Dylan y los premios: un amor bajo cero

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Vaya por delante que a mí me hubiese gustado verle recoger el Nobel de Literatura con su pantalón ribeteado, su levita de predicador, su stetson de ala ancha y, quizá, hasta sus gafas oscuras. Por mi propio interés (el de verle, el de escucharle), hubiese preferido que, por una vez, Bob Dylan hubiese hecho lo que cualquiera en su lugar, sin por ello dejar de ser él mismo. Estoy seguro de que su discurso habría estado, por lo menos, a la altura del que su amigo Leonard Cohen pronunció en Oviedo en 2011. Pero estamos hablando del tipo que enchufó la Stratocaster en el santuario del folk acústico; el que alzó su primer Grammy tras haber proclamado su fe en Jesús en plena efervescencia del punk; el que volvió a desconectar su guitarra e hizo repuntar su carrera con dos discos consecutivos de temas tradicionales, publicados mientras el grunge copaba las radiofórmulas. El mismo tipo que aceptó un Óscar vía satélite y se quitó el sombrero (tras dar un traspiés) para saludar a Juan Pablo II, pero se dejó las aviator puestas cuando fue condecorado por el presidente Obama en la Casa Blanca. “He cenado con reyes, han llegado a ofrecerme alas, pero jamás me han impresionado en exceso”, escribió Dylan ya en 1978 para Is Your Love In Vain?, uno de los temas de su álbum Street Legal. La verdad es que debimos haberlo imaginado. Desde el momento en que se supo que él era el galardonado, su ausencia en la ceremonia de entrega de los Nobel resultaba, al menos, tan factible, como su propia asistencia. ¿Por qué ha decidido no ir en última instancia? No tengo la menor idea. Así de claro. En muchos aspectos, el personaje sobre el que más biografías, ensayos y estudios he leído a lo largo de mi vida, continúa siendo un enorme misterio para mí. En la agenda de Dylan no hay ningún concierto programado después del de este próximo miércoles 23 de noviembre en Fort Lauderdale, de modo que cuesta imaginar qué “compromisos adquiridos con anterioridad” le impiden volar a Estocolmo para recibir el premio más prestigioso de su incomparable trayectoria. Lo que no se sostiene es esa sandez de que lo único que le importa es el dinero, que recibirá de todas formas. En ese caso, su participación directa en los fastos habría sido la mejor estrategia comercial. ¿O acaso los galardonados en años anteriores no han visto multiplicadas las ventas de sus obras gracias a tamaña inyección publicitaria? La decisión final del músico desautoriza además a los palurdos que consideraron un desprecio nacional que tampoco viniese a recoger su Premio Príncipe de Asturias de las Artes el 26 de octubre de 2007. Entonces también se disculpó por escrito: “Permítanme agradecer al Rey, al príncipe Felipe y a los españoles el haberme concedido el Premio Príncipe de Asturias. Soy consciente del enorme prestigio que este premio proporciona, así como también de la larga lista de ilustres galardonados. Es realmente un gran honor. Lamentablemente, no puedo estar ahí para recibir el premio en persona, pero espero regresar pronto a España para manifestar mi gratitud por este galardón”. Aquel día Dylan, que ha hecho de la carretera su hogar y de su gira interminable un modo de vida, estaba actuando en Nebraska mientras el aún heredero a la Corona de España recibía al resto de galardonados.

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¿No se alegra Bob Dylan de que se le haya otorgado el Nobel de Literatura? ¿Acaso rechaza tan alto honor? En modo alguno. Que no sepamos por qué demonios ha decidido no viajar hasta Suecia no da pie a sacar una conclusión tan tremendista. De hecho, aunque por lo visto no fue fácil ponerse en contacto con él, Dylan acabó por aceptar gustoso el premio y se permitió incluso bromear con que la noticia le había “dejado sin palabras”. Y algo que va mucho más en su línea: el día en que se conoció el fallo de la Academia Sueca no hizo, por supuesto, mención alguna durante su concierto en el hotel The Cosmopolitan de Las Vegas. Pero se colgó la guitarra por primera vez en cuatro años (el piano es su instrumento habitual desde hace más de una década). Un gesto tan insondable como demasiado significativo para ser una mera coincidencia.

