“Como diría mi padre…”

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Vamos con una de las batallitas del abuelo. Miércoles, 20 de febrero de 1991: el Radio City Music Hall de Nueva York acoge la Ceremonia de entrega de los premios Grammy. Quincy Jones se convierte en el gran triunfador de la noche al llevarse a casa seis galardones. Pero la Academia ha decidido concederle uno honorífico a Bob Dylan en reconocimiento a toda su trayectoria. Y es él quien protagoniza el gran momento de la velada.

A punto de cumplir medio siglo de vida, Dylan había resurgido artísticamente apenas un par de años atrás, pero en los últimos meses muestra una baja forma alarmante sobre los escenarios. Circulan rumores de que abusa de la bebida. Se le da, una vez más, por amortizado. Cuando un elegante Jack Nicholson sale al escenario para presentarlo, más de uno se teme lo peor. En la retina perdura aún la bochornosa actuación (también introducida por Nicholson) de Dylan junto a los Stones Keith Richards y Ronnie Wood en el Live Aid de 1985. Sin llegar a aquel extremo, su interpretación de Masters Of War resulta tan plana como oportuna: Saddam Hussein está a punto de ordenar la retirada de Kuwait tras el éxito de la Operación Tormenta del Desierto. Ya saben, el general Schwarzkopf y la madre de todas las batallas.

Pero lo divertido viene justo después: su amigo Jack agradece a Bob haber “desarrollado su carrera con valentía y sin pedir nunca disculpas, y haber ido abriendo camino al margen de cuánto cambiasen los tiempos…” Y es entonces cuando a Dylan lo posee de repente el espíritu de otro genio, uno de sus mayores referentes de siempre: Charles Chaplin. Y comienza a moverse y a tocarse compulsivamente el sombrero como hacía Charlie con el bombín cada vez que se metía en la piel del Vagabundo, The Tramp, el más universal de sus personajes.

Pero estamos en la última década del siglo XX y aquello no es una peli muda. Dylan sabe que una audiencia planetaria (si os fijáis, al primero que se ve aplaudiendo en este vídeo es a ¡Plácido Domingo!) está en ese preciso momento pendiente de sus palabras. No en vano, ha sido su capacidad para articularlas y expresarse con brillantez lo que le ha abierto un hueco entre los más grandes. No parece muy convencido a pesar de todo. Duda. Amaga con marcharse. “Gracias…” acierta a decir. “Bueno… (silencio eterno) Sí… Veréis, mi padre era un tipo sencillo, la verdad es que no me enseñó demasiadas cosas pero sí recuerdo algo que solía decirme. Eeeeh… Me decía: ‘hijo…’ Eeeeh… Decía… (silencio muuuucho más eterno aún, imaginen a ese realizador de la NBC al borde del infarto, cagándose en sus muertos)… Decía tantas cosas, ¿sabéis?” Y cuando vuelve a tocarse el sombrero/bombín comprendes que ha estado jugando contigo, con todos, desde el principio. Y que ese ya no es Bob Dylan, y mucho menos su creador, Robert Allen Zimmerman. No. Esa noche es al maldito Charlot al que le han dado el Grammy…

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