Sesión vermú con los Stones (sucedió en Manhattan)

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Está mal que yo lo diga, pero aquel día me salí del mapa. Me había enterado demasiado tarde y no tenía acreditación. El plazo para solicitarlas llevaba días cerrado, pero eran los Rolling Stones y yo entonces vivía en la tierra de las oportunidades, en la capital del mundo occidental. Era un corresponsal extranjero y aquello era un acto de prensa. Tenía que intentarlo.

Recapitulemos. Es martes, diez de mayo de 2005, llevo unos cuatro meses instalado en Nueva York. Me lo he montado de fábula: tengo mi casa y mi oficina (la delegación de la Televisión de Galicia en los Estados Unidos) en un espacioso estudio del 206 de la E70th street, entre Second y Third Avenue. En Lennox Hill, uno de los barrios más tranquilos del Upper East Side, y a un paso de la estación de metro de Hunter College. Es decir, cerca de todo. El frío cruel del invierno en Manhattan ha quedado atrás. Los días van haciéndose cada vez más largos y luminosos. Estoy solo al otro lado del charco, pero cada despertar en la Gran Manzana es una nueva oportunidad. Aún no he cumplido treinta años. Me siento vivo. Y dispuesto a aprovechar cada minuto como si fuese el último.

Pero me pagan por trabajar, claro. Así que esa mañana mi destino es el Museo Americano de Historia Natural, donde se inaugura, atención a la paradoja, una impresionante exposición de… dinosaurios. Enormes dioramas animados, figuras a tamaño natural realizadas con los materiales más exclusivos. Es como estar en el rodaje de Parque Jurásico. Sin embargo, mi cabeza está unas cuantas manzanas más al sur. En realidad, a apenas un cuarto de hora a pie, a las puertas del Lincoln Center y la Julliard School Of Music. Allí, ante el conservatorio más prestigioso del planeta, los Rolling Stones van a presentar (nadie sabe muy bien cómo) su próxima gira. A las doce del mediodía. De hoy.

El tour que los expertos del museo nos están ofreciendo en primicia a los distintos medios que acudimos a la convocatoria está lejos de haber terminado, pero son casi las once y ya he grabado suficiente material para preparar una de mis piezas semanales. Guardo la cámara en la mochila y el trípode en su funda, que a continuación sujeto al carrito con ruedas con el que me muevo con diligencia por toda la ciudad. En mi apartamento está el portátil al que vuelco las imágenes y en el que edito después mis reportajes. Yo busco los temas, gestiono las entrevistas, filmo y monto cada noticia. Un equipo de televisión en un solo hombre. Así lo asumí cuando firmé el contrato. Tiene sus inconvenientes pero, como estoy a punto de comprobar, también sus ventajas. Me excuso con el personal del museo y desciendo a paso ligero por Central Park West hasta la Lincoln Center Plaza, que por supuesto está ya acordonada.

Como he dicho al principio, no he podido acreditarme para la presentación de los Stones, pero sí llevo conmigo, como siempre, mi credencial de corresponsal extranjero, expedida por el Departamento de Estado. Algo así como una llave maestra para ir superando los primeros controles. El definitivo está a unos cincuenta metros del escenario, adornado con el logo más famoso del rock que ha sido customizado (cosas del márketing) con una pelota de béisbol y las palabras On Stage, lema con el que sus Satánicas Majestades han bautizado su futura gira por el país. Cientos de fans ya se han quedado atrás. Gente que se agolpa contra unas vallas desde las que la visibilidad es bastante pobre. Yo hago cola tras otros compañeros periodistas. Las puertas del cielo están custodiadas por media docena de armarios humanos de los que compran siempre en el departamento de tallas especiales, y un puñado de barbies con las tetas operadas. Unos y otras lucen camisetas con la lengua. A todos les quedan pequeñas, pero el resultado difiere según los casos. El corazón me late deprisa. El próximo soy yo. Y mi nombre no está en la lista.

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foto: Brian Rasic (la única de este post que no saqué yo con mi cámara de 70 euros y apenas 3.2 megapíxeles)

Llego a la mesa de registro. Más bollycaos de silicona. Más melenas rubias. Más lenguas a punto de estallar. Más gorilas. Dos preciosas coletas me regalan una sonrisa de lo más profesional mientras me dan los buenos días. “De qué medio viene, ¿señor?” Como sé que si se lo digo lo voy a tener que repetir en vano, le enseño directamente mi identificación. Ella pronuncia mi apellido en un español aceptable y comienza a buscarme en un océano de nombres. Un océano en el que no puede estar el mío porque jamás llegué a inscribirme. A esas alturas estoy jugando la mano de póker de mi vida. Voy de farol pero vamos a jugar hasta el final. Todo o nada. Gloria o miseria. Miss Florida busca y rebusca en sus papeles. Yo ni me inmuto. “Vaya, pues no lo localizo. Televisión Española, dice?” Durante una décima de segundo valoro la posibilidad de jugar a ser de TVE, pero si ellos vienen detrás (y seguro que vienen) me voy a meter en un buen lío. A lo mejor, además de quedarme sin ver a los abuelos salgo de allí con un ojo morado. Así que niego con la cabeza y me hago el impaciente. La gente que viene detrás de mí también lo parece. Ella arquea la ceja y decide que es hora de enseñar las cartas. “¿Con quién contactaste para acreditarte?” Mierda. La tenía. Ya casi la tenía. Qué poco ha faltado… “Pues con el Foreign Press Center, como siempre…” “¿Cómo? Oh, no… Tenías que haber hablado directamente con nuestra oficina. Solo nosotros dábamos los pases… Y ya no cabe nadie más. Estamos desbordados de periodistas. Tenemos overbooking…” Va, venga juguemos un poco más. Solo un poquito. “No me lo puedo creer… Los del Centro de Prensa me dijeron que ellos se encargaban de tramitarlo todo. He venido desde Brooklyn cargando con todo esto. Mi jefe me va a matar…” Percibo un atisbo de duda, de debilidad, en Miss Ojos Están Aquí Arriba, Capullo. “Espera un momento. Tengo que consultarlo”. Ahora se muestra casi amenazante, su dulzura a sueldo se ha evaporado por arte de magia. No te muevas de donde estás”.

Y entonces se produce el milagro. Mientras ella se aleja, el tipo que custodia el tesoro (la cajita donde están los codiciados pases) estira el cuello para leer una vez más mi nombre en mi credencial de prensa, lo apunta a mano en un margen de la lista… ¡y me da una entrada al paraíso! “¡Siguiente!”, grita sin esperar a que yo balbucee un “thank you” cargado de incredulidad, y me aleje cantando victoria. ¡Estoy dentro! ¡Lo conseguí! ¿Lo conseguí? Diez pasos más adelante me intercepta Miss Tú A Mí No Me Conoces Enfadada. “¿A dónde se supone que vas? ¿Quién te ha dado permiso para pasar?” En un acto reflejo, le enseño el pase que me acaban de entregar contraviniendo sus instrucciones. Y de golpe vuelve a convertirse en la dulzura recauchutada que era hace diez minutos. “Ah, entonces ¿por fin han localizado tu nombre? ¡Al final sí estabas en la lista! Bueno pues sigue recto por ahí y busca tu spot en la zona de cámaras para colocar el trípode cuanto antes…” Lo que tú digas, monada. Lo que tú digas.

 Todos los equipos de televisión están ya preparados. Sobre la tarima habilitada a muy pocos metros del escenario estamos unos 250 periodistas llegados de todos los rincones del mundo. Es hora de jugar a otro juego que se llama perfil bajo. Dejo la mochila y la funda del trípode en una esquina, donde no estorben. Y trato de pasar desapercibido. Soy el único allí que no ha ido a trabajar. Por los altavoces, Muddy Waters canta que esta noche será tu hoochie coochie man si nada se lo impide…

Los Stones van con retraso: pasan más de cuarenta minutos de las doce. De fondo, Bo Diddley se pregunta ahora a quién amas en realidad, y luego es Chuck Berry el que le pide a Beethoven que se dé prisa en contarle las últimas noticias a Tchaikovsky“Señoras y señores…” irrumpe entonces por megafonía una voz solemne. Ruge la multitud parapetada allá abajo, tras las vallas. Algo grande está a punto de suceder. Una de esas cosas que solo pueden pasar en Nueva York. “En su primera actuación de este 2005, por favor, den la bienvenida ¡a los Rolling Stones!” Suena el riff de Start Me Up, el telón se levanta y delante de mí aparecen Mick Jagger, Keith Richards, Ronnie Wood, Charlie Watts. Los putos Rolling Stones en persona.

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Esta foto, como la que va bajo el título del post y todas las que siguen, la hice yo con la misma cámara de andar por casa

 Mick se contonea como una anguila, enfundado en una americana de color azul pastel. Levanta los brazos e incita al personal a mover el esqueleto. Pero en la tribuna de prensa nadie le hace caso. ¿Nadie? ¡No! Un irreductible corresponsal llegado desde Galicia, al noroeste de España, brinca, grita, ríe, canta y da palmas como un poseso. Me pellizco para convencerme de que aquello está sucediendo de verdad. Entonces recuerdo que llevo en el bolsillo mi pequeña y muy modesta cámara fotográfica. Y decido inmortalizar el momento sin dejar de disfrutar.

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Mick se quita la chaqueta y anuncia un estreno: un tema del que será su próximo álbum, el primero de los Stones desde Bridges To Babylon (1997). Lo que suena a continuación es otro rock musculoso marca de la casa titulado Oh, No, Not You Again, que meses más tarde verá la luz dentro de A Bigger Bang. Música celestial para mis oídos aunque, haciendo una broma con el lugar que han elegido para su exclusiva actuación, Jagger dice al terminar que no está seguro de si la interpretación que acaban de hacer hubiese pasado el corte en la Julliard School. Sin solución de continuidad, Keef ataca el que quizá sea mi tema favorito de los Stones entre aquellos que podemos considerar sus grandes éxitos: Brown Sugar. Me parece estar levitando, pero no dejo de chillar en cada estribillo.

