Uno de aquellos hombres buenos

 

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Cuenta la leyenda que Alfonso Campomanes llegó a jugar en el Cosmos de Pelé durante sus años en Nueva York. La historia era tan fabulosa que nunca la pusimos en duda. Preferimos darla por buena. Una vez, sólo una, un compañero se atrevió a hacerle la pregunta del millón. “Ok, míster”, la muletilla más célebre de Campomanes, fue cuanto obtuvo como respuesta. Eso y una sonrisa extendida a aquella mirada taciturna que se ocultaba tras los cristales ahumados de sus gafas. Para entonces, aquel tipo enjuto, de aspecto frágil y menos mayor de lo que aparentaba, era ya el Padre Alfonso. Aunque en el colegio absolutamente todos, sin excepción, le llamábamos el Yanqui. Formaba parte de aquel grupo de dominicos que me enseñaron un buen puñado de cosas entre los cinco y los dieciocho años. Que España fue en otro tiempo un gran imperio. Que a las mujeres se les cede el paso y a los mayores, el asiento en el autobús. Que Rousseau era el más atormentado de los ilustrados franceses. Que la esencia del mensaje del Carpintero está en el perdón y el propósito de enmienda (innegociable y permanente). Que al Cielo se va por acción, no por oración. Que las madres son lo más grande que hay en esta vida (al menos hasta que tenemos hijos, pero eso ellos no podían saberlo, claro). Que la libertad es la única condición indispensable para alcanzar la felicidad. Que el Lazarillo de Tormes es un libro anónimo por la cuenta que le traía a a su autor. 

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El Yanqui me enseñó inglés, “la lengua de los infieles”, como le gustaba bromear. Una vez me vio con un vinilo de Bob Dylan bajo el brazo y me dijo: “¿Sabía usted que a ese hombre lo llegaron a acusar de ser comunista?” Y mientras se alejaba por el pasillo, añadió: “¡Pero si es judío, míster!”
El Padre Alfonso recibe sepultura cristiana este mediodía. Sus restos descansarán en el panteón de los Dominicos en San Amaro junto a los del Padre Córdoba o el Padre Domingo, otros hombres buenos que se marcharon un poco antes que él. Pero la leyenda del Yanqui ya es inmortal. Él era el único (quizá también Pelé) que sabía la verdad.

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