De juerga con un asesino

 

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Ian W tenía 32 años cuando lo conocí. Llevaba ya un tiempo en Atlanta trabajando de freelance para la CNN. Era alto y atlético. Afable, aunque no dicharachero. Nacido en Linden, la segunda ciudad más populosa de Guyana por detrás de la capital Georgetown, antes de dedicarse al periodismo había trabajado como asistente de vuelo en la aerolínea estatal de su país, Guyana Airways.

El sábado 25 de enero de 2003, Ian se suicidó de un tiro en la cabeza después de haber asesinado a su segunda mujer, Diane W, y a los tres hijos que había tenido en su matrimonio anterior con Michelle P. Los niños, que llevaban apenas unas pocas semanas viviendo con él en los Estados Unidos, tenían diez, cinco y tres años. El mayor, P, presentaba un orificio de bala en la palma de la mano y otro en la sien. Al parecer, trató de defender a sus hermanos antes de ser abatido por su propio padre.

Por su parte, Diane era recepcionista en el Hotel Hilton del downtown. Una de sus compañeras, Shalmeen Mc, le contó a la policía que había llegado a acogerla en su casa durante unos días, después de que Ian se hubiese presentado en su lugar de trabajo en actitud amenazante. A pesar de haber descubierto que le era infiel (detonante de su crisis conyugal, según Shalmeen) y a que continuó intimidándola con llamadas en las que le advertía que había comprado un arma, Diane acabó por regresar al apartamento que compartía con su marido en KenridgeDekalb County, un suburbio al este de la ciudad. La teniente Pamela Kunz, encargada de la investigación, confirmó que la policía ya había acudido en diciembre a casa de los W debido a un “altercado verbal” en el que hubo de mediar un agente. Los cadáveres no fueron descubiertos hasta tres días después del múltiple crimen, cuando un amigo de Ian, preocupado porque no era capaz de localizarlo a través del teléfono móvil, se acercó a visitarlo.

En una entrada anterior resumí mi experiencia como miembro del International Professional Program de la CNN en el verano de 2002, cuando tenía 26 años. Fue entonces, apenas siete meses antes de su espantoso crimen, cuando conocí a Ian W. Él era el cámara que la cadena puso a disposición de los doce periodistas que realizábamos el interinaje para la elaboración de distintos reportajes. Intimó con otros más que conmigo, pero el último sábado que compartimos en Atlanta me preguntó si me apetecía salir de fiesta con él y algunos de mis compañeros, aprovechando que un amigo suyo de Nueva York estaba de visita en la ciudad. No tenía un plan mejor, y entre los afortunados estaba también Tshepo I, reportero de la SABC que se había convertido en mi compadre en apenas unas pocas semanas, así que acepté. Esa noche Ian y su colega Michael pasaron a recogernos por nuestro hotel. El último sitio que había en el coche fue para Katrin V, una periodista estonia con quien nuestro anfitrión había hecho muy buenas migas desde el primer día.

El trayecto en coche se me hizo eterno, y el barrio en el que Ian se detuvo finalmente no se parecía en nada a Buckhead, Virginia Highland y demás zonas de copeteo por las que nos habíamos movido hasta ese día. De hecho, en la calle en la que aparcamos no se veía un solo bar: todo estaba oscuro y silencioso. Seguimos a Ian y a Michael a través del portal de una casa cochambrosa y destartalada. Conforme subíamos las escaleras empecé a escuchar música amortiguada por puertas y tabiques, cada vez un poco más cerca de nosotros. “Esta noche va a ser diferente. Para bien o para mal”, pensé. La puerta del tercer piso estaba iluminada por una bombilla tan vieja como el propio edificio. Michael llamó con los nudillos y un tipo de unos doscientos kilos abrió de inmediato. La música nos llegó entonces un poco más alta. Rollo gangsta. Rap. Hip hop. O como cojones se llame ahora. El gordo intercambió un saludo protocolario con Ian y, acto seguido, nos cacheó uno por uno. Después nos abrió una segunda puerta que había a su espalda. Tras ella aparecieron dos primos suyos que repitieron el cacheo tomándose su tiempo. “Diferente para mal”, concluí. Y mentiría si no reconociese que me acojoné bastante cuando atravesamos una tercera puerta y me vi en un antro lúgubre que apestaba a marihuana (que por supuesto se fumaba sin el menor recato), al que por lo visto la gente tenía la mala costumbre de acudir armada. Y en el que además Katrin y yo éramos los únicos blancos y, por lo tanto, objeto de todas las miradas. A ella no parecía importarle en absoluto, su complicidad con Ian era evidente; puede que ni fuese la primera vez que entraba allí. Pero el hecho de verlos en su salsa no me tranquilizó demasiado. No era, cómo explicarlo, el tipo de garito que yo solía frecuentar, aunque no me quedaba otra que quedarme. Ya era tarde para echarme atrás. No podía tomarme una cerveza de cortesía, excusarme echándole la culpa al cansancio y salir en busca de un taxi. No en mitad de la noche en un barrio como aquel. Mi cabeza se empeñaba en repetirme que estaba en un lugar peligroso al otro lado del mundo y que, si me veía envuelto en algún problema, iba a tener que apañármelas solito, porque nadie que conociese de verdad tendría la más remota idea de dónde encontrarme.

Por suerte, Tshepo también había venido y los dos teníamos el gaznate fácil. Así que, aunque mi amigo sudafricano andaba tieso (como casi siempre), asumí que sufragar la borrachera de los dos era el mejor de los escenarios en que me iba a encontrar, dadas las circunstancias. Beber, desinhibirme en la medida de lo posible, abstraerme de lo incómoda que mi presencia parecía resultarle a la pandilla de armarios empotrados que había al fondo, junto a la mesa de billar; o al grupo enjoyado hasta las muelas que se arremolinaba frente la barra llevando a cabo una extraña coreografía donde todos usaban sus dedos índices para apuntarse mutuamente. En aquel momento deseé que la naturaleza hubiese sido algo menos generosa conmigo;al menos unos 20 o 30 centímetros. Con 192 que levanto del suelo, se hacía completamente imposible pasar desapercibido.

Pero el caso es que lo conseguí. Con el paso de los minutos y las cervezas, logré relajarme un poco. El hip hop derivó hacia algo parecido al reggae, y supongo que eso también ayudó. Seguía sin ver la hora de salir de aquel tugurio (y rezaba por no tener el privilegio de asistir a una redada ni nada por el estilo), pero las miradas indiscretas se fueron espaciando hasta pasarme casi inadvertidas. Casi, porque a pocos metros de distancia bailaba con sus amigas una chica muy guapa de no más de veinte años que no me quitaba ojo. A aquellas alturas de la noche, ya no sabía si aquello me resultaba agradable o incómodo. En un momento determinado decidió ayudarme a decidirlo y se acercó. Sin dejar de sonreír, dijo un par de frases que me fue imposible descifrar en mitad del barullo reinante, por lo que me limité a responderle con una sonrisa. Siguió bailando unos segundos sin llegar a alejarse. Acto seguido me sujetó por el brazo y volvió a acercar su boca a mi oído. Esta vez habló tan despacio que la entendí a la primera: “Now… I am going… to the bathroom… Will you stay here?” Volvió a mirarme mientras se alejaba. Yo entendí lo que había dicho, pero no estaba seguro de haberlo comprendido. O sí. Al instante sentí una vigorosa palmada en la espalda y escuché la voz de Ian: “We’re leaving”. No tuve ni tiempo a reaccionar: me hizo seguir a Michael, Tshepo y Katrin en dirección a la salida. Treinta segundos después estábamos todos en el coche de camino al hotel.

Tardamos otra eternidad, agravada además por el extraño silencio que parecía haberse apoderado del ambiente. Yo tenía un mal presentimiento, y la verdad es que me podía la curiosidad, así que acabé por lanzar un globo sonda disfrazado de chiste: “Es una pena, nos hemos ido justo cuando estaba a punto de llegar a algo con una chica”. Katrin soltó una risita contenida. “Sí, sí, lo he visto”, dijo Michael desde el asiento del copiloto, aparentemente divertido. “Y era preciosa, ¿eh?”, añadió. Aprovechando un semáforo en rojo, Ian se giró con gesto serio. Primero hacia su amigo y a continuación hacia mí. “Sí. Yo también lo he visto. Y por ESO nos hemos largado”. No me pareció que bromease en absoluto. Tampoco tuve la sensación de que me lo estuviese reprochando. Era información pura y dura, nada más. Nos habíamos ido por lo que Ian había pensado que podía estar a punto de pasar. O de pasarme. Nadie volvió a abrir la boca hasta llegar al hotel.

Un par de días después vi a Ian W por última vez en el acto de despedida del IPP. No hablamos ni una palabra del asunto. Alguien nos hizo una foto, y él me pidió que le enviase una copia. Es la misma foto que la policía distribuyó a la prensa para informar de las atrocidades que cometió unos meses más tarde. Lo supe en cuanto abrí el enlace que alguien de CNN me remitió por correo electrónico. La misma corbata, la misma camisa. La misma mirada. Exactamente la misma.

Esa foto en la que ambos nos damos la mano y sonreímos a cámara es la primera que encontraron los agentes en la escena del crimen. Probablemente junto al sobre y las cuatro letras que le escribí (“un placer haberte conocido, estamos en contacto, etcétera”). Desde entonces he pensado mil veces en esos tres pobres críos. En que el monstruo que tuvieron la desgracia de llamar papá era un mierda tan incapaz de asumir sus responsabilidades y fracasos, que les arrancó la vida en cuanto la suya dejó de ir como quería… He pensado en su madre, quien (estoy convencido de que con todo el dolor de su corazón) se había separado de ellos a tan corta edad con la esperanza de que Norteamérica les ofreciese un futuro mejor. En el infierno por el que debió de pasar Diane hasta llegar al punto de quedar tan anulada como mujer como para ceder al chantaje mortal de Ian.

Y también le he dado muchas vueltas a la paradoja de que quizá, sólo quizá, ese hijo de la gran puta me cubrió las espaldas de verdad aquella noche de julio de 2002. Tal vez incluso algo más que eso. La pregunta que no he dejado de hacerme es por qué.

