Esos tipos que cantan como el culo (y me ponen la carne de gallina) vol. 7: Lou Reed

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Timothy Greenfield-Sanders via Getty

Una vez estreché la mano de Lou Reed. Fue en la madrugada del sábado 23 de septiembre del año 2000. No me ha costado rastrear la fecha exacta porque ocurrió en el aeropuerto de Barajas, de camino a San Sebastián, donde esa noche el Deportivo se medía a la Real Sociedad en Anoeta. Por aquel entonces, el club tenía vetada a la TVG, de modo que, al no poder volar en el chárter del equipo con el resto de la prensa, mi compañero Jose Varela y yo habíamos despegado de Santiago en dirección a Madrid a una hora indecente. Estábamos adormilados en la terminal esperando nuestro enlace a Donosti, cuando me llamó la atención un tipo menudo y vestido completamente de negro. Su cara me resultó familiar.

-Joder, Josiño, no me digas que aquel tío de allí no te recuerda un poco a Lou Reed…

-Mmm? Carallo… Un poco bastante, sí…

-Joder…

-¿Qué?

-¡Joder!

-¡¿Qué?!

-¡Que es el puto Lou Reed en persona, joder! ¡Es Lou Reed!

Me puse en pie como un resorte mientras palpaba el bolsillo de la cazadora en busca de mi ajada minolta de carrete. Jose me siguió con su Betacam colgada del hombro, y creo que ahí se fraguó nuestro pequeño fracaso, porque cuando vio acercarse dos sujetos visiblemente excitados ante su presencia, el tipo más duro de la historia del rock  (y uno de mis mayores ídolos, tengo hasta el Take No Prisoners en vinilo, no kiddin’) levantó de inmediato un muro a su alrededor. No llevaba guardaespaldas, no creo que lo necesitase. Cuando osé pedirle una “picture” puede que entendiese otra cosa porque miró de reojo la cámara de mi compañero y me espetó un “No! It’s fucking eight in the morning, man! What the hell is wrong with you?” o algo por el estilo (pero que, en cualquier caso, no dejaba lugar a dudas sobre lo que le apetecía sonreír al pajarito y decir patata con mi brazo sobre su hombro). A los 24 años uno es lo suficientemente temerario (o gilipollas) como para, después de una respuesta como esa, pedirle a Lou Reed (recuerden, Lou-Reed-en-persona) que “al menos” le firme un autógrafo… ¡Cosa que hizo! Y no crean que garabateó cualquier cosa: firmó de verdad, conocía su rúbrica de verla en libros y revistas especializadas.

Pero ni así consiguió perdernos de vista. Resultó que aquel era el día libre de Lou en la mini gira española de presentación del que entonces era su último trabajo, Ecstasy: venía de actuar en Murcia la noche del viernes y repetía en Bilbao el domingo. Su banda debía de seguir una ruta diferente porque viajaba solo. Estaba ya sentado en su asiento cuando ocupé el mío, justo detrás, en el ruidoso y vetusto Fokker de doble hélice que compartimos hasta tierras vascas. El vuelo, particularmente el aterrizaje, fue bastante movido. Lou Reed se bajó con prisa y cara de pocos amigos. Vi que alguien le esperaba en el aeropuerto de Fuenterrabía y que desaparecían juntos. El Depor empató a uno aquella noche en Anoeta. Me hubiese encantado ir a ver a Lou al Palacio Euskalduna al día siguiente, pero mientras él aún probaba sonido, a muy poca distancia Jose y yo tomábamos otro vuelo en dirección a Turín, donde el martes 26 de septiembre la Juventus de Del Piero, Van der Sar, Montero, Davids y Zidane (que acabó expulsado) esperaba en Delle Alpi.

