El día que el Rey David hincó la rodilla… y rezó (ante más de 70.000 personas)

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©DAVE BENETT/ / (Credit Image: © Alpha/Globe Photos/ZUMAPRESS.com)

Hoy habría soplado 70 velas, y en apenas un par de días se cumple un año de su muerte. Llevamos 52 semanas lamiéndonos la herida abierta de su ausencia, celebrando sus canciones, tratando de delinear su talento y, lo que resulta aún más complicado, su carisma. Porque David Bowie era el paradigma de lo cool, el Artista con mayúsculas, el icono inalcanzable. Parecía irreal ya en los primeros años 70 transmutado en Ziggy Stardust, no se mostró más mundano cuando más tarde adoptó la apariencia del Thin White Duke y, desde luego, tampoco nos sacó de la ensoñación que provocaba la mera mención de su nombre cuando se casó con una de las mujeres más hermosas del mundo para sellar un romance que parecía de película y, a diferencia de tantos otros, solo la muerte pudo interrumpir.

Bowie fue uno de los pocos que consiguió que sus discos (también los menos memorables) no sonasen a nada que hubiésemos escuchado antes. Reconocíamos al instante su voz o, mejor dicho, sus voces. A veces nos emocionaba, a veces nos estremecía, en otras ocasiones nos desconcertaba y, a menudo, todo al mismo tiempo.

El 20 de abril de 1992 el viejo estadio de Wembley, en Londres, acogió un concierto en memoria de Freddie Mercury, que había muerto cinco meses atrás, víctima del sida. El evento, al que asistieron unas 72.000 personas y fue retransmitido en directo por radio y televisión en otros 75 países además del Reino Unido, sirvió además para concienciar a la población sobre los riesgos de contraer dicha enfermedad, entonces en plena expansión. El dinero recaudado fue a parar a la Mercury Phoenix Trust, la organización benéfica fundada por Brian May y Roger Taylor tras la muerte de su compañero.

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El concierto comenzó con breves actuaciones de Metallica, Guns N’Roses o U2 (vía satélite desde los Estados Unidos) entre otros artistas. Tras un breve discurso de Liz Taylor (que además de la actriz favorita de Freddie fue una de las mayores activistas en la lucha contra el sida) los Queen supervivientes tomaron el relevo acompañados de la consabida constelación de estrellas invitadas: Roger Daltrey, Robert Plant, Elton John… Mediado el mastodóntico espectáculo llegó el turno de Bowie, que irrumpió en el escenario acompañado de Annie Lennox. En el momento en que John Deacon esculpió la célebre introducción de Under Pressure, Wembley rugió.

Tras una más que merecida ovación para Lennox, Bowie (vestido con un traje de color verde chillón que solo él podía defender con dignidad) tomó la palabra para presentar a su viejo camarada Mick Ronson, guitarrista de los Spiders From Mars en sus días de Polvo de Estrella, y componente después de Mott The Hoople. El propio líder de los Hopple, Ian Hunter, fue el siguiente en salir a escena para llevar la voz cantante en una catártica versión de All The Young Dudes, un tema compuesto por Bowie que Hunter y sus compañeros habían convertido en éxito masivo veinte años antes.

Ya sin Hunter bajo los focos, Ronson y Queen unieron fuerzas de nuevo para que Bowie encontrase aún refugio para la épica con Heroes. La interpretación de David, como en los temas anteriores, estuvo cargada de solemne sobriedad.

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Tan solo se dejó llevar un poco por la emoción en el tramo final de la canción porque, en teoría, su set terminaba ahí. Sin embargo, la banda concluyó la canción de manera abrupta, dejando latente la sensación de que faltaba algo…

Sin perder la compostura, Bowie se dirigió al público con estas palabras: “Este homenaje es para nuestro gran amigo Freddie Mercury. También me gustaría que nos acordásemos hoy de aquellos otros amigos, vuestros y míos, que hayan muerto en el pasado o recientemente. Y de amigos, o en vuestro caso quizá incluso miembros de vuestra propia familia, que se mantienen con vida aún después de haber sido derribados por esta implacable enfermedad. Personalmente quiero acordarme de Craig, porque sé que me estás viendo. Y me gustaría hacer una ofrenda de una forma muy sencilla pero que a la vez es el modo más directo en que se me ocurre hacerla…” En ese momento y para sorpresa de todos los asistentes (recuerden, más de 70.000), David Bowie se arrodilló… y comenzó a rezar el Padre Nuestro

Terminada la plegaria, Wembley estalló en aplausos, Bowie se puso en pie y gritó “¡Que Dios bendiga a Queen! ¡Y que os bendiga a vosotros también, gracias, buenas noches!” Y se marchó dando paso al siguiente invitado, que, paradojas de la vida, era George Michael

Un año más tarde, Tony Parsons le preguntó por aquel episodio en una entrevista publicada en la revista británica Arena, hoy ya desaparecida: “Tomé la decisión de hacerlo apenas cinco minutos antes de salir al escenario. Coco (Scwab, su asistente personal y ángel de la guarda particular desde hacía muchos años) y yo teníamos un amigo común que se estaba muriendo de sida. Acaba de entrar en coma ese mismo día. Y justo antes de salir a cantar con Queen algo me dijo que debía rezar un Padrenuestro. La gran ironía es que Craig murió dos días después de aquel concierto… En la música rock, en particular cuando se actúa ante una audiencia multitudinaria, no existe espació para la oración. Sin embargo, creo que muchas de las canciones que se escriben se pueden considerar oraciones en sí mismas. Muchas de las mías parecen llamadas a la unidad conmigo mismo. A nivel personal, tengo una creencia inquebrantable en la existencia de Dios. Para mí, resulta incuestionable… Mirando las cosas con la perspectiva del tiempo, veo que mucho de lo que atribuí a mi espíritu aventurero era en realidad una búsqueda tenaz de conectar con Dios. Siempre estaba investigando, analizando por qué funcionaban las religiones y qué es lo que la gente encontraba en ellas. Y me moví de unas creencias a otras hasta que en un momento particularmente bajo de mi vida, a mediados de los años 70, desarrollé una cierta fascinación por la magia negra. Y aunque estoy convencido de había una fuerza demoníaca que me arrastraba en esa dirección, yo no estaba buscando maldad. Tenía la esperanza de aquellos símbolos me llevasen a algún lugar…

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Pasado mañana se cumplen doce meses de su marcha. Hoy, donde quiera que esté, celebra su setenta cumpleaños. Esta es su última foto conocida, se publicó en su cuenta de Instagram el 8 de enero de 2016. En ella, el Rey David aparece exultante, como si supiera algo que nosotros desconocemos; a punto de empezar a caminar no sabemos hacia dónde. Quiso que incinerasen su cuerpo y que, de acuerdo con la tradición budista, sus cenizas fuesen esparcidas en la isla indonesia de Bali. Casi al mismo tiempo, su mujer, la modelo somalí Iman, compartía en Twitter estas palabras: “A menudo ignoramos el verdadero valor de un momento, al menos hasta que se convierte en un recuerdo.”

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