Esos tipos que cantan como el culo (y me ponen la carne de gallina) vol. 5: Shane MacGowan

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Es un milagro que aún siga vivo. La primera vez que visité Dublín, en el verano de 2012, el taxista que me llevó al aeropuerto me contó que tanto él y como el resto de sus compañeros saben dónde vive Shane Patrick Lysaght MacGowan, cómo conseguir una llave de emergencia y en qué cama tumbarlo para que duerma la borrachera. Lo saben porque todos lo han recogido alguna vez tirado en la calle, hecho un piojo. Tal vez el taxista se estaba quedando conmigo, pero si hay un ser humano en este planeta del que me crea semejante hazaña, es de MacGowan.

En 2006, Robyn Hitchcock recordaba en el programa de la BBC Folk Britannia su primer encuentro con él, a mediados de los 80: “Había ido al Hope And Anchor (un club de la escena punk londinense). The Pogues estaban ya sobre el escenario, preparados para empezar a tocar. De pronto se abrió la puerta de la calle y un borracho cayó rodando por las escaleras. No se tenía ni en pie y pensé: ‘Por Dios, no vais a dejar entrar a este tipo, ¿verdad?’ Entonces se levantó, subió al escenario y se puso a cantar”. Esta es la clase de personaje que nos ocupa. Un pendenciero, un incorregible, un superviviente y, pesar de todo, un talento gigantesco.

Pero el día en que Shane MacGowan gozó de sus cinco primeros minutos de fama no estaba sobre ningún escenario sino entre el público. Corría el año 1976, aún no había cumplido los 20 y había ido a ver a  los Clash. En un momento determinado, a él y a su novia de entonces (Jane Crockford, que años más tarde tocaría el bajo en las Mo-Dettes) no se les ocurrió nada mejor que arrancarse el lóbulo, así que se prestaron ayuda mutua. A mordiscos. Cuando la sangre ya manaba de sus orejas, un fotógrafo inmortalizó la escena. Y los tabloides hicieron el resto: ¡Canibalismo en un concierto de The Clash!

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Paradojas de la vida, Joe Strummer acabaría acudiendo en auxilio de los Pogues quince años después para ocupar de urgencia el sitio de MacGowan durante una gira por los Estados Unidos. ¿La razón? Esa que están pensando. Pero sigamos un orden. Shane es un hijo de irlandeses nacido en Kent, el jardín del Reino Unido. Su primera pasión fue la literatura: a los catorce años consiguió una beca para estudiar en la prestigiosa Westminster School, pero acabó expulsado al curso siguiente. Tampoco creo que les cueste mucho trabajo imaginar el motivo…

Más o menos en la época en la que le dio por practicar la mutilación de apéndices auditivos, el cazurro de Shane se trasladó a Londres, ciudad que ha marcado su obra casi tanto como sus raíces celtas. En la capital fue curtiéndose como guitarrista en bandas del tres al cuarto hasta que, según cuenta la leyenda, conoció al flautista Peter Spider Stacy en los lavabos de una sala en la que tocaban los Ramones. No quieran saber más. Habían nacido The Pogues, el primer grupo de celtic-punk (o, si prefieren, punk-folk) con permiso de los Skids.

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¿Se pueden resumir más de tres décadas de carrera con un listado de canciones en las que el bebercio sea escenario principal o personaje protagonista? Voy a tratar de demostrar que sí. Y lo más grave: ¿Se puede alcanzar el éxito y conservar todos esos años el estatus de estrella sin dejar de estar borracho la mayor parte del tiempo? Me temo que también. Pero en este caso les desaconsejo que intenten probarlo de manera empírica. Los taxistas de Dublín son almas caritativas, buenos samaritanos de misa dominical. Me temo que aquí eso ya lo hemos perdido, amigos.

Arroyos de whisky. Si esa no es una declaración de principios etílicos, que baje George Best y lo vea. Los Pogues se presentaron en sociedad en 1984 con Red Roses For Me, un álbum cargado de energía que establecía ya esa dicotomía entre lo tradicional y lo iconoclasta. La producción, bastante plana, no ensombrecía las aptitudes de MacGowan en joyitas como Boys from the County Hell, Dark Streets of London y, sobre todo, Streams Of Whiskey: “Las palabras que me dijo parecían la más sabia de las filosofías: no hay nada que ganar salvo algo húmedo llamado lágrimas. Cuando el mundo esté demasiado oscuro, lo único que voy a necesitar es la luz en mi interior. Entraré en el primer bar y me tomaré quince pintas. Camino, camino en cualquier dirección que sople el viento. Camino, camino hacia donde fluyen arroyos de whisky”. La honestidad no es una virtud, es una obligación, que diría el salmón.

