Uno de aquellos hombres buenos

 

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Cuenta la leyenda que Alfonso Campomanes llegó a jugar en el Cosmos de Pelé durante sus años en Nueva York. La historia era tan fabulosa que nunca la pusimos en duda. Preferimos darla por buena. Una vez, sólo una, un compañero se atrevió a hacerle la pregunta del millón. “Ok, míster”, la muletilla más célebre de Campomanes, fue cuanto obtuvo como respuesta. Eso y una sonrisa extendida a aquella mirada taciturna que se ocultaba tras los cristales ahumados de sus gafas. Para entonces, aquel tipo enjuto, de aspecto frágil y menos mayor de lo que aparentaba, era ya el Padre Alfonso. Aunque en el colegio absolutamente todos, sin excepción, le llamábamos el Yanqui. Formaba parte de aquel grupo de dominicos que me enseñaron un buen puñado de cosas entre los cinco y los dieciocho años. Que España fue en otro tiempo un gran imperio. Que a las mujeres se les cede el paso y a los mayores, el asiento en el autobús. Que Rousseau era el más atormentado de los ilustrados franceses. Que la esencia del mensaje del Carpintero está en el perdón y el propósito de enmienda (innegociable y permanente). Que al Cielo se va por acción, no por oración. Que las madres son lo más grande que hay en esta vida (al menos hasta que tenemos hijos, pero eso ellos no podían saberlo, claro). Que la libertad es la única condición indispensable para alcanzar la felicidad. Que el Lazarillo de Tormes es un libro anónimo por la cuenta que le traía a a su autor. 

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El Yanqui me enseñó inglés, “la lengua de los infieles”, como le gustaba bromear. Una vez me vio con un vinilo de Bob Dylan bajo el brazo y me dijo: “¿Sabía usted que a ese hombre lo llegaron a acusar de ser comunista?” Y mientras se alejaba por el pasillo, añadió: “¡Pero si es judío, míster!”
El Padre Alfonso recibe sepultura cristiana este mediodía. Sus restos descansarán en el panteón de los Dominicos en San Amaro junto a los del Padre Córdoba o el Padre Domingo, otros hombres buenos que se marcharon un poco antes que él. Pero la leyenda del Yanqui ya es inmortal. Él era el único (quizá también Pelé) que sabía la verdad.

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Los mitos también lloran

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Tres iconos para explicar un vídeo maravilloso.
Uno: George Jones, leyenda de la música country, conocido popularmente como el “mejor cantante vivo” del género hasta su muerte, en 2013. “Cualquiera capaz de lograr su sonido ideal sonaría como George”, dijo una vez Waylon Jennings.
Dos: El Grand Ole Opry, un programa musical de radio en directo por el que desde 1925 han venido pasando semanalmente todas las figuras de la música tradicional americana, desde Hank Williams a Old Crow Medicine Show.
Y tres: Vince Gill, ganador de 21 premios Grammy, con más de 25 millones de discos vendidos a lo largo de su carrera.

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Vamos ahora con la historia: abril de 2013. El Opry acoge lo que los americanos llaman un memorial service, es decir, un funeral no religioso (aunque no ajeno a los mensajes religiosos porque hablando de country eso sería imposible) en homenaje a George Jones. Vince Gill y Patty Loveless la dedican a dúo el espiritual “Go rest high on that mountain”, un tema escrito por Gill e incluido en su álbum When Love Finds You. En un momento dado, Vince se echa a llorar sobre el escenario. Desconsoladamente, como un niño pequeño. Lo nunca visto. La voz con la que todos han querido grabar alguna vez se ha roto en mil pedazos al segundo estribillo. Pero la música no cesa, el artista se recompone como puede y habla a través de su guitarra acústica, de la que logra extraer un solo maravilloso mientras sus lágrimas corren aún por sus mejillas. Justo al final, haciendo un esfuerzo titánico, consigue volver a unir su voz a la de Loveless. Merece la pena que lo veáis. Son apenas cuatro minutos tras los que vuestras vidas serán un poco mejores, os lo aseguro.

Go rest high on that mountain

I know your life
On earth was troubled
And only you could know the pain.
You weren’t afraid to face the devil,
You were no stranger to the rain.
Go rest high on that mountain
Son, your work on earth is done.
Go to heaven a-shoutin’
Love for the Father and the Son.
Oh, how we cried the day you left us
We gathered round your grave to grieve.
I wish I could see the angels faces
When they hear your sweet voice sing.
Go rest high on that mountain
Son, your work on earth is done.
Go to heaven a-shoutin’
Love for the Father and the Son.

Agárrame, mi vida

Bob Dylan - Hammersmith Apollo, London, 24 Nov 2003 –Crystal Cat- (CD & Covers)

Sucedió aquella fría noche de finales noviembre del 2003 en Londres. Justo en aquel tramo de gira en el que tuvo que reclutar de urgencia a Freddy Koella, el guitarrista francés de la banda de Willy Deville (qepd), porque Charlie Sexton no estaba en condiciones (Sexton era entonces un pichabrava incorregible al que el Jefe tuvo que llamar al orden, pero de eso hablaremos en otra ocasión). Aquella noche lo habló con Koella entre bambalinas y a los demás se lo dijo sobre la marcha. Dio tres acordes al piano y se acercó a George Receli, que no sabía qué ritmo marcar en la batería. “Voy a cantar Durango. La que tiene el estribillo en español. Sí, la que nunca hemos hecho juntos, porque hace como 30 años que la toqué por última vez…” Y lo hizo. Se encorvó sobre el micro y dijo eso de “Pimientos picantes bajo el sol abrasador; polvo en mi cara y en mi capa, Magdalena y yo dándonos a la fuga, quizá esta vez consigamos escapar…” Y, cuando fue capaz de reaccionar, el teatro Apollo del barrio de Hammersmith estalló de júbilo. Había vuelto a conseguirlo. El viejo cabrón.

