Sesión vermú con los Stones (sucedió en Manhattan)

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Está mal que yo lo diga, pero aquel día me salí del mapa. Me había enterado demasiado tarde y no tenía acreditación. El plazo para solicitarlas llevaba días cerrado, pero eran los Rolling Stones y yo entonces vivía en la tierra de las oportunidades, en la capital del mundo occidental. Era un corresponsal extranjero y aquello era un acto de prensa. Tenía que intentarlo.

Recapitulemos. Es martes, diez de mayo de 2005, llevo unos cuatro meses instalado en Nueva York. Me lo he montado de fábula: tengo mi casa y mi oficina (la delegación de la Televisión de Galicia en los Estados Unidos) en un espacioso estudio del 206 de la E70th street, entre Second y Third Avenue. En Lennox Hill, uno de los barrios más tranquilos del Upper East Side, y a un paso de la estación de metro de Hunter College. Es decir, cerca de todo. El frío cruel del invierno en Manhattan ha quedado atrás. Los días van haciéndose cada vez más largos y luminosos. Estoy solo al otro lado del charco, pero cada despertar en la Gran Manzana es una nueva oportunidad. Aún no he cumplido treinta años. Me siento vivo. Y dispuesto a aprovechar cada minuto como si fuese el último.

Pero me pagan por trabajar, claro. Así que esa mañana mi destino es el Museo Americano de Historia Natural, donde se inaugura, atención a la paradoja, una impresionante exposición de… dinosaurios. Enormes dioramas animados, figuras a tamaño natural realizadas con los materiales más exclusivos. Es como estar en el rodaje de Parque Jurásico. Sin embargo, mi cabeza está unas cuantas manzanas más al sur. En realidad, a apenas un cuarto de hora a pie, a las puertas del Lincoln Center y la Julliard School Of Music. Allí, ante el conservatorio más prestigioso del planeta, los Rolling Stones van a presentar (nadie sabe muy bien cómo) su próxima gira. A las doce del mediodía. De hoy.

El tour que los expertos del museo nos están ofreciendo en primicia a los distintos medios que acudimos a la convocatoria está lejos de haber terminado, pero son casi las once y ya he grabado suficiente material para preparar una de mis piezas semanales. Guardo la cámara en la mochila y el trípode en su funda, que a continuación sujeto al carrito con ruedas con el que me muevo con diligencia por toda la ciudad. En mi apartamento está el portátil al que vuelco las imágenes y en el que edito después mis reportajes. Yo busco los temas, gestiono las entrevistas, filmo y monto cada noticia. Un equipo de televisión en un solo hombre. Así lo asumí cuando firmé el contrato. Tiene sus inconvenientes pero, como estoy a punto de comprobar, también sus ventajas. Me excuso con el personal del museo y desciendo a paso ligero por Central Park West hasta la Lincoln Center Plaza, que por supuesto está ya acordonada.

Como he dicho al principio, no he podido acreditarme para la presentación de los Stones, pero sí llevo conmigo, como siempre, mi credencial de corresponsal extranjero, expedida por el Departamento de Estado. Algo así como una llave maestra para ir superando los primeros controles. El definitivo está a unos cincuenta metros del escenario, adornado con el logo más famoso del rock que ha sido customizado (cosas del márketing) con una pelota de béisbol y las palabras On Stage, lema con el que sus Satánicas Majestades han bautizado su futura gira por el país. Cientos de fans ya se han quedado atrás. Gente que se agolpa contra unas vallas desde las que la visibilidad es bastante pobre. Yo hago cola tras otros compañeros periodistas. Las puertas del cielo están custodiadas por media docena de armarios humanos de los que compran siempre en el departamento de tallas especiales, y un puñado de barbies con las tetas operadas. Unos y otras lucen camisetas con la lengua. A todos les quedan pequeñas, pero el resultado difiere según los casos. El corazón me late deprisa. El próximo soy yo. Y mi nombre no está en la lista.