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Lou en éxtasis…

Mi reencuentro con Lou Reed se produjo en el auditorio del Monte do Gozo la noche del viernes 16 de julio de 2004, dentro de los Concertos do Novo Milenio, el evento musical de cabecera del Xacobeo de aquel año. Ya había comprado la entrada para el evento cuando se anunció su nombre para sustituir a David Bowie, lesionado en la espalda. Recuerdo que pensé que nadie mejor para ocupar el lugar del Duque (aunque este haya muerto sin que tuviese la oportunidad de asistir a un recital suyo). En esta ocasión más de 30 metros me separaban de Lou (las primeras filas estaban llenas de fans de The Cure, que actuaban a continuación) pero para mí fue un concierto vibrante, lleno de momentos que me trasladaron a una post-adolescencia aún no demasiado lejana (White Light/White Heat, Dirty Boulevard, Jesus, New Sensations, Power & Glory, Egg Cream…) Las crónicas hablaron de un bolo mediocre, insulso y plagado de problemas técnicos. Admito que me había bebido antes el agua de unos cuantos floreros y que iba más que predispuesto, pero lo que yo disfruté fue un Lou Reed rockero y mucho más comunicativo de lo que esperaba, que se despidió con un bis tan breve como irrefutable (Sweet Jane y Perfect Day). Otra cosa es que un festival al aire libre para más de 20.000 personas fuese el contexto ideal para degustarlo.

File photo of U.S. musician Lou Reed during his concert in Santiago de Compostela

Lou Reed en re mayor, Santiago, 2004 – REUTERS/Miguel Vidal/Files (SPAIN) via rtve.es

Y llegamos al Crobar. A golpe de martes, 5 de abril de 2005. Una de esas cosas que solo suceden en Nueva York: mientras fuera aún cae la luz del día y la ciudad no cesa en su trajín sempiterno, una leyenda como Lou Reed actúa para unos pocos centenares de afortunados en una de las salas de fiestas de moda (aunque no duró demasiado) del siempre decadente pero hipnótico barrio de Chelsea. Yo me había mudado a la ciudad apenas un par de meses antes, aquella fue la primera entrada que compré a través por internet y mi primer gran concierto americano.

Aquel día hubiese querido matarlo darle un capón. Él mismo lo dijo al terminar una de las muchas canciones de The Raven (su sombrío -y, la verdad, no muy vibrante- álbum conceptual sobre Edgar Allan Poe) que tuvo a bien interpretar: “creo que en ninguna otra parte del mundo podría permitirme un set como este. Y eso que empezó de maravilla con Adventurer. Pero de ahí en adelante la cosa fue tan anodina, tan centrada en lo experimental, tan escasa de wild side, que ni siquiera joyas como Charley’s GirlHalloween Parade (muy lentas, pero joyas al fin y al cabo) lograron evitar un cierto hastío entre el público. Habrían sido excelentes momentos de sosiego en una velada intensa, pero Lou solo se puso contundente con The Blue Mask, cuando ya casi se marchaba. Y el bis esta vez se limitó a Perfect Day.

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En un momento dado, Lou cambió la guitarra por el bajo, momento que inmortalizó Fernanda, una chica de Barcelona de quien me hice amigo aquella extraña tarde en el Crobar. Suyas son las fotos que aquí comparto.

Fui solo a aquel concierto, pero ese no fue el problema. Tampoco el lugar, ni la banda (en la que estaban Mike Rathke a la guitarra y Fernando Saunders al bajo, quizá los dos músicos que más veces tocaron con Reed a lo largo de su vida). Ni siquiera la actitud de la estrella, que se mostró de muy buen humor. Lo malo fue estar de pie (salvo los de los reservados superiores, como el que ocupaba el mismísimo Salman Rushdie) en un club oscuro y acostumbrado a la estridencia, ávidos de una buena dosis rock and roll, y asistir a un denso recital de poesía, armonizada con un minimalismo extremo. Una lástima que nuestra despedida (quién lo hubiese imaginado) no diese para un relato más entusiasta…

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Ni tenía una gran voz, ni la puso nunca al servicio de nada que no fuesen sus canciones. Narrador excepcional, cronista de la Norteamérica más sórdida, guitarrista tan efectivo como escaso de técnica, Lou Reed se coló en mi vida con Transformer y se instaló para siempre con New York. De su etapa en la Velvet Underground vuelvo casi siempre a las mismas cosas: las canciones más sencillas y sentidas, nunca he sido de drogas duras y con el látigo no suelo ir más allá de Venus In Furs… Prefiero los tempos rápidos más luminosos (Real Good Time Together, Beginning To See The Light) o la dulzura (al menos formal) de Femme Fatale, Pale Blue Eyes, Sunday Morning o I’ll Be Your Mirror, que grabé la misma tarde de domingo en que supe de la muerte de su autor, e incorporé poco después al repertorio de En Casa del Herrero. Es uno de esos pocos artistas sin los que mi vida no hubiese sido la misma. Llevo reivindicándolo (en inferioridad la mayor parte de las veces) los últimos 25 años de mi vida. Y no pienso dejar de hacerlo.

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