Stanley, el batera tocahuevos

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Hoy toca hablar de mi libro. Bueno, mía es sólo una copia que guardo como un tesoro. Quien lo ha escrito ha sido Warren Zanes. Se titula Petty y es una biografía minuciosa pero ágil, amena pero implacable, del coloso de la música americana que perdimos por sorpresa hace ahora cuatro meses y muchos aún seguimos llorando.

Hay muchos, muchísimos aspectos y episodios que hacen de este libro un texto recomendable para músicos, críticos y aficionados en general. Tom Petty era un rockero puro, obsesionado con hacer buenas canciones y mantener una trayectoria coherente. Centrado al cien por cien en lo estrictamente musical y, al menos en ese sentido, en las antípodas de otros monstruos como David Bowie, que tenía una concepción del arte mucho más global y se apoyaba en distintas disciplinas para expresarse. Una de las cruces con las que Petty cargó durante buena parte de su carrera en su búsqueda de la excelencia fue su relación con Stan Lynch, el primer batería de su banda, The Heartbreakers. Algunos años más joven que sus compañeros y mujeriego empedernido, Lynch se incorporó al grupo gracias a su amistad con el bajista original, Ron Blair. Era un excelente vocalista de apoyo y daba lo mejor de sí en directo, pero en la grabación de Damn The Torpedoes (1979), tuvo sus más y sus menos con el productor Jimmy Iovine, que lo acusaba de no saber mantener a raya el tempo de ciertas canciones. Stan tenía además un carácter muy fuerte, conflictivo según la mayor parte de sus compañeros, y protagonizó la práctica totalidad de los roces e incidentes que se produjeron en el seno de la banda hasta su salida (o expulsión) en 1994.

Aún partiendo de esa base, (y de que soy devoto sin pudor de Bob Dylan) en el libro de Warren Zanes hay un pasaje que desconocía y me ha parecido paradigmático. Los hechos sucedieron el mismo día en que se grabaron estas imágenes, durante el primer ensayo que Dylan fijó con Tom Petty y los Heartbreakers para preparar su actuación conjunta en el festival Farm Aid de 1985.

Aquel día, Dylan se presentó con casi dos horas de retraso. Apenas se excusó y se colgó la guitarra sin haberse quitado siquiera las gafas de sol. Petty era ya una estrella de primerísimo nivel, pero el inmenso respeto que le infundía su nuevo compañero de andanzas impidió cualquier reproche por su parte. El ensayo se desarrolló sin incidencias durante unos 90 minutos, al cabo de los cuales Stan Lynch guardó sus baquetas, se puso la chaqueta, arqueó las cejas a modo de despedida y se dirigió a la salida. “¿Adónde diablos crees que vas?”, le preguntó su jefe. “Tengo que marcharme”, fue la lacónica respuesta de Stan. “¿¿Adónde exactamente?? ¿¿Adónde TIENES que marcharte, Stanley??”, insistió Petty, perplejo y con la sangre que le corría por las venas a punto de ebullición. “Tengo entradas para ver a Sinatra y a Sammy jr. en el Greek Theatre. Si no me largo ahora mismo, llegaré tarde”. En opinión de varios testigos, el silencio de los siguientes diez segundos podría haberse esculpido con cincel. Tom Petty estaba siendo desautorizado con alevosía por el miembro más díscolo de su banda. Delante de unas treinta personas. Hasta que se escuchó una voz, casi un susurro. Era la voz inconfundible de Bob Dylan. “¿Frankie y Sammy? Joder, adoro a esos tipos…” Lynch vio el cielo abierto. “¿De veras? Pues tengo dos entradas en tercera fila y mi cita me ha fallado, así que si quieres venir…” “¡Claro! Me apunto”, zanjó Dylan. Dos minutos más tarde, ambos salían a toda velocidad en el descapotable biplaza de Stan. La surrealista velada que pasaron juntos en el Greek es mejor que la lean ustedes en la biografía escrita por Zanes.

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Stan Lynch ganó aquella batalla, pero su situación en el seno de los Heartbreakers se fue haciendo cada vez más incómoda para todos, empezando por él mismo. La banda se embarcó en los dos años siguientes en sendas giras con Bob Dylan, con quien disfrutaban tocando y explorando sus límites como intérpretes en directo. Lynch, a quien Dylan solía presentar cada noche como “el mejor batera de los Estados Unidos” quemó el último puente con sus compañeros el día en que se negó a que su principal valedor hasta entonces (y mano derecha del jefe), el guitarrista Mike Campbell, subiese al autobús de gira con su mujer. “No soportaré su puta voz durante diez horas de viaje”, le espetó. A pesar de todo, todavía conservó su puesto durante un lustro. El célebre bolo benéfico en The Viper Room, el garito regentado por Johnny Depp, fue el detonante definitivo de su salida. Pero ésa es otra historia que tal vez contemos otro día.

