La noche en que todos fuimos Liz Souissi

Vamos con una historia de amor de cinco minutos, un pedacito de historia de la rica, tal vez algunos lo hayáis visto antes. Viajamos a Einhoven, Holanda, es 17 de febrero de 1993. El Auditorio Muziekcentrum de la Philips, la empresa en la que trabaja media ciudad, acoge el concierto de un Bob Dylan lejos (o eso dicen) de sus mejores tiempos. Suenan los primeros acordes de uno de sus grandes clásicos, The Times They’re A Changin’. Dylan se acerca al micro como acostumbra, mirando al suelo, ajeno a todo lo que lo rodea. De ahí su sorpresa (0.34) cuando sobre el primer verso descubre que tiene una extraña a su lado. Da un salto instintivo hacia atrás, sonríe incrédulo después y se gira a sus músicos como diciendo “de dónde carajo ha salido esta loca?”. Pero Bob tiene buen oído y enseguida advierte que la espontánea se sabe la canción y, además, armoniza bastante bien. Así que cuando el empleado de seguridad (que debía de estar acojonado, las cosas como son) se acerca para llevarse a la chica (0.42) el jefe le dice que la deje quedarse (“it’s ok”, se lee en sus labios). El público lo celebra, claro.

Y Liz Souissi, que resulta ser una cantautora no profesional originaria de Berna, Suiza, goza de su momento de gloria. Liz y Dylan cantan las dos primeras estrofas y cuando llega el pasaje instrumental (1.47), él se suma a la ovación general y la felicita sin salir del estupor ante tan anómala situación. Vuelve a darse la vuelta sonriente hacia el bajista Tony Garnier (su mano derecha aún hoy en día), divertido ante la actitud de su improvisada compañera, que no parece dispuesta a abandonar todavía el escenario. Dylan rasguea la guitarra y hace amago de cedérsela también “sigues tú sola?”. La secuencia de acordes es bastante larga y Liz permanece ante el micro, impasible, por un momento da la sensación de que ya no pinta nada allí. Pero justo cuando el segurata irrumpe otra vez para llevársela, Dylan intercede de nuevo por ella (2.20), “ahora vamos a acabar lo que hemos empezado, de aquí no te mueves”.

El público aún lo celebra cuando el insólito dúo ataca el verso siguiente y corea el título de la canción consciente de estar asistiendo a un momento difícil, muy difícil de repetir. Es el turno del solo del guitarrista JJ Jackson, pero esta vez, aunque Dylan se aleja de Liz para hablar con el batería Winston Watson (probablemente para adaptar la estructura de la canción a las inesperadas circunstancias), nadie osa amenazar la presencia de la estrella (auto)invitada. Y ahí van a por la cuarta y última estrofa, con Liz cantando de espaldas al respetable y mirando a los ojos nada menos que a Bob Dylan a un palmo de sus grandes y judías narices. Y ahí Bob saca el genio y con un gesto casi imperceptible (4.04) le hace saber a Liz que no es suficiente, que quiere repetir ese verso otra vez. Ella no vacila, tampoco deja de sonreír. A esas alturas, la pregunta es cómo diablos va a terminar esta película. Conforme frasean, Liz y Bob parecen ir acercando sus bocas. Juararía que Dylan (4.35) amaga con besarla y se arrepiente en una misma décima de segundo. Da un paso atrás, vuelve a aplaudir la valentía de la joven suiza. Y ella, entendiendo que lo suyo (haya sido lo que haya sido) ha terminado, se acerca, lo abraza, lo besa (en la mejilla, malpensados) y le susurra algo que nadie más que ellos dos sabrá jamás. Dylan se deja hacer y Liz se desaparece para siempre de su vida. Eindhoven se rompe las manos a aplaudir. Happy End.

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s