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No hay metales para acompañar la coda final pero los cuatro Stones aún en nómina y ese temporero de lujo que es el bajista Darryl Jones, se bastan para extender el delirio por toda la plaza. La máquina sigue engrasada. Todavía tienen algo, ese algo que los hace únicos. El concierto termina pero el espectáculo no. Tras un mínimo receso (que todos menos Richards aprovechan para cambiarse de ropa) la banda más legendaria de la Historia del Rock comparece de nuevo para responder a las preguntas de los informadores. La rueda de prensa es un show en sí misma. Los Glimmer Twins regalan treinta poses por minuto, Woody asume su rol de secundario socarrón y Watts simplemente se deja llevar. Mientras, el enviado de cierto tabloide británico se interesa por los impuestos que los Rolling Stones no pagan en su país: “Oh, quién eres tú, ¿míster preguntas sobre economía? no contestamos estupideces, pasemos a la siguiente…” (Jagger, por supuesto). Hay también quien se interesa por el sonido del disco que están a punto de publicar: “Oh, es algo muy contemporáneo, diferente, impactante, va a ser toda una sorpresa. Ya sabes, el clásico disco de los Stones. Y, por supuesto, surge la pregunta que todos esperan: “¿Es esta vuestra última gira” Charlie se adelanta al resto: “¡Sí!” exclama para alborozo de sus compinches. Mick ejerce una vez más de portavoz y de contrapeso. “¿Otra vez con lo mismo de siempre? No, no, no. No hemos pensado en eso siquiera. Sería muy fácil agotar entradas con ese reclamo, pero solo nos planteamos ir concierto a concierto, día a día…” “Hasta que el Señor se apiade de nuestras almas”, apostilla Keef.

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Con la adrenalina todavía disparada, cojo un taxi en dirección a mi casa. Hago algunas llamadas y provoco que algunos de mis amigos acaben el día (en España es ya media tarde) con una alta dosis de envidia cochina. A mitad de trayecto cambio de idea y me apeo delante de un bar. Al día siguiente el mundo lo leerá en las crónicas de los periódicos y lo verá en los informativos de las televisiones. Meses después hasta se editará un dvd pirata, Los Stones rockean en Julliard a la hora de comer… Pero yo he estado allí. Y pienso celebrarlo.

La jugada me salió más redonda todavía. La edición española de la revista Rolling Stone (que dejó de publicarse en 2015) se interesó por mi aventura. Así que unas semanas más tarde cobré un dinerillo extra y vi publicado mi primer artículo en la más célebre cabecera del periodismo musical. Al final sí fui a lo de Julliard a trabajar después de todo…

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Dylan y los premios: un amor bajo cero

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Vaya por delante que a mí me hubiese gustado verle recoger el Nobel de Literatura con su pantalón ribeteado, su levita de predicador, su stetson de ala ancha y, quizá, hasta sus gafas oscuras. Por mi propio interés (el de verle, el de escucharle), hubiese preferido que, por una vez, Bob Dylan hubiese hecho lo que cualquiera en su lugar, sin por ello dejar de ser él mismo. Estoy seguro de que su discurso habría estado, por lo menos, a la altura del que su amigo Leonard Cohen pronunció en Oviedo en 2011. Pero estamos hablando del tipo que enchufó la Stratocaster en el santuario del folk acústico; el que alzó su primer Grammy tras haber proclamado su fe en Jesús en plena efervescencia del punk; el que volvió a desconectar su guitarra e hizo repuntar su carrera con dos discos consecutivos de temas tradicionales, publicados mientras el grunge copaba las radiofórmulas. El mismo tipo que aceptó un Óscar vía satélite y se quitó el sombrero (tras dar un traspiés) para saludar a Juan Pablo II, pero se dejó las aviator puestas cuando fue condecorado por el presidente Obama en la Casa Blanca. “He cenado con reyes, han llegado a ofrecerme alas, pero jamás me han impresionado en exceso”, escribió Dylan ya en 1978 para Is Your Love In Vain?, uno de los temas de su álbum Street Legal. La verdad es que debimos haberlo imaginado. Desde el momento en que se supo que él era el galardonado, su ausencia en la ceremonia de entrega de los Nobel resultaba, al menos, tan factible, como su propia asistencia. ¿Por qué ha decidido no ir en última instancia? No tengo la menor idea. Así de claro. En muchos aspectos, el personaje sobre el que más biografías, ensayos y estudios he leído a lo largo de mi vida, continúa siendo un enorme misterio para mí. En la agenda de Dylan no hay ningún concierto programado después del de este próximo miércoles 23 de noviembre en Fort Lauderdale, de modo que cuesta imaginar qué “compromisos adquiridos con anterioridad” le impiden volar a Estocolmo para recibir el premio más prestigioso de su incomparable trayectoria. Lo que no se sostiene es esa sandez de que lo único que le importa es el dinero, que recibirá de todas formas. En ese caso, su participación directa en los fastos habría sido la mejor estrategia comercial. ¿O acaso los galardonados en años anteriores no han visto multiplicadas las ventas de sus obras gracias a tamaña inyección publicitaria? La decisión final del músico desautoriza además a los palurdos que consideraron un desprecio nacional que tampoco viniese a recoger su Premio Príncipe de Asturias de las Artes el 26 de octubre de 2007. Entonces también se disculpó por escrito: “Permítanme agradecer al Rey, al príncipe Felipe y a los españoles el haberme concedido el Premio Príncipe de Asturias. Soy consciente del enorme prestigio que este premio proporciona, así como también de la larga lista de ilustres galardonados. Es realmente un gran honor. Lamentablemente, no puedo estar ahí para recibir el premio en persona, pero espero regresar pronto a España para manifestar mi gratitud por este galardón”. Aquel día Dylan, que ha hecho de la carretera su hogar y de su gira interminable un modo de vida, estaba actuando en Nebraska mientras el aún heredero a la Corona de España recibía al resto de galardonados.

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¿No se alegra Bob Dylan de que se le haya otorgado el Nobel de Literatura? ¿Acaso rechaza tan alto honor? En modo alguno. Que no sepamos por qué demonios ha decidido no viajar hasta Suecia no da pie a sacar una conclusión tan tremendista. De hecho, aunque por lo visto no fue fácil ponerse en contacto con él, Dylan acabó por aceptar gustoso el premio y se permitió incluso bromear con que la noticia le había “dejado sin palabras”. Y algo que va mucho más en su línea: el día en que se conoció el fallo de la Academia Sueca no hizo, por supuesto, mención alguna durante su concierto en el hotel The Cosmopolitan de Las Vegas. Pero se colgó la guitarra por primera vez en cuatro años (el piano es su instrumento habitual desde hace más de una década). Un gesto tan insondable como demasiado significativo para ser una mera coincidencia.

¿Es alérgico Bob Dylan a los reconocimientos? Quizá no tanto como eso, pero resulta obvio que no se encuentra cómodo siendo el centro de atención fuera del escenario. Dylan detesta la celebridad hasta el punto de haberse disfrazado en muchas ocasiones para poder pasar desapercibido. Ni siquiera así ha logrado siempre su objetivo, como la noche en que la policía de Long Branch, Nueva Jersey, lo tomó por un ladrón cuando merodeaba una casa en venta bajo una lluvia torrencial, en agosto de 2009. Un año antes, en Uruguay, tuvo más suerte cuando salió a pasear en bicicleta vestido de mujer… Sí, sé lo que los profanos estarán pensando ahora mismo. Como una regadera y blablabla. Pero déjenme presentarles al primer dylanólogo de la Historia: AJ Weberman, el hombre que a finales de los años 60 se pasó meses hurgando en la basura doméstica de Dylan (en sentido literal: abría y analizaba como si fuese un CSI las bolsas de deshechos que quedaban ante su domicilio). Weberman llegó a la delirante conclusión de que había un código secreto en las canciones de Dylan. Y escribió un libro infumable para, presuntamente, demostrarlo. Todavía a día de hoy sigue colgando ridículos vídeos sobre él en su canal en YouTube.

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Esta es, también, la clase de reconocimiento con el que Bob Dylan lleva lidiando más de medio siglo… Aunque en realidad su fobia a los premios se remonta al 16 de diciembre de 1963, fecha en que, con apenas 22 años, le fue concedido el Tom Paine Award de manos del muy progresista Comité Nacional de Emergencia por los Derechos Civiles. Su discurso de aceptación levantó ampollas: “Todos ustedes deberían estar ahora mismo en la playa. Deberían estar por ahí disfrutando de su tiempo libre (…) Porque para mí ya no hay blanco o negro, derecha o izquierda. Solo hay arriba y abajo. Y abajo está demasiado cerca del suelo. Y estoy tratando de crecer sin pensar en algo tan trivial como la política (…) “

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La cosa se puso más fea cuando Dylan, que al parecer había bebido más de la cuenta para combatir su nerviosismo, hizo mención al acontecimiento que semanas atrás había conmocionado al mundo. “Ese muchacho que disparó al presidente Kennedy, Lee Oswald… no sé exactamente qué pensaba que estaba haciendo, pero debo admitir que vi algo mío en él…” Probablemente lo único que quiso decir es que Oswald parecía un tipo corriente, no un villano como los de las películas, pero los abucheos precipitaron el final de una alocución por la que Dylan se disculparía días más tarde a través de una carta que finalizaba con un desdeñoso “Nos vemos. Respetuosa o irrespetuosamente”. En As I Went Out One Morning, tema de su álbum John Wesley Harding (1968), Dylan narraba cómo una frágil dama encadenada le pide ayuda, y cómo cuando él le ofrece su mano, ella le agarra el brazo con la clara intención de hacerlo suyo por la fuerza. La escena no se resuelve hasta que Thomas Paine en persona intercede para que la joven respete la libertad del narrador.