¿Es alérgico Bob Dylan a los reconocimientos? Quizá no tanto como eso, pero resulta obvio que no se encuentra cómodo siendo el centro de atención fuera del escenario. Dylan detesta la celebridad hasta el punto de haberse disfrazado en muchas ocasiones para poder pasar desapercibido. Ni siquiera así ha logrado siempre su objetivo, como la noche en que la policía de Long Branch, Nueva Jersey, lo tomó por un ladrón cuando merodeaba una casa en venta bajo una lluvia torrencial, en agosto de 2009. Un año antes, en Uruguay, tuvo más suerte cuando salió a pasear en bicicleta vestido de mujer… Sí, sé lo que los profanos estarán pensando ahora mismo. Como una regadera y blablabla. Pero déjenme presentarles al primer dylanólogo de la Historia: AJ Weberman, el hombre que a finales de los años 60 se pasó meses hurgando en la basura doméstica de Dylan (en sentido literal: abría y analizaba como si fuese un CSI las bolsas de deshechos que quedaban ante su domicilio). Weberman llegó a la delirante conclusión de que había un código secreto en las canciones de Dylan. Y escribió un libro infumable para, presuntamente, demostrarlo. Todavía a día de hoy sigue colgando ridículos vídeos sobre él en su canal en YouTube.

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Esta es, también, la clase de reconocimiento con el que Bob Dylan lleva lidiando más de medio siglo… Aunque en realidad su fobia a los premios se remonta al 16 de diciembre de 1963, fecha en que, con apenas 22 años, le fue concedido el Tom Paine Award de manos del muy progresista Comité Nacional de Emergencia por los Derechos Civiles. Su discurso de aceptación levantó ampollas: “Todos ustedes deberían estar ahora mismo en la playa. Deberían estar por ahí disfrutando de su tiempo libre (…) Porque para mí ya no hay blanco o negro, derecha o izquierda. Solo hay arriba y abajo. Y abajo está demasiado cerca del suelo. Y estoy tratando de crecer sin pensar en algo tan trivial como la política (…) “

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La cosa se puso más fea cuando Dylan, que al parecer había bebido más de la cuenta para combatir su nerviosismo, hizo mención al acontecimiento que semanas atrás había conmocionado al mundo. “Ese muchacho que disparó al presidente Kennedy, Lee Oswald… no sé exactamente qué pensaba que estaba haciendo, pero debo admitir que vi algo mío en él…” Probablemente lo único que quiso decir es que Oswald parecía un tipo corriente, no un villano como los de las películas, pero los abucheos precipitaron el final de una alocución por la que Dylan se disculparía días más tarde a través de una carta que finalizaba con un desdeñoso “Nos vemos. Respetuosa o irrespetuosamente”. En As I Went Out One Morning, tema de su álbum John Wesley Harding (1968), Dylan narraba cómo una frágil dama encadenada le pide ayuda, y cómo cuando él le ofrece su mano, ella le agarra el brazo con la clara intención de hacerlo suyo por la fuerza. La escena no se resuelve hasta que Thomas Paine en persona intercede para que la joven respete la libertad del narrador.

Ya en 1970, el artista era reconocido por la Universidad de Princeton como Doctor Honoris Causa en Música. También acudió al acto y también se sintió incómodo, tal y como reflejó en el tema Day Of The Locusts de su siguiente disco, New Morning (1970): “Me quité la toga, recogí mi diploma, tomé la mano de mi amada y nos largamos de allí. Escapamos a las montañas, las negras montañas de Dakota. Desde luego me sentí feliz de haber escapado con vida…”

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A Justin Bieber le han concedido un Grammy este mismo año. Lo sé porque lo acabo de comprobar cuando buscaba una comparación suficientemente esclarecedora. Dylan no recibió ninguno hasta 1980, cuando estaba a punto de cumplir cuarenta. Su Gotta Serve Somebody, carta de presentación de Slow Train Coming (1979), el primero de sus tres discos de temática cristiana, mereció el premio a la mejor interpretación vocal masculina de rock. “No esperaba esto. Quisiera ante todo darle las gracias al Señor. Y también a Jerry Wexler y Barry Beckett (productores) por haber creído en ello”. Eso fue cuanto dijo cundo tuvo en sus manos el gramófono dorado. Este es el momento.