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foto: Brian Rasic (la única de este post que no saqué yo con mi cámara de 70 euros y apenas 3.2 megapíxeles)

Llego a la mesa de registro. Más bollycaos de silicona. Más melenas rubias. Más lenguas a punto de estallar. Más gorilas. Dos preciosas coletas me regalan una sonrisa de lo más profesional mientras me dan los buenos días. “De qué medio viene, ¿señor?” Como sé que si se lo digo lo voy a tener que repetir en vano, le enseño directamente mi identificación. Ella pronuncia mi apellido en un español aceptable y comienza a buscarme en un océano de nombres. Un océano en el que no puede estar el mío porque jamás llegué a inscribirme. A esas alturas estoy jugando la mano de póker de mi vida. Voy de farol pero vamos a jugar hasta el final. Todo o nada. Gloria o miseria. Miss Florida busca y rebusca en sus papeles. Yo ni me inmuto. “Vaya, pues no lo localizo. Televisión Española, dice?” Durante una décima de segundo valoro la posibilidad de jugar a ser de TVE, pero si ellos vienen detrás (y seguro que vienen) me voy a meter en un buen lío. A lo mejor, además de quedarme sin ver a los abuelos salgo de allí con un ojo morado. Así que niego con la cabeza y me hago el impaciente. La gente que viene detrás de mí también lo parece. Ella arquea la ceja y decide que es hora de enseñar las cartas. “¿Con quién contactaste para acreditarte?” Mierda. La tenía. Ya casi la tenía. Qué poco ha faltado… “Pues con el Foreign Press Center, como siempre…” “¿Cómo? Oh, no… Tenías que haber hablado directamente con nuestra oficina. Solo nosotros dábamos los pases… Y ya no cabe nadie más. Estamos desbordados de periodistas. Tenemos overbooking…” Va, venga juguemos un poco más. Solo un poquito. “No me lo puedo creer… Los del Centro de Prensa me dijeron que ellos se encargaban de tramitarlo todo. He venido desde Brooklyn cargando con todo esto. Mi jefe me va a matar…” Percibo un atisbo de duda, de debilidad, en Miss Ojos Están Aquí Arriba, Capullo. “Espera un momento. Tengo que consultarlo”. Ahora se muestra casi amenazante, su dulzura a sueldo se ha evaporado por arte de magia. No te muevas de donde estás”.

Y entonces se produce el milagro. Mientras ella se aleja, el tipo que custodia el tesoro (la cajita donde están los codiciados pases) estira el cuello para leer una vez más mi nombre en mi credencial de prensa, lo apunta a mano en un margen de la lista… ¡y me da una entrada al paraíso! “¡Siguiente!”, grita sin esperar a que yo balbucee un “thank you” cargado de incredulidad, y me aleje cantando victoria. ¡Estoy dentro! ¡Lo conseguí! ¿Lo conseguí? Diez pasos más adelante me intercepta Miss Tú A Mí No Me Conoces Enfadada. “¿A dónde se supone que vas? ¿Quién te ha dado permiso para pasar?” En un acto reflejo, le enseño el pase que me acaban de entregar contraviniendo sus instrucciones. Y de golpe vuelve a convertirse en la dulzura recauchutada que era hace diez minutos. “Ah, entonces ¿por fin han localizado tu nombre? ¡Al final sí estabas en la lista! Bueno pues sigue recto por ahí y busca tu spot en la zona de cámaras para colocar el trípode cuanto antes…” Lo que tú digas, monada. Lo que tú digas.

 Todos los equipos de televisión están ya preparados. Sobre la tarima habilitada a muy pocos metros del escenario estamos unos 250 periodistas llegados de todos los rincones del mundo. Es hora de jugar a otro juego que se llama perfil bajo. Dejo la mochila y la funda del trípode en una esquina, donde no estorben. Y trato de pasar desapercibido. Soy el único allí que no ha ido a trabajar. Por los altavoces, Muddy Waters canta que esta noche será tu hoochie coochie man si nada se lo impide…

Los Stones van con retraso: pasan más de cuarenta minutos de las doce. De fondo, Bo Diddley se pregunta ahora a quién amas en realidad, y luego es Chuck Berry el que le pide a Beethoven que se dé prisa en contarle las últimas noticias a Tchaikovsky“Señoras y señores…” irrumpe entonces por megafonía una voz solemne. Ruge la multitud parapetada allá abajo, tras las vallas. Algo grande está a punto de suceder. Una de esas cosas que solo pueden pasar en Nueva York. “En su primera actuación de este 2005, por favor, den la bienvenida ¡a los Rolling Stones!” Suena el riff de Start Me Up, el telón se levanta y delante de mí aparecen Mick Jagger, Keith Richards, Ronnie Wood, Charlie Watts. Los putos Rolling Stones en persona.

