Diosa de ébano, abuela del blues

Beverly

Virginia Highland es el cruce de caminos más animado de Atlanta, algo así como su alma bohemia. La intersección de las avenidas de Virginia y North Highland floreció como suburbio a comienzos del siglo pasado al quedar conectada con el centro gracias al tranvía. Situado al este de la ciudad, el barrio conserva un buen número de edificios con más de 80 años de antigüedad, lo que en Norteamérica ya les otorga la categoría de históricos. En VaHi, como lo llaman sus vecinos, están las tiendas, restaurantes y clubes más recomendables de la primera urbe del estado de Georgia.

Pasé el mes julio de 2002 en Atlanta tras ser invitado por la CNN a su International Professional Program (IPP). Llevaba apenas cuatro años trabajando en TVG y formaba parte del equipo que contribuía con World Report, un espacio en el que CNN se nutría de reportajes enviados por canales de distintos países del mundo. El IPP era su manera de agradecérnoslo: cuatro semanas de visita en su cuartel general, de charlas con sus estrellas y jefazos, de inmersión en su manera de hacer periodismo. Con 26 años, y aunque los primeros días tuve dificultades con el idioma, para mí fue un regalo de valor incalculable.

Me alojé, junto a otros once periodistas procedentes de lugares como Corea, Indonesia, China, Egipto, Turquía, Sudáfrica, Estonia o Lituania en el Best Western Granada Suites Hotel, hoy ya cerrado. Me ahorraré la parte profesional porque esta entrada es para hablar de otra cosa: teníamos habitaciones individuales que en realidad eran como pequeños apartamentos con todos los servicios de un hotel de categoría media. Éramos jóvenes, salíamos del CNN Center a las cinco de la tarde, teníamos los gastos pagados, nos daban a mayores 200 dólares a la semana, y había barra libre en el bar del hotel de cinco a siete. Dios sabe que no nos aburrimos.

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Mi viejo camarada Fito Ferreiro (ahora metido también en aventuras políticas), que había asistido al IPP antes que yo, me había hablado del Blind Willie’s, el mejor garito de blues de la ciudad. Un amigo suyo que trabajaba en el Weather Channel se ofreció a llevarme. Se llamaba Trey, Trey Hunt. Era un tipo amable y divertido, en realidad como la inmensa mayoría de los norteamericanos con los que me he cruzado hasta ahora. Y son unos cuantos. Creo recordar que se apuntaron a venir con nosotros dos de los compañeros con los que mejor me entendí, el sudafricano Tshepo y el surcoreano Cho. Pero mi memoria de aquella velada se ciñe a lo musical. Sé que cenamos en el local pero sería incapaz de decir si llegué a probar la comida cajun de la que presume el Willie’s en su carta. Lo único que sé es que aquella noche conocí a Beverly Guitar Watkins. The one and only.

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En realidad yo no sabía quién tocaba, ni me había fijado en el programa de eventos del club. Cuando llegamos, sobre el escenario estaban The Shadows, la banda residente: cuatro blancos de mediana edad tocando blues instrumental. Con oficio y sin grandes alardes. Empezaba a pensar que Fito había exagerado cuando el que tocaba el bajo se acercó al micrófono que había sobre el escenario y nos pidió que recibiésemos con un aplauso a Beverly Watkins, “la abuela del blues”. Entonces, mirando a mi alrededor, reparé en una anciana de andar taciturno, que podía ser la dueña del local, la cocinera o la señora de la limpieza, pero que en ningún caso tenía aspecto de artista. Con toda la parsimonia del mundo subió los tres peldaños del escenario y se colgó la Stratocaster que reposaba sobre un soporte, delante de la batería. Y se puso a hacer cosas como estas:

No era solo el maravilloso sonido que extraía de su guitarra, ni su voz, ronca y dulce al mismo tiempo. Era, por encima de todo, su lenguaje corporal. Aquella buena mujer se fundía con la música, formaba parte de ella. Yo ya había visto tocar a Chuck Berry, a Bo Diddley, a Keith Richards, a Neil Young o a Mark Knopfler por aquel entonces. Y Beverly competía en carisma con cualquiera de ellos. Se manejaba como si hubiese sido ella quien le enseñó a Hendrix todos sus excesos formales. Y todo sin inmutarse. Sin dejar de parecer en ningún momento una apacible abuela del Sur.

Nacida en 1939, Watkins se introdujo en la música en cuanto terminó el instituto. Recorrió el país y abrió para artistas como James Brown, Otis Redding o BB King. También limpió casas y lavó coches para sobrevivir. Se ríe cuando alguien le dice que toca “como un hombre”. Aquella noche, en el receso que hizo entre pase y pase, se sentó junto a una caja de discos y los fue despachando entre la clientela. Por supuesto, yo me llevé uno. El álbum se llama Back In Business, es una delicia, y está dedicado de su puño y letra a “Edwardo from Spain”. Aquella actuación suya en el pegajoso calor nocturno del verano de 2002 en Atlanta me acompañará hasta la tumba.

Hace apenas unos días, En Casa del Herrero recibimos la feliz noticia de que Mis Últimas Fichas, un tema que escribí hace una década y grabamos en 2014, se ha alzado vencedor de un concurso organizado por el Festival de Blues de Ribadeo. Ello nos permitirá grabar un nuevo ep a coste cero y actuar el próximo mes de diciembre en el Auditorio Municipal, dentro del programa del festival. Estoy convencido de que, si tuviese manera de hacérselo saber a la señora Watkins, estaría orgullosa.

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