformar un penalti a lo Panenka, a Molina pararle un penalti a Del Piero en Delle Alpi o a uno de los guardias de seguridad de Highbury deshacerse en elogios hacia “estos españoles tan buenos técnicamente”.

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Nuestra siguiente parada era la llamada zona mixta: aquella en la que los informadores podíamos realizar las entrevistas a la conclusión del encuentro. Mi consigna era recoger las impresiones del mayor número de futbolistas, incluidos los rivales (aún recuerdo cómo logré entenderme en Turín con el holandés Edgar Davids en mi inexistente… italiano!). Muy justos de tiempo las más de las veces, hacíamos el último envío con ese material y salíamos pitando rumbo al aeropuerto. El vuelo de regreso siempre aterrizaba en el aeropuerto de Santiago porque, por surrealista que suene, el de Coruña cerraba a medianoche. Así que nos metíamos una hora más de autobús, del que yo me apeaba bien entrada la madrugada junto a la Fuente de Cuatro Caminos, a cinco minutos de donde vivía entonces. Y recuerdo que, enfundado en mi traje desde primera hora de la mañana, arrastrando mi pequeña maleta de viaje y luchando por contener el sueño, me sentía muy afortunado.

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