Angelina

Allá por 1981 volvieron a darlo por acabado. Otra vez más. Tenía 40 años y llevaba los tres últimos cantándole a su nueva fe en Jesús, a razón de disco por año. El que cerraba la trilogía fue, con diferencia, el más flojo de la trilogía. Shot Of Love presumía de tener unos créditos de lujo (Ringo Starr, Ron Wood, Benmont Tench, Donald Dunn, Jim Keltner…), pero muchas de las canciones no parecían a la altura de su autor. Y las pocas que daban la talla asomaban como a medio terminar, tullidas como resultado de un proceso de grabación y producción errático, interminable, nefasto… Diez años después (tras su enésima resurrección artística) supimos que el cabrón nos la había vuelto a jugar. Que los mejores temas grabados durante aquellas larguísimas sesiones habían sido finalmente descartados. Y no fue hasta entonces, gracias a la primera entrega de las (benditas) Bootleg Series (1991), que descubrimos Angelina, una de sus piezas más hipnóticas, conmovedoras y literariamente imbatibles. Cargada de imaginería bíblica y descripciones poderosas. Si esta canción no despierta tu interés en Bob Dylan, nada lo hará.

He puesto todo de mi parte para llegar a amarte pero éste es un juego al que ya no puedo jugar más. Tu mejor amigo y mi peor enemigo son la misma persona, Angelina (…) Veo desfilar hombres despedazados, intentando tomar el Cielo por la fuerza. Puedo ver al Jinete Desconocido y al pálido Caballo Blanco. En el nombre de Dios, dime qué es lo que quieres y lo tendrás. Tan sólo da un paso al frente, atraviesa un camino de derrota, asciende la escalera en espiral, deja atrás el árbol que humea y el ángel de las cuatro caras que pide misericordia divina mientras llora en lugares malditos. Oh, Angelina…”

“Y le dije ‘buena suerte y hasta luego’…”

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Ella no lo sabe y, mucho me temo, jamás llegará a saberlo. Pero tiene su parte de culpa en que yo me atreva cantar de vez en cuando donde me dejan. Porque fue para ella -y para su audiencia- para quien canté por primera vez, un lejano viernes, 9 abril de 1999. Gemma Nierga presentaba entonces La Ventana, el magacín con el que la cadena SER lideraba ya entonces la franja de tarde en España. Yo llevaba menos de un año trabajando en TVG y esa noche iba a asistir al mejor concierto de mi vida: un Bob Dylan en fantástico estado de forma abría en Santiago su gira española, con Andrés Calamaro como perfecto telonero. Mi devoción por Dylan ya era de dominio público en la redacción, hasta el punto de que aquella mañana me hiceron tomar parte en la tertulia de O Miradoiro, el programa que dirigía el desaparecido Santiago Davila en Radio Galega. Recuerdo compartir micrófono con Benedicto García Vilar de Voces Ceibes y alucinar cuando le escuché decir que confiaba en que Dylan tocase Masters Of War y aprovechase para “condenar os últimos bombardeos sobre Kosovo, ordenados por el Presidente Clinton. Minutos más tarde me crucé por los pasillos con el gran Moncho Lemos.

-Oye, tengo un amigo que trabaja de productor en La Ventana de la SER. Por lo visto están buscando algún fan que vaya hoy al concierto para entrar en directo esta tarde desde Santiago. ¿Puedo darle tu número?

Bob Dylan 1999-04-09 Santiago de Compostela

Hacía como mes y medio que me había comprado mi primer móvil. En aquel momento le habría dado mi número hasta a Chimo Bayo, y más si era para hablar de Bob Dylan.

-Hola, Eduardo. Verás, resulta que Bruce Springsteen también empieza hoy aquí en Barcelona su gira por España, así que se nos ha ocurrido montar una especie de charla con seguidores de estos dos mitos del rock, y nos preguntábamos si podríamos contar contigo a eso de las seis en la emisora de Radio Galicia. Sería algo breve, te dará tiempo de sobra de llegar al concierto, claro. (…) ¿Sí? Estupendo, entonces contamos con los dos, ¿como se llama tu amigo? Borja, de acuerdo. Oye, y ¿os atreveríais a cantar algo? Es que Gemma ha estado hablando con los compañeros de Santiago y por lo visto allí podrían teneros alguna guitarra praparada. Fantástico, pues hasta esta tarde, muchísimas gracias.

Una vez en antena, Gemma estuvo encantadora con nosotros y, llegado el momento Borja y yo nos arrancamos con la última estrofa de To Ramona. Él rasgueó una guitarra española que nos dejaron en la emisora y yo toqué el primer solo de armónica de mi vida. Por suerte, el documento no está disponible ni en la página web de la SER en internet. Salimos de la radio con la adrenalina a tope y cogimos un taxi hasta el Multiusos Fontes do Sar, el recinto donde se celebraba el concierto. Calamaro salió drogado y eufórico (y no me atrevo a culparlo por ello). Dylan ofreció una actuación majestuosa, a la altura de su leyenda (aunque no hubo ni rastro de Masters Of War ni dijo ni mu sobre Clinton, naturalmente).

Gemma Nierga seguía al frente de La Ventana cuando en 2006 Borja y yo formamos The Highlights, una modesta banda tributo a Dylan cuya primera formación (tres guitarras acústicas) era idéntica a la empleada por Calamaro en aquella gira con El Más Grande. En 2012, Gemma pasó a presentar por las mañanas el histórico Hoy Por Hoy y The Highlights dijimos hasta luego.

