Esos tipos que cantan como el culo (y me ponen la carne de gallina) vol. 4: Leonard Cohen

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El último gran titular de su vida se lo dedicó a su amigo, el Nobel de Literatura. Dijo que concederle el premio era tan justo como obvio, igual que “colocarle una medalla al Everest por ser la montaña más alta”. Fue en la presentación de You Want It Darker, su epílogo discográfico, un álbum que se abre con una pieza homónima cuyo estribillo reza, en hebreo e inglés, “Aquí me tienes, estoy preparado, Señor”. Nosotros no lo estábamos tanto, pero la muerte a los 82 años de Leonard Norman Cohen estaba en el guion al menos desde el pasado mes de julio. Hoy lo recuerdan infinidad de medios. Hoy sus palabras de despedida para Marianne Ihlen cobran pleno sentido: “Bueno, Marianne, llegados a este momento en el que somos tan viejos, nuestros cuerpos han empezado a desintegrarse. Creo que te seguiré muy pronto”, escribió Cohen en una carta que le hizo llegar a su musa (bendita tecnología), apenas unas horas después de saber que se encontraba en su lecho de muerte.

Repasemos los hechos conocidos: Marianne era la mujer del escritor noruego Axel Jensen. Se enamoraron siendo unos chiquillos y dejaron Escandinavia tan pronto como pudieron, para echar raíces en la isla griega de Hidra. Dudo que nadie pueda culparles por ello (y eso que a mí me fascina el norte)… El caso es que asomaban los años 60, la isla era una especie de santuario bohemio y a Jensen le gustaban más las faldas que comer con las manos. La carne es débil, etcétera. La leyenda, jamás confirmada, cuenta que dejó a Marianne por Lena, la entonces novia de Leonard Cohen, que también había llegado a Hidra huyendo del frío de su Montreal natal. Lo que sí se da por cierto es que, cierto día, Marianne estaba haciendo la compra en una pequeña tienda de ultramarinos cuando un desconocido con inconfundibles rasgos judíos y aspecto de caballero trasnochado le preguntó por qué lloraba, y le ofreció unirse a su grupo de amigos, que conversaban a pocos metros en una terraza. Ihlen llevaba en brazos un bebé de seis meses al que su marido también había abandonado. A Cohen, que en su día reconoció que jamás había visto una mujer tan hermosa, no le importó en absoluto. A las pocas semanas, Marianne y el pequeño Axel se habían instalado en su casa.

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En aquel momento, el canadiense era novelista y poeta (influido por Lorca) a tiempo completo. No se le había pasado por la cabeza todavía canalizar su talento literario hacia la escritura de canciones. En ello jugarían un papel decisivo, y vamos cerrando así el primer círculo de esta entrada, los primeros discos de Bob Dylan, que, junto con los del resto de cantautores de Greenwich Village, sonaban a diario en la emisora de la base de las Fuerzas Aéreas norteamericanas que Cohen sintonizaba desde su sencillo (¡pero cálido!) hogar mediterráneo. Aunque con altibajos, la relación entre Cohen y Marianne se prolongó durante toda aquella década. Superada con creces la treintena, él agarró por fin la guitarra, se mudó a Nueva York y firmó un primer disco imprescindible: Songs Of Leonard Cohen (1967). So Long, Marianne, la pieza que abre la segunda cara, encierra los versos más reveladores del álbum:

(…)

We met when we were almost young
Deep in the green lilac park
You held on to me like I was a crucifix
As we went kneeling through the dark

Your letters they all say that you’re beside me now
Then why do I feel alone?
I’m standing on a ledge and your fine spider web
Is fastening my ankle to a stone

For now I need your hidden love
I’m cold as a new razor blade
You left when I told you I was curious
I never said that I was brave

Now so long, Marianne, it’s time that we began
To laugh and cry and cry and laugh about it all again

So Long… es quizá también la canción más emblemática del disco junto a Suzanne. Pero es Hey, That’s No Way To Say Goodbye, otra pequeña joya sobre sus idas y venidas con Marianne, la que más me conmueve:

I loved you in the morning, our kisses deep and warm,
your hair upon the pillow like a sleepy golden storm,
yes many loved before us, I know that we are not new,
in city and in forest they smiled like me and you,
but let’s not talk of love or chains and things we can’t untie,
your eyes are soft with sorrow,
Hey, that’s no way to say goodbye

La cosa se puso todavía más seria con Songs From A Room (1969). La crítica fue algo menos benévola con este segundo trabajo de Cohen, producido por una autoridad como Bob Johnston y todavía más austero en lo formal que su predecesor. Como en este caso la parte que de verdad nos interesa es la poética, empecemos por lo más visual, por esa maravillosa e icónica imagen de la contracubierta, desde donde una sugerente Marianne Ihlen, cubierta tan solo por una toalla blanca, nos sonríe como muy pocos seres humanos son capaces de hacer: iluminando por completo una estancia, austera y, con la perspectiva del tiempo, poco acogedora, cuya única ventana visible está cerrada de par en par.

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Pero todo el álbum queda justificado ya por su primera canción. Songs From A Room arranca con la prodigiosa Bird On The Wire, donde cada verso es un voto, una declaración de principios por parte del autor. Cohen no escatima imágenes para describir cómo se siente (el pájaro posado en el alambre, el borracho que canta en un coro de medianoche, el caballero salido de un viejo libro pasado de moda, la cabeza de ganado que carga con su cencerro) pero jura, literalmente, estar dispuesto a cambiar las cosas. Y Marianne vuelve a ser la destinataria de sus palabras:

Like a bird on the wire,
like a drunk in a midnight choir
I have tried in my way to be free.
Like a worm on a hook,
like a knight from some old fashioned book
I have saved all my ribbons for thee.
If I, if I have been unkind,
I hope that you can just let it go by.
If I, if I have been untrue
I hope you know it was never to you (…)

De manera inevitable, la muerte de Leonard Cohen, y aquí voy a cerrar el segundo y último círculo de esta nota, me ha traído a la memoria la de Johnny Cash. El Hombre de Negro durmió el sueño de los justos el 12 de septiembre de 2003 a los 71 años, y apenas cuatro meses después que el gran amor de su vida, June Carter. En una de las pocas declaraciones aprovechables que le recuerdo, Bono, cantante de U2, dijo algo así como que June “había subido un poco antes para ir preparándolo todo por allá arriba”. Cash murió por complicaciones en su cuadro crónico de diabetes, pero incluso en algunos foros médicos se habló de que la causa última fue que tenía el corazón roto. Desde el fallecimiento de Marianne Ihlen, el 28 de julio pasado, al de Leonard Cohen, este 7 de noviembre, ha transcurrido casi el mismo tiempo. Y queda la misma sensación, sobre todo al releer su carta de despedida. Y las mismas ganas de escuchar Bird On The Wire, sea en la voz de su autor, o en la de Johnny Cash, que la grabó en la recta final de su carrera.

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