Ya en 1970, el artista era reconocido por la Universidad de Princeton como Doctor Honoris Causa en Música. También acudió al acto y también se sintió incómodo, tal y como reflejó en el tema Day Of The Locusts de su siguiente disco, New Morning (1970): “Me quité la toga, recogí mi diploma, tomé la mano de mi amada y nos largamos de allí. Escapamos a las montañas, las negras montañas de Dakota. Desde luego me sentí feliz de haber escapado con vida…”

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A Justin Bieber le han concedido un Grammy este mismo año. Lo sé porque lo acabo de comprobar cuando buscaba una comparación suficientemente esclarecedora. Dylan no recibió ninguno hasta 1980, cuando estaba a punto de cumplir cuarenta. Su Gotta Serve Somebody, carta de presentación de Slow Train Coming (1979), el primero de sus tres discos de temática cristiana, mereció el premio a la mejor interpretación vocal masculina de rock. “No esperaba esto. Quisiera ante todo darle las gracias al Señor. Y también a Jerry Wexler y Barry Beckett (productores) por haber creído en ello”. Eso fue cuanto dijo cundo tuvo en sus manos el gramófono dorado. Este es el momento.

Ya en 1988, Dylan pasó a formar parte del Rock And Roll Hall Of Fame tras una esperpéntica ceremonia en la que también fueron reconocidos los Beatles y los Beach Boys, cuyo cantante, Mike Love, tomó la palabra en primer lugar para proferir una sarta de estupideces a cuenta de los muchos bolos que seguía haciendo con su banda, y de paso insultar, sin motivo aparente, a Mick Jagger o Billy Joel entre otros compañeros de profesión presentes en la sala. Cuando llegó su turno, Dylan (presentado por Bruce Springsteen como “el hermano mayor que nunca tuve”) se lo tomó con calma y comenzó por saludar a Muhammad Ali, Little Richard y Alan Lomax para, acto seguido, “agradecerle a Mike Love que no me haya mencionado en su discurso… Yo también hago un montón de actuaciones cada año… La verdad es que la paz, el amor y la armonía son muy importantes, pero también lo es el perdón, así que debemos practicarlo… ” Con el público metido en el bolsillo, Dylan se prestó a interpretar All Along The Watchtower junto al resto de homenajeados. Su cara lo decía todo: no veía la hora de estar de vuelta en su hotel.

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En enero de 1990, la Orden de las Artes y las Letras de Francia aprovechó la residencia (cuatro conciertos en otros tantos días consecutivos) de Bob Dylan en el teatro Grand Rex de París para hacerle entrega de la medalla de Comendador, el mayor distintivo de la Orden. No consta que tuviese que decir una sola frase. Probablemente aliviado, ese día al menos sonrió.

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En 1991, año en que cumplió medio siglo, el artista recibió de manos de Jack Nicholson un Grammy honorífico por su ya entonces dilatada trayectoria. Sobre aquella velada, en la que volvió a parecer bastante fuera de lugar, escribí hace unas semanas en este mismo blog una entrada que puede leerse aquí.

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Apenas dieciocho meses más tarde, con motivo del trigésimo aniversario del estreno discográfico de Bob Dylan en 1962, Columbia Records organizó el que quizá sea el mayor homenaje jamás realizado a un músico vivo. The 30th Anniversary Concert Celebration (1992) reunió en el Madison Square Garden de Nueva York a Eric Clapton, Stevie Wonder, Lou Reed, Neil Young, George Harrison, The Band, Johnny Cash, Pearl Jam, Willie Nelson, Tom Petty y muchas otras estrellas devotas, en un sentido u otro, del legado del artista de Minnesota. Ya en la recta final de tan memorable espectáculo, Dylan salió al escenario pero habló solo a través de dos de sus viejas canciones: Song To Woody (Guthrie), su primera canción importante, incluida en aquel primerísimo trabajo, e It’s Alright, Ma (I’m Only Bleeding), uno de los textos de los que más orgulloso se ha sentido siempre. Pese a que su voz sonó incluso más aguardentosa de lo habitual, las interpretaciones fueron más que correctas. Al fin y al cabo, estaba solo con su guitarra frente al público. Como tantas otras veces.

Lo difícil vino justo a continuación, cuando se le sumaron algunos de aquellos amigos que habían ido a Nueva York a rendirle pleitesía. Ahí, mientras los demás sonreían y disfrutaban al esculpir jubilosos una maravillosa relectura de My Back Pages, a Dylan se le veía apagado y taciturno. Como si la cosa no fuese con él.

Cuenta Howard Sounes en el escencial Down The Highway: The Life Of Dylan que nuestro hombre no se relajó y disfrutó de su gran noche hasta que, horas más tarde, se bebió unas pintas de Guinness alternadas con vino blanco en el Irish Pavillion, el pub irlandés que regentaba su camarada en los tiempos del Greenwich Village Tommy Makem en la esquina de Lexington con la calle 57. Alentado por Liam Clancy, otro de sus más viejos colegas, Dylan se atrevió incluso con una vieja canción tradicional, que Ronnie Wood y George Harrison se encargaron de completar cuando la guitarra fue pasando de mano en mano.

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En mayo de 1997 Bob Dylan estuvo, según sus propias palabras, a punto de “reunirse con Elvis. Una histoplasmosis aguda lo llevó al hospital el mismo día en que cumplía 56 años, pero no solo se recuperó con éxito, sino que meses más tarde resurgió de sus cenizas con Time Out Of Mind, el disco que le devolvió su estatus de estrella y le procuró tres Grammys al año siguiente, en otra ceremonia para el recuerdo. Con unos kilos de más (probablemente a consecuencia del tratamiento recibido) y visiblemente maquillado, Dylan estaba interpretando Love Sick, el tema que abría aquel trabajo, cuando uno de los bailarines contratados para aparecer de fondo en la retransmisión televisiva se desnudó de cintura para arriba y comenzó a convulsionar a escasos centímetros del cantante, con un inquietante mensaje pintado sobre el pecho: Soy Bomb (Bomba de Soja en inglés, pero también Soy Una Bomba si jugamos a combinarlo con nuestro idioma, tal y como pretendía su portador). Su nombre era Michael Portnoy y se definía como artista multidisciplinar. Todo el mundo dio por hecho que su extrañísima coreografía estaba preparada. Incluso Dylan, que siguió tocando tras echarle un primer vistazo. La seguridad del evento tardó medio minuto en sacar a Portnoy del escenario.

Cuando en 2005 Columbia editó el vídeo de Love Sick (por lo demás, una interpretación extraordinaria) como parte de un dvd que acompañaba la versión deluxe del disco Modern Times,  el momento de gloria de Portnoy fue eliminado.

Pero hubo más. Bob Dylan y el productor de Time Out Of Mind, Daniel Lanois, recibieron juntos el premio al mejor álbum del año de manos de Sheryl Crow, John Fogerty y el rapero Usher.  Tras los agradecimientos de rigor, Dylan hizo una confesión para la que nadie estaba preparado: “Cuando tenía 16 o 17 años fui a ver actuar a Buddy Holly en Duluth. Estaba a menos de un metro de mí y, en un momento determinado, me miró… De alguna manera he vuelto a sentir la presencia de Buddy Holly mientras hacíamos este disco. No sé cómo o por qué, lo que sé que Buddy Holly ha estado con nosotros…” Una vez más, las palabras pronunciadas por el músico no pasaron desapercibidas.

Pocas semanas antes de aquello, Dylan había asistido a la entrega del Premio Kennedy, el mayor honor concedido por el gobierno de los Estados Unidos desde 1978. Se lo entregó el presidente Clinton en persona, a él y a cuatro artistas escénicos más de diferentes disciplinas: Lauren Baccall, Charlton Heston, Jessye NormanEdward Villela fueron las otras figuras reconocidas.

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En el año 2000 Bob Dylan sí encontró tiempo para recibir de manos del Rey de Suecia el prestigioso Polar Music Prize. Claro que, como había sucedido diez años atrás en París, estaba de gira por Escandinavia y ofreció una actuación en Estocolmo esa misma noche. Además, la cosa resultó sencilla: el discurso lo pronunció otra persona, él se limitó a escucharlo impertérrito.

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Fue la Princesa Cristina, hermana del monarca, la encargada de lisonjear a Bob Dylan con aseveraciones muy semejantes a las emitidas por la Academia del Nobel hace poco más de un mes: “Su influencia como cantante y compositor a lo largo del siglo XX es indiscutible” dijo la princesa. “Siempre innovador, pero siempre basado en la rica tradición americana”, añadió, “su integridad y determinación, su habilidad para combinar poesía, armonía y melodía han cautivado a millones de personas de todo el mundo…” La anécdota esta vez la protagonizó el propio artista, que parecía ausente hasta que Cristina de Suecia lo interpeló directamente para que aceptase el galardón. Dylan hizo ademán entonces de coger la placa conmemorativa, aunque el protocolo señalaba que era el rey en persona quien debía entregársela. Aclarado el procedimiento, y en mitad de una gran ovación, al artista se le escapó una sonrisa fugaz cuando recibió también un aparatoso centro floral.

Los premios no dejaron de llegar en 2001. Dylan comenzó el año conquistando el Globo de Oro por su canción Things Have Changed, incluida en la banda sonora de la película Wonder Boys (Jóvenes Prodigiosos), de Curtis Hanson.

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Dylan se vistió de esmoquin para asistir a la gala celebrada en Los Ángeles, y lució por primera vez en público el mostacho mosqueteril que caracterizaría su imagen en los años siguientes. Esta vez tuvo que hablar, pero, aunque de inició soltó una exclamación y aseguró que aquello era algo muy importante, luego se limitó a dar las gracias al director del film, la prensa extranjera que cada año organiza esos galardones, los músicos de su banda, la gente de Columbia Records, todos los miembros de su familia (así, en general)… “Y supongo que eso es todo, ¿no?”

Pocas semanas después, Dylan tuvo que defender la nominación de Things Have Changed en la ceremonia de entrega de los Óscars. La cita lo pilló de gira por Australia, desde donde interpretó la canción vía satélite acompañado de su banda habitual. El realizador aprovechó para fusilarlo a primerísimos planos, algo que el músico intenta evitar siempre a toda costa.