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Katrina, Katrina… (una crónica: III)

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El día en que nos marchamos de Nueva Orleáns comenzó con crónica telefónica para la radio: “As autoridades insisten en que hoxe si será por fin o derradeiro día de evacuación voluntaria para os máis de dez mil veciños de Nova Orleáns que, segundo as últimas estimacións, permanecen nas súas casas. A policía insiste en convencelos de que deben marchar por orde do Goberno e non teñen outra alternativa. Nas últimas horas tivemos a oportunidade de visitar áreas da cidade nas que a auga acada aínda os dous metros de altura. A insalubridade é evidente mesmo nas zonas que xa están secas, como Canal Street, onde nos concentramos xornalistas, policías e militares. Un dos hoteis mantén as súas portas abertas para acoller os informadores, malia non dispoñer de auga nin electricidade. Mentres, a administración Bush comeza a pensar tamén na necesaria reconstrucción dunha cidade na que hai menos de dúas semanas vivían máis de tres millóns de persoas. Agora mesmo a prioridade é a reparación de pontes e estradas, así como o control dos parches de contención situados no lago Pontchartrain.”

Una vez salimos del área metropolitana, regresamos también en cierto modo a la vida real. Era jueves, y el domingo, 11 de septiembre, se cumplían cuatro años del atentado contra las Torres Gemelas. Lo ideal era estar de regreso en Nueva York a tiempo de informar de los actos en memoria de las víctimas, más aún cuando el lunes 12 comenzaba la cumbre de jefes de estado de la ONU, a la que tenían previsto asistir el presidente Zapatero y el Rey Juan Carlos. A TVG le interesaba que Fito y Kepa se quedasen conmigo para hacer la mejor cobertura posible de todo. De modo que mientras dejábamos atrás Louisiana en dirección a Biloxi, Mississippi, también empezamos a planear el repliegue. En 2005 no había internet todavía en los teléfonos móviles, así que Kepa hubo de ponerse de acuerdo con nuestra central en Santiago para hallar una combinación factible. Al final encontramos billetes en un vuelo que salía a media tarde del viernes desde Pensacola, en Florida, a tres horas escasas de donde estábamos. Teníamos por lo tanto un día y medio por delante para completar el trabajo, por lo que gestionamos enlaces en directo desde Biloxi, donde todavía quedaban equipos de televisión locales. Los estragos del Katrina eran visibles a cada paso. Construir casas de madera en zonas donde los vientos son huracanados casi cada año conlleva ciertos riesgos. Había pueblos literalmente destruidos.

Nos detuvimos en algún lugar del estado de Mississippi al ver un campamento en torno a una iglesia baptista: tiendas de campaña alrededor del templo y una carpa donde se repartía comida, bebida e incluso ropa. Tengo grabado a fuego el caluroso recibimiento que nos brindaron, que se intensificó cuando les dijimos de dónde veníamos. Aquella gente que lo había perdido todo menos su vocación de comunidad nos ofreció de lo poco que había conseguido salvar del desastre. A nosotros, que en poco más de 24 horas estaríamos de regreso en Nueva York disfrutando de todas las comodidades… A veces el ser humano nos devuelve la fe en su grandeza: “Estamos bien, estamos juntos, no hemos resultado heridos. De momento dormimos aquí, tenemos alimentos, agua, leche y café. Leemos pasajes del Evangelio y jugamos a las cartas para matar el tiempo, muchas gracias por vuestro interés”, me dijo el pastor. “Quiero aprovechar vuestra cámara para agradecer todas las oraciones que ha habido por nosotros desde todos los rincones del mundo. Quiero que quien vea vuestra cadena sepa que todas cuentan, todas nos ayudan a seguir adelante, que Dios os bendiga”, añadió una de sus feligresas. Los Estados Unidos de América, señores. No hace falta decir más.

Biloxi parecía arrasada por una manada de tiranosaurios (si es que alguna vez esos bichos se organizaron en manadas). A diferencia de Nueva Orleáns, allí no había agua estancada, sólo escombros por todas partes. Ni un alma en las calles, el mismo silencio. Destrucción. Cualquier fondo era bueno para grabar una medianilla, cada diez metros dábamos con una imagen más dantesca que la anterior.

Grabamos, enviamos, conectamos, cumplimos con nuestra labor lo mejor que pudimos. Por descontado, no había dónde comer, los pocos restaurantes que seguían en pie estaban cerrados. Tuvimos que contentarnos con chocolatinas, galletas y snacks que llevábamos en el coche (que también habrían de servirnos como desayuno por la mañana). Aunque al día siguiente debíamos enlazar de nuevo desde allí, por la tarde decidimos hacernos otra vez a la carretera en busca de un motel donde descansar y darnos por fin una ducha…. No nos rendimos hasta que el mapa nos dijo que estábamos en Mobile, Alabama… y ni siquiera allí había una sola habitación libre. Condujimos de vuelta a Biloxi y, por segunda vez en tres días, nos acomodamos (es un decir) dentro del Explorer.

A todo se acostumbra uno. Ayudado por el cansancio acumulado, esta vez logré conciliar el sueño quizá un par de horas al menos. Al amanecer recorrimos las partes del pueblo que aún no habíamos visto y comprobamos que hasta los casinos flotantes habían sucumbido al Katrina. Nos acercamos a la playa, el lugar donde teníamos el enlace, e hicimos el último envío de nuestro viaje. Después localizamos la delegación más cercana del Ejército de Salvación y, en agradecimiento por sus desinteresadas atenciones de los días previos, les regalamos el generador eléctrico, que no íbamos a poder (ni necesitábamos) subir al avión. Los tipos se quedaron completamente alucinados y nos dieron las gracias como 38 veces en menos de un minuto.

De vuelta en la Interestatal 10, pusimos rumbo a Pensacola con el tiempo más encima de lo que hubiésemos deseado. Había que devolver el coche en el aeropuerto y subir a bordo de aquel avión a cualquier precio. Bromeamos con nuestro olor corporal hasta el extremo de poner en duda si nos dejarían atravesar la puerta de embarque. Jamás me he alegrado tanto de ver un baño público como aquel día nada más entrar en la terminal: agua corriente, jabón y un inodoro. Uno no sabe lo que tiene hasta que lo pierde. Aunque sea por unos pocos días. Volamos en cola, junto a los motores del jet, en los peores asientos de toda la cabina; pero volamos y aterrizamos sin novedad en Nueva York. Atrás quedaban 130 de las horas más intensas de mi vida. El sábado descansamos. Kepa y Fito en hotel, yo en mi apartamento. Quedamos por la tarde en mi querido Nevada Smith’s de la Tercera Avenida (where football is religion) para ver la victoria de nuestro Depor (al menos de Fito y mío) sobre el Atlético con un solitario gol de Capdevila en el descuento. Y al día siguiente, 11 de septiembre, volvimos al trabajo en la Zona Cero. Pero esa es otra historia.

 

Katrina, Katrina… (una crónica: II)

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El martes al amanecer desayunamos en un área de servicio cerca de Baton Rouge, y aproveché la parada para hacerme con un sombrero texano por mucho menos de lo que imaginaba. Los medios estadounidenses confirmaban que Nueva Orleáns estaba ya prácticamente desalojada y bajo el control del ejército. Sin saber qué nos íbamos a encontrar exactamente y si podríamos siquiera pisar la ciudad, reanudamos la marcha.

Kepa, Fito y yo nos turnábamos a la hora de conducir y, a decir verdad, yo hice menos kilómetros que ellos porque aprovechaba los trayectos para planificar el contenido de las crónicas y las conexiones. Tras cruzarnos con varios convoyes militares, Elvis cantaba An American Trilogy cuando entramos en la ciudad. Yo iba al volante en aquel momento y aquello parecía el fin del mundo. Ni un solo coche en la autopista de circunvalación, ni un alma en los barrios periféricos que atravesamos. Tuvimos que desviarnos un par de veces al encontrarnos con zonas completamente inundadas. Más de diez años después grabé mi propia versión de Dixie. Hay cosas que no deben olvidarse jamás.

Kepa se las apañó para producir una franja de directo en el siguiente informativo, el del mediodía en Galicia. Todas las unidades móviles estaban en Canal Street, la avenida situada al pie del French Quarter, corazón de Nueva Orleáns; la zona más alta del centro y, por tanto, más seca. Nuestras credenciales de prensa fueron aval más suficiente para superar los sucesivos controles militares que encontramos. En nuestra tierra lo llamamos chegar e encher: aparcamos el Explorer en aquel macrocampamento de prensa, localizamos la unidad móvil con la que debíamos trabajar y, en cuestión de minutos, yo estaba en el aire contando la última hora. Ah,el siglo XXI, la era de la información, amigos…

No soporto la ola de antiamericanismo que en los últimos años (¿décadas?) sacude buena parte de Europa y España en particular. Los estadounidenses son un pueblo extraordinario. Y gilipollas los hay en todas partes, claro. Pero el hogar de los valientes acoge a los que llegan de fuera mucho mejor de lo que a menudo nos empeñamos en señalar. Incluso en circunstancias extremas como las que provocó el Katrina. Hicimos fila donde comían soldados, bomberos y voluntarios, y se mostraron encantados de compartir su rancho con nosotros. Nos vacunaron para prevenir cualquier enfermedad derivada de la insalubridad del ambiente (visible a cada paso) y hasta recibimos un masaje reparador ante la insistencia de los chicos (en mi caso, por suerte, fue una chica) de la Cienciología. Sí, lo que he leído sobre su iglesia da mucho miedito pero a nosotros no trataron de vendernos ninguna moto (ni conspiración intergaláctica). Allá cada cual con sus creencias mientras respete las de los demás.

