De juerga con un asesino

 

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Ian W tenía 32 años cuando lo conocí. Llevaba ya un tiempo en Atlanta trabajando de freelance para la CNN. Era alto y atlético. Afable, aunque no dicharachero. Nacido en Linden, la segunda ciudad más populosa de Guyana por detrás de la capital Georgetown, antes de dedicarse al periodismo había trabajado como asistente de vuelo en la aerolínea estatal de su país, Guyana Airways.

El sábado 25 de enero de 2003, Ian se suicidó de un tiro en la cabeza después de haber asesinado a su segunda mujer, Diane W, y a los tres hijos que había tenido en su matrimonio anterior con Michelle P. Los niños, que llevaban apenas unas pocas semanas viviendo con él en los Estados Unidos, tenían diez, cinco y tres años. El mayor, P, presentaba un orificio de bala en la palma de la mano y otro en la sien. Al parecer, trató de defender a sus hermanos antes de ser abatido por su propio padre.

Por su parte, Diane era recepcionista en el Hotel Hilton del downtown. Una de sus compañeras, Shalmeen Mc, le contó a la policía que había llegado a acogerla en su casa durante unos días, después de que Ian se hubiese presentado en su lugar de trabajo en actitud amenazante. A pesar de haber descubierto que le era infiel (detonante de su crisis conyugal, según Shalmeen) y a que continuó intimidándola con llamadas en las que le advertía que había comprado un arma, Diane acabó por regresar al apartamento que compartía con su marido en KenridgeDekalb County, un suburbio al este de la ciudad. La teniente Pamela Kunz, encargada de la investigación, confirmó que la policía ya había acudido en diciembre a casa de los W debido a un “altercado verbal” en el que hubo de mediar un agente. Los cadáveres no fueron descubiertos hasta tres días después del múltiple crimen, cuando un amigo de Ian, preocupado porque no era capaz de localizarlo a través del teléfono móvil, se acercó a visitarlo.

En una entrada anterior resumí mi experiencia como miembro del International Professional Program de la CNN en el verano de 2002, cuando tenía 26 años. Fue entonces, apenas siete meses antes de su espantoso crimen, cuando conocí a Ian W. Él era el cámara que la cadena puso a disposición de los doce periodistas que realizábamos el interinaje para la elaboración de distintos reportajes. Intimó con otros más que conmigo, pero el último sábado que compartimos en Atlanta me preguntó si me apetecía salir de fiesta con él y algunos de mis compañeros, aprovechando que un amigo suyo de Nueva York estaba de visita en la ciudad. No tenía un plan mejor, y entre los afortunados estaba también Tshepo I, reportero de la SABC que se había convertido en mi compadre en apenas unas pocas semanas, así que acepté. Esa noche Ian y su colega Michael pasaron a recogernos por nuestro hotel. El último sitio que había en el coche fue para Katrin V, una periodista estonia con quien nuestro anfitrión había hecho muy buenas migas desde el primer día.

El trayecto en coche se me hizo eterno, y el barrio en el que Ian se detuvo finalmente no se parecía en nada a Buckhead, Virginia Highland y demás zonas de copeteo por las que nos habíamos movido hasta ese día. De hecho, en la calle en la que aparcamos no se veía un solo bar: todo estaba oscuro y silencioso. Seguimos a Ian y a Michael a través del portal de una casa cochambrosa y destartalada. Conforme subíamos las escaleras empecé a escuchar música amortiguada por puertas y tabiques, cada vez un poco más cerca de nosotros. “Esta noche va a ser diferente. Para bien o para mal”, pensé. La puerta del tercer piso estaba iluminada por una bombilla tan vieja como el propio edificio. Michael llamó con los nudillos y un tipo de unos doscientos kilos abrió de inmediato. La música nos llegó entonces un poco más alta. Rollo gangsta. Rap. Hip hop. O como cojones se llame ahora. El gordo intercambió un saludo protocolario con Ian y, acto seguido, nos cacheó uno por uno. Después nos abrió una segunda puerta que había a su espalda. Tras ella aparecieron dos primos suyos que repitieron el cacheo tomándose su tiempo. “Diferente para mal”, concluí. Y mentiría si no reconociese que me acojoné bastante cuando atravesamos una tercera puerta y me vi en un antro lúgubre que apestaba a marihuana (que por supuesto se fumaba sin el menor recato), al que por lo visto la gente tenía la mala costumbre de acudir armada. Y en el que además Katrin y yo éramos los únicos blancos y, por lo tanto, objeto de todas las miradas. A ella no parecía importarle en absoluto, su complicidad con Ian era evidente; puede que ni fuese la primera vez que entraba allí. Pero el hecho de verlos en su salsa no me tranquilizó demasiado. No era, cómo explicarlo, el tipo de garito que yo solía frecuentar, aunque no me quedaba otra que quedarme. Ya era tarde para echarme atrás. No podía tomarme una cerveza de cortesía, excusarme echándole la culpa al cansancio y salir en busca de un taxi. No en mitad de la noche en un barrio como aquel. Mi cabeza se empeñaba en repetirme que estaba en un lugar peligroso al otro lado del mundo y que, si me veía envuelto en algún problema, iba a tener que apañármelas solito, porque nadie que conociese de verdad tendría la más remota idea de dónde encontrarme.