Tras haber logrado el Globo de Oro, Things Have Changed era la gran favorita para conseguir también la estatuilla, y los pronósticos se cumplieron. Jennifer López fue la encargada de anunciar que el Óscar era para Bob Dylan. Michael Douglas, protagonista de Wonder Boys, se rompía las manos dando palmas, igual que Frances MacDormand. Más comedido fue el aplauso de Sting o Björk, a quien Dylan acababa de arrebatar el premio. “Buen Dios, esto es increíble”, comenzó diciendo con una risita floja. A continuación volvió a agradecerle a Curtis Hanson haberle involucrado en el proyecto y a los directivos de Columbia, su sello de toda la vida, la confianza en su labor. Como si de un chiquillo se tratase, envió luego un saludo a sus “amigos y familiares, que me estarán viendo”, y mostró también su gratitud a los miembros de la Academia “por haber tenido el coraje de premiar una canción que no se anda con rodeos a la hora de tratar la naturaleza humana”. Para terminar, y para visible regocijo de de Tony Garnier, su bajista desde 1989, Dylan fue fiel a sí mismo y deseó a todos “que Dios os bendiga con paz, tranquilidad y buenos propósitos”.

Llegamos a 2004 y volvemos a ver a Bob Dylan enfundado en una toga. Esta vez en Escocia, en la Universidad de St Andrews, donde le conceden, igual que 34 años atrás en Princeton, un Doctorado en Música que el artista puede recoger en persona aprovechando que, una vez más, está de gira por el país. La expresión de su rostro en las fotos que trascienden de acto no transmite precisamente entusiasmo. Y eso que, una vez más, volvió a irse de rositas. Sin decir una palabra.

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Willie Nelson ha presumido en alguna ocasión de haber fumado marihuana en la mismísima Casa Blanca. Que sepamos, Bob Dylan no llegó a tanto; pero en 2012 recibió de manos de Barack Obama la Presidential Medal Of Freedom sin ni siquiera quitarse las gafas de sol. Allí coincidió entre otros con Toni Morrison, primera mujer afroamericana en ganar el Nobel de Literatura y el Pulitzer, galardón que Dylan había logrado cuatro años antes.

U.S. President Obama  congratulates 2012 Presidential Medal of Freedom recipient musician Dylan during ceremony in the East Room of the White House in Washington

En realidad, la entrega de estas medallas, el mayor galardón civil de los Estados Unidos (equivalente a la Medalla de Oro del Congreso) es un acto bastante anodino y recogido. El presidente habla durante unos veinte minutos sobre los méritos de los homenajeados, que a continuación son llamados uno por uno para que les sea impuesta la condecoración. En el vídeo que hay aquí abajo, el momento Dylan puede verse a partir del minuto 31. El presidente Obama es, sin duda, quien mejor se lo pasa.

Un año más tarde, Dylan posaba con rictus desafiante serio junto la ministra francesa de Cultura, Aurelie Filippetti, luciendo la Legión de Honor en la solapa de su chaqueta. Lo han adivinado: de nuevo hicieron coincidir el acto con la llegada de la gira del artista a la capital gala. Pero la entrega de la mayor distinción civil o militar concedida en el país vecino se vio precedida de cierta polémica. De hecho, su nominación estuvo suspendida debido a las dudas que la actitud “antibelicista” de Dylan y el “consumo de marihuana” en su juventud despertaban en algunos miembros del comité. Filippetti se salió finalmente con la suya e impuso la medalla al músico en una ceremonia privada en la que no escatimó elogios hacia Dylan, a quien aún así (o a lo mejor por eso) se le vio incómodo como en tantas ocasiones similares. “Estoy agradecido y orgulloso, eso es todo”, se limitó a decir.

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Y llegamos a 2015, año en que Bob Dylan recibe un reconocimiento aparentemente menor, el MusiCares Person Of The Year, un galardón entregado por la misma Academia que organiza los Grammys, y que desde 1991 premia la labor de aquellos músicos que, además de mantener una carrera sólida, han destacado por practicar, de un modo u otro, la filantropía. La gala parece una suerte de reedición reducida de aquel Dylanfest del 92 en Nueva York. Jack White, Neil Young, Norah Jones o Sheryl Crow interpretan algunas de las canciones más emblemáticas de Dylan, presentado con todos los honores por uno de sus más célebres admiradores, el ex presidente Jimmy Carter. El homenajeado sube al estrado con el pelo recién teñido y el gesto más serio que nunca. Contra todo pronóstico, esa noche tiene mucho que decir.

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Bob Dylan toma la palabra durante ¡más de treinta minutos! Ha preparado a conciencia su discurso y lo trae escrito para no dejarse nada en el tintero. Aplaude en primer lugar la labor de MusiCares, una ONG dedicada a prestar asistencia personal, médica o financiera a músicos en apuros. Hace después un repaso de aquellas personas que se han preocupado por él a lo largo de sus más de 50 años de carrera, empezando por el cazatalentos que le consiguió su primer contrato discográfico, John Hammond. Se acuerda después de The Byrds, Nina Simone, Jimi Hendrix, Johnny Cash, Joan Baez… Dylan suena apasionado al explicar de dónde ha venido sacando tantas buenas canciones a lo largo del último medio siglo. No hay magia, no hay misterio: todo proviene de la música tradicional. Pero su tono se torna mucho más agrio cuando se acuerda de “aquellos que dicen que no sé cantar”. No queda claro si bromea o estáa hablando en serio, y de hecho se escuchan risas entre el público, pero Bob dispara con munición pesada: “Los críticos me han puesto a caldo desde el primer día. A su juicio, sueno como una rana. ¿Por qué no dicen lo mismo sobre Tom Waits? Los críticos dicen que mi voz está fundida. Que no tengo voz. ¿Por qué no dicen eso sobre Leonard Cohen? ¿Por qué me dan este tratamiento especial? Los críticos dicen que no puedo aguantar una melodía y que hablo a mi manera durante las canciones. ¿De verdad? Nunca escuché decir eso sobre Lou Reed. ¿Qué he hecho yo para merecer esta deferencia extraordinaria? ¿No tengo rango vocal? ¿Cuándo fue la última vez que escuchasteis a Dr. John? ¿Por qué no decís eso sobre él? Arrastro las palabras, no tengo dicción. Gente, ¿habéis escuchado alguna vez a Charley PattonRobert Johnson Muddy Waters? Hablan sobre palabras arrastradas y ausencia de dicción. ¿Por qué no dicen lo mismo de ellos? “¿Por qué yo, Señor?”, me digo a mí mismo. Sam Cooke respondió esto cuando un día le dijeron que tenía una voz maravillosa. Dijo: “Bueno, eso es muy amable de tu parte, pero las voces no deben ser consideradas por lo bonitas que son. Más bien importan solo si te convencen de que están diciendo la verdad”. Pensad en ello la próxima vez que estéis escuchando a un cantante”.

Juro que lo haré, señor Dylan. Juro que lo haré.

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Ahora voy a marcharme. Voy a quitarme de vuestra vista enseguida. Probablemente no me he referido a mucha gente y he hablado demasiado de unos pocos. Pero es lo que hay. Como dice el espiritual: “Aún estoy cruzando el Jordán”. Espero que nos encontremos de nuevo. Y lo haremos si, como cantaba Hank Williams, “es la voluntad del buen Señor y el arroyo no se desborda”

Esos tipos que cantan como el culo (y me ponen la carne de gallina) vol. 5: Shane MacGowan

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Es un milagro que aún siga vivo. La primera vez que visité Dublín, en el verano de 2012, el taxista que me llevó al aeropuerto me contó que tanto él y como el resto de sus compañeros saben dónde vive Shane Patrick Lysaght MacGowan, cómo conseguir una llave de emergencia y en qué cama tumbarlo para que duerma la borrachera. Lo saben porque todos lo han recogido alguna vez tirado en la calle, hecho un piojo. Tal vez el taxista se estaba quedando conmigo, pero si hay un ser humano en este planeta del que me crea semejante hazaña, es de MacGowan.

En 2006, Robyn Hitchcock recordaba en el programa de la BBC Folk Britannia su primer encuentro con él, a mediados de los 80: “Había ido al Hope And Anchor (un club de la escena punk londinense). The Pogues estaban ya sobre el escenario, preparados para empezar a tocar. De pronto se abrió la puerta de la calle y un borracho cayó rodando por las escaleras. No se tenía ni en pie y pensé: ‘Por Dios, no vais a dejar entrar a este tipo, ¿verdad?’ Entonces se levantó, subió al escenario y se puso a cantar”. Esta es la clase de personaje que nos ocupa. Un pendenciero, un incorregible, un superviviente y, pesar de todo, un talento gigantesco.

Pero el día en que Shane MacGowan gozó de sus cinco primeros minutos de fama no estaba sobre ningún escenario sino entre el público. Corría el año 1976, aún no había cumplido los 20 y había ido a ver a  los Clash. En un momento determinado, a él y a su novia de entonces (Jane Crockford, que años más tarde tocaría el bajo en las Mo-Dettes) no se les ocurrió nada mejor que arrancarse el lóbulo, así que se prestaron ayuda mutua. A mordiscos. Cuando la sangre ya manaba de sus orejas, un fotógrafo inmortalizó la escena. Y los tabloides hicieron el resto: ¡Canibalismo en un concierto de The Clash!