Con la espalda como nueva, mi primer relato para la Radio Galega desde la Zona Cero del huracán fue este:

A estas horas, xornalistas, voluntarios, soldados e equipos de rescate somos os únicos que ocupamos as rúas de Nova Orleáns. Quedan tamén uns poucos indixentes que vagan polas áreas menos enchoupadas da cidade, remexendo no lixo. Son os que xa non tiñan nada antes da chegada do Katrina. Nin tan sequera onde ir. As autoridades pretenden completar a evacuación total este mércores. Nunha primeira estimación, sempre provisional mentres non se poida drenar a auga que mantén sepultados barrios enteiros, o alcalde calcula que o número de vítimas mortais superará os dez mil. O aspecto de Nova Orleáns é o dunha cidade en guerra: tanquetas do exército patrullan incesantemente, hai controis en cada cruce. Os poucos hoteis do centro que quedaron en pé sérvenlles ás forzas de seguridade de cuartel xeral improvisado. Todo o demais é destrución. A auga segue a anegar os establecementos e vivendas que o vento se encargou de derruír con anterioridade. Ducias de reporteiros de todo o mundo concentrámonos en Canal Street. Quen máis quen menos fixo acopio de provisións polo camiño porque sabía o que lle agardaba ao outro lado do lago Pontchartrain. Pero isto hai que velo para poder crelo.

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El ejército tenía decretado el toque de queda al anochecer. Eso implicaba estar de vuelta en Canal Street para entonces, así que salimos a grabar lo que pudimos con vistas al siguiente informativo. Y descubrimos que lo de la evacuación total no era exactamente preciso: había vecinos atrincherados en sus casas que se negaban a marchar. Lo peor ya había pasado, sostenían. No pensaban irse y dejar vía libre al pillaje. Algunos colgaban mensajes intimidatorios en la puerta pero, en general, apenas se asomaban a las ventanas. También asistimos al rescate de algunas mascotas dejadas atrás por algunos de los que sí habían huido. El maletero del todoterreno se transformó en la nueva delegación de TVG sobre el terreno. Gracias al generador eléctrico pudimos editar en mi portátil y enviar un pequeño reportaje además de hacer nuevas conexiones en directo.

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En realidad, lo mejor era estar ocupado con el trabajo, porque el panorama resultaba bastante deprimente. La información oficial llegaba con cuentagotas y al final resultó que bajo las aguas había muchos menos cadáveres de lo que se temía. Por mucho que el mundo tuviese los ojos puestos en aquella ciudad, el silencio fúnebre, extraño y espeso que nos rodeaba le habían arrebatado todo su encanto. En Canal Street habían instalado una hilera de letrinas portátiles de las que la mierda rebosaba, literalmente, cuando llegamos. Por supuesto, aquella noche la pasamos, empapados en sudor y bastante exhaustos, mal acomodados los tres dentro del Explorer.

No conseguí dormir más de diez minutos, por lo que celebré que el sol se elevase y nos obligase a ponernos otra vez en marcha. La gente del Salvation Army nos dio café y galletas para desayunar. Nos pusimos en camino y encontramos patrullas en aerodeslizadores no muy lejos del campamento. Entre los edificios, por en medio de las calles. Nueva Orleáns parecía Venecia… En alguna de las lanchas, además de soldados y personal de emergencias, había algún rescatado. El calor húmedo de Louisiana apretaba ya desde muy temprano.

Nos acercamos al Superdome, sede de los Saints de Nueva Orleáns, y primer lugar de refugio masivo cuando el Katrina golpeó la ciudad. Para entonces el estadio estaba desierto, como las autopistas que rodeaban la ciudad y en las que encontramos restos de comida, ropa y hasta algún vehículo abandonado. Parecía el decorado de una película sobre el apocalipsis. Pero lo que más me seguía estremeciendo era la ausencia de cualquier sonido ambiental. Una ciudad en completo silencio, el silencio de la muerte. Solo en el campamento de prensa, al que regresamos para conectar en directo con el Telexornal y la radio, había un mínimo latido vital.

Pouco a pouco, todo vai a menos en Nova Orleáns. Todo menos o xigantesco despregamento de todos cantos corpos militares existen no país. As bombas de achique traballan a destallo para drenar a auga nas áreas que permanecen anegadas, mentres as autoridades intentan convencer polas boas os veciños que aínda se resisten a seren evacuados de que deben abandonar os seus fogares igual que o resto da poboación, ante o risco crecente de infeccións e epidemias. A tarefa está a resultar especialmente complicada no barrio francés, a zona bohemia por excelencia desta cidade. Sen auga corrente e sen luz desde hai case dez días, os orgullosos habitantes desta zona cren que xa pasaron o máis duro e que marchar agora sería como traizoar a súa propia dignidade.

La segunda noche en la ciudad nos deparó un par de buenas sorpresas. Descubrimos un hotel ocupado por la prensa cuya cafetería se había transformado en una redacción improvisada. Por supuesto, no quedaba ni rastro del personal, pero los compañeros se las habían apañado para conseguir corriente gracias a varios generadores, así que editamos el material allí, sentados en los taburetes de la barra más seca que he visto en mi vida… Luego nos aventuramos con linternas por las plantas superiores en busca de alguna habitación libre. Cuando dimos con ella, dejamos el saco de dormir y alguna otra cosa de escaso valor a modo de señal de no disponible. La cámara y el ordenador los guardamos bajo llave en el Explorer para correr el menor riesgo posible. El cuarto tenía solo una cama de matrimonio pero, dadas las circunstancias, no estábamos por la labor de dormir separados. De nuevo tuve suerte en el sorteo y esta vez fue a Fito a quien le tocó irse al suelo con el saco. Alguien nos dijo que en el barrio francés había algún bar que abría de manera clandestina después del toque de queda. Y que incluso tenían cerveza fresca porque dosificaban con mimo el hielo que habían almacenado en un congelador. Nos vinimos arriba y decidimos salir a comprobarlo. La única alternativa era quedarnos encerrados en una habitación sucia y sin luz más horas de las deseables. Nos perdimos en la oscuridad completa del Quarter y encontramos el bar gracias… ¡a la música! Un viejo radiocasette a pilas sintonizaba una emisora en la que sonaban viejas grabaciones de dixieland. No tenía demasiada potencia, pero en el silencio sepulcral de aquellas calles el rastro podía seguirse a media milla de distancia. Los soldados no se aventuraban hasta allí. Dudo que ignorasen que aquella gente seguía desobedeciendo la orden de evacuación. Pero cada parte asumía la presencia de la otra con la mayor normalidad posible. Las cervezas casi las regalaban: dos dólares por una Miller Lite (en otras circunstancias, una castaña; en aquellas, gloria bendita).

De vuelta en el hotel, empalmamos casi seis horas de sueño. Fito a ras de suelo y Kepa y yo desparramados sobre el colchón, sin osar aventurarnos bajo la colcha. Ya habíamos arriesgado lo suficiente por aquella noche. Al menos pudimos estirarnos y evitar los mosquitos sin asfixiarnos dentro del coche. En el baño no había agua, claro. Pero era mejor que aquellas inmundas letrinas de Canal Street. A la mañana siguiente hice una nueva entrada para el Telexornal y dejamos atrás Nueva Orleáns siguiendo el Golfo de México en dirección este. Los estados de Alabama y Mississippi, históricamente más deprimidos Louisiana, se habían llevado la parte seca del Huracán y continuaban en situación límite. Hacia allí nos dirigimos.

Katrina, Katrina… (una crónica: I)

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La llamada de mi jefe me sacó de la cama como a las cinco de la mañana. Su voz sonaba impaciente. Tensa.

-La cosa se está poniendo muy fea en Nueva Orleáns. La evacuación de la ciudad ha dejado de ser voluntaria, y puede que se extienda a otras áreas urbanas. Joder, debe de haber decenas de miles de muertos bajo el agua… Tienes un directo para el Telexornal Mediodía ahí desde donde estás; y después un billete de avión desde La Guardia a Houston. Allí te vas a encontrar con Fito y con Kepa, que ya están de camino.

Ahí desde donde estaba era Nueva York, a donde me había trasladado a principios de aquel año 2005 como corresponsal de TVG. Acababa de regresar de mis vacaciones de verano apenas quince horas antes, con un día de retraso por culpa del tráfico aéreo. Y en realidad la situación en el Golfo de México llevaba jodida cerca ya de una semana, pero el Huracán Katrina nos había pillado a todos con el paso cambiado, empezando por el mismísimo POTUS, George W. Bush, cuyo nivel de popularidad se había desplomado. De modo que aquel domingo, 4 de septiembre, empezó para mí con las primeras luces del día, que a duras penas se colaban por la ventana de mi apartamento de la E70th street. Preparé café y abrí el correo electrónico, donde ya tenía las instrucciones pertinentes para reunirme con mis compañeros en el aeropuerto de Houston. “Mete cuanto puedas en el menor espacio posible. No lleves nada que no consideres imprescindible. La idea es que alquiléis un coche y tratéis de llegar a Nueva Orleáns. De momento, no tenéis billete para volver. Dependerá de lo que os vayáis encontrando y podáis hacer al respecto”. Por supuesto, a mi madre le encantó el plan cuando la llamé para contárselo. Tampoco tuve mucho tiempo para consolarla porque se me echaba encima la hora del directo.

