Los huevos de Jagger y su espíritu errante

 

 

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“Los discos de Mick Jagger en solitario son una mierda”. Aquel tópico ya era de por sí bastante injusto, porque aunque She’s The Boss (1985) tenía difícil defensa, en Primitive Cool (1987) había un ramillete de canciones excelentes (víctimas, eso sí, de los excesos de producción de aquella década). ¿Pero acaso Throwaway no es un cañonazo? ¿Y qué decir de Radio Control, Shoot Off Your Mouth, Say You Will, o de la deliciosa Party Doll?

 

 

“Cualquier álbum de Jagger por su cuenta es peor que cualquiera de los Stones; en cambio, los de Keith Richards sí son discos de primer nivel, auténticos, orientados al blues, que es lo que le gusta en realidad, y blablabla…” Este segundo aforismo del tres al cuarto nació al amparo del notable Talk Is Cheap (1988) de Keef, pero ya empezó a cheirar a partir de Main Offender (1992), que no aportaba nada nuevo y se iba desinflando a medida que uno avanzaba en su escucha. Tuvo que ser más o menos entonces cuando a Mick se le hincharon las narices y marcó el teléfono de Rick Rubin. A día de hoy, la del productor de Long Beach habría sido una apuesta sobre seguro. Pero cuando acometió el monumental Wandering Spirit (1993), Rubin no había empezado a grabar todavía el exhaustivo testamento sonoro que son las American Recordings (1994-2002) de Johnny Cash. Ni le había arrojado a Tom Petty ese salvavidas rutilante titulado Wildflowers (1994), al que siguieron -sin bajar el nivel- la banda sonora de She’s The One (1996) y Echo (1999). Tampoco había dejado su sello en Car Wheels On a Gravel Road (1998), el mejor trabajo de Lucinda Williams. Por supuesto, Rubin tampoco había tomado parte aún en el que quizá sea el último gran elepé de los Jayhawks, Rainy Day Music (2003), ni devuelto a la vida todavía al bueno de Neil Diamond a través de sus 12 Songs (2005)… No, por aquel entones, los únicos avales rockeros del barbas (al que le iban más el metal y el hip hop) eran Shake Your Money Maker (1990), el disco de debut de unos imberbes Black Crowes; y Blood Sugar Sex Magik (1991), la obra que convirtió a los Red Hot Chili Peppers en estrellas internacionales. Pero Mick Jagger tenía acumulado material de primera y no dudó en a quién tenía que llamar para pulirlo y sacarle el máximo provecho. Y el paso del tiempo no ha hecho sino darle la razón, porque Wandering… no es solamente el disco más sólido (de largo) y completo de un stone en solitario, sino el mejor en el que Jagger ha tomado parte desde Some Girls (1978). Eso por lo menos.

 

 

La cosa arranca con el rock sin miramientos de Wired All Night, que no es Brown Sugar ni Start Me Up, pero gasta la pegada de otros temas que los Stones han exprimido con inteligencia en las últimas décadas, como Flip The SwitchYou Got Me Rockin’. Continúa con el que fue el single de presentación, Sweet Thing, para mí gusto el tema más flojo de todo el álbum: un ejercicio a medio camino entre el funk y el rollo disco de Miss You pero sin la magia de esta (aunque con falsetes por el estilo y considerable difusión en las radiofórmulas de la época). Out Of Focus recupera el pulso con un irresistible aire gospel que la emparenta con los días de Shine A Light y, a la vez, tiene un regusto que me transporta a algunos temas del Prince de aquellos años, como Cream. Jagger empieza acomodado sobre el piano saltarín de Billy Preston y se desata cuando irrumpe el resto de los instrumentos, entre los que destacan el bajo de Flea, invitado por Rubin, y el órgano hammond de Benmont Tench.  Don’t Tear Me Up es una de esas baladas que van ganando músculo con cada estrofa, tan características de nuestro hombre, que no por pisar terreno conocido deja de entregar una interpretación de altísimo nivel. La intensidad dramática se transforma en energía juguetona en la divertida (y muy stoniana) Put Me In The Trash, que Jagger firma a medias con Jimmy Rip, guitarrista de Paul Collins & The Beat y, posteriormente, de Television. Lo que sigue es una respetuosa versión del Use Me de Bill Whiters en la que Mick comparte el micro con Lenny Kravitz y demuestra que él también tiene el alma teñida de negro. Hay que escuchar el disco para comprobarlo, pero en la amalgama de sonidos que habitan Wandering… encaja a la perfección la zambullida en el country que supone Evening Gown, la mejor canción de todo el disco, con Jim Keltner a la batería y un majestuoso solo de pedal steel a cargo de Jay Dee Maness. Una pieza lenta incontestable e impoluta, que sale bien parada de la comparación con Wild Horses o cualquier otra joya pretérita que se nos venga a la cabeza. De vuelta al rock más académico, Mother Of A Man dibuja fraseos marca de la casa y un pulso entre la armónica de Jagger y las guitarras de Rip y Brendan O’Brien. No hay tregua porque enseguida arranca Think, segundo cover del álbum, un viejo clásico de rythm & blues firmado en 1957 por Loman Pauling y sus 5 Royales. A diferencia de en Use Me, aquí el arreglo se distancia mucho del original y se acerca más al de James Brown para abrazar con descaro frenéticas texturas funkies. Pero la fiesta no ha terminado, ni muchísimo menos. Suena Wandering Spirit, el tema que da título al disco, y lo que de entrada parece un boogie más o menos reposado se va transformando en una pieza descarnada de folk-rock dylaniano, en la línea de Maggie’s Farm o Tombstone Blues. Si no fuese porque Evening Gown es insuperable, Hang On To Me Tonight sería la mejor balada del álbum. Pero ha de conformarse con ser una de las cuatro o cinco mejores escritas por su autor a lo largo de su carrera: maravillosa. Hay tiempo todavía para otra versión, el I’ve Been Lonely Too Long grabado por The Young Rascals en 1967, aunque con un toque mucho menos motown que el que Jagger le imprime. Sí, he dicho motown. De eso también hay en esta obra maestra. Por haber, hay hasta una hermosa composición de aire medieval, Angel In My Heart, en la que Billy Preston reaparece para tocar el clavicordio. Por último, sin abandonar el mismo tono retro, Mick Jagger se atreve con Handsome Molly, una canción tradicional (¿irlandesa? ¿de los Apalaches?) en la que se acompaña únicamente del violín de Robin McKidd.

 

Tras Wandering Spirit, Mick Jagger regresó con los Stones para firmar, ahora a medias con Ricahrds, otro disco a reivindicar, Voodoo Lounge (1994). Sin nada ya que demostrar, hubo que esperar hasta 2001 para que decidiese a grabar una vez más por su cuenta y facturase Goddess In The Doorway, un disco más ambicioso pero de mucho menos calado, del que quizá hablemos otro día.

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