El Padre Domingo y La Vuelta del 93

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Verán, yo también tuve 17 años. Quiero decir que hubo un tiempo en que fui (todavía) bastante más imbécil de lo que soy ahora. Como cualquiera de ustedes, imagino. Pero en realidad esta entrada no es tanto para hablar de mí como de un hombre cordial, paciente, muchas veces taciturno y, desde luego, menos pardillo de lo que nosotros, sus alumnos, pensábamos.

Entre los 5 y los 18 años estudié en el colegio que los Dominicos tienen anexo al convento en el que desde 1589 se venera a la Patrona de mi ciudad, la Virgen del Rosario. Aquel año, María Pita y unos cuantos vecinos más de La Muy Noble Y Muy Leal se encomendaron a la Virgen y le dieron para el pelo a Sir Francis Drake, corsario de nulos escrúpulos (como la práctica totalidad de los navegantes ingleses de la época) y, hasta ese momento, invencible allá por donde asomaba.

El Padre Domingo Martín, salmantino del 37, fue mi profesor de Filosofía en lo que entonces llamaban tercero de B.U.P. (y ahora mejor que no se esfuercen en explicármelo porque no lo voy a entender… y total cambiará otra vez dentro de nada, ¿apostamos?). La mejor lección que me dio no figuraba en el plan de estudios de aquel año, 1993. Corría el mes de mayo y la Providencia quiso que el final de la 17ª etapa de La Vuelta a España (entonces se disputaba en primavera) coincidiese con una de las clases del padre Domingo. Final en alto, con llegada en los legendarios Lagos de Covadonga, puerto de Categoría Especial, háganse cargo. Con dos suízos luchando por la victoria final a solo cuatro jornadas de la conclusión de la prueba: Tony Rominger (CLAS), que había asaltado el liderato cuatro días antes en la contrarreloj de Zaragoza, y el joven Alex Zülle (ONCE). Y con Pedro Delgado (mi ídolo muy por delante del soso de Indurain, que entonces ya era el capo del equipo Banesto y se había reservado esa temporada para ganar el Giro y el Tour), sin opciones en la clasificación general pero dispuesto a conseguir una última gran victoria, ya en el ocaso de su carrera.

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Insisto, pónganse en mi lugar: yo era un buen estudiante orientado sin pudor alguno hacia las letras. Me gustaba y se me daba bien la Filosofía. Y aquella clase con el Padre Domingo en la sobremesa del miércoles, 12 de mayo, era como un grano en el culo. Así que, lo confieso, maldita sea, provoqué mi expulsión del aula cuando aún no eran ni las cuatro y cinco de la tarde, junto a un compañero/cómplice que hoy vive lejos de Galicia (dejémoslo ahí). No hicimos nada grave, no crean: nos limitamos a no dejar de hablar (y a hacerlo quizá un poco más alto de lo habitual), ignorando las sucesivas llamadas de atención de nuestro profesor. “Os veo un poco inquietos de más, muchachos. Salid al pasillo un rato y que os dé el aire”, nos dijo el padre Domingo. Obtenida la coartada que buscábamos, en lugar de forzar la habitual negociación para convencer al profesor de que ya nos callábamos y sabríamos comportarnos el resto de la hora, salimos como alma que lleva el diablo en dirección a la pantalla de televisión más próxima: la de la cafetería en la que nos pasábamos los recreos jugando al billar, situada en la Plaza de Azcárraga.

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Delgado no tuvo opciones de ganar en ningún momento, pero fue una gran etapa. La ganó el colombiano del Seguros Amaya, Oliverio Rincón, que se había escapado en solitario muchos kilómetros atrás. Rominger entró segundo en meta, a un minuto y quince segundos de Rincón, con Zülle en tercer lugar, pegado a su rueda. A uno veintiséis llegó Perico y ya no tentamos más a la suerte. Regresamos a toda carrera al colegio para estar donde debíamos cuando sonase el timbre. Recompusimos el gesto y, cuando el Padre Domingo abrió la puerta, me acerqué a él para expresarle lo arrepentido que estaba y asegurarle que no volvería a comportarme así. “No tengo la menor duda, hijo”, respondió. Y, agarrándome por el brazo para que me acercase un poco más a él, añadió en un susurro: “Los Lagos son sólo una vez año”. Después se alejó por el pasillo con el hábito blanco que vestía siempre en señal de su compromiso con Dios, sin volver ya la vista atrás. Asistí con normalidad a sus siguientes clases, y ambos nos comportamos como si aquello jamás hubiese sucedido.

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La Vuelta del 93, que terminó en Santiago porque era año Xacobeo y entre Fraga y Pelegrín todo parecía posible (¡hasta traer a Bob Dylan a Riazor!), la ganó Tony Rominger con 29 segundos de ventaja sobre Alex Zülle. El podio lo completó otro de mis favoritos, el gran escalador bejarano Lale Cubino, pero ya a casi nueve minutos de los dos corredores suizos. El Padre Domingo Martín López pasó de la muerte a la vida de los que creen en el Señor Jesús el pasado 27 de septiembre de 2016 a los 79 años. Era uno de los últimos de aquellos hombres buenos de los que tanto aprendí cuando era (aún) más tonto que ahora. Descanse en paz.

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