Fue Elvis Costello quien, un año más tarde, produjo la obra maestra de MacGowan y compañía: Rum, Sodomy & The Lash. El título es parte de una cita atribuida a Winston Churchill: “No me vengáis a hablar de la tradición naval. Eso era todo ron, sodomía y látigo”. Los Pogues acabaron pagando un precio quizá excesivo: Costello se enamoró de la bajista Cait O’Riordan, y esta dejó la banda poco después para unirse a la de quien acabó siendo su marido hasta el año 2002. Las circunstancias no debieron de ser precisamente amistosas, porque O’Riordan no ha participado en ninguna de las sucesivas reuniones de los Pogues posteriores a su disolución inicial. Y es objeto de mofa en Fiesta, una de las canciones más populares (y paradójicamente menos representativas) del grupo: “Y Costello, el rey del América y sutuosa Cait’ O Riordan… Non rompere mes colliones, los gritos fuera de las casas” escupe, textualmente, MacGowan.

Pero volvamos a Rum, el disco más redondo de nuestra cuadrilla de folkies punkarras. Una delicia de principio a fin, la banda sonora perfecta para las novelas de Stevenson o Conrad. Historias que nos trasladan a la expansión asiática del Imperio Británico, que nos hablan de singladuras catastróficas, rancias tabernas y cantinas, burdeles infames. Y amores epistolares siempre por consumar. El olor a alcohol barato vuelve a impregnar The Sick Bed of Cuchulainn, A Pair Of Brown Eyes, The Old Main DragSally Maclennane, quizá la mejor canción jamás escrita por Shane MacGowan: “Jimmy tocaba la armónica en el pub en que yo nací (…) Lo acompañamos caminando bajo la lluvia hasta la estación. Lo besamos antes de que subiese al tren. Y le cantamos una canción de cuando éramos más jóvenes, aunque sabíamos que volveríamos a encontrarnos: ‘es duro decirlo, pero he de ponerme en marcha, así que dadme cerveza y whisky porque me voy muy lejos. Me gustaría pensar que regresaré cuando pueda a la pequeña tasca y a mi querida Sally Maclennane'”. La desidia de MacGowan a la hora de pronunciar, su acento barriobajero y el ritmo frenético del tema se acentuaban todavía más en las interpretaciones en directo.

Los Pogues se recuperaron de la ruptura con Costello y O’Riordan, y alcanzaron de hecho su punto álgido de popularidad con su siguiente trabajo, If I Should Fall From Grace With God (1988), producido por Steve Lillywhite, que había trabajado con figuras de la talla de los Rolling Stones, U2, Talking Heads o Morrissey entre otros. El disco abrió su paleta sonora y permitió acercamientos a la tradición latina (la mencionada Fiesta) o de Oriente Medio (Turkish Song Of The Damned). If I Should Fall contenía además el mayor éxito comercial de la banda, el precioso (aunque ya sobado en exceso desde entonces) pseudo villancico Fairytale Of New York. Ocurre que el concepto de cuento de hadas de Shane MacGowan no debe de ser demasiado convencional, por lo que la historia oscila entre la ternura y el insulto con una naturalidad pasmosa. Y siempre con una copa en las manos: “Era Nochebuena en la celda para alcoholizados. Un viejo me dijo que no vería la siguiente, y luego se puso a cantar una vieja canción… Eras guapa, eras hermosa, la reina de Nueva York, cuando la banda dejó de tocar todos aullaron pidiendo más. Sinatra se movía, todos los borrachos cantaban, nos besamos  en una esquina y bailamos toda la noche… Eres un vago y un macarra, y tú una puta yonqui, ahí tirada medio muerta con el gotero sobre la cama… Escoria, gusano, perverso marica barato, feliz Navidad a tu culo, rezo a Dios porque esta sea la última… Yo pude haber sido alguien, tanto como cualquiera, me quitaste los sueños cuando te conocí… Los he guardado conmigo, cariño. Los tengo junto a los míos. No hubiese llegado hasta aquí solo, he construido mis sueños a tu alrededor…” Aunque Ella Finer (hija de Jim, responsable del banjo en los Pogues y autor parcial de la melodía) está lejos de ser Kirsty MacColl (esposa de Steve Lillywhite que cantó en la grabación original) merece la pena escuchar la versión grabada en el teatro Olympia de París en 2012, con motivo del trigésimo aniversario de la banda. Desdentado, errático, descamisado, hinchado tras tantas correrías y medicamentos para paliar sus efectos… y pese a todo, o tal vez precisamente por eso, entrañable y conmovedor. MacGowan en estado puro:

Nada volvió a ser lo mismo después de If I Should Fall. El listón estaba demasiado alto y Shane MacGowan probablemente demasiado resacoso. Con varios miembros asumiendo responsabilidades compositivas ante su evidente deterioro físico, Peace & Love (1989) siguió abriendo puertas a otros géneros como el jazz (Gridlock) o el jump blues (Cotton Fields, inspirada en el tema del mismo título escrito por Lead Belly y popularizado por la Creedence). Pero que nadie se alarme. Por supuesto, el disco daba cabida una vez más a las consabidas tonadas borrachinas. El ejemplo más serio es USA, pero este es un post más bien informal, ¿verdad?. La letra de Boat Train, cuya línea melódica evoca sin reparo la de Sally Maclennane, no va a defraudar a nadie: “Tomé un par de tragos en la ciudad y algunos más en el puerto. Eché la pota en la pasarela pero algunos paisanos muy amables me ayudaron a subir al tren. Me llevaron hasta una mesa, me echaron whisky garganta abajo y me sentaron. Ahí fue cuando perdí el reloj y el abrigo. Primero bebimos algo de whisky, después también ginebra y luego bebimos tequila. Creo que eso fue lo que me mató. Después le dimos al brandy mientras las mujeres se ponían a bailar… Traté de arrastrame hasta el lavabo y me rompí la maldita espinilla. Lo siguiente que recuerdo es que estaba de vuelta en Londres, dando tumbos sobre la plataforma de la estación mientras llovía”. Los Pogues ya habían incorporado el tema a su repertorio en directo antes de publicarse.