Hace un par de días fue a Gemma a quien le tocó despedirse. Y aunque confieso que me he convertido en un culosinasiento en el dial, incapaz de ser fiel a ningún programa de ninguna emisora, sé que la echaré de menos. Por mucho que Toni Garrido, el tipo que la va a sustituir sea clavado a… Dios mío ¿es que sólo me lo parece a mí? Small world… Gracias por aquella oportunidad, Gemma. Ni te imaginas la que liaste.

Los huevos de Jagger y su espíritu errante

 

 

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“Los discos de Mick Jagger en solitario son una mierda”. Aquel tópico ya era de por sí bastante injusto, porque aunque She’s The Boss (1985) tenía difícil defensa, en Primitive Cool (1987) había un ramillete de canciones excelentes (víctimas, eso sí, de los excesos de producción de aquella década). ¿Pero acaso Throwaway no es un cañonazo? ¿Y qué decir de Radio Control, Shoot Off Your Mouth, Say You Will, o de la deliciosa Party Doll?

 

 

“Cualquier álbum de Jagger por su cuenta es peor que cualquiera de los Stones; en cambio, los de Keith Richards sí son discos de primer nivel, auténticos, orientados al blues, que es lo que le gusta en realidad, y blablabla…” Este segundo aforismo del tres al cuarto nació al amparo del notable Talk Is Cheap (1988) de Keef, pero ya empezó a cheirar a partir de Main Offender (1992), que no aportaba nada nuevo y se iba desinflando a medida que uno avanzaba en su escucha. Tuvo que ser más o menos entonces cuando a Mick se le hincharon las narices y marcó el teléfono de Rick Rubin. A día de hoy, la del productor de Long Beach habría sido una apuesta sobre seguro. Pero cuando acometió el monumental Wandering Spirit (1993), Rubin no había empezado a grabar todavía el exhaustivo testamento sonoro que son las American Recordings (1994-2002) de Johnny Cash. Ni le había arrojado a Tom Petty ese salvavidas rutilante titulado Wildflowers (1994), al que siguieron -sin bajar el nivel- la banda sonora de She’s The One (1996) y Echo (1999). Tampoco había dejado su sello en Car Wheels On a Gravel Road (1998), el mejor trabajo de Lucinda Williams. Por supuesto, Rubin tampoco había tomado parte aún en el que quizá sea el último gran elepé de los Jayhawks, Rainy Day Music (2003), ni devuelto a la vida todavía al bueno de Neil Diamond a través de sus 12 Songs (2005)… No, por aquel entones, los únicos avales rockeros del barbas (al que le iban más el metal y el hip hop) eran Shake Your Money Maker (1990), el disco de debut de unos imberbes Black Crowes; y Blood Sugar Sex Magik (1991), la obra que convirtió a los Red Hot Chili Peppers en estrellas internacionales. Pero Mick Jagger tenía acumulado material de primera y no dudó en a quién tenía que llamar para pulirlo y sacarle el máximo provecho. Y el paso del tiempo no ha hecho sino darle la razón, porque Wandering… no es solamente el disco más sólido (de largo) y completo de un stone en solitario, sino el mejor en el que Jagger ha tomado parte desde Some Girls (1978). Eso por lo menos.

 

 

La cosa arranca con el rock sin miramientos de Wired All Night, que no es Brown Sugar ni Start Me Up, pero gasta la pegada de otros temas que los Stones han exprimido con inteligencia en las últimas décadas, como Flip The SwitchYou Got Me Rockin’. Continúa con el que fue el single de presentación, Sweet Thing, para mí gusto el tema más flojo de todo el álbum: un ejercicio a medio camino entre el funk y el rollo disco de Miss You pero sin la magia de esta (aunque con falsetes por el estilo y considerable difusión en las radiofórmulas de la época). Out Of Focus recupera el pulso con un irresistible aire gospel que la emparenta con los días de Shine A Light y, a la vez, tiene un regusto que me transporta a algunos temas del Prince de aquellos años, como Cream. Jagger empieza acomodado sobre el piano saltarín de Billy Preston y se desata cuando irrumpe el resto de los instrumentos, entre los que destacan el bajo de Flea, invitado por Rubin, y el órgano hammond de Benmont Tench.  Don’t Tear Me Up es una de esas baladas que van ganando músculo con cada estrofa, tan características de nuestro hombre, que no por pisar terreno conocido deja de entregar una interpretación de altísimo nivel. La intensidad dramática se transforma en energía juguetona en la divertida (y muy stoniana) Put Me In The Trash, que Jagger firma a medias con Jimmy Rip, guitarrista de Paul Collins & The Beat y, posteriormente, de Television. Lo que sigue es una respetuosa versión del Use Me de Bill Whiters en la que Mick comparte el micro con Lenny Kravitz y demuestra que él también tiene el alma teñida de negro. Hay que escuchar el disco para comprobarlo, pero en la amalgama de sonidos que habitan Wandering… encaja a la perfección la zambullida en el country que supone Evening Gown, la mejor canción de todo el disco, con Jim Keltner a la batería y un majestuoso solo de pedal steel a cargo de Jay Dee Maness. Una pieza lenta incontestable e impoluta, que sale bien parada de la comparación con Wild Horses o cualquier otra joya pretérita que se nos venga a la cabeza. De vuelta al rock más académico, Mother Of A Man dibuja fraseos marca de la casa y un pulso entre la armónica de Jagger y las guitarras de Rip y Brendan O’Brien. No hay tregua porque enseguida arranca Think, segundo cover del álbum, un viejo clásico de rythm & blues firmado en 1957 por Loman Pauling y sus 5 Royales. A diferencia de en Use Me, aquí el arreglo se distancia mucho del original y se acerca más al de James Brown para abrazar con descaro frenéticas texturas funkies. Pero la fiesta no ha terminado, ni muchísimo menos. Suena Wandering Spirit, el tema que da título al disco, y lo que de entrada parece un boogie más o menos reposado se va transformando en una pieza descarnada de folk-rock dylaniano, en la línea de Maggie’s Farm o Tombstone Blues. Si no fuese porque Evening Gown es insuperable, Hang On To Me Tonight sería la mejor balada del álbum. Pero ha de conformarse con ser una de las cuatro o cinco mejores escritas por su autor a lo largo de su carrera: maravillosa. Hay tiempo todavía para otra versión, el I’ve Been Lonely Too Long grabado por The Young Rascals en 1967, aunque con un toque mucho menos motown que el que Jagger le imprime. Sí, he dicho motown. De eso también hay en esta obra maestra. Por haber, hay hasta una hermosa composición de aire medieval, Angel In My Heart, en la que Billy Preston reaparece para tocar el clavicordio. Por último, sin abandonar el mismo tono retro, Mick Jagger se atreve con Handsome Molly, una canción tradicional (¿irlandesa? ¿de los Apalaches?) en la que se acompaña únicamente del violín de Robin McKidd.