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Esta foto, como la que va bajo el título del post y todas las que siguen, la hice yo con la misma cámara de andar por casa

 Mick se contonea como una anguila, enfundado en una americana de color azul pastel. Levanta los brazos e incita al personal a mover el esqueleto. Pero en la tribuna de prensa nadie le hace caso. ¿Nadie? ¡No! Un irreductible corresponsal llegado desde Galicia, al noroeste de España, brinca, grita, ríe, canta y da palmas como un poseso. Me pellizco para convencerme de que aquello está sucediendo de verdad. Entonces recuerdo que llevo en el bolsillo mi pequeña y muy modesta cámara fotográfica. Y decido inmortalizar el momento sin dejar de disfrutar.

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Mick se quita la chaqueta y anuncia un estreno: un tema del que será su próximo álbum, el primero de los Stones desde Bridges To Babylon (1997). Lo que suena a continuación es otro rock musculoso marca de la casa titulado Oh, No, Not You Again, que meses más tarde verá la luz dentro de A Bigger Bang. Música celestial para mis oídos aunque, haciendo una broma con el lugar que han elegido para su exclusiva actuación, Jagger dice al terminar que no está seguro de si la interpretación que acaban de hacer hubiese pasado el corte en la Julliard School. Sin solución de continuidad, Keef ataca el que quizá sea mi tema favorito de los Stones entre aquellos que podemos considerar sus grandes éxitos: Brown Sugar. Me parece estar levitando, pero no dejo de chillar en cada estribillo.

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No hay metales para acompañar la coda final pero los cuatro Stones aún en nómina y ese temporero de lujo que es el bajista Darryl Jones, se bastan para extender el delirio por toda la plaza. La máquina sigue engrasada. Todavía tienen algo, ese algo que los hace únicos. El concierto termina pero el espectáculo no. Tras un mínimo receso (que todos menos Richards aprovechan para cambiarse de ropa) la banda más legendaria de la Historia del Rock comparece de nuevo para responder a las preguntas de los informadores. La rueda de prensa es un show en sí misma. Los Glimmer Twins regalan treinta poses por minuto, Woody asume su rol de secundario socarrón y Watts simplemente se deja llevar. Mientras, el enviado de cierto tabloide británico se interesa por los impuestos que los Rolling Stones no pagan en su país: “Oh, quién eres tú, ¿míster preguntas sobre economía? no contestamos estupideces, pasemos a la siguiente…” (Jagger, por supuesto). Hay también quien se interesa por el sonido del disco que están a punto de publicar: “Oh, es algo muy contemporáneo, diferente, impactante, va a ser toda una sorpresa. Ya sabes, el clásico disco de los Stones. Y, por supuesto, surge la pregunta que todos esperan: “¿Es esta vuestra última gira” Charlie se adelanta al resto: “¡Sí!” exclama para alborozo de sus compinches. Mick ejerce una vez más de portavoz y de contrapeso. “¿Otra vez con lo mismo de siempre? No, no, no. No hemos pensado en eso siquiera. Sería muy fácil agotar entradas con ese reclamo, pero solo nos planteamos ir concierto a concierto, día a día…” “Hasta que el Señor se apiade de nuestras almas”, apostilla Keef.

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Con la adrenalina todavía disparada, cojo un taxi en dirección a mi casa. Hago algunas llamadas y provoco que algunos de mis amigos acaben el día (en España es ya media tarde) con una alta dosis de envidia cochina. A mitad de trayecto cambio de idea y me apeo delante de un bar. Al día siguiente el mundo lo leerá en las crónicas de los periódicos y lo verá en los informativos de las televisiones. Meses después hasta se editará un dvd pirata, Los Stones rockean en Julliard a la hora de comer… Pero yo he estado allí. Y pienso celebrarlo.

La jugada me salió más redonda todavía. La edición española de la revista Rolling Stone (que dejó de publicarse en 2015) se interesó por mi aventura. Así que unas semanas más tarde cobré un dinerillo extra y vi publicado mi primer artículo en la más célebre cabecera del periodismo musical. Al final sí fui a lo de Julliard a trabajar después de todo…

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