Katrina, Katrina… (una crónica: I)

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La llamada de mi jefe me sacó de la cama como a las cinco de la mañana. Su voz sonaba impaciente. Tensa.

-La cosa se está poniendo muy fea en Nueva Orleáns. La evacuación de la ciudad ha dejado de ser voluntaria, y puede que se extienda a otras áreas urbanas. Joder, debe de haber decenas de miles de muertos bajo el agua… Tienes un directo para el Telexornal Mediodía ahí desde donde estás; y después un billete de avión desde La Guardia a Houston. Allí te vas a encontrar con Fito y con Kepa, que ya están de camino.

Ahí desde donde estaba era Nueva York, a donde me había trasladado a principios de aquel año 2005 como corresponsal de TVG. Acababa de regresar de mis vacaciones de verano apenas quince horas antes, con un día de retraso por culpa del tráfico aéreo. Y en realidad la situación en el Golfo de México llevaba jodida cerca ya de una semana, pero el Huracán Katrina nos había pillado a todos con el paso cambiado, empezando por el mismísimo POTUS, George W. Bush, cuyo nivel de popularidad se había desplomado. De modo que aquel domingo, 4 de septiembre, empezó para mí con las primeras luces del día, que a duras penas se colaban por la ventana de mi apartamento de la E70th street. Preparé café y abrí el correo electrónico, donde ya tenía las instrucciones pertinentes para reunirme con mis compañeros en el aeropuerto de Houston. “Mete cuanto puedas en el menor espacio posible. No lleves nada que no consideres imprescindible. La idea es que alquiléis un coche y tratéis de llegar a Nueva Orleáns. De momento, no tenéis billete para volver. Dependerá de lo que os vayáis encontrando y podáis hacer al respecto”. Por supuesto, a mi madre le encantó el plan cuando la llamé para contárselo. Tampoco tuve mucho tiempo para consolarla porque se me echaba encima la hora del directo.

Anduve todo el día de un lado para otro hasta que salió mi vuelo a Texas, sin dejar de darle vueltas a la cabeza. ¿Me apetecía hacer aquel viaje? Sé que, desde fuera, nuestra profesión tiene un halo aventurero difícil de desmentir, incluso en la cobertura de desgracias como aquella. ¿Acaso me inquietaba el hecho de dirigirme a una zona catastrófica de la que la gente estaba huyendo en masa? Lo cierto es que ni una cosa ni la otra. De lo único que se trataba era de hacer el mejor trabajo posible y poder estar de vuelta cuanto antes. Así de sencillo. No eran, desde luego, unas vacaciones. Pero tampoco, o eso esperaba, la Odisea de Ulises. Mi excitación ante lo que estaba por vivir se diluía en el convencimiento de que cualquier dificultad sería a corto plazo. Dicho de otra forma, el drama les había tocado vivirlo a otros. Cuando Kepa y Fito me recogieron en la terminal del George Bush Intercontinental de Houston (rebautizado en honor del padre del entonces Presidente, y antecesor suyo en el cargo) ya había caído la noche. La pasamos en el Hilton del propio aeropuerto, disfrutando por última vez de habitaciones separadas. Esta es la primera de las crónicas telefónicas que escribí para la  Radio Galega, con la que también colaboraba:

Unha semana despois do brutal impacto do Furacán Katrina sobre o Golfo de México, a cidade peor parada, Nova Orleáns, segue baixo condicións extremas. Malia que ao longo da fin de semana tanto o Centro de Convencións como o estadio Superdome foron prácticamente desaloxados, os helicópteros de rescate aínda traballan a destallo para evacuar os cidadáns que permanecen illados nas súas casas. Neste contexto, a Garda Costeira pediulles aos damnificados que axiten toallas ou prendas de roupa de cores vivas ao paso dos helicópteros para facilitar a súa localización. E é que un deles estrelouse nas últimas horas debido ás complicadas condicións meteorolóxicas nas que se están a desenvolver as tarefas de salvamento. Por fortuna, tanto o piloto como o resto da tripulación puideron ser rescatados por outra aeronave que percorría a mesma ruta de búsqueda. O nivel das augas, que cada día que pasa están máis contaminadas, mantense nos mesmos niveis e, o que é aínda peor, non se prevé que baixe en varias semanas. Neste escenario, o mellor que lle pode suceder canto antes a Nova Orleáns é converterse canto antes nunha cidade deserta.

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Contra todo pronóstico, dormí como una marmota. Por la mañana, cumplimos con la máxima de desayunar hasta hartarnos. En el parking del hotel nos esperaba un Ford Explorer con el depósito lleno. Nuestra primera parada, el  viejo Astrodome, el primer estadio multiusos del mundo, entonces ya en desuso.