Ya en 1988, Dylan pasó a formar parte del Rock And Roll Hall Of Fame tras una esperpéntica ceremonia en la que también fueron reconocidos los Beatles y los Beach Boys, cuyo cantante, Mike Love, tomó la palabra en primer lugar para proferir una sarta de estupideces a cuenta de los muchos bolos que seguía haciendo con su banda, y de paso insultar, sin motivo aparente, a Mick Jagger o Billy Joel entre otros compañeros de profesión presentes en la sala. Cuando llegó su turno, Dylan (presentado por Bruce Springsteen como “el hermano mayor que nunca tuve”) se lo tomó con calma y comenzó por saludar a Muhammad Ali, Little Richard y Alan Lomax para, acto seguido, “agradecerle a Mike Love que no me haya mencionado en su discurso… Yo también hago un montón de actuaciones cada año… La verdad es que la paz, el amor y la armonía son muy importantes, pero también lo es el perdón, así que debemos practicarlo… ” Con el público metido en el bolsillo, Dylan se prestó a interpretar All Along The Watchtower junto al resto de homenajeados. Su cara lo decía todo: no veía la hora de estar de vuelta en su hotel.

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En enero de 1990, la Orden de las Artes y las Letras de Francia aprovechó la residencia (cuatro conciertos en otros tantos días consecutivos) de Bob Dylan en el teatro Grand Rex de París para hacerle entrega de la medalla de Comendador, el mayor distintivo de la Orden. No consta que tuviese que decir una sola frase. Probablemente aliviado, ese día al menos sonrió.

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En 1991, año en que cumplió medio siglo, el artista recibió de manos de Jack Nicholson un Grammy honorífico por su ya entonces dilatada trayectoria. Sobre aquella velada, en la que volvió a parecer bastante fuera de lugar, escribí hace unas semanas en este mismo blog una entrada que puede leerse aquí.

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Apenas dieciocho meses más tarde, con motivo del trigésimo aniversario del estreno discográfico de Bob Dylan en 1962, Columbia Records organizó el que quizá sea el mayor homenaje jamás realizado a un músico vivo. The 30th Anniversary Concert Celebration (1992) reunió en el Madison Square Garden de Nueva York a Eric Clapton, Stevie Wonder, Lou Reed, Neil Young, George Harrison, The Band, Johnny Cash, Pearl Jam, Willie Nelson, Tom Petty y muchas otras estrellas devotas, en un sentido u otro, del legado del artista de Minnesota. Ya en la recta final de tan memorable espectáculo, Dylan salió al escenario pero habló solo a través de dos de sus viejas canciones: Song To Woody (Guthrie), su primera canción importante, incluida en aquel primerísimo trabajo, e It’s Alright, Ma (I’m Only Bleeding), uno de los textos de los que más orgulloso se ha sentido siempre. Pese a que su voz sonó incluso más aguardentosa de lo habitual, las interpretaciones fueron más que correctas. Al fin y al cabo, estaba solo con su guitarra frente al público. Como tantas otras veces.

Lo difícil vino justo a continuación, cuando se le sumaron algunos de aquellos amigos que habían ido a Nueva York a rendirle pleitesía. Ahí, mientras los demás sonreían y disfrutaban al esculpir jubilosos una maravillosa relectura de My Back Pages, a Dylan se le veía apagado y taciturno. Como si la cosa no fuese con él.

Cuenta Howard Sounes en el escencial Down The Highway: The Life Of Dylan que nuestro hombre no se relajó y disfrutó de su gran noche hasta que, horas más tarde, se bebió unas pintas de Guinness alternadas con vino blanco en el Irish Pavillion, el pub irlandés que regentaba su camarada en los tiempos del Greenwich Village Tommy Makem en la esquina de Lexington con la calle 57. Alentado por Liam Clancy, otro de sus más viejos colegas, Dylan se atrevió incluso con una vieja canción tradicional, que Ronnie Wood y George Harrison se encargaron de completar cuando la guitarra fue pasando de mano en mano.

