Katrina, Katrina… (una crónica: II)

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El martes al amanecer desayunamos en un área de servicio cerca de Baton Rouge, y aproveché la parada para hacerme con un sombrero texano por mucho menos de lo que imaginaba. Los medios estadounidenses confirmaban que Nueva Orleáns estaba ya prácticamente desalojada y bajo el control del ejército. Sin saber qué nos íbamos a encontrar exactamente y si podríamos siquiera pisar la ciudad, reanudamos la marcha.

Kepa, Fito y yo nos turnábamos a la hora de conducir y, a decir verdad, yo hice menos kilómetros que ellos porque aprovechaba los trayectos para planificar el contenido de las crónicas y las conexiones. Tras cruzarnos con varios convoyes militares, Elvis cantaba An American Trilogy cuando entramos en la ciudad. Yo iba al volante en aquel momento y aquello parecía el fin del mundo. Ni un solo coche en la autopista de circunvalación, ni un alma en los barrios periféricos que atravesamos. Tuvimos que desviarnos un par de veces al encontrarnos con zonas completamente inundadas. Más de diez años después grabé mi propia versión de Dixie. Hay cosas que no deben olvidarse jamás.

Kepa se las apañó para producir una franja de directo en el siguiente informativo, el del mediodía en Galicia. Todas las unidades móviles estaban en Canal Street, la avenida situada al pie del French Quarter, corazón de Nueva Orleáns; la zona más alta del centro y, por tanto, más seca. Nuestras credenciales de prensa fueron aval más suficiente para superar los sucesivos controles militares que encontramos. En nuestra tierra lo llamamos chegar e encher: aparcamos el Explorer en aquel macrocampamento de prensa, localizamos la unidad móvil con la que debíamos trabajar y, en cuestión de minutos, yo estaba en el aire contando la última hora. Ah,el siglo XXI, la era de la información, amigos…

No soporto la ola de antiamericanismo que en los últimos años (¿décadas?) sacude buena parte de Europa y España en particular. Los estadounidenses son un pueblo extraordinario. Y gilipollas los hay en todas partes, claro. Pero el hogar de los valientes acoge a los que llegan de fuera mucho mejor de lo que a menudo nos empeñamos en señalar. Incluso en circunstancias extremas como las que provocó el Katrina. Hicimos fila donde comían soldados, bomberos y voluntarios, y se mostraron encantados de compartir su rancho con nosotros. Nos vacunaron para prevenir cualquier enfermedad derivada de la insalubridad del ambiente (visible a cada paso) y hasta recibimos un masaje reparador ante la insistencia de los chicos (en mi caso, por suerte, fue una chica) de la Cienciología. Sí, lo que he leído sobre su iglesia da mucho miedito pero a nosotros no trataron de vendernos ninguna moto (ni conspiración intergaláctica). Allá cada cual con sus creencias mientras respete las de los demás.

Con la espalda como nueva, mi primer relato para la Radio Galega desde la Zona Cero del huracán fue este:

A estas horas, xornalistas, voluntarios, soldados e equipos de rescate somos os únicos que ocupamos as rúas de Nova Orleáns. Quedan tamén uns poucos indixentes que vagan polas áreas menos enchoupadas da cidade, remexendo no lixo. Son os que xa non tiñan nada antes da chegada do Katrina. Nin tan sequera onde ir. As autoridades pretenden completar a evacuación total este mércores. Nunha primeira estimación, sempre provisional mentres non se poida drenar a auga que mantén sepultados barrios enteiros, o alcalde calcula que o número de vítimas mortais superará os dez mil. O aspecto de Nova Orleáns é o dunha cidade en guerra: tanquetas do exército patrullan incesantemente, hai controis en cada cruce. Os poucos hoteis do centro que quedaron en pé sérvenlles ás forzas de seguridade de cuartel xeral improvisado. Todo o demais é destrución. A auga segue a anegar os establecementos e vivendas que o vento se encargou de derruír con anterioridade. Ducias de reporteiros de todo o mundo concentrámonos en Canal Street. Quen máis quen menos fixo acopio de provisións polo camiño porque sabía o que lle agardaba ao outro lado do lago Pontchartrain. Pero isto hai que velo para poder crelo.

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El ejército tenía decretado el toque de queda al anochecer. Eso implicaba estar de vuelta en Canal Street para entonces, así que salimos a grabar lo que pudimos con vistas al siguiente informativo. Y descubrimos que lo de la evacuación total no era exactamente preciso: había vecinos atrincherados en sus casas que se negaban a marchar. Lo peor ya había pasado, sostenían. No pensaban irse y dejar vía libre al pillaje. Algunos colgaban mensajes intimidatorios en la puerta pero, en general, apenas se asomaban a las ventanas. También asistimos al rescate de algunas mascotas dejadas atrás por algunos de los que sí habían huido. El maletero del todoterreno se transformó en la nueva delegación de TVG sobre el terreno. Gracias al generador eléctrico pudimos editar en mi portátil y enviar un pequeño reportaje además de hacer nuevas conexiones en directo.