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Paradojas de la vida, Joe Strummer acabaría acudiendo en auxilio de los Pogues quince años después para ocupar de urgencia el sitio de MacGowan durante una gira por los Estados Unidos. ¿La razón? Esa que están pensando. Pero sigamos un orden. Shane es un hijo de irlandeses nacido en Kent, el jardín del Reino Unido. Su primera pasión fue la literatura: a los catorce años consiguió una beca para estudiar en la prestigiosa Westminster School, pero acabó expulsado al curso siguiente. Tampoco creo que les cueste mucho trabajo imaginar el motivo…

Más o menos en la época en la que le dio por practicar la mutilación de apéndices auditivos, el cazurro de Shane se trasladó a Londres, ciudad que ha marcado su obra casi tanto como sus raíces celtas. En la capital fue curtiéndose como guitarrista en bandas del tres al cuarto hasta que, según cuenta la leyenda, conoció al flautista Peter Spider Stacy en los lavabos de una sala en la que tocaban los Ramones. No quieran saber más. Habían nacido The Pogues, el primer grupo de celtic-punk (o, si prefieren, punk-folk) con permiso de los Skids.

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¿Se pueden resumir más de tres décadas de carrera con un listado de canciones en las que el bebercio sea escenario principal o personaje protagonista? Voy a tratar de demostrar que sí. Y lo más grave: ¿Se puede alcanzar el éxito y conservar todos esos años el estatus de estrella sin dejar de estar borracho la mayor parte del tiempo? Me temo que también. Pero en este caso les desaconsejo que intenten probarlo de manera empírica. Los taxistas de Dublín son almas caritativas, buenos samaritanos de misa dominical. Me temo que aquí eso ya lo hemos perdido, amigos.

Arroyos de whisky. Si esa no es una declaración de principios etílicos, que baje George Best y lo vea. Los Pogues se presentaron en sociedad en 1984 con Red Roses For Me, un álbum cargado de energía que establecía ya esa dicotomía entre lo tradicional y lo iconoclasta. La producción, bastante plana, no ensombrecía las aptitudes de MacGowan en joyitas como Boys from the County Hell, Dark Streets of London y, sobre todo, Streams Of Whiskey: “Las palabras que me dijo parecían la más sabia de las filosofías: no hay nada que ganar salvo algo húmedo llamado lágrimas. Cuando el mundo esté demasiado oscuro, lo único que voy a necesitar es la luz en mi interior. Entraré en el primer bar y me tomaré quince pintas. Camino, camino en cualquier dirección que sople el viento. Camino, camino hacia donde fluyen arroyos de whisky”. La honestidad no es una virtud, es una obligación, que diría el salmón.

Fue Elvis Costello quien, un año más tarde, produjo la obra maestra de MacGowan y compañía: Rum, Sodomy & The Lash. El título es parte de una cita atribuida a Winston Churchill: “No me vengáis a hablar de la tradición naval. Eso era todo ron, sodomía y látigo”. Los Pogues acabaron pagando un precio quizá excesivo: Costello se enamoró de la bajista Cait O’Riordan, y esta dejó la banda poco después para unirse a la de quien acabó siendo su marido hasta el año 2002. Las circunstancias no debieron de ser precisamente amistosas, porque O’Riordan no ha participado en ninguna de las sucesivas reuniones de los Pogues posteriores a su disolución inicial. Y es objeto de mofa en Fiesta, una de las canciones más populares (y paradójicamente menos representativas) del grupo: “Y Costello, el rey del América y sutuosa Cait’ O Riordan… Non rompere mes colliones, los gritos fuera de las casas” escupe, textualmente, MacGowan.

Pero volvamos a Rum, el disco más redondo de nuestra cuadrilla de folkies punkarras. Una delicia de principio a fin, la banda sonora perfecta para las novelas de Stevenson o Conrad. Historias que nos trasladan a la expansión asiática del Imperio Británico, que nos hablan de singladuras catastróficas, rancias tabernas y cantinas, burdeles infames. Y amores epistolares siempre por consumar. El olor a alcohol barato vuelve a impregnar The Sick Bed of Cuchulainn, A Pair Of Brown Eyes, The Old Main DragSally Maclennane, quizá la mejor canción jamás escrita por Shane MacGowan: “Jimmy tocaba la armónica en el pub en que yo nací (…) Lo acompañamos caminando bajo la lluvia hasta la estación. Lo besamos antes de que subiese al tren. Y le cantamos una canción de cuando éramos más jóvenes, aunque sabíamos que volveríamos a encontrarnos: ‘es duro decirlo, pero he de ponerme en marcha, así que dadme cerveza y whisky porque me voy muy lejos. Me gustaría pensar que regresaré cuando pueda a la pequeña tasca y a mi querida Sally Maclennane'”. La desidia de MacGowan a la hora de pronunciar, su acento barriobajero y el ritmo frenético del tema se acentuaban todavía más en las interpretaciones en directo.

Los Pogues se recuperaron de la ruptura con Costello y O’Riordan, y alcanzaron de hecho su punto álgido de popularidad con su siguiente trabajo, If I Should Fall From Grace With God (1988), producido por Steve Lillywhite, que había trabajado con figuras de la talla de los Rolling Stones, U2, Talking Heads o Morrissey entre otros. El disco abrió su paleta sonora y permitió acercamientos a la tradición latina (la mencionada Fiesta) o de Oriente Medio (Turkish Song Of The Damned). If I Should Fall contenía además el mayor éxito comercial de la banda, el precioso (aunque ya sobado en exceso desde entonces) pseudo villancico Fairytale Of New York. Ocurre que el concepto de cuento de hadas de Shane MacGowan no debe de ser demasiado convencional, por lo que la historia oscila entre la ternura y el insulto con una naturalidad pasmosa. Y siempre con una copa en las manos: “Era Nochebuena en la celda para alcoholizados. Un viejo me dijo que no vería la siguiente, y luego se puso a cantar una vieja canción… Eras guapa, eras hermosa, la reina de Nueva York, cuando la banda dejó de tocar todos aullaron pidiendo más. Sinatra se movía, todos los borrachos cantaban, nos besamos  en una esquina y bailamos toda la noche… Eres un vago y un macarra, y tú una puta yonqui, ahí tirada medio muerta con el gotero sobre la cama… Escoria, gusano, perverso marica barato, feliz Navidad a tu culo, rezo a Dios porque esta sea la última… Yo pude haber sido alguien, tanto como cualquiera, me quitaste los sueños cuando te conocí… Los he guardado conmigo, cariño. Los tengo junto a los míos. No hubiese llegado hasta aquí solo, he construido mis sueños a tu alrededor…” Aunque Ella Finer (hija de Jim, responsable del banjo en los Pogues y autor parcial de la melodía) está lejos de ser Kirsty MacColl (esposa de Steve Lillywhite que cantó en la grabación original) merece la pena escuchar la versión grabada en el teatro Olympia de París en 2012, con motivo del trigésimo aniversario de la banda. Desdentado, errático, descamisado, hinchado tras tantas correrías y medicamentos para paliar sus efectos… y pese a todo, o tal vez precisamente por eso, entrañable y conmovedor. MacGowan en estado puro:

Nada volvió a ser lo mismo después de If I Should Fall. El listón estaba demasiado alto y Shane MacGowan probablemente demasiado resacoso. Con varios miembros asumiendo responsabilidades compositivas ante su evidente deterioro físico, Peace & Love (1989) siguió abriendo puertas a otros géneros como el jazz (Gridlock) o el jump blues (Cotton Fields, inspirada en el tema del mismo título escrito por Lead Belly y popularizado por la Creedence). Pero que nadie se alarme. Por supuesto, el disco daba cabida una vez más a las consabidas tonadas borrachinas. El ejemplo más serio es USA, pero este es un post más bien informal, ¿verdad?. La letra de Boat Train, cuya línea melódica evoca sin reparo la de Sally Maclennane, no va a defraudar a nadie: “Tomé un par de tragos en la ciudad y algunos más en el puerto. Eché la pota en la pasarela pero algunos paisanos muy amables me ayudaron a subir al tren. Me llevaron hasta una mesa, me echaron whisky garganta abajo y me sentaron. Ahí fue cuando perdí el reloj y el abrigo. Primero bebimos algo de whisky, después también ginebra y luego bebimos tequila. Creo que eso fue lo que me mató. Después le dimos al brandy mientras las mujeres se ponían a bailar… Traté de arrastrame hasta el lavabo y me rompí la maldita espinilla. Lo siguiente que recuerdo es que estaba de vuelta en Londres, dando tumbos sobre la plataforma de la estación mientras llovía”. Los Pogues ya habían incorporado el tema a su repertorio en directo antes de publicarse.

Hell’s Ditch (1990) fue el quinto y último álbum de estudio que Shane MacGowan grabó con los Pogues. Pese a contener algunos momentos memorables, como The Sunnyside Of The Street o Summer In Siam, la banda estaba cada vez más fracturada y su cabeza visible, más descentrada.  La temática y estética oriental cobra más protagonismo en detrimento de la tradición anglo-irlandesa y el poso punk de trabajos anteriores. Hell’s Ditch es, en suma, el menos interesante de los discos de los Pogues (con permiso de los dos que publicaron años más tarde, ya sin MacGowan, y en los que no voy a malgastar ni una línea). Entre lo más salvable también está Rain Street, en la que las referencias espirituosas son más livianas dque de costumbre: “Repica la campana de la iglesia, canta el viejo borracho… El padre McGreer pide una pinta bien fría y media pinta más para el padre Loyola. Le di a mi chica un beso de buenas noches y traté de mear de madrugada. Pero una vez más el lavabo se movió de su sitio, así que volví a fallar el tiro…”

Tras haber sido reemplazado por Joe Strummer el año anterior para una serie de conciertos, Shane MacGowan fue definitivamente expulsado de los Pogues en 1991. Su última actuación en Japón evidencia lo justo de aquella dolorosa decisión. MacGowan no estaba sobrio ni cuando se quedaba dormido. El problema es que, como no tardaron en comprobar, sus compañeros tenían poco que ofrecer sin él.