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En mayo de 1997 Bob Dylan estuvo, según sus propias palabras, a punto de “reunirse con Elvis. Una histoplasmosis aguda lo llevó al hospital el mismo día en que cumplía 56 años, pero no solo se recuperó con éxito, sino que meses más tarde resurgió de sus cenizas con Time Out Of Mind, el disco que le devolvió su estatus de estrella y le procuró tres Grammys al año siguiente, en otra ceremonia para el recuerdo. Con unos kilos de más (probablemente a consecuencia del tratamiento recibido) y visiblemente maquillado, Dylan estaba interpretando Love Sick, el tema que abría aquel trabajo, cuando uno de los bailarines contratados para aparecer de fondo en la retransmisión televisiva se desnudó de cintura para arriba y comenzó a convulsionar a escasos centímetros del cantante, con un inquietante mensaje pintado sobre el pecho: Soy Bomb (Bomba de Soja en inglés, pero también Soy Una Bomba si jugamos a combinarlo con nuestro idioma, tal y como pretendía su portador). Su nombre era Michael Portnoy y se definía como artista multidisciplinar. Todo el mundo dio por hecho que su extrañísima coreografía estaba preparada. Incluso Dylan, que siguió tocando tras echarle un primer vistazo. La seguridad del evento tardó medio minuto en sacar a Portnoy del escenario.

Cuando en 2005 Columbia editó el vídeo de Love Sick (por lo demás, una interpretación extraordinaria) como parte de un dvd que acompañaba la versión deluxe del disco Modern Times,  el momento de gloria de Portnoy fue eliminado.

Pero hubo más. Bob Dylan y el productor de Time Out Of Mind, Daniel Lanois, recibieron juntos el premio al mejor álbum del año de manos de Sheryl Crow, John Fogerty y el rapero Usher.  Tras los agradecimientos de rigor, Dylan hizo una confesión para la que nadie estaba preparado: “Cuando tenía 16 o 17 años fui a ver actuar a Buddy Holly en Duluth. Estaba a menos de un metro de mí y, en un momento determinado, me miró… De alguna manera he vuelto a sentir la presencia de Buddy Holly mientras hacíamos este disco. No sé cómo o por qué, lo que sé que Buddy Holly ha estado con nosotros…” Una vez más, las palabras pronunciadas por el músico no pasaron desapercibidas.

Pocas semanas antes de aquello, Dylan había asistido a la entrega del Premio Kennedy, el mayor honor concedido por el gobierno de los Estados Unidos desde 1978. Se lo entregó el presidente Clinton en persona, a él y a cuatro artistas escénicos más de diferentes disciplinas: Lauren Baccall, Charlton Heston, Jessye NormanEdward Villela fueron las otras figuras reconocidas.

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En el año 2000 Bob Dylan sí encontró tiempo para recibir de manos del Rey de Suecia el prestigioso Polar Music Prize. Claro que, como había sucedido diez años atrás en París, estaba de gira por Escandinavia y ofreció una actuación en Estocolmo esa misma noche. Además, la cosa resultó sencilla: el discurso lo pronunció otra persona, él se limitó a escucharlo impertérrito.

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Fue la Princesa Cristina, hermana del monarca, la encargada de lisonjear a Bob Dylan con aseveraciones muy semejantes a las emitidas por la Academia del Nobel hace poco más de un mes: “Su influencia como cantante y compositor a lo largo del siglo XX es indiscutible” dijo la princesa. “Siempre innovador, pero siempre basado en la rica tradición americana”, añadió, “su integridad y determinación, su habilidad para combinar poesía, armonía y melodía han cautivado a millones de personas de todo el mundo…” La anécdota esta vez la protagonizó el propio artista, que parecía ausente hasta que Cristina de Suecia lo interpeló directamente para que aceptase el galardón. Dylan hizo ademán entonces de coger la placa conmemorativa, aunque el protocolo señalaba que era el rey en persona quien debía entregársela. Aclarado el procedimiento, y en mitad de una gran ovación, al artista se le escapó una sonrisa fugaz cuando recibió también un aparatoso centro floral.

Los premios no dejaron de llegar en 2001. Dylan comenzó el año conquistando el Globo de Oro por su canción Things Have Changed, incluida en la banda sonora de la película Wonder Boys (Jóvenes Prodigiosos), de Curtis Hanson.