Allí se hacinaban miles de personas evacuadas, camastros y mantas se extendían por todo el estadio. Sentados, tumbados o deambulando como sonámbulos entre aquel campamento improvisado y los baños del estadio, los supervivientes del Katrina apenas abrían la boca. Fuera, las unidades móviles habían tomado el aparcamiento y la actividad era frenética. Hicimos dos enlaces a lo largo de la mañana y entre medias grabamos cuanto pudimos. Unos tipos habían conducido desde el sur de California para repartir Biblias entre los refugiados. El ex congresista e histórico activista por los derechos civiles Jesse Jackson también apareció por allí.

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Además de las conexiones en directo, debíamos preparar pequeños reportajes con el equipo que yo utilizaba habitualmente en Nueva York: una cámara mini dv y un ordenador portátil que tenía instalada una de las primeras versiones del programa de edición Avid. En realidad, nos organizamos como lo hubiésemos hecho en casa: Fito grababa, Kepa hacía las gestiones para llevar a cabo los envíos y yo redactaba y editaba las piezas. Lo extraordinario de todo aquello era el material con el que trabajábamos.

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Acabada la faena por ese día, hicimos una parada de aprovisionamiento y pusimos rumbo al este en el Explorer. Mientras Fito y Kepa llenaban el maletero con garrafas de combustible, un generador eléctrico y comida no perecedera, yo compré a precio de baratillo la que sería banda sonora de nuestro viaje: los maravillosos Goats Head Soup de los Stones y An Afternoon In The Garden de Elvis. También llamé a la radio para dar el parte de la jornada:

George Bush pasa polo momento máis delicado desde que asumiu a presidencia dos Estados Unidos. Á extrema gravidade do sucedido e do que está a suceder engádense agora as críticas cara á súa xestión da catástrofe, críticas que proceden de todos os eidos: desde afectados directos polo Katrina á clase política, pasando pola práctica totalidade dos medios de comunicación norteamericanos. Sobrepasado polos acontecementos, Bush visitou a zona máis afectada por segunda vez nos últimos catro días, nun intento por demostrar que, aínda que tarde, acabará por ter a situación baixo control. “Temos moito traballo por facer”, dixo o Presidente. Mentres, aquí en Houston, continúa o goteo de evacuados procedentes do estado de Louisiana, uns cinco mil diarios. Dos case douscentos cincuenta mil que se calcula que chegaron a Texas, a maior concentración  dase no estadio Astrodome, no que estivemos hoxe. Alí unhas 12.000 persoas están a recibir o subministro básico de auga, alimentos e refuxio. As principais compañías de comida rápida do país puxéronse a disposición dos refuxiados que, tal e como seguen as cousas nos seus vellos fogares, pódense considerar afortunados. Con todo, a situación de moitos deles é dramática. Deambulan polas inmediacións do recinto coa mirada perdida ou preguntando con desesperación por familiares cuxas fotos amosan ás cámaras e dos que nada saben. Os expresidentes Clinton e Bush pai, que coordinan o continxente de axuda privada, coincidiron no Astrodome co activista e excongresista demócrata Jesse Jackson.

Pero en realidad nuestro día acababa de empezar. Teníamos más de 350 millas por la interestatal 10 hasta nuestro objetivo. Ignorábamos si seríamos capaces de llegar hasta allí. Así que el plan era sencillo: hacer noche lo más cerca posible de Nueva Orleáns y partir de cero otra vez a la mañana siguiente. Sin embargo, pecamos de optimistas. Estábamos ya cerca de Baton Rouge cuando comenzamos a buscar alojamiento. Y lo que nos encontramos fueron moteles convertidos en astrodomes en miniatura: desbordados de gente que había huido de sus casas. No vacancy anywhere. Llevábamos muchas horas en pie y hacía rato que el sol se había ocultado. Podíamos para en un área de descanso y dormir en el Explorer o deshacer parte del camino y seguir probando suerte. Ninguna de las dos opciones me seducía lo más mínimo. Pero decidimos volver. Preguntamos al menos en una docena de establecimientos, cada vez más desanimados, cada vez más lejos del lugar al que nos dirigíamos. Por fin, en el más cutre de todos, un motel antiguo y medio destartalado, no adscrito a ninguna cadena conocida, nos ofrecieron una habitación doble para los tres. Eso nos garantizaba una ducha, un techo y un 66,67 por ciento de posibilidades de dormir sobre un colchón a cada uno de nosotros. Nos quedamos la habitación con la euforia de quien encuentra un billete premiado en la lotería. Compramos cervezas en el bar más cercano y echamos a suertes quién disfrutaba de las camas: a Kepa le tocó saco de dormir sobre la moqueta. Habíamos retrocedido unas sesenta millas, casi una hora de camino, hasta cerca de Lafayette. Pero aún así estábamos a dos horas escasas de la zona cero del Katrina.

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