Hell’s Ditch (1990) fue el quinto y último álbum de estudio que Shane MacGowan grabó con los Pogues. Pese a contener algunos momentos memorables, como The Sunnyside Of The Street o Summer In Siam, la banda estaba cada vez más fracturada y su cabeza visible, más descentrada.  La temática y estética oriental cobra más protagonismo en detrimento de la tradición anglo-irlandesa y el poso punk de trabajos anteriores. Hell’s Ditch es, en suma, el menos interesante de los discos de los Pogues (con permiso de los dos que publicaron años más tarde, ya sin MacGowan, y en los que no voy a malgastar ni una línea). Entre lo más salvable también está Rain Street, en la que las referencias espirituosas son más livianas dque de costumbre: “Repica la campana de la iglesia, canta el viejo borracho… El padre McGreer pide una pinta bien fría y media pinta más para el padre Loyola. Le di a mi chica un beso de buenas noches y traté de mear de madrugada. Pero una vez más el lavabo se movió de su sitio, así que volví a fallar el tiro…”

Tras haber sido reemplazado por Joe Strummer el año anterior para una serie de conciertos, Shane MacGowan fue definitivamente expulsado de los Pogues en 1991. Su última actuación en Japón evidencia lo justo de aquella dolorosa decisión. MacGowan no estaba sobrio ni cuando se quedaba dormido. El problema es que, como no tardaron en comprobar, sus compañeros tenían poco que ofrecer sin él.

En cambio, a nuestro hombre le sobraban novias. Y al año siguiente se embarcó en una nueva aventura, Shane MacGowan & The Popes, con algunos roadies de su vieja banda y el batería de ExploitedDanny Heatly. El proyecto dio como fruto un par de trabajos de estudio bastante más fieles al sonido de los Pogues originales que el que estos mismos lograron tras la marcha de Shane. El primero, titulado The Snake (1994), contó con la colaboración de Barney McKenna y John Sheahan de los Dubliners, Brian Robertson (Thin Lizzy, Motörhead), Sinead O’Connor, sus viejos camaradas y, sin embargo, todavía amigos Jem Finer y Spider Stacy, y el actor Johhny Depp, que tocó la guitarra y compartió protagonismo con MacGowan en el impagable videoclip de la canción más rockera borrachuza del disco, That Woman’s Got Me Drinking: “Esa mujer es la que hace que beba, mirad en qué estado estoy. Me da una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez botellas de ginebra. Dice que siempre me ha querido, dice que yo era especial. Pero fijaos en cómo me trata, como si fuese basura. Es esa mujer la que hace que beba, mirad en qué estado estoy…”

En 1997 llegó The Crock of Gold, que no está al mismo nivel pero sigue siendo un álbum divertido y disfrutable. Aunque en el videoclip del sencillo Lonesome Highway vemos a Shane y sus compañeros en su hábitat natural, el pub, es en More Pricks Than Kicks donde hallamos los versos más acordes con el eje de esta entrada: “Si vinieses hasta aquí podríamos salir por la ciudad en lugar de estar siempre en la misma taberna. Si te quedases en mi vida, podríamos llevar una vida maravillosa al estilo irlandés, tal y como solíamos hacer: y beberíamos y bailaríamos, y beberíamos bailaríamos, y beberíamos bailaríamos, y beberíamos bailaríamos. Si le pusieras mi nombre a una calle, yo le pondría el tuyo a un bar. Y sería capaz de atravesar el infierno por invitarte a otra ronda…”

En 2001 Shane MacGowan volvió a unirse a los Pogues para realizar una gira mundial que tuvo parada en el Azkena Rock de Vitoria. Como el negocio fue redondo, la reunión se repitió en 2005 y los cuatro años siguientes. En 2012 celebraron 30 años de su fundación con el álbum en vivo al que me he referido más arriba. Y el 9 de agosto de 2014 se subieron juntos al escenario por última vez en la Bretaña francesa. Shane apareció ante el público con una copa en la mano y la primera canción que atacaron fue Streams Whiskey, ¿qué esperaban? La pasada Nochebuena, en una entrevista con la revista Vice confesaba que, en lo que a él respecta, los Pogues eran historia: “Seguiremos siendo amigos mientras no volvamos a salir juntos a la carretera. Estoy hasta los huevos de ir de gira, ya he tenido suficiente”. Pero tranquilos, esta historia tiene final feliz: ¡nuestro héroe se ha arreglado la piñata! Mirad:

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