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Dylan se vistió de esmoquin para asistir a la gala celebrada en Los Ángeles, y lució por primera vez en público el mostacho mosqueteril que caracterizaría su imagen en los años siguientes. Esta vez tuvo que hablar, pero, aunque de inició soltó una exclamación y aseguró que aquello era algo muy importante, luego se limitó a dar las gracias al director del film, la prensa extranjera que cada año organiza esos galardones, los músicos de su banda, la gente de Columbia Records, todos los miembros de su familia (así, en general)… “Y supongo que eso es todo, ¿no?”

Pocas semanas después, Dylan tuvo que defender la nominación de Things Have Changed en la ceremonia de entrega de los Óscars. La cita lo pilló de gira por Australia, desde donde interpretó la canción vía satélite acompañado de su banda habitual. El realizador aprovechó para fusilarlo a primerísimos planos, algo que el músico intenta evitar siempre a toda costa.

Tras haber logrado el Globo de Oro, Things Have Changed era la gran favorita para conseguir también la estatuilla, y los pronósticos se cumplieron. Jennifer López fue la encargada de anunciar que el Óscar era para Bob Dylan. Michael Douglas, protagonista de Wonder Boys, se rompía las manos dando palmas, igual que Frances MacDormand. Más comedido fue el aplauso de Sting o Björk, a quien Dylan acababa de arrebatar el premio. “Buen Dios, esto es increíble”, comenzó diciendo con una risita floja. A continuación volvió a agradecerle a Curtis Hanson haberle involucrado en el proyecto y a los directivos de Columbia, su sello de toda la vida, la confianza en su labor. Como si de un chiquillo se tratase, envió luego un saludo a sus “amigos y familiares, que me estarán viendo”, y mostró también su gratitud a los miembros de la Academia “por haber tenido el coraje de premiar una canción que no se anda con rodeos a la hora de tratar la naturaleza humana”. Para terminar, y para visible regocijo de de Tony Garnier, su bajista desde 1989, Dylan fue fiel a sí mismo y deseó a todos “que Dios os bendiga con paz, tranquilidad y buenos propósitos”.

Llegamos a 2004 y volvemos a ver a Bob Dylan enfundado en una toga. Esta vez en Escocia, en la Universidad de St Andrews, donde le conceden, igual que 34 años atrás en Princeton, un Doctorado en Música que el artista puede recoger en persona aprovechando que, una vez más, está de gira por el país. La expresión de su rostro en las fotos que trascienden de acto no transmite precisamente entusiasmo. Y eso que, una vez más, volvió a irse de rositas. Sin decir una palabra.

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Willie Nelson ha presumido en alguna ocasión de haber fumado marihuana en la mismísima Casa Blanca. Que sepamos, Bob Dylan no llegó a tanto; pero en 2012 recibió de manos de Barack Obama la Presidential Medal Of Freedom sin ni siquiera quitarse las gafas de sol. Allí coincidió entre otros con Toni Morrison, primera mujer afroamericana en ganar el Nobel de Literatura y el Pulitzer, galardón que Dylan había logrado cuatro años antes.

U.S. President Obama  congratulates 2012 Presidential Medal of Freedom recipient musician Dylan during ceremony in the East Room of the White House in Washington

En realidad, la entrega de estas medallas, el mayor galardón civil de los Estados Unidos (equivalente a la Medalla de Oro del Congreso) es un acto bastante anodino y recogido. El presidente habla durante unos veinte minutos sobre los méritos de los homenajeados, que a continuación son llamados uno por uno para que les sea impuesta la condecoración. En el vídeo que hay aquí abajo, el momento Dylan puede verse a partir del minuto 31. El presidente Obama es, sin duda, quien mejor se lo pasa.