En cambio, a nuestro hombre le sobraban novias. Y al año siguiente se embarcó en una nueva aventura, Shane MacGowan & The Popes, con algunos roadies de su vieja banda y el batería de ExploitedDanny Heatly. El proyecto dio como fruto un par de trabajos de estudio bastante más fieles al sonido de los Pogues originales que el que estos mismos lograron tras la marcha de Shane. El primero, titulado The Snake (1994), contó con la colaboración de Barney McKenna y John Sheahan de los Dubliners, Brian Robertson (Thin Lizzy, Motörhead), Sinead O’Connor, sus viejos camaradas y, sin embargo, todavía amigos Jem Finer y Spider Stacy, y el actor Johhny Depp, que tocó la guitarra y compartió protagonismo con MacGowan en el impagable videoclip de la canción más rockera borrachuza del disco, That Woman’s Got Me Drinking: “Esa mujer es la que hace que beba, mirad en qué estado estoy. Me da una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez botellas de ginebra. Dice que siempre me ha querido, dice que yo era especial. Pero fijaos en cómo me trata, como si fuese basura. Es esa mujer la que hace que beba, mirad en qué estado estoy…”

En 1997 llegó The Crock of Gold, que no está al mismo nivel pero sigue siendo un álbum divertido y disfrutable. Aunque en el videoclip del sencillo Lonesome Highway vemos a Shane y sus compañeros en su hábitat natural, el pub, es en More Pricks Than Kicks donde hallamos los versos más acordes con el eje de esta entrada: “Si vinieses hasta aquí podríamos salir por la ciudad en lugar de estar siempre en la misma taberna. Si te quedases en mi vida, podríamos llevar una vida maravillosa al estilo irlandés, tal y como solíamos hacer: y beberíamos y bailaríamos, y beberíamos bailaríamos, y beberíamos bailaríamos, y beberíamos bailaríamos. Si le pusieras mi nombre a una calle, yo le pondría el tuyo a un bar. Y sería capaz de atravesar el infierno por invitarte a otra ronda…”

En 2001 Shane MacGowan volvió a unirse a los Pogues para realizar una gira mundial que tuvo parada en el Azkena Rock de Vitoria. Como el negocio fue redondo, la reunión se repitió en 2005 y los cuatro años siguientes. En 2012 celebraron 30 años de su fundación con el álbum en vivo al que me he referido más arriba. Y el 9 de agosto de 2014 se subieron juntos al escenario por última vez en la Bretaña francesa. Shane apareció ante el público con una copa en la mano y la primera canción que atacaron fue Streams Whiskey, ¿qué esperaban? La pasada Nochebuena, en una entrevista con la revista Vice confesaba que, en lo que a él respecta, los Pogues eran historia: “Seguiremos siendo amigos mientras no volvamos a salir juntos a la carretera. Estoy hasta los huevos de ir de gira, ya he tenido suficiente”. Pero tranquilos, esta historia tiene final feliz: ¡nuestro héroe se ha arreglado la piñata! Mirad:

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Esos tipos que cantan como el culo (y me ponen la carne de gallina) vol. 4: Leonard Cohen

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El último gran titular de su vida se lo dedicó a su amigo, el Nobel de Literatura. Dijo que concederle el premio era tan justo como obvio, igual que “colocarle una medalla al Everest por ser la montaña más alta”. Fue en la presentación de You Want It Darker, su epílogo discográfico, un álbum que se abre con una pieza homónima cuyo estribillo reza, en hebreo e inglés, “Aquí me tienes, estoy preparado, Señor”. Nosotros no lo estábamos tanto, pero la muerte a los 82 años de Leonard Norman Cohen estaba en el guion al menos desde el pasado mes de julio. Hoy lo recuerdan infinidad de medios. Hoy sus palabras de despedida para Marianne Ihlen cobran pleno sentido: “Bueno, Marianne, llegados a este momento en el que somos tan viejos, nuestros cuerpos han empezado a desintegrarse. Creo que te seguiré muy pronto”, escribió Cohen en una carta que le hizo llegar a su musa (bendita tecnología), apenas unas horas después de saber que se encontraba en su lecho de muerte.

Repasemos los hechos conocidos: Marianne era la mujer del escritor noruego Axel Jensen. Se enamoraron siendo unos chiquillos y dejaron Escandinavia tan pronto como pudieron, para echar raíces en la isla griega de Hidra. Dudo que nadie pueda culparles por ello (y eso que a mí me fascina el norte)… El caso es que asomaban los años 60, la isla era una especie de santuario bohemio y a Jensen le gustaban más las faldas que comer con las manos. La carne es débil, etcétera. La leyenda, jamás confirmada, cuenta que dejó a Marianne por Lena, la entonces novia de Leonard Cohen, que también había llegado a Hidra huyendo del frío de su Montreal natal. Lo que sí se da por cierto es que, cierto día, Marianne estaba haciendo la compra en una pequeña tienda de ultramarinos cuando un desconocido con inconfundibles rasgos judíos y aspecto de caballero trasnochado le preguntó por qué lloraba, y le ofreció unirse a su grupo de amigos, que conversaban a pocos metros en una terraza. Ihlen llevaba en brazos un bebé de seis meses al que su marido también había abandonado. A Cohen, que en su día reconoció que jamás había visto una mujer tan hermosa, no le importó en absoluto. A las pocas semanas, Marianne y el pequeño Axel se habían instalado en su casa.

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En aquel momento, el canadiense era novelista y poeta (influido por Lorca) a tiempo completo. No se le había pasado por la cabeza todavía canalizar su talento literario hacia la escritura de canciones. En ello jugarían un papel decisivo, y vamos cerrando así el primer círculo de esta entrada, los primeros discos de Bob Dylan, que, junto con los del resto de cantautores de Greenwich Village, sonaban a diario en la emisora de la base de las Fuerzas Aéreas norteamericanas que Cohen sintonizaba desde su sencillo (¡pero cálido!) hogar mediterráneo. Aunque con altibajos, la relación entre Cohen y Marianne se prolongó durante toda aquella década. Superada con creces la treintena, él agarró por fin la guitarra, se mudó a Nueva York y firmó un primer disco imprescindible: Songs Of Leonard Cohen (1967). So Long, Marianne, la pieza que abre la segunda cara, encierra los versos más reveladores del álbum:

(…)

We met when we were almost young
Deep in the green lilac park
You held on to me like I was a crucifix
As we went kneeling through the dark

Your letters they all say that you’re beside me now
Then why do I feel alone?
I’m standing on a ledge and your fine spider web
Is fastening my ankle to a stone

For now I need your hidden love
I’m cold as a new razor blade
You left when I told you I was curious
I never said that I was brave

Now so long, Marianne, it’s time that we began
To laugh and cry and cry and laugh about it all again

So Long… es quizá también la canción más emblemática del disco junto a Suzanne. Pero es Hey, That’s No Way To Say Goodbye, otra pequeña joya sobre sus idas y venidas con Marianne, la que más me conmueve:

I loved you in the morning, our kisses deep and warm,
your hair upon the pillow like a sleepy golden storm,
yes many loved before us, I know that we are not new,
in city and in forest they smiled like me and you,
but let’s not talk of love or chains and things we can’t untie,
your eyes are soft with sorrow,
Hey, that’s no way to say goodbye

La cosa se puso todavía más seria con Songs From A Room (1969). La crítica fue algo menos benévola con este segundo trabajo de Cohen, producido por una autoridad como Bob Johnston y todavía más austero en lo formal que su predecesor. Como en este caso la parte que de verdad nos interesa es la poética, empecemos por lo más visual, por esa maravillosa e icónica imagen de la contracubierta, desde donde una sugerente Marianne Ihlen, cubierta tan solo por una toalla blanca, nos sonríe como muy pocos seres humanos son capaces de hacer: iluminando por completo una estancia, austera y, con la perspectiva del tiempo, poco acogedora, cuya única ventana visible está cerrada de par en par.

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Pero todo el álbum queda justificado ya por su primera canción. Songs From A Room arranca con la prodigiosa Bird On The Wire, donde cada verso es un voto, una declaración de principios por parte del autor. Cohen no escatima imágenes para describir cómo se siente (el pájaro posado en el alambre, el borracho que canta en un coro de medianoche, el caballero salido de un viejo libro pasado de moda, la cabeza de ganado que carga con su cencerro) pero jura, literalmente, estar dispuesto a cambiar las cosas. Y Marianne vuelve a ser la destinataria de sus palabras:

Like a bird on the wire,
like a drunk in a midnight choir
I have tried in my way to be free.
Like a worm on a hook,
like a knight from some old fashioned book
I have saved all my ribbons for thee.
If I, if I have been unkind,
I hope that you can just let it go by.
If I, if I have been untrue
I hope you know it was never to you (…)

De manera inevitable, la muerte de Leonard Cohen, y aquí voy a cerrar el segundo y último círculo de esta nota, me ha traído a la memoria la de Johnny Cash. El Hombre de Negro durmió el sueño de los justos el 12 de septiembre de 2003 a los 71 años, y apenas cuatro meses después que el gran amor de su vida, June Carter. En una de las pocas declaraciones aprovechables que le recuerdo, Bono, cantante de U2, dijo algo así como que June “había subido un poco antes para ir preparándolo todo por allá arriba”. Cash murió por complicaciones en su cuadro crónico de diabetes, pero incluso en algunos foros médicos se habló de que la causa última fue que tenía el corazón roto. Desde el fallecimiento de Marianne Ihlen, el 28 de julio pasado, al de Leonard Cohen, este 7 de noviembre, ha transcurrido casi el mismo tiempo. Y queda la misma sensación, sobre todo al releer su carta de despedida. Y las mismas ganas de escuchar Bird On The Wire, sea en la voz de su autor, o en la de Johnny Cash, que la grabó en la recta final de su carrera.

Esos tipos que cantan como el culo (y me ponen la carne de gallina) vol. 3: Kris Kristofferson

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Lo admito, mi debilidad por este tipo roza lo patológico. Por Dios, miren esa foto y díganme que no les entran ganas de abrazar al abuelo. Nació en Brownsville, Texas, el 22 de junio de 1936, lo que significa que en el momento de escribir estas líneas sigue pateando culos con 80 años a la espalda. Su padre era oficial de las Fuerzas Aéreas, por lo que pasó su infancia de un lado para otro hasta que la familia se instaló en San Mateo, California. Por las venas de Kristoffer Kristofferson corre sangre sueca, irlandesa, escocesa, alemana, holandesa y suiza. Eso por lo menos.