 

Tras Wandering Spirit, Mick Jagger regresó con los Stones para firmar, ahora a medias con Ricahrds, otro disco a reivindicar, Voodoo Lounge (1994). Sin nada ya que demostrar, hubo que esperar hasta 2001 para que decidiese a grabar una vez más por su cuenta y facturase Goddess In The Doorway, un disco más ambicioso pero de mucho menos calado, del que quizá hablemos otro día.

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El premio Nobel y su célebre falta de empatía

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Verán, Dubuque es algo así como la décima ciudad más grande del estado de Iowa. Lo que, desde luego, no la convierte en grande en modo alguno. Su población lleva décadas estabilizada en torno a los 57.000 habitantes. Su mayor atracción son sin duda los Santos Guerreros, el equipo de hockey sobre hielo juvenil, que compite en la USHL “la más importante liga amateur” del país… La mayor empresa de Dubuque es la sucursal de John Deere, en la que curran unas 2.400 personas. Desde 2004 no hay ninguna televisión local, pero sobreviven tres emisoras de radio generalistas y el Telegraph Herald, un diario con una tirada de 30.000 ejemplares…
Es decir, que cuando el martes 12 de noviembre de 1996 el (ya entonces) legendario Bob Dylan se presentó con su banda en el Five Flags Center Arena (el mayor auditorio local, construido veinte años antes, con capacidad para algo más de cinco mil espectadores), probablemente el tiempo se detuvo en todo el maldito condado; el sheriff dejó el teléfono de la comisaría descolgado; y el arzobispo (porque, al contrario que en el resto del estado, los católicos son mayoría en Dubuque y tienen su propia diócesis) suspendió los servicios religiosos del día. Que no creo que fuesen demasiados…
Y lo cierto es que Dylan estaba entonces en buena forma y no defraudó. Tony Garnier (bajo), J.J. Jackson (guitarra), Bucky Baxter (guitarra steel) y David Kemper formaban una banda sólida, más solvente que vistosa, como le gusta al Nobel de Literatura. Este concedió además bastantes de sus grandes éxitos y prolongó su actuación durante más de dos horas. Pero, si no son ustedes fanáticos, se pueden ahorrar la primera, háganme caso. Desplacen el cursor en concreto hasta el minuto 58, que es cuando se desata el infierno. O la gloria, depende de cómo se mire. Porque en la más improbable de las canciones del set, To Ramona, los vecinos más jóvenes de Dubuque se vinieron arriba (literalmente arriba) y empezaron a desfilar por el escenario para bailar, saltar, besar y abrazar al artista, que se lo tomó (en contra de su fama) con muy buen humor. No los he contado pero apuesto a que más de la mitad de la población de una de las ciudades más anodinas de uno de los más anodinos estados de la Unión compartieron escenario aquel día con Bob Dylan. Con el puto Bob Dylan. Compruébenlo por ustedes mismos…

Aquí el concierto completo:

Like A Rolling Stone:

Absolutely Sweet Marie:

 

Highway 61 Revisited:

 

Rainy Day Women:

 

It Ain’t Me, Babe:

 

Ballad Of A Thin Man:

 

Friend Of The Devil (versión de Grateful Dead):

 

To Ramona:

De juerga con un asesino

 

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Ian W tenía 32 años cuando lo conocí. Llevaba ya un tiempo en Atlanta trabajando de freelance para la CNN. Era alto y atlético. Afable, aunque no dicharachero. Nacido en Linden, la segunda ciudad más populosa de Guyana por detrás de la capital Georgetown, antes de dedicarse al periodismo había trabajado como asistente de vuelo en la aerolínea estatal de su país, Guyana Airways.

El sábado 25 de enero de 2003, Ian se suicidó de un tiro en la cabeza después de haber asesinado a su segunda mujer, Diane W, y a los tres hijos que había tenido en su matrimonio anterior con Michelle P. Los niños, que llevaban apenas unas pocas semanas viviendo con él en los Estados Unidos, tenían diez, cinco y tres años. El mayor, P, presentaba un orificio de bala en la palma de la mano y otro en la sien. Al parecer, trató de defender a sus hermanos antes de ser abatido por su propio padre.