Un año más tarde, Dylan posaba con rictus desafiante serio junto la ministra francesa de Cultura, Aurelie Filippetti, luciendo la Legión de Honor en la solapa de su chaqueta. Lo han adivinado: de nuevo hicieron coincidir el acto con la llegada de la gira del artista a la capital gala. Pero la entrega de la mayor distinción civil o militar concedida en el país vecino se vio precedida de cierta polémica. De hecho, su nominación estuvo suspendida debido a las dudas que la actitud “antibelicista” de Dylan y el “consumo de marihuana” en su juventud despertaban en algunos miembros del comité. Filippetti se salió finalmente con la suya e impuso la medalla al músico en una ceremonia privada en la que no escatimó elogios hacia Dylan, a quien aún así (o a lo mejor por eso) se le vio incómodo como en tantas ocasiones similares. “Estoy agradecido y orgulloso, eso es todo”, se limitó a decir.

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Y llegamos a 2015, año en que Bob Dylan recibe un reconocimiento aparentemente menor, el MusiCares Person Of The Year, un galardón entregado por la misma Academia que organiza los Grammys, y que desde 1991 premia la labor de aquellos músicos que, además de mantener una carrera sólida, han destacado por practicar, de un modo u otro, la filantropía. La gala parece una suerte de reedición reducida de aquel Dylanfest del 92 en Nueva York. Jack White, Neil Young, Norah Jones o Sheryl Crow interpretan algunas de las canciones más emblemáticas de Dylan, presentado con todos los honores por uno de sus más célebres admiradores, el ex presidente Jimmy Carter. El homenajeado sube al estrado con el pelo recién teñido y el gesto más serio que nunca. Contra todo pronóstico, esa noche tiene mucho que decir.

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Bob Dylan toma la palabra durante ¡más de treinta minutos! Ha preparado a conciencia su discurso y lo trae escrito para no dejarse nada en el tintero. Aplaude en primer lugar la labor de MusiCares, una ONG dedicada a prestar asistencia personal, médica o financiera a músicos en apuros. Hace después un repaso de aquellas personas que se han preocupado por él a lo largo de sus más de 50 años de carrera, empezando por el cazatalentos que le consiguió su primer contrato discográfico, John Hammond. Se acuerda después de The Byrds, Nina Simone, Jimi Hendrix, Johnny Cash, Joan Baez… Dylan suena apasionado al explicar de dónde ha venido sacando tantas buenas canciones a lo largo del último medio siglo. No hay magia, no hay misterio: todo proviene de la música tradicional. Pero su tono se torna mucho más agrio cuando se acuerda de “aquellos que dicen que no sé cantar”. No queda claro si bromea o estáa hablando en serio, y de hecho se escuchan risas entre el público, pero Bob dispara con munición pesada: “Los críticos me han puesto a caldo desde el primer día. A su juicio, sueno como una rana. ¿Por qué no dicen lo mismo sobre Tom Waits? Los críticos dicen que mi voz está fundida. Que no tengo voz. ¿Por qué no dicen eso sobre Leonard Cohen? ¿Por qué me dan este tratamiento especial? Los críticos dicen que no puedo aguantar una melodía y que hablo a mi manera durante las canciones. ¿De verdad? Nunca escuché decir eso sobre Lou Reed. ¿Qué he hecho yo para merecer esta deferencia extraordinaria? ¿No tengo rango vocal? ¿Cuándo fue la última vez que escuchasteis a Dr. John? ¿Por qué no decís eso sobre él? Arrastro las palabras, no tengo dicción. Gente, ¿habéis escuchado alguna vez a Charley PattonRobert Johnson Muddy Waters? Hablan sobre palabras arrastradas y ausencia de dicción. ¿Por qué no dicen lo mismo de ellos? “¿Por qué yo, Señor?”, me digo a mí mismo. Sam Cooke respondió esto cuando un día le dijeron que tenía una voz maravillosa. Dijo: “Bueno, eso es muy amable de tu parte, pero las voces no deben ser consideradas por lo bonitas que son. Más bien importan solo si te convencen de que están diciendo la verdad”. Pensad en ello la próxima vez que estéis escuchando a un cantante”.

Juro que lo haré, señor Dylan. Juro que lo haré.

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Ahora voy a marcharme. Voy a quitarme de vuestra vista enseguida. Probablemente no me he referido a mucha gente y he hablado demasiado de unos pocos. Pero es lo que hay. Como dice el espiritual: “Aún estoy cruzando el Jordán”. Espero que nos encontremos de nuevo. Y lo haremos si, como cantaba Hank Williams, “es la voluntad del buen Señor y el arroyo no se desborda”

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