Lars Henry Kristofferson inculcó los valores militares a su hijo desde muy pequeño, pero, a su manera, Kris remoloneó cuanto pudo: destacó como estudiante y como deportista en la Universidad de Pomona, donde se graduó summa cum laude en Literatura en 1958. Le concedieron una beca para marcharse a Oxford, y durante su etapa en el Reino Unido volvió a llamar la atención por sus dotes para el boxeo y el rugby. También le picó por primera vez el gusanillo de la música. Alentado por Larry Parnes, el primer gran manager del pop británico, grabó un primer trabajo para Top Rank Records bajo el nombre de Kris Carson. Kristofferson tenía la esperanza de que el éxito musical le abriese las puertas del que entonces era su verdadero sueño: convertirse en novelista. Pero el disco fue un fracaso rotundo. Kris se graduó en Literatura Inglesa en 1960, regresó a casa y se enroló en el ejército.

Su carrera militar se prolongó por espacio de un lustro. En 1965, cuando ya había alcanzado el rango de capitán y mientras los Stones cantaban Satisfaction, Dylan se electrificaba y los Beatles actuaban en España, Kristofferson dejó el uniforme y se marchó a Nashville. Tenía casi 30 años y volvía a empezar de cero. Y no se trata de ningún eufemismo: su primer trabajo en la capital del country consistió en barrer los suelos de los estudios de Columbia Records. Un buen día apareció por allí June Carter y Kris le entregó una cinta que había grabado, y le pidió a la primera dama que se la entregase a su marido. June cumplió su parte, pero Johnny Cash se limitó a colocarla en lo alto de una pila de maquetas de aspirantes a estrella que había ido acumulando.

A las pocas semanas, y en vista de que Cash no respondía, Kristofferson decidió captar su atención de un modo mucho más expeditivo: alquiló un helicóptero y lo hizo posarse en el jardín de la casa de Johnny. En la voz del Hombre de NegroSunday Morning Coming Down se convirtió en un éxito inmediato y ese mismo año Kris se alzó con el premio al mejor compositor en los Country Music Awards. Pero ni siquiera entonces su camino al éxito quedó despejado. Kristofferson no interesaba como intérprete de sus propias canciones. Su imagen y su voz no convencían a las discográficas, que sí entregaban sus temas a artistas como Jerry Lee Lewis (Once More With Feeling) o Dave Duddley (Viet Nam Blues). Los beneficios eran así mucho menores y Kris hubo de compaginar su labor musical con la de piloto comercial de helicóptero en el sur de Louisiana: “Trabajaba una semana entera llevando y trayendo gente de alguna plataforma petrolífera. Recuerdo haber escrito Help Me Make It Through The Night, Me And Bobby McGee y muchas otras posado sobre una de aquellas plataformas. Al final de la semana regresaba a Nashville y me tiraba unos cuantos días trabajando en las canciones.  Entonces viajaba otra vez a Louisiana y el ciclo se repetía”, le contó al New Orleans Times en 2006.

Fue un pequeño paso para el hombre, pero un gran paso para la Humanidad. Y también para Kris Kristofferson. El 20 de julio de 1969 Neil Armstrong pisó la Luna y Johnny Cash convenció (no sin esfuerzo) a los organizadores del legendario Festival de Newport de que su amigo de ojos azules merecía una oportunidad. Presentado por Cash ante una audiencia multitudinaria, Kris salió al escenario para cantar Bobby McGee y su vida cambió para siempre. Firmó con Monument Records y al año siguiente publicó su primer álbum, Kristofferson. Las ventas del álbum volvieron a ser decepcionantes… hasta que en 1971 fue reeditado con el título de Me And Bobby McGee. Entonces, y dado el éxito de la versión grabada por Janis Joplin (novia de Kris durante un tiempo), el mundo, al fin, se rindió a su talento.

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Y lo mejor es que sus talentos eran muchos porque, erigido ya en intérprete reconocido, Kristofferson no dejó de ser también un autor muy solicitado por cantantes sin su capacidad creativa. De modo casi inmediato, decidió dar un paso más e iniciar una carrera paralela como actor que llega también con éxito hasta nuestros días. Para mí siempre será Billy El Niño en la maravillosa revisión del mito que filmó Sam Peckinpah en 1973, aunque la mayor recompensa le llegó tres años más tarde con su papel de John Norman Howard en Ha Nacido Una Estrella, por el que le dieron un Globo de Oro, igual que a su compañera de reparto, Barbra Streisand.

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En 2014 conocí a Roddy Hart en el festival Avilés Ciudad Dylanita que organizan mis ya grandes amigos Béznar Arias y Álvaro Lozano. Roddy había conseguido que Kris Kristofferson cantase con él en Home, un tema de su primer disco, Bookmarks (2007). A su vez yo le pedí permiso a Roddy para adaptar Home al castellano e incluirlo en Príncipes Venidos A Menos, el segundo trabajo de En Casa del Herrero, bajo el título de En Casa. Hart me contó que Kristofferson es el tipo más encantador del mundo. Humilde, cariñoso y agradecido. Y la verdad es que así se mostró también en el funeral organizado en 2003 por la CMT en memoria de su gran amigo Johnny Cash, compañero en The Highwaymen y tantas otras aventuras: “Una de las cosas más bonitas de mi vida ha sido recorrer el mundo y comprobar cómo reaccionaba la gente de cualquier lugar ante la mera presencia de Johnny Cash. Con Muhammad Ali pasaba algo parecido. Por la misma razón, ellos sabían que él los quería tanto como ellos lo querían a él. Y lo mejor que he leído desde que Johnny murió son unas palabras pronunciadas, una vez más, por Bob Dylan: ‘John era nuestra Estrella Polar…'” A Kristofferson se le quebró la voz antes de poder completar la cita: “‘Y podías confiarle siempre el rumbo de tu barco'”. Y a continuación entonó, una vez más, la mejor canción jamás escrita sobre la resaca mañanera de los domingos.

Sunday Morning Coming Down

Well I woke up Sunday mornin’, with no way to hold my head that didn’t hurt
And the beer I had for breakfast wasn’t bad, so I had one more, for dessert
Then I fumbled through my closet, for my clothes and found my cleanest dirty shirt
And I shaved my face and combed my hair and, stumbled down the stairs to meet the dayI’d smoked my brain the night before on, cigarettes and songs that I’d been pickin’
But I lit my first and watched a small kid cussin’ at a can, that he was kickin’
Then I crossed the empty street and caught the Sunday smell of someone fryin’ chicken
And it took me back to somethin’, that I’d lost somehow somewhere along the way

On the Sunday morning sidewalks, wishin’ Lord, that I was stoned
‘Cause there’s something in a Sunday, makes a body feel alone
And there’s nothin’ short of dyin’, half as lonesome as the sound
On the sleepin’ city side walks, Sunday mornin’ comin’ down

In the park I saw a daddy, with a laughing little girl who he was swingin’
And I stopped beside a Sunday school and listened to the song that they were singin’
Then I headed back for home and somewhere far away a lonely bell was ringin’
And it echoed through the canyons like the disappearing dreams of yesterday

On the Sunday morning sidewalks, wishin’ Lord, that I was stoned
‘Cause there’s something in a Sunday, makes a body feel alone
And there’s nothin’ short of dyin’, half as lonesome as the sound
On the sleepin’ city side walks, Sunday mornin’ comin’ down

Esos tipos que cantan como el culo (y me ponen la carne de gallina) vol. 2: Willy DeVille

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Asomaba el nuevo milenio y William Paul Borsey Jr. se había instalado en la diminuta población de Los Cerrillos, Nuevo México, unos 40 kilómetros al sur de Santa Fe. Tras dos décadas enganchado a la heroína, el artista conocido como Willy DeVille era por fin un hombre limpio al filo de la cincuentena. Su carrera, revitalizada casi por sorpresa a raíz de Backstreets of Desire (1992) y del directo Live (1993) parecía dejar atrás también el aura de malditismo que le había perseguido durante sus últimos años al frente de su primer proyecto, Mink DeVille. Su trabajo más reciente, Horse Of A Different Color (1999), había merecido el aplauso generalizado.

El árido y desolado rincón del suroeste en el que había elegido vivir despertó el interés del artista por su ascendencia nativa. La abuela materna de Willy (que tenía también sangre irlandesa y vasca) pertenecía a la tribu de los Pequot, oriunda de Nueva Inglaterra. Mientras buceaba en busca de información sobre sus antepasados, encontró tiempo también para producir y colaborar en el álbum Blue Love Monkey de Rick Nafey, antiguo compañero suyo en Billy & The Kids y The Royal Pythons, sus primeras bandas de juventud.

Pero aquella vida tranquila, apacible, casi contemplativa, que llevaba en Nuevo México se cobró un altísimo precio. DeVille vio cómo se hundía su matrimonio con Lisa Leggett, que era además su manager y un elemento clave en su resurgir artístico y vital. Legget, con quien el músico se había casado en segundas nupcias en 1984, había merecido una sentida dedicatoria, “amore della mia vita”, en otro magnífico disco, Loup Garoup (1996). Cuando en 2001 se enteró de que Willy había empezado a salir con otra mujer, Lisa se ahorcó. Y al parecer fue él quien encontró el cadáver…. y hubo de cargar con él hasta el último de sus días.