Anduve todo el día de un lado para otro hasta que salió mi vuelo a Texas, sin dejar de darle vueltas a la cabeza. ¿Me apetecía hacer aquel viaje? Sé que, desde fuera, nuestra profesión tiene un halo aventurero difícil de desmentir, incluso en la cobertura de desgracias como aquella. ¿Acaso me inquietaba el hecho de dirigirme a una zona catastrófica de la que la gente estaba huyendo en masa? Lo cierto es que ni una cosa ni la otra. De lo único que se trataba era de hacer el mejor trabajo posible y poder estar de vuelta cuanto antes. Así de sencillo. No eran, desde luego, unas vacaciones. Pero tampoco, o eso esperaba, la Odisea de Ulises. Mi excitación ante lo que estaba por vivir se diluía en el convencimiento de que cualquier dificultad sería a corto plazo. Dicho de otra forma, el drama les había tocado vivirlo a otros. Cuando Kepa y Fito me recogieron en la terminal del George Bush Intercontinental de Houston (rebautizado en honor del padre del entonces Presidente, y antecesor suyo en el cargo) ya había caído la noche. La pasamos en el Hilton del propio aeropuerto, disfrutando por última vez de habitaciones separadas. Esta es la primera de las crónicas telefónicas que escribí para la  Radio Galega, con la que también colaboraba:

Unha semana despois do brutal impacto do Furacán Katrina sobre o Golfo de México, a cidade peor parada, Nova Orleáns, segue baixo condicións extremas. Malia que ao longo da fin de semana tanto o Centro de Convencións como o estadio Superdome foron prácticamente desaloxados, os helicópteros de rescate aínda traballan a destallo para evacuar os cidadáns que permanecen illados nas súas casas. Neste contexto, a Garda Costeira pediulles aos damnificados que axiten toallas ou prendas de roupa de cores vivas ao paso dos helicópteros para facilitar a súa localización. E é que un deles estrelouse nas últimas horas debido ás complicadas condicións meteorolóxicas nas que se están a desenvolver as tarefas de salvamento. Por fortuna, tanto o piloto como o resto da tripulación puideron ser rescatados por outra aeronave que percorría a mesma ruta de búsqueda. O nivel das augas, que cada día que pasa están máis contaminadas, mantense nos mesmos niveis e, o que é aínda peor, non se prevé que baixe en varias semanas. Neste escenario, o mellor que lle pode suceder canto antes a Nova Orleáns é converterse canto antes nunha cidade deserta.

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Contra todo pronóstico, dormí como una marmota. Por la mañana, cumplimos con la máxima de desayunar hasta hartarnos. En el parking del hotel nos esperaba un Ford Explorer con el depósito lleno. Nuestra primera parada, el  viejo Astrodome, el primer estadio multiusos del mundo, entonces ya en desuso.

Allí se hacinaban miles de personas evacuadas, camastros y mantas se extendían por todo el estadio. Sentados, tumbados o deambulando como sonámbulos entre aquel campamento improvisado y los baños del estadio, los supervivientes del Katrina apenas abrían la boca. Fuera, las unidades móviles habían tomado el aparcamiento y la actividad era frenética. Hicimos dos enlaces a lo largo de la mañana y entre medias grabamos cuanto pudimos. Unos tipos habían conducido desde el sur de California para repartir Biblias entre los refugiados. El ex congresista e histórico activista por los derechos civiles Jesse Jackson también apareció por allí.

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Además de las conexiones en directo, debíamos preparar pequeños reportajes con el equipo que yo utilizaba habitualmente en Nueva York: una cámara mini dv y un ordenador portátil que tenía instalada una de las primeras versiones del programa de edición Avid. En realidad, nos organizamos como lo hubiésemos hecho en casa: Fito grababa, Kepa hacía las gestiones para llevar a cabo los envíos y yo redactaba y editaba las piezas. Lo extraordinario de todo aquello era el material con el que trabajábamos.

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Acabada la faena por ese día, hicimos una parada de aprovisionamiento y pusimos rumbo al este en el Explorer. Mientras Fito y Kepa llenaban el maletero con garrafas de combustible, un generador eléctrico y comida no perecedera, yo compré a precio de baratillo la que sería banda sonora de nuestro viaje: los maravillosos Goats Head Soup de los Stones y An Afternoon In The Garden de Elvis. También llamé a la radio para dar el parte de la jornada:

George Bush pasa polo momento máis delicado desde que asumiu a presidencia dos Estados Unidos. Á extrema gravidade do sucedido e do que está a suceder engádense agora as críticas cara á súa xestión da catástrofe, críticas que proceden de todos os eidos: desde afectados directos polo Katrina á clase política, pasando pola práctica totalidade dos medios de comunicación norteamericanos. Sobrepasado polos acontecementos, Bush visitou a zona máis afectada por segunda vez nos últimos catro días, nun intento por demostrar que, aínda que tarde, acabará por ter a situación baixo control. “Temos moito traballo por facer”, dixo o Presidente. Mentres, aquí en Houston, continúa o goteo de evacuados procedentes do estado de Louisiana, uns cinco mil diarios. Dos case douscentos cincuenta mil que se calcula que chegaron a Texas, a maior concentración  dase no estadio Astrodome, no que estivemos hoxe. Alí unhas 12.000 persoas están a recibir o subministro básico de auga, alimentos e refuxio. As principais compañías de comida rápida do país puxéronse a disposición dos refuxiados que, tal e como seguen as cousas nos seus vellos fogares, pódense considerar afortunados. Con todo, a situación de moitos deles é dramática. Deambulan polas inmediacións do recinto coa mirada perdida ou preguntando con desesperación por familiares cuxas fotos amosan ás cámaras e dos que nada saben. Os expresidentes Clinton e Bush pai, que coordinan o continxente de axuda privada, coincidiron no Astrodome co activista e excongresista demócrata Jesse Jackson.

Pero en realidad nuestro día acababa de empezar. Teníamos más de 350 millas por la interestatal 10 hasta nuestro objetivo. Ignorábamos si seríamos capaces de llegar hasta allí. Así que el plan era sencillo: hacer noche lo más cerca posible de Nueva Orleáns y partir de cero otra vez a la mañana siguiente. Sin embargo, pecamos de optimistas. Estábamos ya cerca de Baton Rouge cuando comenzamos a buscar alojamiento. Y lo que nos encontramos fueron moteles convertidos en astrodomes en miniatura: desbordados de gente que había huido de sus casas. No vacancy anywhere. Llevábamos muchas horas en pie y hacía rato que el sol se había ocultado. Podíamos para en un área de descanso y dormir en el Explorer o deshacer parte del camino y seguir probando suerte. Ninguna de las dos opciones me seducía lo más mínimo. Pero decidimos volver. Preguntamos al menos en una docena de establecimientos, cada vez más desanimados, cada vez más lejos del lugar al que nos dirigíamos. Por fin, en el más cutre de todos, un motel antiguo y medio destartalado, no adscrito a ninguna cadena conocida, nos ofrecieron una habitación doble para los tres. Eso nos garantizaba una ducha, un techo y un 66,67 por ciento de posibilidades de dormir sobre un colchón a cada uno de nosotros. Nos quedamos la habitación con la euforia de quien encuentra un billete premiado en la lotería. Compramos cervezas en el bar más cercano y echamos a suertes quién disfrutaba de las camas: a Kepa le tocó saco de dormir sobre la moqueta. Habíamos retrocedido unas sesenta millas, casi una hora de camino, hasta cerca de Lafayette. Pero aún así estábamos a dos horas escasas de la zona cero del Katrina.

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Father & Son

10406420_10208453753802447_5999985883931768449_nUna vez estreché la mano de Jimmy Carter. En su autobiografía Why Not The Best (Paperback, 1976), quien acabaría siendo el 39º Presidente de los Estados Unidos se definía con estas palabras: “I am a Southerner and an American. I am a farmer, an engineer, a father and a husband, a Christian, a politician, and a former governor, a planner, a businessman, a nuclear physicist, a naval officer, a canoeist, and among other things, a lover of Bob Dylan’s songs…”

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Verán, sé que hay gente que es absolutamente feliz sin haber tenido hijos. Quiero decir que conozco bastantes casos y no lo pongo en duda. De un tiempo a esta parte, también he escuchado testimonios de algunos padres que, sin dejar de cumplir con su deber, admiten haber llegado a arrepentirse. La renuncia, el sacrificio, el precio, en fin, se les antoja excesivo. “He perdido calidad de vida”, escribió hace poco una colega de profesión. Respeto tamaño ejercicio de honestidad, pero no lo comparto en absoluto. Para mí, como para el señor Carter, la ecuación no estuvo completa hasta que Rodrigo y Sancho empezaron a robarme el tiempo, incluso el reservado al sueño. No sabría expresarlo. Creo que quien más cerca ha estado jamás de hacerlo a través de una simple melodía es Mark Knopfler, quizá el primer héroe que tuve cuando el que ejercía de hijo a tiempo completo era yo.

Proyecto Wikinger: crónica de un caramelo (algo) envenenado

“Considéralo un premio”, dijo mi redactor jefe al otro lado de la línea telefónica. “Es algo absolutamente voluntario: si te apetece, cuenta con ir. Si no, se lo ofrecemos a otra persona”. Y lo cierto es que sonaba bien: viaje relámpago a Alemania para visitar el primer parque eólico marino construido por Iberdrola en el Mar Báltico. La coartada gallega eran los casi 30 jackets (sujecciones parcialmente sumergidas sobre las que se erigen los aerogeneradores) construidas por Navantia en sus instalaciones de Fene. Un contrato de casi 100 millones de euros y abundante carga de trabajo que cayó como maná del cielo en el viejo astillero.

A mí me tocaba, en teoría, la parte fácil: viajar el lunes 19 de septiembre hasta Binz, en la costa nororiental de Alemania donde, a una hora razonable, me instalaría en un lujoso hotel con todas las comodidades del hombre de negocios occidental. Podría descansar las horas debidas con vistas a la intensa jornada del martes, que incluía una travesía en barco hasta el parque, situado a 70 kilómetros del puerto base de Mukran-Sassnitz, y una visita posterior a vista de pájaro desde un helicóptero. Regresaría al hotel a tiempo de cenar y dar un paseo (en Alemania es mejor que lo hagas en ese orden si no quieres quedarte con el estómago vacío). Y volvería el miércoles 21 a casa, después de uno de esos desayunos (huevos revueltos, yogures caseros, salchichas, quesos variados) que me hacen perder el sentido.

