(El día en que) Chuck Berry tocó en Riazor

CMA Chuck Berry

Chuck en Riazor: “Roll over quién?”

Es sábado, 10 de julio de 1993. Tengo 17 años y los dos últimos han sido quizá los mejores días de mi vida. Riazor, el estadio de mi ciudad, acoge el mayor evento musical jamás organizado en Galicia, a mayor gloria del Xacobeo. Llevo 48 horas en una nube de la que me niego a bajar. He visto tocar a Bob Dylan a escasos metros de mí. Y a los Kinks. Y a Sting. Y a Neil Young acompañado de Booker T & The MG’s… Todo por seis mil pesetas de la época. Y todavía queda la traca final. Más de treinta mil personas llegadas desde todos los rincones de España regresamos esa tarde al lugar que en los meses anteriores ha visto nacer al Superdepor de Bebeto, Mauro Silva y compañía. En el programa de este último día figuran las actuaciones de Eric Burdon, Bo Diddley, Wilson Pickett, Jerry Lee Lewis y Chuck Berry.

Sobre el césped y las gradas de Riazor vuelven a convivir en armonía todas las tribus urbanas imaginables. A todos nos une la música y el afán por grabar en la memoria un evento que, mucho nos tememos, será irrepetible. Burdon se presenta sin los Animals, pese a que vocalista y banda han venido actuando juntos de manera intermitente en años anteriores. Su actuación, que oscila entre el white blues y el northern soul, logra calentar al personal cuando todavía no ha caído la tarde. Bo Diddley le sucede y no decepciona: con su guitarra cuadrada y su característico beat sincopado, el daddy del rock and roll se atreve incluso con un breve pasodoble y es despedido entre vítores y gritos de torero, torero. Wilson Pickett parte con la desventaja de haber ocupado a última hora la vacante dejada nada menos que por James Brown, el nombre que figura en los carteles que hay pegados por toda la ciudad. Pero arropado por una banda impecable consigue elevar todavía más el listón y ofrecer una lección magistral de soul clásico.

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Es sencillamente imposible mejorar lo que hemos visto, a pesar de quienes faltan aún por comparecer sobre las tablas. El éxito de la película Gran Bola de Fuego (1989) ha contribuido al descubrimiento de Jerry Lee por parte de toda una nueva generación de melómanos. Pero la esperanza de que mantenga el nivel exhibido por Pickett se desvanece enseguida: The Killer no tiene un buen día. Las malas lenguas aseguran que ha montado en cólera al descubrir que la organización ha preferido al negro para cerrar el festival. Y a pesar de que el concierto comienza de manera frenética, el artista no tarda en hacer honor a su leyenda negra al propinarle una patada a un cámara que se acerca demasiado a su piano. Las pantallas gigantes instaladas en el estadio comienzan a mostrar a partir de entonces planos generales. El público abuchea a Lewis: ¡Fuera, fuera! En mitad de un clamor que yo no llego a comprender (es el puto Jerry Lee en persona, ¿por qué no dejarle acabar y silbar después todo lo necesario?) termina su tercera canción de manera abrupta y abandona el escenario.

Tras el Lewisgate, la incertidumbre se apodera del ambiente. Berry también tiene fama de cascarrabias. La artillería de que dispone en su repertorio hace presumir un colofón perfecto, pero quién sabe lo que se cuece en esos momentos en el backstage. El carácter que precede a Berry no invita a pedirle que adelante su recital ante la espantada de su viejo archicamarada/rival.  Y eso que los que estamos en el público desconocemos la que ha liado Chuck en el aeropuerto pocas horas antes, negándose primero a aceptar ningún transporte que no fuese una limusina, y empeñándose después en conducir él mismo hasta el hotel el maxi-Mercedes que han puesto a su disposición. Pueden ustedes ver el incidente dentro de la necrológica que he editado este domingo para TVG.

Hay quien lo recuerda de manera diferente, pero en mi cabeza pervive la imagen (y el sonido) del estadio viniéndose abajo en cuanto Chuck hizo acto de presencia con su camisa amarilla y su Gibson ES-335. Roll Over Beethoven, Maybellene, Rock And Roll MusicToo Much Monkey Business, Little Queenie, Memphis TennesseeReelin’ And Rockin’Sweet Little Sixteen… Una sucesión de cañonazos con un único respiro, el sing-a-long gamberro e impúdico de My Ding-a-ling. Para el final quedó, naturalmente, Johnny B. Goode, que dos docenas de espectadoras bailaron con el señor Berry sobre las tablas. Probablemente no estuviese en su mejor momento y quizá pecó un poco de rácano (pese a la insistencia del respetable, no hubo bis alguno). Pero solo los que estuvimos allí sabemos lo que presenciamos y lo insólito de haberlo visto hace casi un cuarto de siglo en una ciudad tan de provincias. He localizado este breve fragmento de School Days y, francamente, apenas sirve para hacerse una idea de la que se montó aquella noche en Riazor.

Me han contado que, al terminar el concierto, ya bien entrada la madrugada, a Chuck Berry se le antojó una hamburguesa. No quiso saber nada de las exquisiteces de la tierra que los promotores le habían llevado al camerino. Chuck quería una jodida hamburguesa con patatas fritas. Por aquel entonces, en Coruña no era un manjar demasiado valorado ni demandado (lo que me lleva a preguntarme también qué diablos nos pasa hoy en día). Pero a alguien se le encendió la lucecita y sugirió la vetusta y minúscula cafetería Gasthof de la calle Rubine, a setecientos metros escasos del estadio, la primera de una cadena de establecimientos especializados en platos combinados, que hoy está expandida por media ciudad. Y por lo visto allí le prepararon su dichosa hamburguesa al mismísimo padre del rock and roll. Aunque, por supuesto, eso no lo contaron las crónicas al día siguiente.

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Crónica del periódico ABC

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