Por suerte, Tshepo también había venido y los dos teníamos el gaznate fácil. Así que, aunque mi amigo sudafricano andaba tieso (como casi siempre), asumí que sufragar la borrachera de los dos era el mejor de los escenarios en que me iba a encontrar, dadas las circunstancias. Beber, desinhibirme en la medida de lo posible, abstraerme de lo incómoda que mi presencia parecía resultarle a la pandilla de armarios empotrados que había al fondo, junto a la mesa de billar; o al grupo enjoyado hasta las muelas que se arremolinaba frente la barra llevando a cabo una extraña coreografía donde todos usaban sus dedos índices para apuntarse mutuamente. En aquel momento deseé que la naturaleza hubiese sido algo menos generosa conmigo;al menos unos 20 o 30 centímetros. Con 192 que levanto del suelo, se hacía completamente imposible pasar desapercibido.

Pero el caso es que lo conseguí. Con el paso de los minutos y las cervezas, logré relajarme un poco. El hip hop derivó hacia algo parecido al reggae, y supongo que eso también ayudó. Seguía sin ver la hora de salir de aquel tugurio (y rezaba por no tener el privilegio de asistir a una redada ni nada por el estilo), pero las miradas indiscretas se fueron espaciando hasta pasarme casi inadvertidas. Casi, porque a pocos metros de distancia bailaba con sus amigas una chica muy guapa de no más de veinte años que no me quitaba ojo. A aquellas alturas de la noche, ya no sabía si aquello me resultaba agradable o incómodo. En un momento determinado decidió ayudarme a decidirlo y se acercó. Sin dejar de sonreír, dijo un par de frases que me fue imposible descifrar en mitad del barullo reinante, por lo que me limité a responderle con una sonrisa. Siguió bailando unos segundos sin llegar a alejarse. Acto seguido me sujetó por el brazo y volvió a acercar su boca a mi oído. Esta vez habló tan despacio que la entendí a la primera: “Now… I am going… to the bathroom… Will you stay here?” Volvió a mirarme mientras se alejaba. Yo entendí lo que había dicho, pero no estaba seguro de haberlo comprendido. O sí. Al instante sentí una vigorosa palmada en la espalda y escuché la voz de Ian: “We’re leaving”. No tuve ni tiempo a reaccionar: me hizo seguir a Michael, Tshepo y Katrin en dirección a la salida. Treinta segundos después estábamos todos en el coche de camino al hotel.

Tardamos otra eternidad, agravada además por el extraño silencio que parecía haberse apoderado del ambiente. Yo tenía un mal presentimiento, y la verdad es que me podía la curiosidad, así que acabé por lanzar un globo sonda disfrazado de chiste: “Es una pena, nos hemos ido justo cuando estaba a punto de llegar a algo con una chica”. Katrin soltó una risita contenida. “Sí, sí, lo he visto”, dijo Michael desde el asiento del copiloto, aparentemente divertido. “Y era preciosa, ¿eh?”, añadió. Aprovechando un semáforo en rojo, Ian se giró con gesto serio. Primero hacia su amigo y a continuación hacia mí. “Sí. Yo también lo he visto. Y por ESO nos hemos largado”. No me pareció que bromease en absoluto. Tampoco tuve la sensación de que me lo estuviese reprochando. Era información pura y dura, nada más. Nos habíamos ido por lo que Ian había pensado que podía estar a punto de pasar. O de pasarme. Nadie volvió a abrir la boca hasta llegar al hotel.

Un par de días después vi a Ian W por última vez en el acto de despedida del IPP. No hablamos ni una palabra del asunto. Alguien nos hizo una foto, y él me pidió que le enviase una copia. Es la misma foto que la policía distribuyó a la prensa para informar de las atrocidades que cometió unos meses más tarde. Lo supe en cuanto abrí el enlace que alguien de CNN me remitió por correo electrónico. La misma corbata, la misma camisa. La misma mirada. Exactamente la misma.

Esa foto en la que ambos nos damos la mano y sonreímos a cámara es la primera que encontraron los agentes en la escena del crimen. Probablemente junto al sobre y las cuatro letras que le escribí (“un placer haberte conocido, estamos en contacto, etcétera”). Desde entonces he pensado mil veces en esos tres pobres críos. En que el monstruo que tuvieron la desgracia de llamar papá era un mierda tan incapaz de asumir sus responsabilidades y fracasos, que les arrancó la vida en cuanto la suya dejó de ir como quería… He pensado en su madre, quien (estoy convencido de que con todo el dolor de su corazón) se había separado de ellos a tan corta edad con la esperanza de que Norteamérica les ofreciese un futuro mejor. En el infierno por el que debió de pasar Diane hasta llegar al punto de quedar tan anulada como mujer como para ceder al chantaje mortal de Ian.

Y también le he dado muchas vueltas a la paradoja de que quizá, sólo quizá, ese hijo de la gran puta me cubrió las espaldas de verdad aquella noche de julio de 2002. Tal vez incluso algo más que eso. La pregunta que no he dejado de hacerme es por qué.

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