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Pero todo se torció desde el momento en que se me ofreció la posibilidad de tomar el vuelo inicial en Coruña en lugar de Santiago, desde donde salía mi compañero Rafa, operador de cámara. El plan era encontrarnos en Barajas y allí unirnos a la expedición de Iberdrola, con la que también viajaban compañeros de otros medios. Lo malo es que en mi bendita ciudad hay niebla matinal nueve de cada diez días, y que, por lo visto, el sistema ILS instalado hace unos años para facilitar los aterrizajes (y los despegues) en condiciones meteorológicas adversas se ha puesto en el lado equivocado de la ría. Así que yo ya estaba en pie a las siete de la mañana y camino del aeropuerto a las ocho para despegar (sin facturar) hacia Madrid a las nueve y veinte, pero el vuelo se canceló porque, sencillamente, no había avión. En vista del panorama el piloto decidió no salir siquiera de Barajas. La solución de Iberia Express fue, por decirlo de un modo educado, poco satisfactoria: recolocarme en el vuelo de las cinco y media de la tarde. Ello implicaba, por supuesto, perder el enlace previsto a Berlín (contratado con la misma compañía). Iberdrola contaba conmigo en el aire rumbo a Alemania a la una del mediodía. Pero la flamante “línea aérea más puntual del mundo en 2015” (de eso presumen en sus cuñas) no me ofrecía partir de Madrid hasta las diecinueve cuarenta y cinco.

Digna, una compañera de La Voz de Galicia, se vio inmersa en el mismo problema. Tras múltiples llamadas y gestiones, y después de haber incluso tirado la toalla y regresar a casa para intentar descansar un rato, se nos ofreció un asiento en otro vuelo que partía de Santiago a las dos y media. Seguíamos quedando al margen del grupo que volaba a la una hacia Berlín, pero al menos disponíamos, en teoría, de más margen para buscar una solución mejor que la mencionada de las ocho menos cuarto. El problema en este caso era que en pleno 2016 ese cambio de billete había que tramitarlo de manera presencial, por lo que hube de coger el coche y subir otra vez hasta el aeropuerto de Alvedro, conseguir la tarjeta de embarco, regresar a casa una vez más y esperar tres cuartos de hora a que me recogiese un taxi enviado desde Santiago por mis jefes. ¿Todavía me siguen? ¿En serio? Bien. El taxista me dejó en Lavacolla con margen suficiente para meter en el cuerpo un infame trozo de pizza a un precio aún más infame, encontrarme con Digna y cruzar juntos los dedos para no pasarnos el resto de la tarde tirados en Madrid. Tampoco hubo suerte. El vuelo a Berlín que operaba Ryan Air a las diecisiete horas desde Barajas iba completo (o eso nos dijeron desde la agencia que gestionaba la pesad… el desplazamiento.

A las tres y media de la tarde tomamos tierra en la capital de España tras cincuenta minutos de padecimiento y tortura en una de las ridículas plazas de la clase economy de Iberia Plus (quien mida más de un metro ochenta sabrá de lo que hablo). Paradójicamente, en Barajas disfrutamos de los únicos buenos momentos del día. Por alguna razón que desconozco (quizá porque a la señora del mostrador de Alvedro le di demasiada lástima), en mi tarjeta de embarque Madrid-Berlín decía “acceso a sala VIP”. De entrada, cuando la mostré en el control de entrada, me sentí un poco Paco Martínez Soria recién llegado a la ciudad. Pero qué diablos, yo era el primero que no quería estar allí. Me dejaron invitar a mi acompañante, cuyo billete no había sido bendecido por aquellas palabras mágicas, y aprovechamos para acomodarnos en un sofá, recargar la batería del móvil y, yo en particular, comer como si no hubiese un mañana.

Y es que en realidad aún ni he hecho mención a lo mejor del viaje. A nuestra llegada al aeropuerto de Tegel, en Berlín, a eso de las once de la noche, debía recogernos un fotógrafo freelance, contratado por Iberdrola, que sí había conseguido asiento en el vuelo de las cinco de Ryan Air. Se suponía que este hombre llegaba con el margen suficiente para alquilar un coche y esperarnos con él preparado para salir de inmediato. Pero, seguro que ya lo han adivinado, no sucedió así.

Volvamos a la zona VIP de Barajas por un momento: dos ensaladas, cuatro sándwiches, varias porciones de queso y embutido, un wrap de pollo, un helado de chocolate, una bolsita de cacahuetes, una copa de vino (Ribera del Duero), un refresco, un café y una magdalena. Creo que no me dejo nada. Estuve comiendo y bebiendo dos horas seguidas, a aquellas alturas de la fiesta ya no me fiaba un pelo y presumía que cenar, lo que se dice cenar, no iba a formar parte del orden del día.

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Si el vuelo Santiago-Madrid había sido tortuoso, imaginen el que nos llevó a Berlín. El espacio del que dispuse para emparedar mis piernas fue semejante (si no inferior), y el tiempo de la broma se multiplicó por tres. Pasaba de las once de la noche cuando pisamos la terminal de Tegel (lo más parecido a un velatorio). Me dolían todos los músculos del cuerpo, me zumbaban los oídos como nunca antes al bajarme de un avión… Y allí no había ni rastro de Francis, nuestro fotógrafo y teórico conductor. Nadie con un cartel de Iberdrola esperando a la salida, ningún mensaje en nuestros móviles. Nada. Cuando, al borde de la desesperación, fui capaz de ajustar el teléfono que me había dado la empresa, llamamos a Teresa, la responsable de comunicación de Iberdrola en el viaje. Estaba terminando de cenar junto al resto de compañeros de prensa desplazada al Báltico (entre ellos, el bueno de Rafa y los corresponsales en Alemania de TVE y El País). En Binz, nuestro lugar de destino. A un paso del dichoso cinco estrellas que a esas horas a mí me sonaba más o menos como la isla de Ítaca al pobre de Ulises. Teresa nos dio el número de Francis, que resultó que estaba dando vueltas con el coche… por la villa de Tegel. “La chica de la empresa de alquiler me programó mal el GPS y me ha mandado a este pueblo, que debe de estar al lado, pero es que yo por Madrid me muevo fundamentalmente en bicicleta, apenas conduzco y menos por la noche. Dadme alguna referencia visual y a ver si soy capaz de encontraros”. En ese momento, creo que por primera vez en mi vida, me rendí. Creo que incluso deseé mi muerte por un instante.

No me pregunten cómo, en poco más de media hora (que a nosotros nos parecieron seis), el bueno de Francis apareció con un Volkswagen Golf oscuro al que estuve a punto de abrazarme. Era casi media noche y no podía con mi alma, pero teníamos por delante 350 kilómetros hasta Binz y al día siguiente había que estar listo a la puerta de Ítac del hotel a las ocho menos cuarto. Así que tomé una decisión: “Te voy a pedir dos cosas, Francis: las llaves del coche y algo de conversación”. “Es que creo que el seguro del alquiler no os cubre a vosotros como conductores…” “A la mierda el seguro, tío. Por favor, déjame las llaves…” (Breve silencio) “¿Podemos al menos parar en un área de servicio? No he comido nada desde esta mañana…” Paramos. Nada más salir del aeropuerto y enfilar la autopista. Me abrasé la boca con una mini pizza de peperoni recién salida del microondas y me hice con una botella de agua. Y luego conduje más rápido de lo que lo había hecho en toda mi vida. En la oscuridad de la noche alemana, mientras entraba el otoño, este gallego de Marineda le dio candela a aquel Golf mientras, para no caer presa del sueño, arreglaba el mundo con sus dos compañeros de viaje. Al igual que Digna, Francis resultó ser un excelente contertulio, un tipo viajado, culto y afable. Hablamos de música, de periodismo, de fútbol, de paternidad… Cada vez que levantaba un poco el pie para no coquetear con la muerte en las curvas, el Golf parecía quejarse. Aquel cabrón y sus (imagino que unos) ciento ochenta caballos tenían ganas de juerga. Tras dos horas tumbando aguja, el recorrido se complicó a la altura de Stralsund, justo cuando enfilábamos la Isla de Rugen. Pasamos de dos carriles en cada sentido, asfalto impoluto y rectas de varios kilómetros, a una carretera secundaria estrecha y sinuosa, sin arcén y con una interminable hilera de árboles a cada lado de la calzada. El lugar perfecto para medir mal la frenada y estamparse en mitad de la nada. Levanté el pie. Los párpados me pesaban como un saco de arena pero levanté el pie y me esforcé en mantener la concentración. Para entonces la conversación había decaído bastante. De repente me encontré con una valla luminosa que ocupaba todo nuestro carril con un letrero en alemán, idioma que por supuesto no hablábamos ninguno de los tres. Me detuve. El Google Maps (recurrí a él en vista de que el GPS de alquiler se resistía a ayudarnos) no contemplaba ninguna ruta alternativa. O continuábamos, o allí terminaba nuestro aventura. Por descontado, no había un alma por allí. Ni una tienda, ni una casa, ni nada de nada. Eran casi las tres de la madrugada en cualquier caso, tampoco podíamos despertar a un paisano de la Pomerania Occidental para que nos tradujese una señal, ¿no les parece? Así que tomé la decisión de seguir. Al principio, muy despacio, pendiente del camino. Pero tres, cinco, ocho kilómetros más adelante, ya había recobrado el ritmo y olvidado el cartel luminoso. Y de pronto lo vi. Un badén descomunal en mitad de la carretera. Ahí, a unos pocos metros, de nosotros. Sin que frenar a tiempo fuese siquiera una opción remota.