Por su parte, Diane era recepcionista en el Hotel Hilton del downtown. Una de sus compañeras, Shalmeen Mc, le contó a la policía que había llegado a acogerla en su casa durante unos días, después de que Ian se hubiese presentado en su lugar de trabajo en actitud amenazante. A pesar de haber descubierto que le era infiel (detonante de su crisis conyugal, según Shalmeen) y a que continuó intimidándola con llamadas en las que le advertía que había comprado un arma, Diane acabó por regresar al apartamento que compartía con su marido en KenridgeDekalb County, un suburbio al este de la ciudad. La teniente Pamela Kunz, encargada de la investigación, confirmó que la policía ya había acudido en diciembre a casa de los W debido a un “altercado verbal” en el que hubo de mediar un agente. Los cadáveres no fueron descubiertos hasta tres días después del múltiple crimen, cuando un amigo de Ian, preocupado porque no era capaz de localizarlo a través del teléfono móvil, se acercó a visitarlo.

En una entrada anterior resumí mi experiencia como miembro del International Professional Program de la CNN en el verano de 2002, cuando tenía 26 años. Fue entonces, apenas siete meses antes de su espantoso crimen, cuando conocí a Ian W. Él era el cámara que la cadena puso a disposición de los doce periodistas que realizábamos el interinaje para la elaboración de distintos reportajes. Intimó con otros más que conmigo, pero el último sábado que compartimos en Atlanta me preguntó si me apetecía salir de fiesta con él y algunos de mis compañeros, aprovechando que un amigo suyo de Nueva York estaba de visita en la ciudad. No tenía un plan mejor, y entre los afortunados estaba también Tshepo I, reportero de la SABC que se había convertido en mi compadre en apenas unas pocas semanas, así que acepté. Esa noche Ian y su colega Michael pasaron a recogernos por nuestro hotel. El último sitio que había en el coche fue para Katrin V, una periodista estonia con quien nuestro anfitrión había hecho muy buenas migas desde el primer día.

El trayecto en coche se me hizo eterno, y el barrio en el que Ian se detuvo finalmente no se parecía en nada a Buckhead, Virginia Highland y demás zonas de copeteo por las que nos habíamos movido hasta ese día. De hecho, en la calle en la que aparcamos no se veía un solo bar: todo estaba oscuro y silencioso. Seguimos a Ian y a Michael a través del portal de una casa cochambrosa y destartalada. Conforme subíamos las escaleras empecé a escuchar música amortiguada por puertas y tabiques, cada vez un poco más cerca de nosotros. “Esta noche va a ser diferente. Para bien o para mal”, pensé. La puerta del tercer piso estaba iluminada por una bombilla tan vieja como el propio edificio. Michael llamó con los nudillos y un tipo de unos doscientos kilos abrió de inmediato. La música nos llegó entonces un poco más alta. Rollo gangsta. Rap. Hip hop. O como cojones se llame ahora. El gordo intercambió un saludo protocolario con Ian y, acto seguido, nos cacheó uno por uno. Después nos abrió una segunda puerta que había a su espalda. Tras ella aparecieron dos primos suyos que repitieron el cacheo tomándose su tiempo. “Diferente para mal”, concluí. Y mentiría si no reconociese que me acojoné bastante cuando atravesamos una tercera puerta y me vi en un antro lúgubre que apestaba a marihuana (que por supuesto se fumaba sin el menor recato), al que por lo visto la gente tenía la mala costumbre de acudir armada. Y en el que además Katrin y yo éramos los únicos blancos y, por lo tanto, objeto de todas las miradas. A ella no parecía importarle en absoluto, su complicidad con Ian era evidente; puede que ni fuese la primera vez que entraba allí. Pero el hecho de verlos en su salsa no me tranquilizó demasiado. No era, cómo explicarlo, el tipo de garito que yo solía frecuentar, aunque no me quedaba otra que quedarme. Ya era tarde para echarme atrás. No podía tomarme una cerveza de cortesía, excusarme echándole la culpa al cansancio y salir en busca de un taxi. No en mitad de la noche en un barrio como aquel. Mi cabeza se empeñaba en repetirme que estaba en un lugar peligroso al otro lado del mundo y que, si me veía envuelto en algún problema, iba a tener que apañármelas solito, porque nadie que conociese de verdad tendría la más remota idea de dónde encontrarme.

Por suerte, Tshepo también había venido y los dos teníamos el gaznate fácil. Así que, aunque mi amigo sudafricano andaba tieso (como casi siempre), asumí que sufragar la borrachera de los dos era el mejor de los escenarios en que me iba a encontrar, dadas las circunstancias. Beber, desinhibirme en la medida de lo posible, abstraerme de lo incómoda que mi presencia parecía resultarle a la pandilla de armarios empotrados que había al fondo, junto a la mesa de billar; o al grupo enjoyado hasta las muelas que se arremolinaba frente la barra llevando a cabo una extraña coreografía donde todos usaban sus dedos índices para apuntarse mutuamente. En aquel momento deseé que la naturaleza hubiese sido algo menos generosa conmigo;al menos unos 20 o 30 centímetros. Con 192 que levanto del suelo, se hacía completamente imposible pasar desapercibido.