La muerte de su segunda esposa, a la que se refiere el tema Downside Of Town, estuvo a punto de provocar también la suya. El propio DeVille lo explicó en 2007 en una impagable entrevista con el canal de YouTube Face Culture: “Tuve un accidente de coche porque me volví loco. Supongo que de algún modo quería burlarme de la muerte porque alguien a quien quería mucho acababa de morir. Y eso es a lo que se refiere uno de los versos de esa canción: ‘ella todavía me hace daño porque fui yo quien la mató’. Y puede que al escucharlo te preguntes si digo que la maté porque le dije o le hice algo… No. Es literal. Literal. Y lo siguiente que ocurrió es que la maldita policía se presentó en la maldita casa. Y yo no dejaba de llorar… Espero que publiques esto como es debido porque lo que te estoy contando es material sagrado… Yo estaba enamorado de otra mujer, habíamos pasado una racha muy mala… Así que me subí al coche decidido a tirarme por un barranco. Estaba en las montañas de Nuevo México. Y ellos me lo impidieron, me cortaron el paso nada más doblar la esquina. ¿Sabes lo grande que es un Dodge Ram? Me rompí el brazo por tres sitios y mi rodilla atravesó el salpicadero… Me jodí todos los huesos posibles… Anduve con muletas y bastón los tres años siguientes, sin poder ir a ningún sitio ni hacer nada. Me jodí de verdad. Estaba como para que me tirasen a la basura”. 

En efecto, cuando DeVille acometió la grabación de su siguiente disco, el también notable Crow Jane Alley (2004), del que forma parte Downside Of Town, caminaba todavía apoyado en un bastón que no pudo dejar de lado hasta que en 2006 le colocaron una prótesis en la cadera. La indagación en sus raíces indias se haría visible en la estética adoptada por el músico a partir de este trabajo, en el que, a falta de parientes pequots, se rodeó de los músicos de la banda de rock chicano Quetzal, del guitarrista y acordeonista de Los Lobos, David Hidalgo y del percusionista peruano de jazz Álex Acuña. Dejó de vestir como un caballero del siglo XIX, se afeitó buena parte de su larga cabellera y cubrió su escuálida apariencia de amuletos, plumas y brazaletes étnicos.

crow

Willy DeVille pasó los últimos años de su vida en Nueva York, donde había comenzado su carrera a mediados de los 70. A su lado estuvo su tercera mujer, Nina, hija del actor y director de cine sueco Sture Lagerwall. Su salud se fue deteriorando cada vez más deprisa, aunque todavía sacó fuerzas para realizar varias giras por el norte de Europa (siempre sentado en un taburete) y grabar Pistola (2008), el que sería su último álbum. En febrero de 2009 le fue diagnosticado un cuadro severo de hepatitis C y, apenas un par de meses más tarde, cáncer de páncreas. Murió el 6 de agosto, a pocas semanas de cumplir 59 años. “Tengo una teoría”, había dicho en cierta ocasión. “Sé que venderé muchos más discos cuando esté muerto. No es algo que me alegre pero supongo que debo irme haciendo a la idea”.

Downside Of Town

I left a note on your pillow
With a hand print on your window pane
Calling you just to hear your voice
I knew then I didn’t have a choice
Here I am, baby, on the downside of town.

Stuck here such a long long time
Hanging on the telephone line
Please, answer now so I can say
That I will never ever hurt you again
Here I am, baby, on the downside of town.

Packed my things and I took my guns
Crawled out the window and I started to run
Why did I leave ? Did you not want me around ?
She hurts me still since I cut her down, since I cut her down.

Here I am, baby, on the downside of town.

Then I heard that voice that I love so
Why I left I just don’t know
Don’t hang up on me, give me one more chance
I need to tell you that I love you again
Here I am, baby, on the downside of town
On the downside of town
Here I am, baby, on the downside of town
On the downside of town.

deville

Esos tipos que cantan como el culo (y me ponen la carne de gallina): Warren Zevon

Fue el 30 de octubre de 2002. Estaba ya enfermo de muerte y Warren William Zevon decidió despedirse en su casa, el Late Show de su amigo David Letterman, donde no sólo había actuado como invitado en múltiples ocasiones a lo largo de las dos décadas anteriores, sino que incluso había liderado la banda del programa cuando el encargado habitual, Paul Schaffer, se encontraba indispuesto. Zevon acababa de ser diagnosticado con un cáncer de pleura que lo reuniría con Elvis unos diez meses después. Pero cuentan que se lo tomó con su humor negro habitual (había manifestado más de una vez sentir fobia ante el hecho de envejecer) y se puso a trabajar en el que acabaría siendo su último trabajo, el estremecedor The Wind, donde colaboraron multitud de figuras devotas de su obra, como Bruce Springsteen, Tom Petty y su mano derecha en los Heartbreakers, Mike Campbell, Jackson Browne, Emmylou Harris, Ry Cooder, Don Henley y Joe Walsh de los Eagles, Mick Fleetwood, y grandes músicos de estudio como T Bone Burnett o Jim Keltner. Se trata de uno de esos escasos discos que justifican por sí solos toda una carrera: un tipo que se está muriendo, que sabe que se muere y decide grabar, exhibiendo dignidad y entereza en lugar de miedo, su epitafio sonoro a través de títulos como Keep Me In Your Heart, Please Stay, The Rest of The Night o la que quizá sea la única versión no sonrojante jamás realizada de Knockin’ On Heaven’s Door.

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Warren Zevon se durmió para siempre el 7 de septiembre de 2003 a los 56 años de edad, apenas diez días después de que The Wind viese la luz. La del 30 de octubre del año anterior en el show de Letterman, que de modo excepcional le dedicó el programa completo, fue su última actuación. Aquella noche ambos hablaron sin tapujos, como los amigos que eran: “el mejor que mi música me ha procurado”, reconoció el artista. Después calificó de “error táctico” no haber acudido a un médico en los últimos veinte años. Y cuando el presentador le preguntó si la enfermedad que ya lo consumía sin remedio le había enseñado algo nuevo de la vida, Zevon, fiel a su estilo, se limitó a decir que “no más que lo importante que es disfrutar de cada sándwich”. Esa espontánea respuesta acabaría inspirando un homenaje póstumo en el que se involucraron Bob Dylan, Steve Earle, The Wallflowers, buena parte de los músicos que ya habían participado en The Wind y hasta el actor Adam Sandler.

Tras su charla con Letterman, Zevon interpretó en directo tres de sus canciones más memorables: GeniusMutineer (que Dylan también había incorporado a su propio repertorio a finales de 2002, al enterarse de que Zevon estaba enfermo) y Roland the Headless Thompson Gunner, un tema de su tercer álbum, Excitable Boy (1978), escrito en colaboración con David Lindell, un ex mercenario al que había conocido cuatro años atrás durante su nunca bien documentada aventura española. Lindell vivía en la Costa Brava, donde regentaba el Dubliner, un pub irlandés donde Zevon actuaba como músico residente. Una tarde, después de beber “un montón de pintas”, construyeron juntos la historia de Roland, un soldado de fortuna noruego (y ficticio) que se marcha a combatir al Congo hasta que la CIA se cansa de él y lo liquida comprando a Van Owen, uno de sus hermanos en armas. Roland regresa de ultratumba convertido en espectro sin cabeza para vengarse de su viejo camarada en un tugurio de Mombasa “y esparcir sus restos de allí a Johanesburgo. La historia no acaba ahí: el espíritu de Roland sigue vagando, diez años después, por sangrientos conflictos como los de Irlanda del Norte o el Líbano. Y es que Warren Zevon no escribía canciones infantiles, amigos.

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Roland… fue la última canción que Warren Zevon interpretó en público. Al presentarla, David Letterman presumió de haber logrado convencer a su amigo de que la tocase aquella noche de octubre en su programa. “He tenido que suplicárselo” admitía Letterman en riguroso directo. “Me siento una parte importante de esto que va a pasar a continuación”, añadió. “No estarás diciendo que eres el co-autor del tema, ¿verdad?”, broméo Zevon, ya sentado ante el piano. “Tuve una seria discusión a propósito del copyright hace muchos años…”. “Es una de nuestras favoritas, creo que todo el mundo la va a disfrutar”, zanjó el veterano presentador, todavía con la sonrisa en la boca y el recopilatorio Genius entre las manos. Nadie sabía que sería la última vez que escucharíamos la voz maltrecha (a menudo escasa de afinación pero, al mismo tiempo, maravillosa) de Warren Zevon. Pero lo disfrutamos. Vaya si lo hicimos. Y lo seguimos disfrutando todavía a día de hoy.

David Letterman mantuvo una relación tan estrecha con Warren Zevon que el día de su fallecimiento le dedicó los primeros diez minutos de su espacio en prime time a decir, entre otras cosas, que era “un tipo que le escupió muchas veces a la muerte en la cara”, además de “un poeta, un gran contador de historias y un amigo muy querido”.

En la película El Mundo Perdido (1997), la secuela de Parque Jurásico, el guionista David Koepp decidió llamar Roland y Van Owen a los mercenarios interpretados por Pete Postletwaite y Vince Vaughn. Esta es la letra completa de la canción:

Roland the headless Thompson gunner

Roland was a warrior from the Land of the Midnight Sun
With a Thompson gun for hire, fighting to be done
The deal was made in Denmark on a dark and stormy day
So he set out for Biafra to join the bloody fray

Through sixty-six and seven they fought the Congo war
With their fingers on their triggers, knee-deep in gore
For days and nights they battled the Bantu to their knees
They killed to earn their living and to help out the Congolese

Roland the Thompson gunner…

His comrades fought beside him – Van Owen and the rest
But of all the Thompson gunners, Roland was the best
So the CIA decided they wanted Roland dead
That son-of-a-bitch Van Owen blew off Roland’s head

Roland the headless Thompson gunner
Norway’s bravest son
Time, time, time
For another peaceful war
But time stands still for Roland
‘Til he evens up the score
They can still see his headless body stalking through the night
In the muzzle flash of Roland’s Thompson gun
In the muzzle flash of Roland’s Thompson gun

Roland searched the continent for the man who’d done him in
He found him in Mombassa in a barroom drinking gin
Roland aimed his Thompson gun – he didn’t say a word
But he blew Van Owen’s body from there to Johannesburg

Roland the headless Thompson gunner…
The eternal Thompson gunner
still wandering through the night
Now it’s ten years later but he still keeps up the fight
In Ireland, in Lebanon, in Palestine and Berkeley
Patty Hearst heard the burst of Roland’s Thompson gun and bought it