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“¡Agarraos!”, grité mientras levantaba el pie del acelerador y sostenía el volante recto con la mayor firmeza que pude. A Francis y a Digna apenas les dio tiempo de salir de su letargo. Pensé que nos íbamos a tomar por saco, que destrozaba la suspensión, que daríamos tres vueltas de campana y estamparía el golf contra uno de aquellos árboles, pero, tras la inevitable sacudida, el coche superó el obstáculo contra todo pronóstico. “¿Estáis bien?”, pregunté. Dos voces débiles respondieron afirmativamente. Después los tres estallamos en sonoras carcajadas. Aquello era cada vez más difícil de contar… Eran las tres y media cuando mi móvil proclamó que habíamos llegado a nuestro destino. A esas horas, el empedrado acceso al Grand Hotel Binz olía a victoria épica en la final de la Champions. Sin embargo, faltaba un último detalle: Teresa nos había dicho que no habían conseguido sitio en el mismo hotel para todos los que viajábamos. Y entre los perjudicados, al parecer, estaba Francis. Hasta ese momento aquel había sido un problema menor. Además, en mi estulticia característica, yo daba por hecho que el fotógrafo tenía un planning de viaje como el mío y sabía dónde iba a pernoctar. Pero no era el caso. Por supuesto que no. Cuando le explicamos (en inglés) la coyuntura al recepcionista y le preguntamos por el hotel “más próximo” (eran, por lo visto, palabras de Teresa), su respuesta resonó en el hall como la voz en off de una peli de Scorsese: “Hay como veinte de hoteles en el pueblo. Este es un pueblo turístico. Todos están cerca, a no más de cinco minutos de aquí”. Le dije a la pobre Digna que se fuese a dormir. Y me negué a dejar solo a Francis vagando por Binz casi a las cuatro de la madrugada en busca de su maldito hotel. “Ninguno es de esta categoría. Y me temo que estarán todos cerrados a estas horas, señor”. La cara del recepcionista era un poema de Bécquer. Ven, muerte, etcétera. Entonces vi una F como inicial de una de las personas alojadas por Iberdrola en la lista de los que todavía no se habían registrado. Y reparé en que, aunque me había dicho que había nacido en Londres, Francis tenía rasgos orientales. “¿Cómo te apellidas, tío?” “Twang… ¿Por qué?” “Me cago en todo, joder, porque voy a matarte este es tu puto hotel”. No sé ni la cara que puso Francis al comprobarlo. Yo ya había recogido mi llave e iba camino del ascensor.

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Un ratito después de aquello, a las siete en punto para ser excatos, sonó la alarma del mi teléfono. Creo recordar que volví a verbalizar una deposición en todo lo terrenal y, acto seguido, comprobé las fabulosas vistas al bosque que había desde mi habitación, enorme aunque quizá algo anticuada para lo que (desde la ignorancia) esperaba de un cinco estrellas. Con toda la entereza que confiere una buena ducha aunque hayas dormido muuuuuy poquito, asomé por el buffet del desayuno, donde por fin me encontré con Rafa, mi cámara. Y allí sí, allí por fin disfruté. Unos diez minutos, quince todo lo más, pero gocé como un cerdo en un lodazal. Puede sonar muy paleto, pero, insisto, me pierden los buenos desayunos de hotel. Todas esas cosas que en casa nos da pereza preparar, y allí uno encuentra listas, esperando a ser degustadas. Engullí cuanto pude y saludé arqueando apenas las cejas (pues no tuve la boca vacía en ningún momento) a Digna y Francis, que no tardaron en aparecer. A las ocho menos cuarto estaba, aún acabando de tragar un croissant con mermelada, a la puerta del hotel, donde compañeros andaluces y vascos ya comentaban divertidos nuestra odisea con la gente de Iberdrola. Todo muy muy gracioso. No te jode.

Bien. Estábamos allí para trabajar después de todo, así que un autobús nos trasladó a las oficinas de la compañía en el puerto de Mukran-Sassnitz. Tras un empacho de vídeos e instrucciones de seguridad, empezaron las prisas: nos cambiamos de calzado, nos pusimos el chaleco y el caso, y volvimos a coger el autobús, esta vez para ir al muelle, donde la mitad de los presentes embarcamos en uno de los transportes diarios al parque de Wikinger. Dijeron que la travesía duraba poco más de una hora. Tardamos dos en llegar… En principio, las muy estrictas normas nos impedían grabar en la cubierta del ferry, no podíamos salir de la cabina que, dicho sea de paso, tenía unos butacones abatibles que harían sonrojar a los de Iberia Exprés. Pero tras una breve negociación con Thanos, ingeniero de Iberdrola y nuestro Cicerone a bordo, todo se limitó a lo que en Galicia llamaríamos tener sentidiño: no acercarse demasiado a las barandillas, seguir las instrucciones de la tripulación y comportarse como gente civilizada.

Aunque el parque estaba aún en construcción y no vimos ni un solo aerogenerador, el área que ocupaban las jackets, casi 35 kilómetros cuadrados, impactaba bastante. Nos acercamos a una de ellas para comprobar sus dimensiones y nos cruzamos con uno de los barcos-grúa que las instalaban en el mar. Hacía una mañana espléndida en el Báltico, y Rafa y yo aprovechamos para acumular buen material de recursos y entradillas a cámara. También cuando nos acercamos hasta la subestación Andalucía, el corazón de Wikinger, el lugar que canalizará toda la energía de los 70 molinos que a finales de 2017 comenzarán a surtir de electricidad a unos 300.000 hogares alemanes. El viaje de vuelta al puerto lo hice recostado en uno de aquellos maravillosos asientos. No tardé ni dos minutos en quedarme frito. Cuando volví a abrir los ojos ya teníamos Sassnitz a la vista. Y al desembarcar se produjo el momento glorioso de la jornada. Ansioso por poderse fumar un pitillo casi cinco horas después, Rafa tocó por error donde no debía y, rodeado de periodistas, ingenieros y demás componentes de la expedición, empezó a inflarse como un muñeco Michelín. Poco a poco, las distintas partes de su chaleco salvavidas fueron saltando al tiempo que lo sacudían. Como si diminutos explosivos estratégicamente situados hubiesen explotado en cadena provocándole pequeñas descargas. De entrada hubo quien pensó que lo había hecho a propósito, quizá porque yo no pude evitar descojonarme y empezar a lanzarle fotos. Pero Rafa aún no se había hinchado del todo cuando la estupefacción inicial había mutado en despiporre. “Podéis estar tranquilos si os caéis al mar, que estas mierdas funcionan”, acertó a decir con su acento de Moratalaz. Genio. Ídolo

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Una vez conseguimos dejar de reírnos, nos subimos al autobús y regresamos a la nave de Iberdrola, donde engullimos (de manera literal) unos canapés de carne cruda y algo de fruta, nos cambiamos el calzado, dejamos los cascos… y nos subimos a un helicóptero. En mi caso, por primera vez en mi vida. No había tiempo que perder porque la tarde se nos echaba encima y, aunque el paseo hasta wikinger era mucho más ágil en el chopper, había que hacer más viajes porque sólo podíamos ir en grupos de cinco. Desde arriba la perspectiva del parque eólico resultaba mucho mejor, sus 35 kilómetros cuadrados lucían en todo su esplendor y la subestación Andalucía emergía como el islote nodriza. Cuando los aerogeneradores estén girando en cosa de un año, la vista será sin duda espectacular. Tras un vuelo de lo más apacible, intercambiamos posiciones con otros cinco compañeros y volvimos a ponernos el equipamiento de seguridad antes de grabar unas muy arriesgadas entrevistas… en el puerto. Disculpen la ironía. Se agradece que alguien vele por tu integridad física, por supuesto. Pero doce horas antes yo estaba cruzando Alemania a la velocidad de la luz en un coche alquilado por Iberdrola. Digamos que la experiencia estaba siendo interesante y paradójica a partes iguales. Y dejémoslo ahí.

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Eran las siete de la tarde cuando el autobús nos dejó a la puerta de un hotel. Digo bien, un hotel. No nuestro hotel. Al parecer el conductor y el responsable de la expedición no habían hecho muy buenas migas ya el día anterior, en ese trayecto desde Berlín que yo me había perdido. El caso es que Dieter, o Klaus, o Hans, pongamos que se llamaba Hans, estaba convencido de que el empedrado que llevaba hasta el Grand Hotel  Binz no se iba a llevar bien con la suspensión de su vehículo, y que la calle era muy estrecha en cualquier caso. Total, que estábamos alojados en un hotel de cinco estrellas pero para llegar hasta allí tuvimos que caminar diez minutos cargados con todo el material. Había llegado a un punto en que pensaba que ya nada podía sorprenderme en aquel viaje. Pero cuando nuestro cicerone de Iberdrola soltó la siguiente bomba estuve a punto de derrumbarme: a Hans no le cuadraban las horas del regreso a Berlín a la mañana siguiente. Él era un conductor prudente y responsable y blablabla, así que en lugar de partir de Binz a las ocho, como teníamos previsto, había decidido de manera unilateral adelantar la salida a las seis para que estuviésemos en el aeropuerto con margen suficiente para escribir una novela o algo así… Como por lo visto el que mandaba allí era Hans y los que lo habían contratado no podían exigirle siquiera que cumpliese con lo pactado, mi humor sufrió un nuevo uppercut en la mandíbula. Lo de dormir dos horas menos conllevaba un terrible perjuicio añadido: nada de buffet. El desayuno del lujoso hotel del que saldríamos cargados en mitad de la noche para caminar otros diez minutos hasta el puto autobús de los cojones no empezaba hasta las siete.

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La cena estuvo bien. Seamos justos, estuvo muy bien. Estuvimos deambulando por las cuatro calles de Binz como media hora hasta dar con el sitio reservado pero no hubiera podido ser de otro modo. Cuando nos sentamos he de reconocer que la comida estaba sabrosa (spaghetti won’t ever let you down) y no nos faltó cerveza. Fueron un par de horas agradables, que redondeamos con un par de copas en el bar del hotel, el único lugar que no estaba cerrado a eso de las diez de la noche. Aún diré más: el barman, griego como el bueno de Thanos, sabía hacer su trabajo. Me sirvió dos de los mejores ron-cola que recuerdo. Había un piano y todo. Lástima de una guitarra. Me hubiese venido arriba con facilidad. Pero hubo que subir a dormir. Poco más de cuatro horas. No sin antes hacer la buena obra del día: asegurarme de que la muy amable y eficaz gerencia del Grand Hotel Binz nos tenía preparadas para las seis menos cuarto de la mañana unas bolsas de desayuno. Nada de huevos revueltos ni quesos surtidos, ni salchichas calientes, ni un buen café, claro. Pero al menos conseguí algo. Porque si no sale de mí nos metemos con Hans cuatro horitas de bus hasta Berlín en ayunas…

Si has leído hasta aquí no te sorprenderá en absoluto si digo que el miércoles por la mañana también pasó algo. Y no, no tuvo nada que ver con el desayuno. En recepción encontramos al bajar unos paquetes muy completos con sándwiches vegetales, zumo, agua mineral, fruta, una chocolatina y ¡un huevo cocido! Con su cáscara y todo, allí en mitad del surtido… El problema fue que Digna se quedó dormida. Y Hans daba el perfil de ser un tipo poco razonable con los retrasos. Hubo quien arrancó hacia el lugar donde nos esperaba el autobús, y quien se quedó a esperarla conmigo. Pero acabamos por juntarnos otra vez porque, en plena noche y sin guía de ningún tipo, los menos solidarios no sabían encontrar el camino correcto. Digna bajó con la cara descompuesta pero, al fin, a eso de las seis y cuarto estábamos todos en manos de Hans y camino al aeropuerto de Tegel.