Pero el caso es que lo conseguí. Con el paso de los minutos y las cervezas, logré relajarme un poco. El hip hop derivó hacia algo parecido al reggae, y supongo que eso también ayudó. Seguía sin ver la hora de salir de aquel tugurio (y rezaba por no tener el privilegio de asistir a una redada ni nada por el estilo), pero las miradas indiscretas se fueron espaciando hasta pasarme casi inadvertidas. Casi, porque a pocos metros de distancia bailaba con sus amigas una chica muy guapa de no más de veinte años que no me quitaba ojo. A aquellas alturas de la noche, ya no sabía si aquello me resultaba agradable o incómodo. En un momento determinado decidió ayudarme a decidirlo y se acercó. Sin dejar de sonreír, dijo un par de frases que me fue imposible descifrar en mitad del barullo reinante, por lo que me limité a responderle con una sonrisa. Siguió bailando unos segundos sin llegar a alejarse. Acto seguido me sujetó por el brazo y volvió a acercar su boca a mi oído. Esta vez habló tan despacio que la entendí a la primera: “Now… I am going… to the bathroom… Will you stay here?” Volvió a mirarme mientras se alejaba. Yo entendí lo que había dicho, pero no estaba seguro de haberlo comprendido. O sí. Al instante sentí una vigorosa palmada en la espalda y escuché la voz de Ian: “We’re leaving”. No tuve ni tiempo a reaccionar: me hizo seguir a Michael, Tshepo y Katrin en dirección a la salida. Treinta segundos después estábamos todos en el coche de camino al hotel.

Tardamos otra eternidad, agravada además por el extraño silencio que parecía haberse apoderado del ambiente. Yo tenía un mal presentimiento, y la verdad es que me podía la curiosidad, así que acabé por lanzar un globo sonda disfrazado de chiste: “Es una pena, nos hemos ido justo cuando estaba a punto de llegar a algo con una chica”. Katrin soltó una risita contenida. “Sí, sí, lo he visto”, dijo Michael desde el asiento del copiloto, aparentemente divertido. “Y era preciosa, ¿eh?”, añadió. Aprovechando un semáforo en rojo, Ian se giró con gesto serio. Primero hacia su amigo y a continuación hacia mí. “Sí. Yo también lo he visto. Y por ESO nos hemos largado”. No me pareció que bromease en absoluto. Tampoco tuve la sensación de que me lo estuviese reprochando. Era información pura y dura, nada más. Nos habíamos ido por lo que Ian había pensado que podía estar a punto de pasar. O de pasarme. Nadie volvió a abrir la boca hasta llegar al hotel.

Un par de días después vi a Ian W por última vez en el acto de despedida del IPP. No hablamos ni una palabra del asunto. Alguien nos hizo una foto, y él me pidió que le enviase una copia. Es la misma foto que la policía distribuyó a la prensa para informar de las atrocidades que cometió unos meses más tarde. Lo supe en cuanto abrí el enlace que alguien de CNN me remitió por correo electrónico. La misma corbata, la misma camisa. La misma mirada. Exactamente la misma.

Esa foto en la que ambos nos damos la mano y sonreímos a cámara es la primera que encontraron los agentes en la escena del crimen. Probablemente junto al sobre y las cuatro letras que le escribí (“un placer haberte conocido, estamos en contacto, etcétera”). Desde entonces he pensado mil veces en esos tres pobres críos. En que el monstruo que tuvieron la desgracia de llamar papá era un mierda tan incapaz de asumir sus responsabilidades y fracasos, que les arrancó la vida en cuanto la suya dejó de ir como quería… He pensado en su madre, quien (estoy convencido de que con todo el dolor de su corazón) se había separado de ellos a tan corta edad con la esperanza de que Norteamérica les ofreciese un futuro mejor. En el infierno por el que debió de pasar Diane hasta llegar al punto de quedar tan anulada como mujer como para ceder al chantaje mortal de Ian.

Y también le he dado muchas vueltas a la paradoja de que quizá, sólo quizá, ese hijo de la gran puta me cubrió las espaldas de verdad aquella noche de julio de 2002. Tal vez incluso algo más que eso. La pregunta que no he dejado de hacerme es por qué.

Katrina, Katrina… (una crónica: III)

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El día en que nos marchamos de Nueva Orleáns comenzó con crónica telefónica para la radio: “As autoridades insisten en que hoxe si será por fin o derradeiro día de evacuación voluntaria para os máis de dez mil veciños de Nova Orleáns que, segundo as últimas estimacións, permanecen nas súas casas. A policía insiste en convencelos de que deben marchar por orde do Goberno e non teñen outra alternativa. Nas últimas horas tivemos a oportunidade de visitar áreas da cidade nas que a auga acada aínda os dous metros de altura. A insalubridade é evidente mesmo nas zonas que xa están secas, como Canal Street, onde nos concentramos xornalistas, policías e militares. Un dos hoteis mantén as súas portas abertas para acoller os informadores, malia non dispoñer de auga nin electricidade. Mentres, a administración Bush comeza a pensar tamén na necesaria reconstrucción dunha cidade na que hai menos de dúas semanas vivían máis de tres millóns de persoas. Agora mesmo a prioridade é a reparación de pontes e estradas, así como o control dos parches de contención situados no lago Pontchartrain.”

