Stanley, el batera tocahuevos

stan

Hoy toca hablar de mi libro. Bueno, mía es sólo una copia que guardo como un tesoro. Quien lo ha escrito ha sido Warren Zanes. Se titula Petty y es una biografía minuciosa pero ágil, amena pero implacable, del coloso de la música americana que perdimos por sorpresa hace ahora cuatro meses y muchos aún seguimos llorando.

Hay muchos, muchísimos aspectos y episodios que hacen de este libro un texto recomendable para músicos, críticos y aficionados en general. Tom Petty era un rockero puro, obsesionado con hacer buenas canciones y mantener una trayectoria coherente. Centrado al cien por cien en lo estrictamente musical y, al menos en ese sentido, en las antípodas de otros monstruos como David Bowie, que tenía una concepción del arte mucho más global y se apoyaba en distintas disciplinas para expresarse. Una de las cruces con las que Petty cargó durante buena parte de su carrera en su búsqueda de la excelencia fue su relación con Stan Lynch, el primer batería de su banda, The Heartbreakers. Algunos años más joven que sus compañeros y mujeriego empedernido, Lynch se incorporó al grupo gracias a su amistad con el bajista original, Ron Blair. Era un excelente vocalista de apoyo y daba lo mejor de sí en directo, pero en la grabación de Damn The Torpedoes (1979), tuvo sus más y sus menos con el productor Jimmy Iovine, que lo acusaba de no saber mantener a raya el tempo de ciertas canciones. Stan tenía además un carácter muy fuerte, conflictivo según la mayor parte de sus compañeros, y protagonizó la práctica totalidad de los roces e incidentes que se produjeron en el seno de la banda hasta su salida (o expulsión) en 1994.

Aún partiendo de esa base, (y de que soy devoto sin pudor de Bob Dylan) en el libro de Warren Zanes hay un pasaje que desconocía y me ha parecido paradigmático. Los hechos sucedieron el mismo día en que se grabaron estas imágenes, durante el primer ensayo que Dylan fijó con Tom Petty y los Heartbreakers para preparar su actuación conjunta en el festival Farm Aid de 1985.

Aquel día, Dylan se presentó con casi dos horas de retraso. Apenas se excusó y se colgó la guitarra sin haberse quitado siquiera las gafas de sol. Petty era ya una estrella de primerísimo nivel, pero el inmenso respeto que le infundía su nuevo compañero de andanzas impidió cualquier reproche por su parte. El ensayo se desarrolló sin incidencias durante unos 90 minutos, al cabo de los cuales Stan Lynch guardó sus baquetas, se puso la chaqueta, arqueó las cejas a modo de despedida y se dirigió a la salida. “¿Adónde diablos crees que vas?”, le preguntó su jefe. “Tengo que marcharme”, fue la lacónica respuesta de Stan. “¿¿Adónde exactamente?? ¿¿Adónde TIENES que marcharte, Stanley??”, insistió Petty, perplejo y con la sangre que le corría por las venas a punto de ebullición. “Tengo entradas para ver a Sinatra y a Sammy jr. en el Greek Theatre. Si no me largo ahora mismo, llegaré tarde”. En opinión de varios testigos, el silencio de los siguientes diez segundos podría haberse esculpido con cincel. Tom Petty estaba siendo desautorizado con alevosía por el miembro más díscolo de su banda. Delante de unas treinta personas. Hasta que se escuchó una voz, casi un susurro. Era la voz inconfundible de Bob Dylan. “¿Frankie y Sammy? Joder, adoro a esos tipos…” Lynch vio el cielo abierto. “¿De veras? Pues tengo dos entradas en tercera fila y mi cita me ha fallado, así que si quieres venir…” “¡Claro! Me apunto”, zanjó Dylan. Dos minutos más tarde, ambos salían a toda velocidad en el descapotable biplaza de Stan. La surrealista velada que pasaron juntos en el Greek es mejor que la lean ustedes en la biografía escrita por Zanes.

^stansinging

Stan Lynch ganó aquella batalla, pero su situación en el seno de los Heartbreakers se fue haciendo cada vez más incómoda para todos, empezando por él mismo. La banda se embarcó en los dos años siguientes en sendas giras con Bob Dylan, con quien disfrutaban tocando y explorando sus límites como intérpretes en directo. Lynch, a quien Dylan solía presentar cada noche como “el mejor batera de los Estados Unidos” quemó el último puente con sus compañeros el día en que se negó a que su principal valedor hasta entonces (y mano derecha del jefe), el guitarrista Mike Campbell, subiese al autobús de gira con su mujer. “No soportaré su puta voz durante diez horas de viaje”, le espetó. A pesar de todo, todavía conservó su puesto durante un lustro. El célebre bolo benéfico en The Viper Room, el garito regentado por Johnny Depp, fue el detonante definitivo de su salida. Pero ésa es otra historia que tal vez contemos otro día.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s