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Dormí la mayor parte del trayecto. No porque el autobús fuese especialmente cómodo, pero lo cierto es que dormí. Cuando abrí los ojos ya había amanecido y me alegré la vista con imágenes como esta de arriba. Por enésima vez lamenté las condiciones insólitas de un viaje que pudo haber sido muy placentero e igual de productivo en lo profesional. Llegamos a Berlín con tiempo de sobra para disfrutar de una anodina terminal en la que, por no haber, no había ni tienda duty free. El vuelo fue igual de cómodo que el de ida, aunque volvió a vencerme el sueño. Liberado de tensión, mi cuerpo empezaba a pasarme factura.

El último susto nos lo llevamos en Barajas. Nuestro enlace de regreso a Coruña era con Air Europa, y al llegar al mostrador nos dijeron que el vuelo estaba ya completo. Por lo visto debíamos haber obtenido nuestra tarjeta de embarque a través de la web el día anterior. Qué irresponsabilidad la nuestra. ¡Cómo se nos pudo ocurrir salir a cenar la noche anterior en lugar de ir en busca de un ordenador y una impresora a lo largo y ancho de la Pomerania Occidental! Al final nos dieron asiento y, contra todo pronóstico, este resultó el más cómodo y espacioso de los cuatro vuelos que tomé esos días. Lo han adivinado: volví a quedarme dormido. Desperté justo a tiempo de apreciar en toda su belleza la ría de mi ciudad y tomar tierra para abrazar a mi mujer y a mis hijos, que estaban esperándome.

En los días siguientes preparé dos pequeñas crónicas para TVG. La primera se emitió ya el jueves 22 de septiembre. La segunda, el sábado 24.

 

 

 

El Padre Domingo y La Vuelta del 93

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Verán, yo también tuve 17 años. Quiero decir que hubo un tiempo en que fui (todavía) bastante más imbécil de lo que soy ahora. Como cualquiera de ustedes, imagino. Pero en realidad esta entrada no es tanto para hablar de mí como de un hombre cordial, paciente, muchas veces taciturno y, desde luego, menos pardillo de lo que nosotros, sus alumnos, pensábamos.

Entre los 5 y los 18 años estudié en el colegio que los Dominicos tienen anexo al convento en el que desde 1589 se venera a la Patrona de mi ciudad, la Virgen del Rosario. Aquel año, María Pita y unos cuantos vecinos más de La Muy Noble Y Muy Leal se encomendaron a la Virgen y le dieron para el pelo a Sir Francis Drake, corsario de nulos escrúpulos (como la práctica totalidad de los navegantes ingleses de la época) y, hasta ese momento, invencible allá por donde asomaba.

El Padre Domingo Martín, salmantino del 37, fue mi profesor de Filosofía en lo que entonces llamaban tercero de B.U.P. (y ahora mejor que no se esfuercen en explicármelo porque no lo voy a entender… y total cambiará otra vez dentro de nada, ¿apostamos?). La mejor lección que me dio no figuraba en el plan de estudios de aquel año, 1993. Corría el mes de mayo y la Providencia quiso que el final de la 17ª etapa de La Vuelta a España (entonces se disputaba en primavera) coincidiese con una de las clases del padre Domingo. Final en alto, con llegada en los legendarios Lagos de Covadonga, puerto de Categoría Especial, háganse cargo. Con dos suízos luchando por la victoria final a solo cuatro jornadas de la conclusión de la prueba: Tony Rominger (CLAS), que había asaltado el liderato cuatro días antes en la contrarreloj de Zaragoza, y el joven Alex Zülle (ONCE). Y con Pedro Delgado (mi ídolo muy por delante del soso de Indurain, que entonces ya era el capo del equipo Banesto y se había reservado esa temporada para ganar el Giro y el Tour), sin opciones en la clasificación general pero dispuesto a conseguir una última gran victoria, ya en el ocaso de su carrera.

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Insisto, pónganse en mi lugar: yo era un buen estudiante orientado sin pudor alguno hacia las letras. Me gustaba y se me daba bien la Filosofía. Y aquella clase con el Padre Domingo en la sobremesa del miércoles, 12 de mayo, era como un grano en el culo. Así que, lo confieso, maldita sea, provoqué mi expulsión del aula cuando aún no eran ni las cuatro y cinco de la tarde, junto a un compañero/cómplice que hoy vive lejos de Galicia (dejémoslo ahí). No hicimos nada grave, no crean: nos limitamos a no dejar de hablar (y a hacerlo quizá un poco más alto de lo habitual), ignorando las sucesivas llamadas de atención de nuestro profesor. “Os veo un poco inquietos de más, muchachos. Salid al pasillo un rato y que os dé el aire”, nos dijo el padre Domingo. Obtenida la coartada que buscábamos, en lugar de forzar la habitual negociación para convencer al profesor de que ya nos callábamos y sabríamos comportarnos el resto de la hora, salimos como alma que lleva el diablo en dirección a la pantalla de televisión más próxima: la de la cafetería en la que nos pasábamos los recreos jugando al billar, situada en la Plaza de Azcárraga.

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Delgado no tuvo opciones de ganar en ningún momento, pero fue una gran etapa. La ganó el colombiano del Seguros Amaya, Oliverio Rincón, que se había escapado en solitario muchos kilómetros atrás. Rominger entró segundo en meta, a un minuto y quince segundos de Rincón, con Zülle en tercer lugar, pegado a su rueda. A uno veintiséis llegó Perico y ya no tentamos más a la suerte. Regresamos a toda carrera al colegio para estar donde debíamos cuando sonase el timbre. Recompusimos el gesto y, cuando el Padre Domingo abrió la puerta, me acerqué a él para expresarle lo arrepentido que estaba y asegurarle que no volvería a comportarme así. “No tengo la menor duda, hijo”, respondió. Y, agarrándome por el brazo para que me acercase un poco más a él, añadió en un susurro: “Los Lagos son sólo una vez año”. Después se alejó por el pasillo con el hábito blanco que vestía siempre en señal de su compromiso con Dios, sin volver ya la vista atrás. Asistí con normalidad a sus siguientes clases, y ambos nos comportamos como si aquello jamás hubiese sucedido.

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La Vuelta del 93, que terminó en Santiago porque era año Xacobeo y entre Fraga y Pelegrín todo parecía posible (¡hasta traer a Bob Dylan a Riazor!), la ganó Tony Rominger con 29 segundos de ventaja sobre Alex Zülle. El podio lo completó otro de mis favoritos, el gran escalador bejarano Lale Cubino, pero ya a casi nueve minutos de los dos corredores suizos. El Padre Domingo Martín López pasó de la muerte a la vida de los que creen en el Señor Jesús el pasado 27 de septiembre de 2016 a los 79 años. Era uno de los últimos de aquellos hombres buenos de los que tanto aprendí cuando era (aún) más tonto que ahora. Descanse en paz.

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Cuando fuimos los mejores

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Photo by Jamie McDonald/Getty Images

Quizá a estas alturas a algunos de ustedes, los más jóvenes o desmemoriados, les cueste creerlo, pero hubo un tiempo en el que el Real Club Deportivo de La Coruña, el equipo de mi ciudad, alternó con la élite europea. Y no crean que fue cosa de un día, ni una contribución testimonial: el Dépor disputó la Liga de Campeones en cinco ediciones consecutivas entre los años 2000 (en que se proclamó Campeón de Liga en España) y 2005. Por el camino y en una final inolvidable fue también Campeón de Copa en 2002 (trofeo que ya había alzado en 1995), y posterior Campeón de Supercopa tanto en 2000 como en 2002 (títulos a los que habría que sumar también el logrado en el 95) .

Aquel fue el Deportivo que ganó 0-5 en el campo del eterno rival del sur, el que protagonizó la mayor remontada en un partido de Liga de Campeones y la mayor remontada en una eliminatoria de cuartos. El que jamás perdió en Riazor ante el Real Madrid, que además solía salir esquilmado. El que visitaba el Camp Nou como quien juega en Los Pajaritos… Bien, pues yo tuve la suerte de informar a diario sobre aquel equipazo que entrenaba Javier Irureta, e incluso compartir viajes y concentraciones con el grupo. En febrero de 2000, año y medio después de incorporarme a la redacción de deportes de TVG, mis jefes me recolocaron en la delegación de Coruña, donde había quedado una vacante a poco más de tres meses de la conquista de la Liga por parte del Deportivo. Casualidades de la vida, dejé el puesto para marcharme como corresponsal a Nueva York en enero de 2005, justo cuando aquel ciclo glorioso tocaba a su fin.

Para ser honesto, he de reconocer que buena parte del trabajo que desarrollé a lo largo de aquel lustro estuvo marcado por la monotonía. La cobertura diaria de un equipo de fútbol profesional resulta menos excitante de lo que puede parecer desde fuera. En general, los futbolistas no son (ni tienen por qué ser, claro) grandes oradores. Así que contar, sacar cada día algo nuevo del entrenamiento y las correspondientes ruedas de prensa posteriores se me fue haciendo, con el paso del tiempo, cada vez más complicado y tedioso. Como en todos los vestuarios, en el de aquel Dépor había jugadores que (casi) nunca hablaban (Romero, Makaay, Naybet, Tristán…). Y entre los que sí lo hacían, muy pocos eran capaces de esquivar los aburridos tópicos (“partido difícil porque ellos están también ahí peleando por los puestos de arriba”, “partido difícil porque ellos están abajo en la tabla y necesitan los puntos con urgencia”, “lo importante es sumar, si puede ser de tres en tres, mucho mejor”, “tenemos que ir a hacer nuestro partido y tratar de aprovechar nuestras oportunidades”… y así todos los días durante cinco largos años) para decir lo que pensaban en realidad, como Molina o Scaloni, el único con el que establecí una relación que cabría calificar de amistosa, aunque ya no sigamos en contacto. Porque sí, ya entonces había abrazafutbolistas en el gremio de informadores, lo que pasa es que yo me negué a formar parte de ellos. Es verdad que me pudo haber ido mucho mejor. Hubo quien dio muchas más primicias de cuatro pesetas, cacareó más peleas adolescentes en la caseta, confirmó más ofertas mareantes de terceros equipos que nunca llegaban, o escribió más elegías gratuitas a cambio de chismorreos intrascendentes… Pero, como decía Jabo, algunos nadábamos con extrema dificultad en salsa rosa.