Una vez salimos del área metropolitana, regresamos también en cierto modo a la vida real. Era jueves, y el domingo, 11 de septiembre, se cumplían cuatro años del atentado contra las Torres Gemelas. Lo ideal era estar de regreso en Nueva York a tiempo de informar de los actos en memoria de las víctimas, más aún cuando el lunes 12 comenzaba la cumbre de jefes de estado de la ONU, a la que tenían previsto asistir el presidente Zapatero y el Rey Juan Carlos. A TVG le interesaba que Fito y Kepa se quedasen conmigo para hacer la mejor cobertura posible de todo. De modo que mientras dejábamos atrás Louisiana en dirección a Biloxi, Mississippi, también empezamos a planear el repliegue. En 2005 no había internet todavía en los teléfonos móviles, así que Kepa hubo de ponerse de acuerdo con nuestra central en Santiago para hallar una combinación factible. Al final encontramos billetes en un vuelo que salía a media tarde del viernes desde Pensacola, en Florida, a tres horas escasas de donde estábamos. Teníamos por lo tanto un día y medio por delante para completar el trabajo, por lo que gestionamos enlaces en directo desde Biloxi, donde todavía quedaban equipos de televisión locales. Los estragos del Katrina eran visibles a cada paso. Construir casas de madera en zonas donde los vientos son huracanados casi cada año conlleva ciertos riesgos. Había pueblos literalmente destruidos.

Nos detuvimos en algún lugar del estado de Mississippi al ver un campamento en torno a una iglesia baptista: tiendas de campaña alrededor del templo y una carpa donde se repartía comida, bebida e incluso ropa. Tengo grabado a fuego el caluroso recibimiento que nos brindaron, que se intensificó cuando les dijimos de dónde veníamos. Aquella gente que lo había perdido todo menos su vocación de comunidad nos ofreció de lo poco que había conseguido salvar del desastre. A nosotros, que en poco más de 24 horas estaríamos de regreso en Nueva York disfrutando de todas las comodidades… A veces el ser humano nos devuelve la fe en su grandeza: “Estamos bien, estamos juntos, no hemos resultado heridos. De momento dormimos aquí, tenemos alimentos, agua, leche y café. Leemos pasajes del Evangelio y jugamos a las cartas para matar el tiempo, muchas gracias por vuestro interés”, me dijo el pastor. “Quiero aprovechar vuestra cámara para agradecer todas las oraciones que ha habido por nosotros desde todos los rincones del mundo. Quiero que quien vea vuestra cadena sepa que todas cuentan, todas nos ayudan a seguir adelante, que Dios os bendiga”, añadió una de sus feligresas. Los Estados Unidos de América, señores. No hace falta decir más.

Biloxi parecía arrasada por una manada de tiranosaurios (si es que alguna vez esos bichos se organizaron en manadas). A diferencia de Nueva Orleáns, allí no había agua estancada, sólo escombros por todas partes. Ni un alma en las calles, el mismo silencio. Destrucción. Cualquier fondo era bueno para grabar una medianilla, cada diez metros dábamos con una imagen más dantesca que la anterior.

Grabamos, enviamos, conectamos, cumplimos con nuestra labor lo mejor que pudimos. Por descontado, no había dónde comer, los pocos restaurantes que seguían en pie estaban cerrados. Tuvimos que contentarnos con chocolatinas, galletas y snacks que llevábamos en el coche (que también habrían de servirnos como desayuno por la mañana). Aunque al día siguiente debíamos enlazar de nuevo desde allí, por la tarde decidimos hacernos otra vez a la carretera en busca de un motel donde descansar y darnos por fin una ducha…. No nos rendimos hasta que el mapa nos dijo que estábamos en Mobile, Alabama… y ni siquiera allí había una sola habitación libre. Condujimos de vuelta a Biloxi y, por segunda vez en tres días, nos acomodamos (es un decir) dentro del Explorer.

A todo se acostumbra uno. Ayudado por el cansancio acumulado, esta vez logré conciliar el sueño quizá un par de horas al menos. Al amanecer recorrimos las partes del pueblo que aún no habíamos visto y comprobamos que hasta los casinos flotantes habían sucumbido al Katrina. Nos acercamos a la playa, el lugar donde teníamos el enlace, e hicimos el último envío de nuestro viaje. Después localizamos la delegación más cercana del Ejército de Salvación y, en agradecimiento por sus desinteresadas atenciones de los días previos, les regalamos el generador eléctrico, que no íbamos a poder (ni necesitábamos) subir al avión. Los tipos se quedaron completamente alucinados y nos dieron las gracias como 38 veces en menos de un minuto.

De vuelta en la Interestatal 10, pusimos rumbo a Pensacola con el tiempo más encima de lo que hubiésemos deseado. Había que devolver el coche en el aeropuerto y subir a bordo de aquel avión a cualquier precio. Bromeamos con nuestro olor corporal hasta el extremo de poner en duda si nos dejarían atravesar la puerta de embarque. Jamás me he alegrado tanto de ver un baño público como aquel día nada más entrar en la terminal: agua corriente, jabón y un inodoro. Uno no sabe lo que tiene hasta que lo pierde. Aunque sea por unos pocos días. Volamos en cola, junto a los motores del jet, en los peores asientos de toda la cabina; pero volamos y aterrizamos sin novedad en Nueva York. Atrás quedaban 130 de las horas más intensas de mi vida. El sábado descansamos. Kepa y Fito en hotel, yo en mi apartamento. Quedamos por la tarde en mi querido Nevada Smith’s de la Tercera Avenida (where football is religion) para ver la victoria de nuestro Depor (al menos de Fito y mío) sobre el Atlético con un solitario gol de Capdevila en el descuento. Y al día siguiente, 11 de septiembre, volvimos al trabajo en la Zona Cero. Pero esa es otra historia.