Katrina, Katrina… (una crónica: III)

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El día en que nos marchamos de Nueva Orleáns comenzó con crónica telefónica para la radio: “As autoridades insisten en que hoxe si será por fin o derradeiro día de evacuación voluntaria para os máis de dez mil veciños de Nova Orleáns que, segundo as últimas estimacións, permanecen nas súas casas. A policía insiste en convencelos de que deben marchar por orde do Goberno e non teñen outra alternativa. Nas últimas horas tivemos a oportunidade de visitar áreas da cidade nas que a auga acada aínda os dous metros de altura. A insalubridade é evidente mesmo nas zonas que xa están secas, como Canal Street, onde nos concentramos xornalistas, policías e militares. Un dos hoteis mantén as súas portas abertas para acoller os informadores, malia non dispoñer de auga nin electricidade. Mentres, a administración Bush comeza a pensar tamén na necesaria reconstrucción dunha cidade na que hai menos de dúas semanas vivían máis de tres millóns de persoas. Agora mesmo a prioridade é a reparación de pontes e estradas, así como o control dos parches de contención situados no lago Pontchartrain.”

Una vez salimos del área metropolitana, regresamos también en cierto modo a la vida real. Era jueves, y el domingo, 11 de septiembre, se cumplían cuatro años del atentado contra las Torres Gemelas. Lo ideal era estar de regreso en Nueva York a tiempo de informar de los actos en memoria de las víctimas, más aún cuando el lunes 12 comenzaba la cumbre de jefes de estado de la ONU, a la que tenían previsto asistir el presidente Zapatero y el Rey Juan Carlos. A TVG le interesaba que Fito y Kepa se quedasen conmigo para hacer la mejor cobertura posible de todo. De modo que mientras dejábamos atrás Louisiana en dirección a Biloxi, Mississippi, también empezamos a planear el repliegue. En 2005 no había internet todavía en los teléfonos móviles, así que Kepa hubo de ponerse de acuerdo con nuestra central en Santiago para hallar una combinación factible. Al final encontramos billetes en un vuelo que salía a media tarde del viernes desde Pensacola, en Florida, a tres horas escasas de donde estábamos. Teníamos por lo tanto un día y medio por delante para completar el trabajo, por lo que gestionamos enlaces en directo desde Biloxi, donde todavía quedaban equipos de televisión locales. Los estragos del Katrina eran visibles a cada paso. Construir casas de madera en zonas donde los vientos son huracanados casi cada año conlleva ciertos riesgos. Había pueblos literalmente destruidos.

Nos detuvimos en algún lugar del estado de Mississippi al ver un campamento en torno a una iglesia baptista: tiendas de campaña alrededor del templo y una carpa donde se repartía comida, bebida e incluso ropa. Tengo grabado a fuego el caluroso recibimiento que nos brindaron, que se intensificó cuando les dijimos de dónde veníamos. Aquella gente que lo había perdido todo menos su vocación de comunidad nos ofreció de lo poco que había conseguido salvar del desastre. A nosotros, que en poco más de 24 horas estaríamos de regreso en Nueva York disfrutando de todas las comodidades… A veces el ser humano nos devuelve la fe en su grandeza: “Estamos bien, estamos juntos, no hemos resultado heridos. De momento dormimos aquí, tenemos alimentos, agua, leche y café. Leemos pasajes del Evangelio y jugamos a las cartas para matar el tiempo, muchas gracias por vuestro interés”, me dijo el pastor. “Quiero aprovechar vuestra cámara para agradecer todas las oraciones que ha habido por nosotros desde todos los rincones del mundo. Quiero que quien vea vuestra cadena sepa que todas cuentan, todas nos ayudan a seguir adelante, que Dios os bendiga”, añadió una de sus feligresas. Los Estados Unidos de América, señores. No hace falta decir más.

Biloxi parecía arrasada por una manada de tiranosaurios (si es que alguna vez esos bichos se organizaron en manadas). A diferencia de Nueva Orleáns, allí no había agua estancada, sólo escombros por todas partes. Ni un alma en las calles, el mismo silencio. Destrucción. Cualquier fondo era bueno para grabar una medianilla, cada diez metros dábamos con una imagen más dantesca que la anterior.

Grabamos, enviamos, conectamos, cumplimos con nuestra labor lo mejor que pudimos. Por descontado, no había dónde comer, los pocos restaurantes que seguían en pie estaban cerrados. Tuvimos que contentarnos con chocolatinas, galletas y snacks que llevábamos en el coche (que también habrían de servirnos como desayuno por la mañana). Aunque al día siguiente debíamos enlazar de nuevo desde allí, por la tarde decidimos hacernos otra vez a la carretera en busca de un motel donde descansar y darnos por fin una ducha…. No nos rendimos hasta que el mapa nos dijo que estábamos en Mobile, Alabama… y ni siquiera allí había una sola habitación libre. Condujimos de vuelta a Biloxi y, por segunda vez en tres días, nos acomodamos (es un decir) dentro del Explorer.

A todo se acostumbra uno. Ayudado por el cansancio acumulado, esta vez logré conciliar el sueño quizá un par de horas al menos. Al amanecer recorrimos las partes del pueblo que aún no habíamos visto y comprobamos que hasta los casinos flotantes habían sucumbido al Katrina. Nos acercamos a la playa, el lugar donde teníamos el enlace, e hicimos el último envío de nuestro viaje. Después localizamos la delegación más cercana del Ejército de Salvación y, en agradecimiento por sus desinteresadas atenciones de los días previos, les regalamos el generador eléctrico, que no íbamos a poder (ni necesitábamos) subir al avión. Los tipos se quedaron completamente alucinados y nos dieron las gracias como 38 veces en menos de un minuto.

De vuelta en la Interestatal 10, pusimos rumbo a Pensacola con el tiempo más encima de lo que hubiésemos deseado. Había que devolver el coche en el aeropuerto y subir a bordo de aquel avión a cualquier precio. Bromeamos con nuestro olor corporal hasta el extremo de poner en duda si nos dejarían atravesar la puerta de embarque. Jamás me he alegrado tanto de ver un baño público como aquel día nada más entrar en la terminal: agua corriente, jabón y un inodoro. Uno no sabe lo que tiene hasta que lo pierde. Aunque sea por unos pocos días. Volamos en cola, junto a los motores del jet, en los peores asientos de toda la cabina; pero volamos y aterrizamos sin novedad en Nueva York. Atrás quedaban 130 de las horas más intensas de mi vida. El sábado descansamos. Kepa y Fito en hotel, yo en mi apartamento. Quedamos por la tarde en mi querido Nevada Smith’s de la Tercera Avenida (where football is religion) para ver la victoria de nuestro Depor (al menos de Fito y mío) sobre el Atlético con un solitario gol de Capdevila en el descuento. Y al día siguiente, 11 de septiembre, volvimos al trabajo en la Zona Cero. Pero esa es otra historia.

 

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