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AFP/Getty Images

Siempre me llamó la atención la hipocresía y el falso colegueo que practicaban algunos de los periodistas con los que coincidí en aquella etapa. La simpatía con que se acercaban si te consideraban fuente de alguna utilidad, y lo invisible (en el mejor de los casos) que se volvía uno cuando la ventaja informativa la llevaban ellos. No sé, igual la culpa también fue mía, pero cuando un tío que se ha criado a menos de veinte kilómetros de la Torre de Hércules te me habla con acento de Moratalaz, tiendo a desconfiar. Sin embargo, sí trabé amistad con algunos perros verdes como yo: con aquellos que entendían que nuestras crónicas y entrevistas no iban a cambiar el curso de la Historia, ni falta que hacía. Con los que se comportaban como personas antes que como dudosos líderes de audiencia. Y en realidad esa amistad se forjó en conversaciones ajenas al trabajo, en tertulias de café en las que arreglábamos el mundo y nos escandalizábamos del ansia que algunos mostraban por tomarse una copa con tal o cual futbolista. Incluso por pagarla.

En cualquier caso, aquellas seis temporadas (la primera y la última, incompletas) que viví alrededor del Deportivo merecieron la pena por cuanto el equipo, mi equipo, consiguió en los terrenos de juego. Y también por aquellos momentos en que mi trabajo me sacó de la rutina. Porque, gracias al Dépor, yo visité por primera vez a San Sebastián, Barcelona, Valladolid, Valencia o Palma de Mallorca, pero también Turín, Milán, Manchester, Liverpool o Londres. No viajé tanto como me hubiese gustado; ni siquiera lo que creo que en justicia me hubiese correspondido. Pero profundizar en eso sería ya un tanto farragoso, y escribo este cuaderno para recordar lo memorable, no para volver a saborear los sapos que hube de tragar. De modo que sí, desplazarme con el Deportivo supuso un aliciente siempre que tuve la oportunidad de hacerlo. Una ciudad, una habitación de hotel, una experiencia nueva. Quizá una marca de cerveza que volver a degustar, o una comida que olvidar para siempre. Una conversación interesante con un taxista, un momento de tensión rodeado de ultras del equipo rival… Con veintipocos años son, sin duda, experiencias que a uno le gusta añadir a su equipaje.

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En cuanto a lo estrictamente futbolístico, mi balance europeo particular con el Deportivo es un tanto curioso: una única victoria (0-2 y exhibición en Highbury Park ante el Arsenal, apenas una semana después del Centenariazo), cinco valiosos empates (hablamos de Liga de Campeones, oigan) y dos derrotas (3-2 en Turín ante la Juve en el descuento, y 3-1 frente al Lens tras haber empezado ganando). Eran viajes exprés: salíamos de víspera por la mañana temprano en un vuelo chárter fletado por el club. Prensa y equipo volábamos juntos, aunque solíamos alojarnos en hoteles diferentes porque a Irureta le gustaba estar lo más aislado posible. A mí solían acompañarme un cámara y un productor de TVG. Eran días de vacas gordas en la empresa…

Nada más aterrizar en la ciudad de destino, hacíamos un primer envío de material desde una unidad transportable que las más de las veces nos esperaba ya en los alrededores del estadio. Después de comer (tarde y mal, pues nuestros horarios eran en general incompatibles con los de la hostelería europea) teníamos a lo sumo un par de horas de asueto antes de meternos en el autobús y acompañar al del equipo para el entrenamiento y las ruedas de prensa oficiales (porque en la Champions, amigos, todo es oficial). Tras hacer el segundo envío desde la misma transportable y quizá alguna previa para la Radio Galega (la emisora hermana de TVG, en la que acabaría trabajando entre 2006 y 2009), salíamos a cenar. Y ahí ya entraban en juego más factores, como el atractivo del lugar que visitásemos, las distancias que hubiese que recorrer o las ganas de juerga que tuviese cada uno. A mí, en general, me bastaba con meter algo en el estómago, dar un paseo, tomar una copa y regresar al hotel, porque el segundo día de viaje era siempre el más duro. Pero he llegado a escuchar verdaderas hazañas de compañeros en las que tenían cabida desde antros de perdición (¡pero con pianista de etiqueta!) a despertares al lado de desconocidas que pocas horas antes parecían más agraciadas. Conviene aclarar que los protagonistas de tamañas aventuras acostumbraban a trabajar para medios de comunicación que trataban al Deportivo como una anécdota obligatoria. Los que teníamos que pasarnos la mañana siguiente en el hotel de concentración pendientes de captar la imagen de algún jugador, analizar lo que decían los periódicos locales o entrevistar a las peñas de aficionados que acompañaban nuestra expedición, regresábamos a casa con menos batallas sabineras que contar…

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Grazia Neri/Getty Images

Los días de partido nos acercábamos al hotel del equipo nada más desayunar en el nuestro. Recogíamos lo que contaban las portadas, entrevistábamos a algún aficionado (siempre los había: emigrantes gallegos, estudiantes de Erasmus) y grabábamos varias personalizaciones para dar paso a cuantos vídeos se estuviesen preparando desde nuestra sede central en San Marcos. Lo más habitual era que empleásemos el llamado falso directo, formato que yo siempre he aborrecido pero que a algunos de mis jefes de entonces les volvía locos. Enviábamos todo otra vez hacia mediodía, comíamos más o menos igual de tarde y mal que el día anterior, y regresábamos al hotel para recoger nuestro (escaso) equipaje, que a primera hora habíamos dejado en recepción. Lo del late check out y el receso pre-partido estaba reservado a los verdaderos protagonistas de la expedición: los jugadores y el cuadro técnico. Nosotros nos limitábamos a hacer tiempo hasta la hora de poner rumbo de nuevo al estadio. Lo que en mi caso significaba ir de compras: recuerdos baratos y poco voluminosos para la familia. Siempre volvía con algún detalle para todos, ésa es la verdad. Unas dos horas antes del partido se repetía el protocolo del autobús en dirección al estadio. Confieso que vivía los partidos con intensidad. El Deportivo representaba a mi ciudad, a mi tierra, a mi país. Aún no formando parte en ningún momento de los favoritos a ganarla, el mero hecho de disputar la Champions le otorgaba al club una proyección descomunal. Era emocionante sentarse en la tribuna de prensa y escuchar el célebre himno de la mayor competición del fútbol continental, recibir las alineaciones y las estadísticas en aquellos dossieres tan detallados. Y no digamos ya ver a Djalminha silenciar San Siro al trasnformar un penalti a lo Panenka, a Molina pararle un penalti a Del Piero en Delle Alpi o a uno de los guardias de seguridad de Highbury deshacerse en elogios hacia “estos españoles tan buenos técnicamente”.

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Nuestra siguiente parada era la llamada zona mixta: aquella en la que los informadores podíamos realizar las entrevistas a la conclusión del encuentro. Mi consigna era recoger las impresiones del mayor número de futbolistas, incluidos los rivales (aún recuerdo cómo logré entenderme en Turín con el holandés Edgar Davids en mi inexistente… italiano!). Muy justos de tiempo las más de las veces, hacíamos el último envío con ese material y salíamos pitando rumbo al aeropuerto. El vuelo de regreso siempre aterrizaba en el aeropuerto de Santiago porque, por surrealista que suene, el de Coruña cerraba a medianoche. Así que nos metíamos una hora más de autobús, del que yo me apeaba bien entrada la madrugada junto a la Fuente de Cuatro Caminos, a cinco minutos de donde vivía entonces. Y recuerdo que, enfundado en mi traje desde primera hora de la mañana, arrastrando mi pequeña maleta de viaje y luchando por contener el sueño, me sentía muy afortunado.

El gol de Alfredo

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Es el gol de mi vida y el recuerdo que nunca me canso de rescatar. El momento en que, con 19 años, comprendí que en esta vida todo tiene remedio, todo se puede arreglar o conseguir. Que, antes o después, llegará tu oportunidad. Si peleas, claro. Si aprietas los dientes cuando sea necesario.

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Verán, Alfredo Santaelena no era más que un buen suplente. Un tipo bajito, peleón pero escaso de técnica. Uno de esos jugadores pundonorosos que entrenadores y figuras quieren en cualquier vestuario, porque jamás darán un problema ni amenazarán el estatus de los once titulares.

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Por su parte, Andoni Zubizarreta era lo más parecido a un mito. Había jugado tres mundiales con España. Sumaba seis títulos de Liga, tres de Copa y otros tres de Supercopa de sus etapas en el Athletic y el Barcelona. Había levantado incluso la histórica primera Copa de Europa de los culés. La de 1992 en Wembley.

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Pero aquel martes de finales de mayo del 95, Alfredo (que por supuesto había comenzado el partido en el banquillo) no permitió que el mito Zubi le robase su hueco en la Historia. Y aunque ya digo que de calidad iba muy justito y medía menos de metro setenta, controló de pecho aquel balón como no había controlado otro en su vida y, sin dejarlo caer, lo remató por encima de un portero que le sacaba la cabeza (y podía usar los brazos).

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El gol de Alfredo me hizo inmensamente feliz aquel día y los siguientes, porque convirtió por primera vez en campeón al equipo de mi ciudad. Pero todavía hoy me recuerda algo mucho más importante. Rendirse jamás es una opción.

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