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En realidad, lo mejor era estar ocupado con el trabajo, porque el panorama resultaba bastante deprimente. La información oficial llegaba con cuentagotas y al final resultó que bajo las aguas había muchos menos cadáveres de lo que se temía. Por mucho que el mundo tuviese los ojos puestos en aquella ciudad, el silencio fúnebre, extraño y espeso que nos rodeaba le habían arrebatado todo su encanto. En Canal Street habían instalado una hilera de letrinas portátiles de las que la mierda rebosaba, literalmente, cuando llegamos. Por supuesto, aquella noche la pasamos, empapados en sudor y bastante exhaustos, mal acomodados los tres dentro del Explorer.

No conseguí dormir más de diez minutos, por lo que celebré que el sol se elevase y nos obligase a ponernos otra vez en marcha. La gente del Salvation Army nos dio café y galletas para desayunar. Nos pusimos en camino y encontramos patrullas en aerodeslizadores no muy lejos del campamento. Entre los edificios, por en medio de las calles. Nueva Orleáns parecía Venecia… En alguna de las lanchas, además de soldados y personal de emergencias, había algún rescatado. El calor húmedo de Louisiana apretaba ya desde muy temprano.

Nos acercamos al Superdome, sede de los Saints de Nueva Orleáns, y primer lugar de refugio masivo cuando el Katrina golpeó la ciudad. Para entonces el estadio estaba desierto, como las autopistas que rodeaban la ciudad y en las que encontramos restos de comida, ropa y hasta algún vehículo abandonado. Parecía el decorado de una película sobre el apocalipsis. Pero lo que más me seguía estremeciendo era la ausencia de cualquier sonido ambiental. Una ciudad en completo silencio, el silencio de la muerte. Solo en el campamento de prensa, al que regresamos para conectar en directo con el Telexornal y la radio, había un mínimo latido vital.

Pouco a pouco, todo vai a menos en Nova Orleáns. Todo menos o xigantesco despregamento de todos cantos corpos militares existen no país. As bombas de achique traballan a destallo para drenar a auga nas áreas que permanecen anegadas, mentres as autoridades intentan convencer polas boas os veciños que aínda se resisten a seren evacuados de que deben abandonar os seus fogares igual que o resto da poboación, ante o risco crecente de infeccións e epidemias. A tarefa está a resultar especialmente complicada no barrio francés, a zona bohemia por excelencia desta cidade. Sen auga corrente e sen luz desde hai case dez días, os orgullosos habitantes desta zona cren que xa pasaron o máis duro e que marchar agora sería como traizoar a súa propia dignidade.

La segunda noche en la ciudad nos deparó un par de buenas sorpresas. Descubrimos un hotel ocupado por la prensa cuya cafetería se había transformado en una redacción improvisada. Por supuesto, no quedaba ni rastro del personal, pero los compañeros se las habían apañado para conseguir corriente gracias a varios generadores, así que editamos el material allí, sentados en los taburetes de la barra más seca que he visto en mi vida… Luego nos aventuramos con linternas por las plantas superiores en busca de alguna habitación libre. Cuando dimos con ella, dejamos el saco de dormir y alguna otra cosa de escaso valor a modo de señal de no disponible. La cámara y el ordenador los guardamos bajo llave en el Explorer para correr el menor riesgo posible. El cuarto tenía solo una cama de matrimonio pero, dadas las circunstancias, no estábamos por la labor de dormir separados. De nuevo tuve suerte en el sorteo y esta vez fue a Fito a quien le tocó irse al suelo con el saco. Alguien nos dijo que en el barrio francés había algún bar que abría de manera clandestina después del toque de queda. Y que incluso tenían cerveza fresca porque dosificaban con mimo el hielo que habían almacenado en un congelador. Nos vinimos arriba y decidimos salir a comprobarlo. La única alternativa era quedarnos encerrados en una habitación sucia y sin luz más horas de las deseables. Nos perdimos en la oscuridad completa del Quarter y encontramos el bar gracias… ¡a la música! Un viejo radiocasette a pilas sintonizaba una emisora en la que sonaban viejas grabaciones de dixieland. No tenía demasiada potencia, pero en el silencio sepulcral de aquellas calles el rastro podía seguirse a media milla de distancia. Los soldados no se aventuraban hasta allí. Dudo que ignorasen que aquella gente seguía desobedeciendo la orden de evacuación. Pero cada parte asumía la presencia de la otra con la mayor normalidad posible. Las cervezas casi las regalaban: dos dólares por una Miller Lite (en otras circunstancias, una castaña; en aquellas, gloria bendita).

De vuelta en el hotel, empalmamos casi seis horas de sueño. Fito a ras de suelo y Kepa y yo desparramados sobre el colchón, sin osar aventurarnos bajo la colcha. Ya habíamos arriesgado lo suficiente por aquella noche. Al menos pudimos estirarnos y evitar los mosquitos sin asfixiarnos dentro del coche. En el baño no había agua, claro. Pero era mejor que aquellas inmundas letrinas de Canal Street. A la mañana siguiente hice una nueva entrada para el Telexornal y dejamos atrás Nueva Orleáns siguiendo el Golfo de México en dirección este. Los estados de Alabama y Mississippi, históricamente más deprimidos Louisiana, se habían llevado la parte seca del Huracán y continuaban en situación límite. Hacia allí nos dirigimos.

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